Memoria sobre la enseñanza del castellano, de Patricio de la Escosura Morrogh, enviada desde Manila al Ministro de Ultramar el 5 de julio de 1863

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Mauro Fernández

Se presenta en esta sección un texto poco conocido de Patricio de la Escosura Morrogh (1807–1878). Se trata de una Memoria sobre la enseñanza del castellano, enviada desde Manila al Ministro de Ultramar el 5 de julio de 1863, pero que no fue a la imprenta hasta 1882. En ese año, el diputado Francisco Cañamaque la sacó de los polvorientos estantes del Ministerio de Ultramar y la publicó, junto con otras dos que había enviado Escosura durante su estancia de dos años en Filipinas como comisario regio para estudiar el estado de la administración: una sobre la organización del Gobierno Superior, de 20 de septiembre de 1863, y otra sobre Joló y Borneo, de 5 de septiembre de 1864. Pese a haber sido desempolvada por Cañamaque, esta Memoria ha recibido poca atención por parte de los historiadores, incluidos los filipinistas: de hecho, solamente he podido hallar un trabajo que se ocupe de ella (Cabrero, 1997), desde una perspectiva encomiástica que asume acríticamente el punto de partida de Escosura: la indispensabilidad de que toda la población indígena filipina aprenda el castellano para liberarse de la barbarie y progresar económica, social y culturalmente —perspectiva más comprensible en un político español del siglo XIX que en un historiador contemporáneo.

Patricio de la Escosura fue un romántico liberal y polifacético: novelista, dramaturgo, poeta lírico y dramático, periodista, político. Un personaje del novelista José María de Pereda se refiere a él en estos términos: «Tiene indudablemente mucho talento, pero, salvo mejor parecer, picando en tantas cosas a la vez, no le hallo verdaderamente completo en ninguna de ellas» (en Pedro Sánchez, capítulo XVI).

Se pueden encontrar abundantes datos biográficos sobre él en las dos únicas monografías publicadas, así como un análisis de su faceta literaria (Iniesta, 1958; Cano, 1988); también en la serie de artículos autobiográficos que el propio Escosura publicó en los últimos años de su vida en La Ilustración Española y Americana, con el título de «Recuerdos literarios. Reminiscencias biográficas». Aquí nos interesa ante todo su faceta política, manifestada ya a la edad de dieciséis años, cuando participó con el poeta Espronceda y otros jóvenes de menos de veinte años en la constitución de una sociedad política secreta, los Numantinos, cuyo fin era nada menos que «derribar al gobierno monárquico absoluto» (1876).

Ese liberalismo monárquico de su primera aventura política fue prácticamente la única constante de su vida, pues, dentro de esa línea, sus cambios de partido fueron frecuentes, sin que su monarquismo le impidiera ofrecer sus servicios a la primera República (1873–1874), que no los tuvo en gran estima.

Estuvo exiliado tres veces, fue diputado algunas más, embajador en dos ocasiones y otras dos ministro de la Gobernación, ambas por muy breve tiempo (uno y seis meses respectivamente). Desempeñó además otros muchos cargos de menor rango, unas veces en el partido liberal moderado, otras en el progresista, o incluso en el radical. De pluma brillante y famosa facundia verbal, ingresó en la RAE como miembro de número en 1847, con tan solo cuarenta años de edad.

A partir de 1856, al finalizar el bienio progresista, estuvo durante unos años en barbecho hasta que O’Donnell lo nombró comisario regio encargado de estudiar todos los ramos de la administración civil en Filipinas, con un pingüe salario que no le pasó inadvertido a la prensa progresista (15000 pesos fuertes al año más 5000 de gastos de viaje). Su hermano Narciso, que había sido desterrado a Filipinas por algún tiempo en 1848, fue nombrado secretario. Los periódicos progresistas de la época interpretaron el nombramiento como un nuevo cambio de afiliación política. Otros sugirieron que era un pago a cambio del silencio de Escosura sobre una posible implicación de O’Donnell en unos violentos disturbios que hubo en varias ciudades castellanas para protestar por la subida del precio del pan, en 1856, cuando ambos eran ministros mal avenidos en el gobierno progresista.

Escosura fue acusado de político veleidoso desde distintos frentes y en numerosas ocasiones. Una búsqueda en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España da como resultado múltiples comentarios satíricos sobre él, a veces en periódicos del bando moderado, otras del progresista. Destacan por ingeniosas (y cáusticas) las pullas del semanario moderado El Padre Cobos, que durante los dos años de existencia lo satirizó 135 veces, más de una por número. Ya fallecido Escosura, el ultraconservador Menéndez Pelayo lo rememora con unas líneas poco compasivas en su Historia de los Heterodoxos Españoles, al comentar la «insigne arbitrariedad» que se había cometido en el destierro de un obispo a Canarias: «Por entonces era ministro D. Patricio de la Escosura, uno de los tipos más singulares que han cruzado por nuestra escena política y literaria, hombre de más transformaciones que las de Ovidio y más revueltas que las del laberinto de Creta» (1882: 287).

Tras su regreso de Filipinas, ya cesante, los rumores y críticas sobre las causas de tan sustanciosa prebenda no cesaban. Escosura se defendió mediante una carta al director de La Época, un diario vespertino de solera, firmemente monárquico, que había sido hasta poco antes el órgano preferido de la Unión Liberal, el partido de O’Donnell. La larga carta merece ser leída no solo para entender mejor a Escosura, sino también porque está escrita de forma elocuente y muy convincente, como ocurría en general con las intervenciones públicas del académico de la RAE, ya en Las Cortes, ya en la prensa. En brevísimo resumen, digamos que Escosura reitera que ha sido siempre lo mismo: liberal, monárquico y parlamentario, y que sus cambios de uno a otro partido tienen que ver con la fidelidad a ese ideario.

Creamos a Escosura o a sus detractores, lo que sí parece cierto es que fue a Filipinas libre de ataduras, pese al sustancioso salario de que gozó. Su nombramiento tuvo algo de casual, una conversación ocasional con el ministro de Marina con el que habían coincidido los dos hermanos en el tren de Alcalá de Henares a Madrid, seguida de una inesperada llamada del ministro para ofrecerle ese puesto, que deseaba crear desde hacía algún tiempo:

¿Qué acepté, pues, en suma; qué acepté? Un encargo facultativo, que pudiera sin mengua aceptarse de cualquier gobierno, de cualquier sociedad, de cualquier particular, ya nacionales, ya extranjeros. Acepté el encargo de ir a estudiar en todos sus ramos la administración civil del archipiélago filipino; contraje el compromiso de dar mi parecer lealmente, pero según mi propio criterio, sobre el estado de aquellos dominios, y la mejor manera de gobernarlos también a mi propio juicio. (La Época, 11 de octubre de 1865)

Las disensiones políticas quedan opacadas por la «necesidad» de conservar ese lejano resto del imperio colonial:

Vuelvo a decirlo: tal encargo lo hubiera tomado, y lo tomaría hoy si me conviniera, de cualquier particular, y de cualquier gobierno; no solamente porque a Ultramar no se extiende, ni el cielo permita que se extienda nunca la ya demasiado vasta esfera de nuestras disensiones políticas; no solamente porque allí no cabe otra que la de conservar a toda costa lo poco que ya nos queda de la inmensidad de nuestras antiguas colonias, sino porque desde el momento en que lo que se me pedía era mi opinión, me quedaba el derecho (de que he usado ampliamente, sea dicho de paso) de fundarla en mis principios y convicciones, tan liberales hoy como lo fueron en las Cortes Constituyentes, y allí los expresé, ya como diputado, ya como ministro de la Corona. (ibidem)

«Conservar a toda costa» la colonia era, pues, la motivación fundamental de Escosura: que llegase algún día a ser lo que hasta entonces no había sido, pese a la proclama de las Cortes de Cádiz de 1812: una parte integral de España. Como hombre de su tiempo, Escosura participaba de la ideología lingüística dominante en Europa a partir del siglo XVIII, en la que la lengua única se consideraba una necesidad ineludible de la nación. Consecuentemente, se ocupó de la lengua antes que de ningún otro asunto, pues pensaba que nunca podrían ser las Filipinas verdaderas provincias españolas mientras los indios1 no aprendiesen el castellano. Esa ideología se manifiesta explícitamente en varios puntos en su Memoria, ya desde uno de los primeros párrafos, cuando recuerda que en España «con razón suma, están proscriptos» del uso oficial las lenguas diferentes del español, «habiéndose ya logrado […] que no haya un español para quien no sea más o menos familiar, pero siempre claramente comprensible, el idioma castellano»(2). Pero lo que Escosura persigue va más allá del uso oficial y del conocimiento de ese idioma: «el indio no será verdaderamente español, que es a lo que debe aspirarse, hasta que en español piense y en español se explique» (15).

La Memoria fue enviada al Ministerio de Ultramar, el 5 de julio de 1863. Los hermanos trabajaron con suma rapidez, teniendo en cuenta que no pudieron haber llegado a Filipinas antes de enero o febrero de 18632. La rapidez en la preparación de proyectos y decretos, así como en otros aspectos de su vida, era un rasgo del carácter de Escosura. Se percibe bien en las breves temporadas en que fue ministro de Gobernación, en las que presentó proyectos de reforma de la administración municipal, en la brevísima etapa de 1847, y de reforma de la gobernación civil en la de 1856, tan solo tres meses después de asumir el cargo. Pero en asuntos de la índole de estos proyectos tenía Escosura experiencia, pues había fungido en una serie de cargos en esos ramos. En Educación, en cambio, no, y menos todavía en Ultramar. El dramaturgo y académico de la RAE, Tamayo y Baus, en la semblanza que hizo en la institución tras su fallecimiento, se refiere a su «irrefrenable y avasalladora actividad» como académico, y resume así este rasgo de su carácter: «Ni su agitada existencia ni las cualidades de su carácter le permitieron nunca trabajar despacio. Vivió y murió deprisa» (1881: 3-4).

Aparte de la gran eficacia desplegada por los hermanos para entrevistar autoridades, recabar informes y estadísticas, visitar algunas islas, procesar todo ello y redactar la Memoria, tal vez haya en ella un saber recibido de los miembros españoles de la colonia, pues varias de las afirmaciones más tajantes de Escosura se pueden encontrar en obras anteriores. De otro modo no es fácil explicar la contundencia con la que habla, sin dejar resquicio ni siquiera a una tímida duda, tras solo unos pocos meses de residencia en el archipiélago. Por ejemplo, el desenlace fatal de la intervención de un mediquillo (curandero) con una enferma nos proporciona, según él,

[…] cabal idea del inconcebible estado de atraso e ignorancia, o […] de barbarie de los indígenas […] ejemplo de la más supina y peligrosa ignorancia que imaginarse pueda en un pueblo que lleva más de tres siglos de estar en íntimo contacto con la civilización europea. (8)

Sorprende la falta de conocimiento de Escosura acerca de su propio país en lo que a superstición y curanderismo se refiere. Y sobre el conocimiento del castellano afirma, basándose en experiencia propia durante el poco tiempo que lleva en Manila, que

[…] los indios mismos que se tienen por instruidos en el castellano, lo están tan poco, que es preciso para que comprendan hablarles en una especie de algarabía que vulgarmente se llama español de cocina; y para entenderlos a ellos, estar habituados al mismo bárbaro lenguaje. (5)

Se refiere Escosura al criollo hispanofilipino o chabacano, cuyo origen y formación han sido objeto de polémica. Hay abundante evidencia de que los indios instruidos poseían un repertorio de variedades de español más amplio, aunque incluyese también al criollo, que nada tenía de «algarabía»;3 pero para Escosura es esto un hecho, el primero de una serie de cinco, que «nadie absolutamente nadie que haya visitado una vez Las Filipinas puede poner en duda […]» (5).

Pese a ser Escosura por entonces un liberal progresista, no faltan en el texto de la Memoria ciertas notas de desprecio hacia los pobladores originarios que merecen ser tildadas de racismo. Por ejemplo, tratando de la capacidad de los indios filipinos para recibir instrucción y progreso, parece que elogia su capacidad de aprender cuanto se les enseña, por lo cual nadie podrá alegar que no pueden aprender castellano, «si bien es verdad que ni profundizan ni retienen los conocimientos abstractos como la raza europea» (10). El racismo hacia los malayos estaba profundamente implantado en las estructuras mentales de los españoles que iban a Filipinas; más que de una perversidad individual, el de Escosura es un rasgo de época, típico de las culturas coloniales forjadas sobre la idea de difundir la civilización. En el caso de Filipinas se manifiesta en muchos de los que escribieron sobre el archipiélago, tal vez en todos ellos. El prologuista de las memorias de Escosura, Francisco Cañamaque, era también un liberal convencido, considerado en el Congreso de los Diputados un especialista en asuntos de Ultramar. Una corta estancia en Filipinas le sirvió para escribir varios libros repletos de agravios y menosprecio —uno de ellos prologado precisamente por Escosura—, que pretendía hacer pasar por la pura realidad del archipiélago. Escribe en una de sus obras, apoyándose en supuestas (para él incuestionables) evidencias científicas: «Es indudable para los frenólogos que a la depresión en el ángulo facial en el orden físico responde una depresión moral e intelectual. En el indio malayo es un hecho claro como la luz meridiana, de esos que no admiten duda» (Cañamaque, 1880: 76). Podrían añadirse muchas muestras más, procedentes de escritores supremacistas de diversa ideología política, pero nos limitaremos a otro liberal progresista: Sinibaldo de Mas, quien escribió un extenso informe sobre el estado de las Islas Filipinas hacia mediados del siglo XIX, se queja de que en las calles de Manila no les cediesen la acera a los españoles, «lo cual me ha obligado más de una vez a meterme en el lodo» (1843, vol. III, 51), o de que no se levantasen del asiento cuando entraba un español, o de que se quejasen cuando les daban un palo:

[l]a gente de color debe prestar voluntariamente respeto y obediencia a la blanca. Para conseguir este objetivo es preciso mantener a la primera en un estado intelectual y moral que haga de su mayoría numérica, una fuerza política menor que la que resida en la segunda, así como en una balanza un montón de paja pesa menos que una pepita de oro. [Cursiva original; tomo III: 16]

O esta otra, entre tantas que contiene el tomo III del informe: «es preciso quebrar enteramente su orgullo y que en todos lugares y ocasiones consideren al español como señor, no como igual» (ibid.: 48).

Si bien es elogiable el propósito de Escosura de hacer obligatoria la instrucción para todos los niños indígenas, no lo es tanto la cautela de no prolongarla demasiado y de adaptarla a la «capacidad y condiciones de estos naturales» (15). El proyecto sigue el modelo de la Ley Moyano española (de 1857), pero solo en la primera etapa de la instrucción primaria, de los seis a los nueve años, pues es «la sola conveniente por ahora a los indios en casi todos los pueblos del archipiélago» (24).

La clave de bóveda de la propuesta era la formación de maestros locales, que sustituyesen a «algunos desdichados que llaman maestrillos» (18). La herramienta para ello sería el establecimiento en Manila de una Escuela Normal de Maestros de Instrucción Primaria Elemental, donde se formasen verdaderos maestros, procedentes sobre todo de los indígenas, tratando de que no accediesen a la Universidad en la que muchos no terminaban los estudios, por su dificultad, por falta de medios o «por cierta inconstancia, que procede en gran parte de la indolencia propia, del rigor del clima y del carácter de estos naturales» (21). Ofreciéndoles una salida menos lucrativa que los alejase de la Universidad, no dudarían en aceptarla.

En realidad, los maestrillos a los que despreciaba Escosura habían venido colaborando con las órdenes religiosas en la instrucción elemental que se impartía en las escuelas para niños y niñas fundadas en los pueblos en donde habían establecido misiones, así como en los dependientes de ellos («barrios», en la terminología administrativa de la época). Es cierto que en estas escuelas no se enseñaba el castellano; pero se enseñaba lo que se consideraba imprescindible para la cristianización de la población: doctrina cristiana, buenas costumbres, lectura, escritura, rudimentos de las típicas materias escolares, canciones y algunos trabajos manuales apropiados para su edad. En contraste con el panorama de barbarie que Escosura toma como punto de partida de su Memoria, el supremacista Sinibaldo de Mas había escrito veinte años antes:

La instrucción primaria no se puede considerar en estado de atraso y verdaderamente creo que en proporción hay más personas que saben leer y escribir que en España, y que en algunos países civilizados. […] me he admirado al oír en muchos extranjeros la extraña creencia de que el gobierno no permite aprender á leer y escribir […] he hallado muchachas que vivían no solo lejos de la capital, sino en una casa aislada y distante del pueblo y no obstante habían aprendido á escribir y leer. […] (1843, tomo II, cuaderno «Instrucción Pública». 1-2)4

Uno de los argumentos que manejaban las órdenes religiosas para no incluir en sus escuelas la enseñanza del castellano era que su conocimiento podía llevar a la difusión de ideas “perniciosas”, contrarrestando la labor misionera y poniendo en peligro el mantenimiento de la colonia. También lo pensaban muchos laicos, como el progresista Sinibaldo de Mas:

No se debe enseñarles la lengua castellana, sino hacerles aprender a leer y escribir en la suya. Es imposible evitar que se introduzcan en provincias papeles y libros que no conviene que lean, y la experiencia demuestra que los que saben nuestro idioma, son cuasi siempre los indóciles de los pueblos y los que murmuran, censuran y contrarían a los curas y alcaldes. (1843, tomo. III: 62)

Escosura combate esta idea, pero el fondo de su postura revela de nuevo la inferioridad que atribuye a los naturales:

Ni por la población por su número, ni la raza indígena por su índole y condiciones especiales, son aquí capaces de independencia en ningún tiempo; pudieran variar de dominación, nunca vivir sin ella. […] Los indios, vuelvo a decirlo, no pueden ser nunca independientes; ellos lo sienten así por el presente, aunque tal vez no lo comprendan; y por instinto además prefieren en toda ocasión los españoles a los extranjeros, a quienes miran además con prevención desfavorable. (13–15)

«Prodigioso» instinto el de los naturales y «prodigioso» olfato el de Escosura: nueve años más tarde estallaría el motín de Cavite, como consecuencia del que fueron fusilados, entre otros, tres sacerdotes indígenas acusados de trabajar por la independencia. Y en 1896 estalló la revolución que puso fin a la colonia española, aunque los filipinos no lograron todavía su independencia en ese momento, por la intervención armada de Estados Unidos, que la retrasó medio siglo.

No fue la difusión del castellano, obviamente, la causa de esta ruptura violenta, pues la organización secreta que venía preparándola desde hace años, el Katipunan (Asociación)5 funcionaba mayormente en tagalo. Pero tampoco sirvió su mayor difusión para mantener a los filipinos vinculados a España.

De las tres Memorias de Escosura, esta fue la única tomada en consideración, pues por Real Decreto de 20 de diciembre de 1863 se creó la Escuela Normal de Maestros de Instrucción Primaria de Indígenas bajo la dirección de la Compañía de Jesús. En la misma fecha, se aprobaron tres reglamentos: el de la Escuela Normal de Maestros de Instrucción primaria de indígenas de Filipinas, el de las Escuelas y maestros de instrucción primaria de indígenas del Archipiélago y el Interior de las Escuela de Instrucción Primaria de indígenas6.

Las sucesivas promociones de maestros, la conversión de las escuelas religiosas en municipales y el establecimiento de otras tuvieron como consecuencia un aumento en el conocimiento del castellano. Cuando la presencia de España llegaba a su involuntario fin, había unas 2.500 escuelas en el archipiélago, en las que estudiaban unos 200.000 niños (Villarroel, 1965). Pero su eficacia fue cuestionada por los Ilustrados, un movimiento intelectual finisecular que seguía manteniendo como una de sus principales reivindicaciones la enseñanza del español a la población indígena y continuaba culpando a las órdenes religiosas de obstaculizarla.

En el siglo XXI las lenguas filipinas gozan de notable pujanza que no ha sido quebrada ni por la difusión del español ni por la del inglés, mucho más exitosa. La principal amenaza potencial que se percibe hoy procede de la lengua nacional, el filipino, forjada ad hoc con base en el tagalo; pero su creciente poderío se ha visto contrarrestado en los últimos años por un plan de educación multilingüe, en el que se utilizan de momento otras dieciocho lenguas como como vehiculares en los primeros años de la educación.

Referencias

Cabrero Fernández, Leoncio (1997). «Don Patricio de la Escosura, comisario regio de Filipinas: su defensa de la lengua española en el archipiélago». Revista de Filología Románica 14, 521-534.

Cano, María Luz (1988). Patricio de la Escosura. Vida y obra literaria. Valladolid: Universidad de Valladolid.

Cañamaque, Francisco (1880). «La novela de Filipinas: Candelario». En Francisco Cañamaque, Las Islas Filipinas. De todo un poco. Madrid: Imprenta de M. G. Hernández, 69-118.

Escosura, Patricio de (1876). «Recuerdos literarios. Reminiscencias biográficas». Artículo VIII: Los Numantinos. La Ilustración Española y Americana XXIII, 410-411.

Fernández, Mauro (2011). «Chabacano en Tayabas: implicaciones para la historia de los criollos hispano-filipinos». Revista Internacional de Lingüística Iberoamericana 17, 189-218

Fernández, Mauro (2012). «Leyenda e historia del chabacano de Ermita [con comentarios de Armin Schwegler, Alan Baxter, Eeva Sippola y Rafael Rodríguez-Ponga]». UniverSOS 9, 9-70.

Fernández, Mauro (2015). «La emergencia del chabacano en Filipinas: pruebas, indicios, conjeturas». En José María Rovira Santos (ed.), Armonía y contrastes: estudios sobre variación dialectal, histórica y sociolingüística del español. Lugo: Axac, 175-196.

Fernández, Mauro (2019). «Bienandanzas y malandanzas de la lengua española por las Islas Filipinas». Archiletras Científica 2: 177-193.

Fernández, Mauro (2020). «Los hablantes de chabacano (criollo hispano-filipino): un manojo de identidades entreveradas». Anuario del Instituto Cervantes, 157-181.

Fernández, Mauro (en prensa). «El español en contacto con otras lenguas en Filipinas». En Francisco Moreno y Rocío Caravedo (eds.), Manual de dialectología hispánica. Oxford: Routledge.

Fernández, Mauro & Eeva Sippola (2017). «A new window into the history of Chabacano: two unknown mid-19th century texts». Journal of Pidgin and Creole Languages 32(2), 304-338.

Fernández, Mauro & Eeva Sippola (2018). «On the chronology of the formation of the Chabacano varieties». Journal of Ibero-Romance creoles 8, 38-56.

Iniesta, Antonio (1958). Don Patricio de la Escosura. Fundación Universitaria Española.

Mas y Sanz, Sinibaldo de (1843). Informe sobre el estado de las Islas Filipinas en 1842. Madrid: s.n.

Tamayo y Baus, Manuel (1881). Resumen de las Actas de la Real Academia Española, leído en Junta pública de 4 de diciembre de 1881 por el secretario perpetuo de la misma corporación. Madrid: Imprenta y Fundición de Manuel Tello.

Villarroel, Fidel O.P. (1965). «Elementary education in the Philippines (1565-1898)». Boletín Eclesiástico de Filipinas 435, 271-283.


1 El etnónimo «indio» era habitual para referirse a los indígenas filipinos cristianizados.

2 Los nombramientos habían sido publicados el 1ro. de octubre de 1862.

3 Véase Fernández (2011, 2012, 2015, 2019, 2020, en prensa), Fernández & Sippola (2017, 2018).

4 Villarroel (1965) da una visión general de la contribución de las órdenes religiosas a la educación elemental antes del plan diseñado por Escosura, que si bien puede considerarse poco imparcial por provenir de un miembro de una de esas órdenes, permite sin embargo valorar que la contribución no fue insignificante. Agradezco a Macario Ofilada el aporte de esta referencia.

5 Denominación breve de Kataas-taasan, kagalang-galangang katipunan ng mga anak ng bayan «Suprema, venerable asociación de los hijos del pueblo».

6 Todos ellos publicados en la Gaceta de Madrid de 24 de diciembre, y en la Gaceta de Manila de 27 de marzo de 1864.