Reseñas

Reseña del libro Tacos altos. Revista Invisible

 

La nouvelle y los dos relatos de Melina Torres que integran Ninfas de otro mundo giran en torno a una investigación policial en el interior de Chaco y de la ciudad de Rosario. Lo particular de estas historias es que la cultura gay pareciera irrumpir en esta forma novedosa del policial, donde se destaca un trabajo admirable en los diálogos y el desarrollo de personajes hilarantes.

 

Propongamos una frase ganchera, de esas que suelen adornar las contratapas de los libros, para Ninfas de otro mundo (Ivan Rosado), de Melina Torres: estamos frente al primer policial gay de la literatura argentina. Es poco probable que sea cierto y los especialistas en el género –Juan Sasturain, Guillermo Martínez, Román Setton, Carlos Gamerro- podrán desmentir o bajarle el tono a la afirmación. Pero mientras tanto, sigamos.

El libro comienza con una nouvelle titulada El alma va a venir. En ella, una pareja de policías de Rosario se traslada al infierno grande de un pueblito del interior de la provincia de Chaco para investigar el crimen de una mujer. Los investigadores: Silvana Aguirre, una lesbiana recia, astuta, malhablada, a la que uno imagina con camisa leñadora y trofeos en su repisa por campeonatos de pulseadas. Ulises Herrera, puntilloso, algo ingenuo, convencido gay con muchas ganas de enamorarse. Por fortuna, la elección sexual de los detectives no es un asunto que tenga un tratamiento políticamente correcto o que resulte decisivo para la trama (siempre hay que desconfiar de las frases de contratapa). Lo dice muy bien Herrera: “La palabra gay no te pega, Aguirre. Contame algo divertido.”

Apenas uno se mete en la historia, lo primero que salta a la vista es el notable trabajo sobre los diálogos. En ellos el oído y la sensibilidad de la autora brillan. Cada vez que se presenta un intercambio entre personajes, el relato cobra velocidad, levanta vuelo y saca una sonrisa, cuando no una carcajada. Es cierto, lo que resulta gracioso para algunos quizá no lo sea para otros. Pero en Ninfas de otro mundo hay humor para todos los gustos: negro, inteligente, animado por los defectos físicos o los dichos populares. Cuando Aguirre repasa la lista de posibles sospechosos en su cuadernito, advierte una serie de señoras gordas de pueblo con apodos como “Cuqui”. Su compañero, Ulises Aguirre, poniéndose en el papel de puto malo, arroja: “Lo máximo que pueden asesinar esas vaquillonas es a una torta marmolada”.  O la encantadora definición de Aguirre sobre la soltería, que vale la pena transcribir íntegra: “Una mujer soltera llega a su casa después de trabajar todo el día, mira lo que tiene en la heladera, come algo y se mete en la cama. En cambio una mujer casada llega a su casa después de trabajar todo el día, ve lo que tiene en la cama y se pone a comer”. En otro pasaje, el forense ofrece su reflexión acerca del caso: “La muerte y la gente linda no pegan.”

Como en todo buen policial, la investigación servirá de punto de partida para narrar un submundo intrigante y turbio, al que de otro modo no tendríamos acceso. La narración alterna entre el registro descriptivo reposado, zumbón o mordaz, y los diálogos antes referidos, escritos al estilo “palo y a la bolsa”, como lo definió, de forma inmejorable, Beatriz Vignoli. Melina Torres va hilvanando ambas instancias con soltura y acierto. Una sucesión de diálogos vertiginosos y guarangos encuentra su perfecto contrapunto en el pensamiento calculador de Silvana Aguirre o en la observación maliciosa del narrador (El comisario Ramírez, con su pelo “ridículamente negro a pesar de su edad”).

La nouvelle funciona como puerta de entrada a Silvana Aguirre. Ya desde las primeras páginas, como lectores tendremos ganas de acompañarla a todos lados para verla maltratar hombres en ese mundo cerradamente masculino. Ella y Herrera protagonizan dos relatos más que completan el conjunto, Ninfas de otro mundo y Secretos de cocina. No tiene mucho sentido contar la trama y el enigma de cada uno. Basta decir que la intriga que motoriza la acción funciona tanto en el pueblo como en la ciudad, cuando la pesquisa se concentra en torno a un boliche rosarino de generosa oferta trans, donde “Unos tacos rojos eran la base de la gloria.” Sí es interesante señalar que una escena central de Ninfas…recuerda a otra igual de significativa, perteneciente también a un primer libro de relatos y, para mayor coincidencia, de otro rosarino: Elvio Gandolfo y La reina de las nieves.

Ambas escenas narran dos encuentros en los que el género admite el ingreso de algo parecido al fantástico. En la nouvelle de Gandolfo, el personaje principal está en un refugio esperando el colectivo y se le aparece una chica. Entablan una conversación extraña, en la que ella narra con lujo de detalles un sueño que tuvo. La escena carga de sentido el viaje del protagonista y su misión frustrada. Le habían encomendado hallar a una mujer a la que nunca encuentra. Entonces, esta chica que se le apareció de la nada dice: “Me gustaría ser Paula.” También Ninfas de otro mundo contiene, en un momento clave para la historia, un encuentro medio onírico entre Aguirre y una viejita, fantasma de pueblo conocida como Francisca. “Busque ahí donde no buscó y no se asuste que el perro no le va a mover la cola si no le tiene cariño”, aconseja la viejita. Separados por más de treinta años –La reina de las nieves se publicó en 1982- y unidos por el río Paraná, los textos conversan a su secreta manera pasándose la antorcha de la novela negra, que el surgimiento de escritores como Melina Torres ayuda a mantener bien encendida.