Aportes a una deliberación sobre carteles de protesta en Colombia

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Daniel Rudas-Burgos

Durante la segunda mitad de 2019 e inicios de 2020, asistí a varias de las multitudinarias marchas que ocurrieron en Bogotá, Colombia. Uno de los motivos de las marchas era la protesta en contra de los cada vez más frecuentes asesinatos a líderes sociales.1 En las calles, la gente gritaba arengas, tocaba música, hacía representaciones teatrales y, con mucha frecuencia, portaba carteles, pasacalles y pancartas. Acerca de estos últimos, ofreceré en las siguientes páginas algunas reflexiones que articularé con la antropología de la escritura.2

 

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Imagen 1. Carteles impresos durante una marcha en Bogotá. Foto del autor. 26 de julio de 2019.

En las marchas, pude observar varios estilos de carteles y diferentes tipos de manifestantes que parecían concurrir. Para ilustrar esto, comentaré dos fotografías que yo mismo tomé. La primera es del 26 de julio, en el centro de la ciudad (imagen 1)

De los innumerables aspectos que se podrían discutir sobre esta fotografía, quisiera resaltar lo siguiente: las pancartas que se ven están impresas y escritas en español y los mensajes son relativamente claros: «Bogotá está con los líderes y lideresas sociales», «Por la vida y por la paz, no a un estado narcoparamilitar…», «No más asesinatos de líderes sociales…». Cabe anotar que quien sostiene la pancarta de la izquierda es un hombre mayor y quien le habla a la cámara es un hombre de mediana edad, así como lo es el transeúnte del primer plano.

En mi participación durante ese año de marchas, percibí que no era raro que quienes portaban pancartas impresas fueran hombres mayores o de mediana edad, muchas veces con distintivos como las gorras militares decoradas con banderas o símbolos rojos como los que se ven en la imagen 1 que, en el contexto colombiano, se identifican con personas que hacen parte de movimientos u organizaciones de izquierda (más adelante elaboraré esta idea).

La siguiente fotografía, que tomé el 27 de noviembre en el parque de un barrio de clase media el norte de la ciudad, contrasta hasta cierto punto con la anterior.

Aquí, quien sostiene el cartel es una mujer joven y, de hecho, la mayor parte sino todas las personas que aparecen en la imagen 2 también son jóvenes. El cartel está escrito a mano en inglés y español, y mezcla dos caligrafías diferentes.

 

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Imagen 2. Cartel escrito a mano durante una marcha en Bogotá. Foto del autor. 27 de noviembre de 2019.

Durante las marchas, observé que muchos jóvenes —tanto mujeres como hombres y personas de géneros diversos— portaban carteles escritos a mano en los que se hacían juegos de palabras, tal como en la imagen 2.

El mensaje «Black Days Luto en oferta 21N-?» es críptico, pero se puede aventurar una interpretación. El trasfondo de los «Black Days» (días negros) y del «luto» es, con toda probabilidad, el asesinato de Dylan, un estudiante a quien, dos días antes, un policía había abatido durante una protesta usando un arma «no letal» modificada. El hecho había quedado grabado en video y se viralizó en las redes sociales creando una especie de «días negros de luto», es decir, multiplicó las manifestaciones. También puede ser una referencia al «Black friday» estadounidense por la cercanía de la fecha y porque así lo sugiere el uso del inglés y el sintagma «en oferta», que puede significar que el luto es de algún modo «ofertado» o que «vende mucho», es decir, que los asesinatos parecen repartirse rápidamente como artículos rebajados en un mercado. En cuanto a la expresión «21N», esta fue la abreviatura que se le dio al ciclo de protestas que iniciaron con el Paro Nacional del 21 de noviembre. Finalmente, la raya y el signo de interrogación finales pueden referirse a un intervalo de tiempo del cual no se conoce el segundo término, es decir, que el cartel parece proyectar la intención de que estas protestas continúen indefinidamente o hasta el momento en que se instaure un cambio real, o sea, en que el luto deje de ser cotidiano en Colombia.

Decir que percibí dos estilos de carteles (los impresos con mensajes relativamente claros y los hechos a mano con juegos de palabras) y sugerir que estos se relacionan con tipos de manifestantes (por su género y edad) es, por supuesto, tan solo una impresión subjetiva y parcial basada en mi vivencia singular durante las manifestaciones.3 Lo que quiero señalar es que hacer clasificaciones y relaciones subjetivas como las que he sugerido no es en absoluto inusual y que, independientemente de su falta o no de rigor, se ponen en juego en las interacciones cotidianas.

De hecho, estudiar la manera en la que se pone en juego lo subjetivo es, desde cierto punto de vista, el propósito de la etnografía4. Así, es posible aproximarse a los carteles de protesta centrando la atención en los procesos y las prácticas con los que estos adquieren significado discursivo, en lugar de centrar la atención en las tipologías en sí mismas (qué estilos de carteles y qué tipos de manifestantes existen en relación a una serie de categorías predeterminadas) o en su medición (qué tan representativa es cada categoría y en qué medida se correlaciona con otras).

Desde este tipo de etnografía, se parte del principio de que en las marchas no hay clasificaciones dadas de antemano ni de manifestantes, ni de carteles. En su lugar, hay personas desplegando un repertorio de signos que tienen disponibles, aquellos que han ido incorporando a lo largo de su vida. Estos repertorios pueden contener, por ejemplo, signos de una lengua estandarizada como el español («No más asesinatos a líderes sociales…») o también fragmentos de otras lenguas, como el inglés («Black Days») o palabras nuevas o inventadas («narcoparamilitar» o «21N-?»). También pueden contener ciertas formas de hacer o desplegar carteles o ciertas formas de usar prendas de vestir, como las gorras de la imagen 1.

Para esta perspectiva, es fundamental notar que las personas, aparte de desplegar los signos de nuestros propios repertorios, deliberamos constantemente sobre los de las demás: los juzgamos, hacemos conjeturas e interpretaciones. Esto pasa antes, durante y después del despliegue de los signos. Con mucha frecuencia, las deliberaciones terminan creando expectativas comunes, que no están basadas necesariamente en la evidencia, sino que se fundamentan en la indexicalidad.5 Agha (2004) denomina «registros» a estas expectativas comunes y sostiene que indican categorías sociales. Además, denomina «enregistramiento» a la dinámica mediante la cual se forman los registros. En esta dinámica, un aspecto de mayor importancia es que, cuando alguien no cumple con las expectativas, suele recibir una corrección.6

Hay quienes piensan que las expectativas constituyen «la cultura», especialmente cuando se refieren a las posiciones sociales. Según esta corriente, las personas siguen o desafían las expectativas de acuerdo a las circunstancias y a las relaciones de poder, lo que resulta en reparaciones (las «correcciones» y las «deliberaciones») en las que se mantienen o se transforman las expectativas mismas (Llompart, 2016; Varenne y McDermott, 1998). Por ejemplo, yo tengo la expectativa de que quienes usan gorras militares decoradas con banderas o símbolos rojos, como los de la imagen 1, sean parte de movimientos u organizaciones de izquierda. Sin embargo, no hay nada que le impida a alguien que no se inscriba en un grupo de izquierda comprar una de esas gorras y ponérsela. Ahora bien, durante una marcha puede pasar que yo, u otra persona que tenga una expectativa similar, le pregunte a quien usa una gorra de ese estilo en qué movimiento u organización de izquierda milita. Si la persona no se identifica como «de izquierda» tendrá que dar explicaciones sobre la gorra y hasta es probable que alguien le sugiera dejar de usarla. De hecho, alguien me aconsejó esto durante un trabajo de campo que hice en el norte del país: me dijo que la gorra que llevaba puesta podría hacer que me tomaran por líder social y asesinarme. A partir de esto, decidí llevar otro tipo de gorra.7 El punto es que siempre habrá personas que no sean «de izquierda» y que usen esas gorras, pero por el modo en el que operan las expectativas culturales (es decir, el significado que continuamente adquieren los signos en la interacción), esas personas serán objeto de deliberación y de corrección, tanto más en un lugar tan cargado de significación política como lo es una marcha, donde se espera que «los de izquierda» que deseen ser reconocidos como tales usen esas gorras.8

Durante las marchas tuve la ocasión de conversar con los hombres de las gorras en varias ocasiones. La mayoría de las veces eran o habían sido militantes de organizaciones de izquierda. La expectativa parecía cumplirse. Sin embargo, hubo un detalle que la matizaba. Muchos se consideraban en riesgo de ser asesinados, pero algunos de ellos me corrigieron cuando los llamé «líderes sociales»; prefirieron el término «dirigentes». Según ellos, «líder» era un término acuñado por los cuerpos de paz estadounidenses, por medio del cual se persuadía a la gente de vincularse a voluntariados y ONG extranjeras en lugar de acercarse a los movimientos y organizaciones a las que ellos pertenecían. Para ellos, «dirigente» volvía a poner énfasis en los modos de organización que consideraban más propios. Después de recibir esta corrección, empecé a tener la expectativa de que quienes se hacían llamar «dirigentes» fueran de un cierto tipo de izquierda (quizá de corte más vertical y cerrada, lo que en Colombia se asocia a las organizaciones más radicales). Como sucedía con las gorras, siempre habrá quienes se hagan llamar así y no sean de ese tipo de izquierda, pero el proceso de enregistramiento estará en marcha.

Cuando les mencioné a quienes se hacían llamar «dirigentes» mi percepción sobre los diferentes tipos de carteles, me invitaron a fijarme en cosas más importantes, como la situación social y política del país. Esto, desde mi punto de vista, fue otra corrección, en este caso tendiente a construir expectativas sobre los académicos. En una ocasión, sin embargo, uno de ellos aceptó deliberar conmigo sobre los carteles. Me dijo que aquellos que estaban hechos a mano y usaban juegos de palabras eran valiosos porque aportaban a la movilización social, pero necesitaban «mejorar la ortografía». Para él, el «mal uso» del español hacía que muchas demandas justas perdieran validez ante el público. «Los jóvenes deberían dejar de maltratar el idioma y aprenderse las normas de la Real Academia», dijo, «para no quedar mal».

En mi percepción, la ortografía de los carteles en mención no tenía «faltas» demasiado graves ni muy diferentes a las de los carteles impresos (a veces omitían tildes en las mayúsculas sostenidas, les faltaban comas, tenían algunos diacríticos sin marcar o cosas semejantes). Sin embargo, desde un punto de vista etnográfico, la pregunta no sería por la veracidad o precisión de la opinión del «dirigente», sino más bien sobre lo que estaba haciendo al enunciar su opinión. La clave está en la indexicalidad. Mi conjetura es que estaba indicando lo que connotaban para él los carteles hechos a mano y con juegos de palabras, a saber, una falta de organización o inscripción en un proyecto institucionalizado que, desde su punto de vista, sería el mejor medio de alcanzar las demandas que las marchas planteaban. Al mismo tiempo, al hacer esto indicaba que él mismo pertenecía a cierta clase de personas, a saber, las que tienen «buena ortografía».

 

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Imagen 3. «Despertar una Comlobia» (Caracol Radio, 2019)

No pude asistir a ninguna ocasión en la que este hombre hiciera un cartel él mismo (adivino que corregiría con cuidado la ortografía antes de mandarlo a imprimir), pero sí conocí a una persona radicalmente diferente que coincidía con él. Esta persona presenció en su infancia el asesinato de un pariente suyo perpetrado por una de las guerrillas de izquierda de Colombia. Detestaba todo lo que se relacionara con «la izquierda». Incluso, era de quienes se pronunciaba en redes sociales en contra de las marchas: «Yo no paro, yo produzco», publicaba junto con muchas otras personas.9 Conversamos, por supuesto, sobre los carteles. Entonces, me mostró la imagen 3.

Riendo, me dijo que el error al escribir el nombre del país mostraba la baja educación de quienes marchaban y hacía por completo irrelevante el contenido del cartel y los motivos de las marchas en general. Deliberamos sobre esto un rato y concedió que no todo quedaba invalidado por el cartel, pero mantuvo en que la persona que lo hizo sí. Algunos comentarios publicados en redes sociales concordaban con esta persona.10 Por ejemplo, alguien escribió en una red social lo que muestra la imagen 4. Otra persona publicó el comentario de la imagen 5.

 

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Imagen 4.
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Imagen 5.

Lo primero que pensé sobre estos comentarios era que se apartaban de las normas del español estándar tanto o más que el cartel. Es interesante que yo mismo y quienes los escribieron (y seguramente quienes leen estas líneas) nos fijemos en esos «errores» incluso más que en los contenidos de los escritos. También es notable que tanto el «dirigente» como la persona opuesta a «la izquierda» opinaran igual en lo que se refería al uso del lenguaje. Desde cierto punto de vista, la corrección ortográfica, que invalidaba determinado tipo de carteles y manifestantes, unía a quienes se oponían a la marcha en general con quienes defendían sus demandas pero se oponían a la presentación de ciertos carteles.

Esto tiene que ver con el hecho de que todas las personas participamos en regímenes de normatividad, esto es, expectativas sobre el uso apropiado de los signos lingüísticos que están situadas históricamente y cargadas de ideología y que, al ponerlas en juego, actualizan relaciones de poder (Cameron, [1995] 2005; Del Valle, 2017). No es gratuito que estos regímenes sean la base con que los comentaristas relacionaban ciertas prácticas lingüísticas (escribir carteles con «errores ortográficos») con ciertos tipos de personas (manifestantes que no tenían definido por qué marchar y «quedaban mal»).

Con esto quiero señalar dos cosas: en primer lugar, que los regímenes de normatividad, al usarse en la práctica, son inseparables de las relaciones de poder, no solo en lo tocante a las políticas lingüísticas institucionalizadas, sino también con respecto a las interacciones cotidianas11; y, en segundo lugar, que las personas no se polarizan en los mismos dos bandos todo el tiempo, sino que son más diversas de lo que se piensa inicialmente. La práctica cotidiana de hacer categorías sociales es mucho más compleja de lo que puede parecer a primera vista.

 

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Imagen 6. «Occupy Wall Street protesters to take on Chase Bank after Bloomberg defends boss as “an honourable person paying his taxes”». (Duell, 2011)

Fijémonos, además, que los comentaristas no solo criticaron la ortografía del cartel, sino también el hecho de que se hubiera utilizado cartón para componerlo. Así, en el comentario de la imagen 4 se señalaba no solo el empleo de «una ortografía» del cartel, sino que se escribiera en «una caja de cartón». Uno podría preguntarse, de forma causalista, de dónde sacó la autora del cartel la idea de usar ese soporte. O dicho en los términos que hemos venido desarrollando: ¿Qué fue lo que la persona que lo desplegó había incorporado a su repertorio que le permitió hacer el cartel en la caja de cartón? Sin embargo, desde la perspectiva etnográfica, el foco de atención no estaría en la causa, sino en lo que este soporte indica para los diferentes tipos de personas. Con respecto a los manifestantes, hay una conjetura plausible: la práctica de emplear cartón para componer carteles es habitual en otras marchas alrededor del mundo. Veamos por ejemplo dos imágenes, una tomada en 2011 en la Ciudad de Nueva York (imagen 6) y la otra tomada recientemente en Alger (imagen 7):12

 

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Imagen 7. «Are we facing the Signs of a new Arab Spring?». (Holmes, 2020)

Como se puede apreciar, se trata de carteles hechos a mano donde se hacen juegos de palabras, portados en su mayoría por mujeres y personas jóvenes. En la imagen 6 se usan cajas de cartón y en la imagen 7 se mezclan caligrafías y se usan varias lenguas. En esto, guardan semejanza con los carteles de «Despertar de una Comlobia…» (imagen 3) y de «Black Days» (imagen 2). Basándome en lo expuesto hasta aquí, diría que hay algunas prácticas (el uso de carteles escritos a mano y con juegos de palabras) que se han extendido en las manifestaciones de hoy en día y que indican un cierto tipo de manifestantes, más plural en su constitución y en sus reivindicaciones, más multimodal y plurilingüe, que quizá busca una conexión con reivindicaciones más allá de las fronteras nacionales. Sus manifestaciones circulan en gran medida en redes sociales.

Puede que, al identificar «Comlobia» como un «error» e invalidar, por tanto, a la manifestante que portaba ese cartel, quienes la criticaron perdieron la conexión indexical que propongo aquí de su práctica como manifestante (quizá más abierta y global). Sin embargo, no todos los comentarios la perdieron. En la misma red social, alguien escribió el mensaje de la imagen 8.

 

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Imagen 8

Al interpretar el nombre del país «mal escrito» como un juego de palabras y luego darle sentido en una frase en inglés —que remite a su vez a una frase habitual que reivindica el nombre del país frente a los estadounidenses («It’s not Columbia, it’s Colombia»)— este comentario invita a pensar que, al menos para algunas personas, el cartel no solo no era «un error» sino que también indicaba una reivindicación más allá de las fronteras nacionales y una crítica a la violencia del país (es una «compañía de lobos»).

La referencia a la violencia del país me hizo pensar que los comentarios en redes sociales basados en expectativas sobre lenguas estandarizadas (compartidos por otros marchantes) no son el tipo más grave de correcciones que existen en Colombia. Los asesinatos a líderes sociales —el motivo central de las protestas— pueden ser vistos también como correcciones. Por ejemplo, Natalia y Rodrigo eran dos antropólogos provenientes de mi misma ciudad que trabajaban al norte del país (cerca de donde me aconsejaron cambiarme la gorra). Se dedicaban a la defensa del medio ambiente, enfrentándose a personas que tenían la expectativa de que este era, como mínimo, un recurso para explotar. Su asesinato, que a la fecha continúa impune, ocurrió en diciembre y tuvo amplio cubrimiento en medios y redes sociales (BBC, 2019; W Radio, 2020). La «corrección» fue letal.

Quienes marchábamos por ellos y por los demás líderes sociales manifestábamos nuestro deseo de que no hubiera más asesinatos y de que hubiera justicia, pero también defendíamos la expectativa de que denunciar a las autoridades debería ser suficiente tanto para esclarecer estos crímenes como para impedir que volvieran a pasar. Pero hasta ahora, esto no ha ocurrido.13 Lo que yo interpreto es que hay una buena cantidad de «correcciones» (letales y no letales) que indican que no todas las personas pueden hacer su trabajo en el norte del país sin sufrir las consecuencias, ni pueden usar las gorras que deseen o desplegar carteles con las caligrafías y lenguas que gusten. Al parecer, en Colombia hay para quienes no hay justicia. Frente a esto, las marchas exigen que las «correcciones» letales dejen de ocurrir. Son, en sí mismas, intentos de corregir esa forma de «corregir».

Para concluir, quisiera señalar que las marchas también hacen parte de las disputas que van definiendo qué personas están involucradas y de qué manera en los asuntos por los que se protesta. Analizar carteles es solo un ejemplo acerca de cómo las reflexiones teóricas y metodológicas de las ciencias sociales pueden contribuir a las deliberaciones que ocurren antes, durante y después de las marchas acerca de estas disputas.

Más allá de eso, hay algo que hace de un mundo donde se protesta un lugar en el que vale la pena seguir viviendo: el acogimiento del dolor14 de quienes han sido asesinados por ser clasificados como líderes sociales.15

Referencias

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Zavala, Virginia (2020). «Hacia una apuesta etnográfica para la glotopolítica». Caracol, no. 20 (Diciembre): 202-31. http://www.revistas.usp.br/caracol/article/view/166167.


1 Sobre estos asesinatos hay algunos estudios preliminares, por ejemplo Ball, Rodríguez y Rozo (2018), Carreño Vega, García Burgos, Gómez Calderón y Mateus Ariza (2020) y Duarte (2020). Los asesinatos fueron solo uno de los motivos de las manifestaciones de 2019 e inicios de 2020, sobre las que se enfoca este ensayo. El incumplimiento de un acuerdo de paz por parte del gobierno, las reformas tributarias que beneficiaban a los más ricos, la corrupción, la desigualdad, la discriminación, las malas condiciones laborales, el incremento de la violencia, entre otros, movieron a las personas a las calles. Para una explicación más detallada de estos motivos véase Abitbol (2019), Arciniegas (2019), Duarte (2019) y Aguilar-Forero (2020).

2 La antropología de la escritura es un campo relativamente reciente y poco conocido que hace parte de la antropología de la educación y que se pregunta por las inscripciones, las ideologías que las rodean y la forma en que se relacionan con otras prácticas sociales. Para un breve recuento de este campo véase Bartlett, López, Vasudevan y Warriner (2011) y Rudas-Burgos & Castiblanco (2018).

3 No pretendo formular una tipología de los carteles ni afirmar que hay una correlación entre estos y las categorías sociales; soy consciente del problema de las clasificaciones. Este problema ha sido ampliamente debatido por lo que cualquier intento de sintetizarlo resulta inevitablemente sesgado e insuficiente. Dicho esto, cabe recordar que todo Marx se basa en clasificaciones (las clases sociales, ver Marx y Engels [1848], 1994) y que la obra completa de Foucault (esp. [1966] 2005 y [1976] 1978) historiza y pone en perspectiva de poder cualquier intento de establecerlas. Bourdieu ve las clasificaciones como resultado de una dinámica económica de bienes simbólicos (esp. [1982] 2008) y Butler encuentra en el concepto de performance una forma de entender la construcción de clasificaciones desde el cuerpo de los agentes, especialmente al respecto del género (para un buen video introductorio véase Butler, 2011). A pesar de estas consideraciones, M.G. Smith (1998) intentó hacer un tratado «universal» sobre clasificaciones sociales, que vale la pena leer así sea como caso emblemático de autoridad académica. Por otra parte, los problemas de la recursividad y la reflexividad (hacer clasificaciones afecta a quienes son objeto de la clasificación y, además, quienes son «objeto» también hacen clasificaciones, lo que causa bucles interminables y cuestiona las ciencias sociales en tanto que ciencias) está brillantemente expuesto en Reynoso (2006) y en la clásica obra de Hofstadter, ([1979] 1999).

4 Sobre etnografía también hay abundante bibliografía y los debates son acalorados. Aquí baste con decir que no excluye hacer clasificaciones rigurosas sino que les da sentido, junto con lo subjetivo, a partir de una pluralidad de aproximaciones teóricas y metodológicas que se ponen a dialogar entre sí. Para una introducción a la etnografía (con un énfasis en lenguaje) véase Blommaert y Jie (2010) y sobre sus posibilidades epistemológicas véase Nader (2011). Una fuente de inspiración para este ensayo son las reflexiones sobre la utilidad de la etnografía para la perspectiva glotopolítica de Zavala (2020).

5 El concepto de indexicalidad proviene de la obra de Peirce ([1893] 2005). Para este autor, la relación entre un representamen y un objeto la hace de forma activa un interpretante. La relación puede ser de diversos tipos, entre los que están la iconicidad, el simbolismo y la indexicalidad. Este último se da cuando hay señalamiento, direccionalidad o secuencialidad en la relación, como, por ejemplo, cuando una huella indica el paso de alguien, o cuando una forma de hablar indica una categoría social. Para este último tipo de indexicalidad, que conecta formas de habla con categorías sociales, véase Hanks (2000).

6 La importancia de las correcciones para la construcción de lo social es fundamental para la etnometodología (Garfinkel, 2002), en donde se las llama «ejercicios tutoriales». Un concepto semejante proveniente de los estudios sobre el lenguaje es «discurso metapragmático» (Silverstein, 1993). Este tipo de discurso produce realidades tanto sígnicas como sociales y le da sentido a las ideologías lingüísticas (Woolard, [1998] 2012).

7 Con seguridad, la razón por la que la persona cuestionó mi uso de la gorra (por la que decidí cambiármela) no fue tanto mi pertenencia o no a un grupo de izquierda, como la indexicalidad que ese signo podría haber tenido en un contexto determinado (ser «líder social») y la repercusión material que acarrearía tal lectura (asesinato).

8 Entender este mecanismo es fundamental para quienes mienten, espían o se hacen pasar por lo que no son. Durante las marchas hubo deliberaciones constantes sobre estas personas («tiras», «grupos de choque», «infiltrados de los grupos armados» y demás). Nótese que los recursos interaccionales que usa alguien honesto y alguien que miente son los mismos y que solo es posible tener noticia de impostores cuando fallan en su cometido (Goffman, 1956).

9 Quizá sea interesante mencionar que esta persona se sorprendió cuando le conté de la distinción que hacían los «dirigentes» con respecto a los «líderes». Sabía, por supuesto, que había diferencias entre manifestantes, pero nunca había pensado que unos identificaran a otros con los Estados Unidos. Para esta persona, los signos que desplegaban los manifestantes no indicaban necesariamente algo de ese país, el cual admiraba.

10 Se trata de comentarios a un clip de video que se emitió por televisión cerca del momento en el que tomé la imagen 2 (Noticias Caracol, 2019). La imagen que me mostró la persona es un fotograma de ese video. Fotogramas semejantes circularon en las redes sociales y en medios de comunicación especialmente entre quienes se oponían a las protestas. Se pueden ver, junto con más comentarios, en Caracol Radio (2019), El Universal (2019) y Vanguardia (2019).

11 Para una discusión desde la etnografía sobre las relaciones entre ortografía y poder véase Calero Vaquera (2010) y el volumen editado por Jaffe, Androutsopoulos, Sebba y Johnson (2012).

12 También podría ser en otra ciudad de Sudán o Argelia.

13 Al momento de escribir estas líneas y en medio de la pandemia del Covid-19, los asesinatos continúan. La posición del gobierno colombiano es que se trata de crímenes aislados que no están relacionados entre sí (El Espectador, 2019). A raíz de un informe de Human Rights Watch (2021), el gobierno del recientemente posesionado presidente de los EE. UU., Joe Biden, ha pedido explicaciones al gobierno de Colombia sobre lo que parece ahora algo sistemático (Deutsche Welle, 2021). Ciertamente, los asesinatos selectivos han sido uno de los modos de violencia más comunes durante los conflictos sociales y políticos del último siglo en Colombia (Grupo de Memoria Histórica, 2013).

14 La obra de Bárcena (2001) es esencial para una educación basada en el acogimiento del dolor de quienes han padecido crímenes atroces.

15 Agradezco a Laura Villa por invitarme a escribir estas líneas y por su retroalimentación detallada e impecable. También a Carolina Chaves-O’Flynn y José del Valle por su inspiración (y por adoptarme en un momento difícil). De un modo semejante, estoy en deuda con quienes han participado en los cursos y semilleros del Instituto Caro y Cuervo, especialmente Carmen Millán, directora del Instituto, quien ha hecho posible todas mis investigaciones. Finalmente, a Lina Mora, a quien conocí durante las marchas, por la deliberación constante que alimentó de forma fundamental este ensayo. Por supuesto, cualquier error o malentendido es falta mía y no se debe a ninguna de estas personas; asumo total responsabilidad por lo dicho aquí.