Pensamiento glotopolítico. Pierre Bourdieu y la dominación lingüística

Alberto Bruzos

El mundo social es una enorme reserva de violencia acumulada.
Bourdieu, 2008a: 134

El sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002) es uno de los pensadores más influyentes en las ciencias sociales. Aunque su trabajo se centró en el análisis de los valores y las prácticas culturales en tanto que instrumentos de dominación, Bourdieu extendió su teoría sociológica al lenguaje, desarrollando nociones como «capital lingüístico» y «mercado lingüístico». El propósito de este artículo es introducir su teoría sociológica y considerar críticamente sus principales aportaciones al análisis del lenguaje. El artículo comienza con un breve esbozo biográfico de Bourdieu, seguido de una reflexión sobre el lugar que ocupa la teoría en su trabajo sociológico y una exposición de sus principales conceptos teóricos: «campos», «capital cultural», «habitus» y «violencia simbólica». Se examina después la manera en la que Bourdieu extendió su teoría de la dominación simbólica al lenguaje, incluyendo su crítica a la lingüística de Saussure y Chomsky y la definición de conceptos como «capital lingüístico» y «mercado lingüístico». El artículo concluye valorando sucintamente el impacto de Bourdieu en disciplinas como la antropología lingüística, la sociolingüística, la lingüística educacional y el análisis del discurso, y abordando las implicaciones ideológicas y ontológicas de sus metáforas teóricas de base económica.

1. Esbozo biográfico

La carrera profesional de Pierre Bourdieu estuvo marcada por una impresionante trayectoria ascendente. Nacido en un pueblo de apenas 400 habitantes en la región rural de Béarn, en los Pirineos Atlánticos, en donde su padre trabajaba como cartero, el pequeño Pierre destacó desde temprana edad como un estudiante aplicado y de enorme potencial. Gracias a ello, ganó acceso a las instituciones educativas más prestigiosas de París: en 1949, comenzó sus estudios en el liceo parisino Louis-Le-Grand, y en 1951, en la Escuela Normal Superior (ENS). En el ENS, el centro de formación de la élite intelectual francesa por el que, además de Bourdieu, pasaron figuras como Henri Bergson, Emile Durkheim, Georges Canguilhem, Claude Levi-Strauss, Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Jacques Derrida, Louis Althusser y Michel Foucault (Swartz, 1997), Bourdieu completó la «agregación» de filosofía, la cual lo capacitaba para enseñar esta materia en la educación secundaria. Terminados sus estudios en el ENS, comenzó a impartir clases de filosofía en el Liceo Théodore-de-Banville de Moulins, a 300 km. de París, actividad interrumpida por el servicio militar obligatorio a causa de la Guerra de Argelia.

En Argelia, Bourdieu empezó a hacer trabajo de campo de corte etnográfico sobre las transformaciones sociales de la Argelia colonial. Esta experiencia marcó su transición de la filosofía a la sociología. En un esbozo biográfico e intelectual escrito hacia el final de su vida, Bourdieu explicó su desplazamiento hacia la sociología y el método etnográfico como, «en parte, (…) un rechazo profundo del punto de vista escolástico basado en un principio de elevación, de distanciamiento social, en el que nunca pude sentirme cómodo del todo» (Bourdieu, 2008b: 41).1 Aparte de dicha incompatibilidad de temperamento, la sociología era un campo que, por su relativa falta de institucionalización en el mundo académico francés de los años 1950, ofrecía mejores oportunidades profesionales que la filosofía a un joven ambicioso como Bourdieu (Swartz, 1997).

A la vuelta de su etapa en Argelia, concretamente en 1961-1962, Bourdieu trabajó en la Universidad de la Sorbona como asistente de Raymond Aron, quien fue un importante amigo, mentor y valedor suyo desde los años tempranos de su carrera. En 1964, después de un breve paso por la Facultad de Letras de la Universidad de Lille, Bourdieu fue nombrado director de estudios en la Escuela de Estudios Superiores de Ciencias Sociales (EHESS) de París. Ese mismo año publicó Los herederos: los estudiantes y la cultura, escrito con Jean-Claude Passeron. Este libro contenía ya el germen de su teoría sociológica y su crítica del sistema educativo en tanto que legitimador y transmisor de los valores y las prácticas culturales de las clases dominantes. No obstante, si se compara aquella obra temprana con la continuación de 1970, La reproducción: elementos para una teoría del sistema educativo/span>, llama la atención que la primera está prácticamente desprovista de conceptos teóricos de nuevo cuño, mientras que en la segunda aparece ya un prominente aparato teórico con nociones clave como «violencia simbólica», «capital cultural» y «habitus». Si bien Bourdieu había publicado antes algunos libros y artículos basados en su trabajo de campo en Argelia, Los herederos y La reproducción lo posicionaron firmemente como una figura destacada en el campo de las ciencias sociales.

La década de 1970 supuso la consagración de Bourdieu y su proyecto de desarrollar y extender una «sociología profesional», cimentada en un riguroso método de investigación empírica, la cual se apartaba de la «sociología académica» que se enseñaba en las universidades de la época y la «sociología mediática» propia de las élites intelectuales francesas (Swartz, 1997: 26). En 1975, fundó la revista Actes de la recherche en sciences sociales, la cual serviría de plataforma para publicar muchos de sus artículos y también los de sus colaboradores cercanos. Actes fue concebida como un espacio que rompía con las convenciones de las publicaciones académicas tradicionales y fue crucial para la creación y consolidación de lo que podríamos llamar «la escuela de Bourdieu», la cual implicaba una nueva orientación metodológica que buscaba desmarcarse de la sociología «neopositivista» de su época (Boucher, 2024). En 1979, Bourdieu publicó otro libro fundamental, La distinción (1979). En esta obra, donde volvían a tener un papel central los conceptos teóricos de habitus y capital cultural, Bourdieu empleó datos empíricos obtenidos mediante encuestas sociológicas para cuestionar la objetividad y la neutralidad de las elecciones de gusto estético, mostrando que en realidad estas son un campo de batalla simbólico en el que se expresan y perpetúan las desigualdades sociales.

Los años 1980 marcaron un período de todavía mayor reconocimiento con obras como El sentido práctico (1980), Cuestiones de sociología (1980), ¿Qué significa hablar? La economía de los intercambios lingüísticos (1982), Homo academicus (1984) y La nobleza de estado (1989). Además, en 1981, fue nombrado Catedrático de Sociología en el Collège de France, una institución dedicada a la enseñanza e investigación de más alto nivel. Ese mismo año, recibió la medalla de oro del CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique), el principal organismo público de investigación en Francia. Estos dos reconocimientos consolidaron su estatus como una de las principales figuras en las ciencias sociales (Grenfell, 2013).

2. Conceptos teóricos

La sociología, tal como yo la concibo, consiste en transformar problemas
metafísicos en problemas susceptibles de ser tratados científicamente.
Bourdieu, 2008a: 51
Lo que yo hago no es en absoluto trabajo teórico, sino trabajo científico que
moviliza todos los recursos teóricos que precise el análisis empírico.
Ibíd.: 58

A pesar de haber acuñado conceptos teóricos profundamente influyentes en la sociología y otras disciplinas de las ciencias sociales, Pierre Bourdieu mantuvo siempre una relación tirante con la «teoría». Si bien criticaba el «teoricismo» de la filosofía, el cual consideraba abstracto y alejado de la realidad social concreta, rechazaba igualmente el «metodologicismo» de algunos enfoques científicos, los cuales cultivan la metodología como un fin en sí mismo. Para Bourdieu, el peligro del «fetichismo metodológico» es que «la sofisticación de las técnicas de observación y experimentación, sin redoblar la vigilancia teórica, puede llevarnos a ver cada vez mejor cada vez menos cosas» (Bourdieu et al., 1991; citado en Bourdieu & Wacquant, 1992: 28). Si bien los datos empíricos requieren teoría para cobrar sentido, la teoría debe estar siempre cimentada en el trabajo empírico, en un diálogo constante con la realidad observada, a fin de evitar caer en la especulación vacía o en la aplicación mecánica de métodos. Esta postura permitió a Bourdieu construir una sociología que, a pesar de ser profundamente teórica, se anclaba en el análisis de datos y la observación concreta del mundo social.

A continuación, paso a definir cuatro de los conceptos teóricos centrales en la sociología de Bourdieu: «campos», «capital cultural», «habitus» y «violencia simbólica».

2.1. Campos

Bourdieu concibió la sociedad como una serie de campos en los que los actores sociales luchan por diferentes tipos de capital que definen sus posiciones y el poder que pueden ejercer en su interior. Estos campos son relativamente autónomos, lo que significa que lo que es valorado en uno de ellos (como el artístico, el académico o el político) puede diferir de lo que tiene prestigio en otro (Bourdieu, 2008a). Sin embargo, todos los campos reflejan en mayor o menor medida las estructuras de poder y dominación de la sociedad en su conjunto, ya que están atravesados por relaciones de clase y formas de desigualdad social. A pesar de que los campos son espacios sociales de oposición profundamente jerarquizados, con agentes e instituciones dominantes, dentro de ellos existe siempre un margen de agencia y posibilidad de cambio (Thomson, 2013).

2.2. Capital cultural

De una manera todavía más específica, el espacio social está construido de tal modo que los grupos se distribuyen en él según dos principios: el capital económico y el capital cultural (Bourdieu, 2011). Mediante la distinción fundamental entre estos dos tipos de capital, Bourdieu trató de establecer el carácter arbitrario del capital cultural y su tendencia a homologarse con la estructura del campo económico por medio del «proceso de transposición o transferencia del capital» (Moore, 2013: 101; ver también Bourdieu, 2012: 200-202). De acuerdo con este principio, una forma de capital puede transformarse en otra, de modo que el capital tiende a acumularse, preservarse y transmitirse. Si bien, para Bourdieu, el capital económico está en la base del capital cultural y otras formas inmateriales de capital como el social y el lingüístico (Bourdieu, 2002), estos reciben y presentan su valor de manera subrepticia, ocultando incluso a quienes los poseen la desigualdad inherente en el sistema de valoración.

Entender cómo funciona el capital y sus transformaciones requiere superar la visión economista de teorías como el marxismo, que reducen todo al capital económico y descuidan la eficacia de los otros tipos de capital, pero igualmente requiere no caer en el reduccionismo de una visión estrictamente semiológica, que ve los intercambios sociales solo como fenómenos de comunicación, ignorando su base económica (ibíd.). Para evitar ambos extremos, es necesario prestar atención a la manera particular en que cada campo transpone el sistema de relaciones desiguales del poder económico de acuerdo con una lógica autónoma. Uno de los ejemplos de Bourdieu en La distinción es la manera de ordenar los juicios de valor acerca de los consumos alimenticios. En este campo, el alto capital cultural y económico se asocia con productos ricos en proteínas y pobres en grasas (carne de ternera, pescado, fruta) e ideas como fino, refinado, ligero, magro, crudo o a la parrilla. En contraste, el bajo capital cultural y económico se asocia con la chacinería, la carne de cerdo, el cocido y el pan e ideas como salado, graso, pesado, fuerte, cocido, barato y nutritivo. Pero el cruce de capital económico y capital cultural permite identificar además otros dos puntos en el cuadrante del espacio social: por un lado, el de aquellos con bajo capital económico y alto capital cultural, cuyo consumo se corresponde con productos sanos y naturales como el yogurt, el zumo fresco, la mermelada natural e ideas como exótico y rebuscado; por otro, el de aquellos con alto capital económico pero bajo capital cultural, cuyo consumo se asocia a productos altos en calorías, fuertes, salados y grasientos como los licores, la pastelería y los aperitivos (Bourdieu, 2012: 222). De manera similar, el terreno del consumo cultural se organiza en torno a nociones como distinguido o elevado para objetos asociados a los gustos de las clases con mayor capital económico y cultural (la ópera, la música clásica), vulgar o fácil para objetos cuyo público carece de capital económico y cultural (las telenovelas, la prensa rosa), y pretencioso en aquellos casos en los que hay una discordancia entre el bajo capital económico y cultural del consumidor y el alto caché social del producto (ibíd.: 206). Así, «las diferencias en las prácticas, los bienes poseídos [y] las opiniones expresadas se vuelven diferencias simbólicas y constituyen un verdadero lenguaje», en tanto que funcionan «al modo de las diferencias constitutivas de los sistemas simbólicos, como el conjunto de fonemas de una lengua o el conjunto de rasgos distintivos y de separaciones diferenciales constitutivos de un sistema mítico, es decir, como los signos distintivos» (Bourdieu, 1997: loc. 308-312).

2.3. Habitus

«Habitus» es uno de los conceptos teóricos más enigmáticos de la sociología de Bourdieu, y posiblemente aquel con mayor poder explicativo. Mediante este concepto, Bourdieu trató de conciliar el dilema filosófico entre subjetivismo y objetivismo: ¿son los seres humanos capaces de modificar las condiciones sociales en las que viven, o simplemente son determinados y formados por ellas? (Blommaert, 2015). Para Bourdieu, el habitus es el «producto de condicionamientos sociales asociados a una determinada condición» (Bourdieu, 1997: loc. 293). El habitus es, pues, una «estructura estructurada» en tanto que refleja e incorpora un lugar particular en la división de clases sociales. Pero es también una «estructura estructurante» en tanto que organiza y genera prácticas sociales y también sistemas de percepción y valoración de estas (Bourdieu, 2012: 201-202).

En el habitus de un individuo se inscribe la condición y posición social de este como en un ADN configurado socio-históricamente, y además ese habitus condiciona la práctica del individuo: su manera de hablar, de comer, de ocupar el espacio. Así, los «estilos de vida» característicos de una sociedad son al mismo tiempo producidos por el habitus y registrados en él, deviniendo «sistemas de signos» clasificados socialmente como «distinguidos», «vulgares», etc. (ibíd.). La posición socioeconómica de un individuo termina siendo «capital incorporado [literalmente, inscrito en el cuerpo], riqueza externa convertida en una parte integral de la persona, en un habitus» (Bourdieu, 2002: 283). Es así como la clase se lleva inscrita en el cuerpo y como cada cuerpo es un conjunto de signos en el que, si se maneja el código social, se puede reconocer una posición social.

2.4. Violencia simbólica

Recapitulando, para Bourdieu, los valores culturales no son neutrales, esto es, no obedecen a un orden natural, un designio divino o, ni siquiera, un sentido de utilidad. Al contrario, nuestras escalas de valor reflejan y legitiman jerarquías sociales, funcionando como mecanismos de reproducción de la desigualdad social. El éxito de esta operación depende en buena medida de la aparente neutralidad y universalidad de valores como la belleza, la distinción y el gusto. De acuerdo con Bourdieu, dichos valores solamente pueden parecer absolutos y universales en tanto que son abstraídos de sus condiciones sociales de producción. La abstracción es una condición fundamental de la llamada «violencia simbólica», entendida como «la violencia que se ejerce sobre un agente social con la complicidad de este mismo» (Bourdieu & Wacquant, 1992: 167). Esto es, la violencia simbólica garantiza la aceptación de un sistema de valores arbitrario en tanto que su arbitrariedad permanece oculta y su superioridad se presenta, en cambio, como algo natural, lógico e incuestionable. Así, los grupos sociales dominados o subalternos perciben y aceptan como legítimos e indudablemente superiores los valores culturales de los grupos sociales dominantes, contribuyendo a su propia dominación cultural: el subyugado internaliza los valores del poderoso y, por tanto, termina consintiendo en su propia sumisión.

Puesto que la dominación basada en el capital cultural excluye la conciencia de ser dominado, «es mucho más estable, mucho más fuerte que una dominación fundada solamente en el capital económico» (Bourdieu, 1997: loc. 1942-1943). La violencia simbólica de Bourdieu parece similar a la noción de «falsa conciencia» en la teoría marxista. Como aquella, esta también se refiere a una percepción engañosa de la realidad social que impide reconocer la verdadera naturaleza de la explotación y opresión bajo el capitalismo, lo que hace que tanto las clases dominantes como las dominadas acepten el statu quo como una situación lógica y natural (Eyerman, 1981). No obstante, mientras que para Marx la explotación se debe a relaciones sociales inherentes al capitalismo (las cuales tienen su origen en la propiedad privada de los medios de producción y la consiguiente división de clases entre capitalistas y proletariado), la violencia simbólica parece más irrevocable puesto que, para Bourdieu, las relaciones de dominación se inscriben de manera perdurable en el habitus del individuo y son transpuestas de un campo a otro (Burawoy, 2019).

3. La extensión de la teoría al lenguaje: capital y mercado lingüísticos

Las primeras reflexiones sobre el lenguaje de Bourdieu aparecen en el trabajo sobre el sistema educativo francés realizado con Jean-Claude Passeron en los años 1960. Así, en La reproducción (1970) hay ya pasajes que anticipan claramente su perspectiva posterior:

El valor social de los diferentes códigos lingüísticos disponibles en una sociedad en un momento dado (es decir, su rentabilidad económica y simbólica) siempre depende de la distancia que los separa de la norma lingüística que la escuela logra imponer al definir los criterios socialmente reconocidos de «corrección» lingüística. (…)
Nadie adquiere una lengua sin, al mismo tiempo, adquirir una relación para con ella. En cuestiones culturales, el modo de adquisición perpetúa aquello que se adquiere, en la forma de un cierto modo de usarlo, y el propio modo de adquisición expresa las relaciones objetivas entre la calidad social de lo adquirido y las características sociales del que lo adquiere. Así, es en la relación con el lenguaje donde se encuentra el principio subyacente a las diferencias más visibles entre el lenguaje burgués y el de la clase trabajadora. (Bourdieu & Passeron, 1990: 116)

No obstante, es entre 1975 y 1982 cuando Bourdieu elabora una teoría del lenguaje independiente de su crítica del sistema educativo. Esto ocurre en una serie de publicaciones («El fetichismo de la lengua» y «El lenguaje autorizado: notas sobre las condiciones sociales de la eficacia del discurso ritual», ambos en Actes de la recherche en sciences sociales en 1975) y conferencias («La economía de los intercambios lingüísticos», en 1977; «Qué significa hablar», «El racismo de la inteligencia» y «El mercado lingüístico», en 1978, estas últimas tres publicadas en Cuestiones de sociología en 1980). Estas primeras intervenciones sirvieron para desarrollar las ideas del libro Qué significa hablar: la economía de los intercambios lingüísticos, publicado en 1982 (con edición española de Akal en 1985) y revisado y aumentado para la edición en inglés, Language and Symbolic Power (1991), publicada en francés en 2001.2

3.1. Crítica de la lingüística

En cuanto se trata el lenguaje como un objeto autónomo, aceptando la
separación radical que hizo Saussure entre la lingüística interna y la
lingüística externa, entre la ciencia de la lengua y la ciencia de los usos
sociales de la lengua, uno se condena a buscar el poder de las palabras en
las palabras mismas, es decir, donde no está.
Bourdieu, 1975: 183

Igual que la cultura, el lenguaje no es solo un instrumento de comunicación sino también «una relación económica donde se juega el valor del que habla» (Bourdieu, 2008a: 99), de modo que «las relaciones lingüísticas son siempre relaciones de poder simbólico» (Bourdieu & Wacquant, 1992: 142). Esta es una dimensión que la lingüística moderna decidió ignorar desde sus orígenes, desde el momento en que Saussure separó la lingüística interna de la externa y designó la primera como único objeto teórico de una lingüística científica (Bourdieu, 2001). La decisión de evacuar lo social no fue intrascendente. Al contrario, en ella se jugaba el destino de la lingüística y su posición en el espacio académico de las ciencias. Al purificar el lenguaje de las dimensiones políticas y de poder involucradas en su uso, Saussure puso la lingüística en la vía de abstracción y formalismo que la llevaría a convertirse en ciencia dominante entre las ciencias sociales, posición de privilegio que todavía mantenía durante la etapa formativa de Bourdieu.3

La misma división epistemológica de Saussure entre lengua y habla reaparece en la teoría de Chomsky con la dicotomía entre competencia y actuación. En ambos casos, las «leyes inmanentes del discurso legítimo» son convertidas en «normas universales de la práctica lingüística, escamoteando la cuestión de las condiciones económicas y sociales de adquisición de la competencia legítima y de la constitución del mercado en donde se decide y se impone qué es legítimo y qué no lo es» (ibíd.: 68).4 La apuesta de la lingüística moderna, pues, consiste en reducir el lenguaje a la gramática, elevando a la condición de realidad última del lenguaje el resultado de un esquema clasificatorio artificial, una codificación formal ingeniada a partir de prácticas lingüísticas enormemente heterogéneas. Ahora bien, la reducción de estas a una gramática formal implica «un cambio de estatus ontológico» (Bourdieu, 1986: 41). La «codificación» de la lengua «introduce la posibilidad de un control lógico» del lenguaje, un control «jurídico» que está en la base de la instauración de un régimen de normatividad lingüística (ibíd.). Así, la lengua de Saussure y la competencia de Chomsky, como códigos que existen al margen de las prácticas lingüísticas particulares, e incluso en conflicto con ellas,5 dan una pátina científica a la «lengua oficial», la cual es una construcción política ligada a la formación del estado, y tiene en los lingüistas su cuerpo de juristas y en los maestros sus agentes de imposición y control (Bourdieu, 2001: 70-71).

3.2. Mercado lingüístico y capital lingüístico

El habitus es un capital, pero, al estar incorporado,
se presenta bajo la apariencia de lo innato.
Bourdieu, 2008a: 133

Para Bourdieu, la existencia de una lengua estándar u oficial no responde a fines prácticos de comunicación sino a la necesidad de unificar el mercado lingüístico. Este es el espacio social donde tienen lugar los intercambios lingüísticos, cuyo valor depende de la intermediación de instituciones y mecanismos específicos (Bourdieu, 2001). Si bien estos pueden ser explícitos, como es el caso de medidas de política lingüística y presiones de grupos sociales, en su mayor parte las disposiciones que orientan las prácticas y las valoraciones de los hablantes operan de manera implícita e inconsciente.

El carácter implícito de «las leyes de formación de los precios de las producciones lingüísticas» es una de las condiciones para que se ejerzan efectivamente los efectos de la dominación lingüística (Bourdieu, 2008a: 127), la cual, conforme a la lógica de la violencia simbólica, requiere consentimiento y subterfugio. Pero igualmente de esencial es la unificación del mercado lingüístico, de la cual depende la consistencia de las valoraciones acerca de las prácticas lingüísticas. Es así como se naturaliza el capital lingüístico asociado a las formas lingüísticas legitimadas, cuyo valor, en el fondo, radica en la inculcación en el habitus de disposiciones basadas en las sanciones del mercado lingüístico (Bourdieu, 2001). Y es así como, de la misma manera, se devalúan las prácticas lingüísticas del dominado, quien, en la escuela, el trabajo y, en fin, cualquier encuentro social con el dominante, habla siempre un lenguaje deficiente (Bourdieu & Wacquant, 1992: 143).

Para Bourdieu, «el lenguaje es una técnica del cuerpo, y la competencia lingüística (y especialmente la fonológica) es una dimensión de la disposición física en la cual se expresa toda la relación con el mundo social» (ibíd.: 149). La «ilusión del comunismo lingüístico» (Bourdieu, 2001: 67) propia de la teoría lingüística (la lengua como tesoro de Saussure y la facultad lingüística común a la especie humana de Chomsky) oculta que, en realidad, el lenguaje es un instrumento de dominación social, en tanto que existe acceso desigual a las variedades legitimadas. Así, el valor asociado a la lengua reproduce diferencias sociales en el orden simbólico: «Hablar es apropiarse de uno u otro de los estilos expresivos ya constituidos en y por el uso, los cuales están marcados objetivamente por su posición dentro de una jerarquía de estilos que expresa en el orden lingüístico la jerarquía de los grupos que les corresponden» (Bourdieu, 2001: 83). El habitus se configura como una unidad de estilo que da coherencia a las prácticas y las valoraciones de los agentes sociales, y es así como novelistas como Balzac o Flaubert logran representar una determinada clase social a través de descripciones del ambiente y usos lingüísticos (Bourdieu, 1997: loc. 295-297).6 El lenguaje pone a cada uno en su lugar: cuando dos personas de grupos sociales en conflicto se comunican lingüísticamente, no solo se hablan esas dos personas, sino que, a través de ellas, se reactiva toda la relación histórica de dominación política, económica y cultural entre ambos grupos (Bourdieu & Wacquant, 1992: 144).

Bourdieu reconoce que el capital lingüístico no reside únicamente en el lenguaje, sino que las jerarquías sociales de base persisten incluso cuando el dominado logra manejar el registro social del dominante, o cuando el dominante (mediante lo que Bourdieu denomina «estrategia de condescendencia») accede a emplear el lenguaje del dominado (Bourdieu, 2001: 101-102). Así pues, «la competencia lingüística no es una simple capacidad técnica sino una capacidad de estatus acompañada frecuentemente de capacidad técnica» (ibíd.: 103). El reconocimiento de una competencia lingüística legítima no depende únicamente de manejar el lenguaje adecuado, sino que requiere ante todo ser reconocido como un hablante legítimo, una persona «autorizada» a emplear la variedad lingüística legítima. Según la misma lógica, la mayor esperanza de revalorización de una variedad lingüística estigmatizada pasa por ser apropiada por los hablantes de la lengua legítima (ibíd.)

4. Influencia de Bourdieu en las ciencias del lenguaje

Suele ser vago donde un lingüista necesita especificidad, y a menudo es
específico en áreas donde los lingüistas no se aventuran.
Hanks, 2005: 78

La aportación más importante de Bourdieu a las ciencias del lenguaje es su aparato teórico para abordar la relación entre lenguaje y poder. Las nociones desarrolladas por Bourdieu se han vuelto parte del vocabulario teórico de disciplinas como la antropología lingüística, la sociolingüística, la lingüística educacional y el análisis del discurso (Blommaert, 2015). Queda fuera del alcance de este trabajo realizar una revisión exhaustiva del impacto de Bourdieu, pero es evidente que todas estas disciplinas han incorporado aspectos de su análisis de la reproducción de estructuras de poder por medio del lenguaje, su crítica de los regímenes de normatividad y su insistencia en la necesidad de desbordar los límites artificialmente impuestos por la lingüística moderna para considerar la realidad social del lenguaje.

La influencia de Bourdieu va desde aplicaciones más orgánicas de su teoría que recurren a la batería completa de conceptos, como por ejemplo Adrian Blackledge (2005) en su estudio sobre discursos racistas e ideologías lingüísticas discriminatorias en el Reino Unido de los primeros años 2000, hasta artículos como el influyente «Undoing appropriatedness» de Nelson Flores y Jonathan Rosa (2005), el cual, sin citar a Bourdieu ni aplicar ninguno de sus conceptos de manera directa, extiende su crítica al sistema educativo por legitimar y estigmatizar prácticas lingüísticas al imponer estándares de «adecuación» que devalúan las variedades de comunidades racializadas. Como he argumentado en otra parte (Bruzos, 2023), las nociones de «capital lingüístico» y «mercado lingüístico» son también importantes fuentes de inspiración en la literatura sobre la mercantilización del lenguaje. Así, Bourdieu es una referencia central en algunos de los primeros textos en formular la idea del lenguaje como una mercancía, como por ejemplo Gal (1989) e Irvine (1989), y aparece también de manera destacada en exposiciones teóricas de la mercantilización lingüística como las de Park y Wee (2012) y Heller y Duchêne (2012, 2016).

No obstante, dado el fuerte anclaje de la teoría desarrollada por Bourdieu en el trabajo empírico (cf. Bourdieu & Wacquant, 1992: 224-225), sus conceptos tienden a perder especificidad y poder explicativo cuando se aplican en contextos significativamente distintos, o cuando alguno de ellos es invocado de manera aislada, sin tener en cuenta que su sentido depende de la posición en un marco teórico que funciona como un ecosistema de conceptos basados en la observación etnográfica y el análisis cuantitativo (Blommaert, 2015). Aparte de estos problemas generales de trasposición del marco teórico, la concepción del lenguaje de Bourdieu ha sido criticada por su economicismo y por sucumbir a la hegemonía neoliberal a causa del uso extendido de metáforas teóricas basadas en términos económicos como «capital» y «mercado» (Holborow, 2015), crítica que paso a examinar en la siguiente sección.

4.1. Marnie Holborow: El mercado lingüístico como metáfora neoliberal

El neoliberalismo es un concepto difícil de definir en un par de líneas, ya que abarca tanto dimensiones económicas como políticas y sociales. Desde una perspectiva histórica, es un periodo que se extiende desde los años 1980 hasta el presente y se caracteriza por la implementación de medidas políticas para reducir la intervención del estado en la economía, incluyendo medidas de privatización, desregulación, flexibilización del mercado laboral, etc. (Gerstle, 2022). La idea común de estas intervenciones es que el mercado es un mecanismo más eficiente que el estado para asignar recursos, promover la competencia, generar crecimiento económico y estimular la creación de mercados globales. Ahora bien, esta es solo la mitad de la historia: el neoliberalismo es también «un proyecto político para restablecer las condiciones para la acumulación de capital y restaurar el poder de las élites económicas», desmantelando el estado de bienestar y favoreciendo los intereses privados sobre los públicos (Harvey, 2005: 19). Desde un punto de vista inspirado por el trabajo de Michel Foucault (2008), se ha puesto énfasis en la manera en que el neoliberalismo produce formas de subjetividad que conciben y conforman al individuo como un agente económico, un empresario que invierte en su propio capital humano, es decir, en el desarrollo de habilidades y cualificaciones para competir en el mercado laboral (Brown, 2015).

Para el neoliberalismo, el mercado «expresa una verdad fundamental sobre la naturaleza humana» (Holborow, 2015: 34). De acuerdo con Marnie Holborow, al aplicar la metáfora conceptual del mercado al análisis del lenguaje, Bourdieu da a entender que este expresa también una verdad fundamental sobre la naturaleza del lenguaje. En consecuencia, su teoría no solo distorsiona y simplifica la complejidad del lenguaje, sino que además replica los presupuestos de la ideología neoliberal que ve en el mercado la medida y razón de ser de todas las cosas.

Como advierte Holborow, esta lectura entra en conflicto con la posición política de Bourdieu. De hecho, Bourdieu fue uno de los primeros intelectuales en criticar el neoliberalismo, en el cual veía la imposición de una lógica de competencia y mercado que favorecía a las élites económicas mientras marginaba a los sectores más vulnerables de la sociedad, generando además nuevas formas de dominación simbólica, en tanto que las desigualdades económicas se naturalizaban bajo el disfraz de la eficiencia y el progreso económico (Calhoun, 2002).

La contradicción puede deberse a la distancia temporal entre el desarrollo de los conceptos de «capital» y «mercado lingüístico» (los cuales, como vimos, aparecían ya en La reproducción de 1970, pero fueron definidos de una manera más concreta en una serie de trabajos fechados entre 1975 y 1982) y la crítica del neoliberalismo (fines de los años 1990). Sin embargo, para Holborow es todavía más importante el hecho de que, en su teoría sociológica, Bourdieu tratase de evitar explicaciones basadas en la economía política y el materialismo de corte marxista (cf. Burawoy, 2019), desarrollando en cambio explicaciones basadas en la dimensión cultural o simbólica pero expresadas mediante terminología económica.

El uso de términos económicos «alternando entre lo teórico y lo metafórico» (Holborow, 2015: 55) (y, de hecho, para complicar todavía más las cosas, también lo literal) tan típico del estilo de Bourdieu genera confusión entre los tres planos de sentido, como podemos ver en el siguiente pasaje, en el cual «mercado» se usa claramente en sentido metafórico (4) literal (5) y teórico (6):

La lengua dominante domina tanto más cuanto más completamente dominan los dominantes (1) el mercado particular. La probabilidad de que el locutor adopte el francés para expresarse aumenta a medida que (2) el mercado es dominado por los dominantes, por ejemplo, en las situaciones oficiales. Y la situación escolar forma parte de la serie de (3) mercados oficiales. En este análisis no hay economicismo. No se trata de decir que todo (4) mercado es un (5) mercado económico. Pero tampoco hay que negar que existe un (6) mercado lingüístico que supone, de forma más o menos directa, apuestas [enjeux] económicas. (Bourdieu, 2008a: 107; los números y la cursiva son míos.)

Menos fácil resulta decidir qué tipo de interpretación requieren las tres primeras menciones del término. ¿Es ahí «mercado» una metáfora para indicar que algo (por ejemplo, la «situación escolar») funciona como un mercado?7 ¿O es una abreviación del concepto teórico «mercado lingüístico»? ¿O se refiere acaso a un mercado mercado (esto es, un mercado económico)? Aunque Bourdieu indica que la tercera interpretación no es correcta («En este análisis no hay economicismo. No se trata de decir que todo mercado es un mercado económico»), tal comentario implica reconocer que, cuando menos, tal interpretación es posible.

En contraste, en su crítica del neoliberalismo, los mismos términos que en la teoría sociológica funcionan como metáforas conceptuales adquieren por necesidad un sentido literal, esto es, económico:

Este mercado financiero está dominado por ciertas economías, es decir, por los países más ricos, y en particular por el país cuya moneda se utiliza como moneda internacional de reserva, lo que le otorga dentro de estos mercados financieros un gran margen de libertad. (Bourdieu, 1998: 43-44; la cursiva es mía)

(…) La supresión de todas las regulaciones en todos los mercados, comenzando por el mercado laboral, la prohibición de los déficits y la inflación, la privatización generalizada de los servicios públicos, la reducción del gasto público y social. (Ibíd.: 115; la cursiva es mía)

Acertadamente, Holborow ve la teoría del lenguaje de Bourdieu como parte del «proyecto más general (…) de incorporar términos económicos en la descripción sociológica» (Holborow, 2015: 55). Este proyecto parece haber cobrado forma hacia fines de los años 1960 y principios de los 1970, que es el periodo durante el cual Bourdieu desarrolló su aparato teórico. Así, mientras que en Los herederos Bourdieu y Passeron daban cuenta de la desigualdad educativa sin recurrir a conceptos teóricos de base económica, en La reproducción aparece ya la metáfora conceptual del «mercado», integrada en un incipiente aparato teórico que incluye nociones como «capital cultural» y «capital lingüístico». De esa misma época es el artículo «El mercado de los bienes simbólicos», en el cual Bourdieu examina «la autonomización progresiva del sistema de relaciones de producción, circulación y consumo de bienes simbólicos», esto es, el desarrollo de la producción de obras artísticas (literatura, pintura, música), la cual había sido controlada por la corte y la Iglesia durante la Edad Media y el Renacimiento, en un campo artístico autónomo (1971: 49).

Para diciembre de 1978, cuando imparte la conferencia titulada «El mercado lingüístico», Bourdieu había desarrollado ya una teoría del lenguaje con poder explicativo a partir de la metáfora conceptual económica. Así, en dicha conferencia Bourdieu concibe la producción del discurso como el resultado de la operación «habitus lingüístico + mercado lingüístico» (Bourdieu, 2008a: 120), contrasta el «habitus lingüístico» con la «competencia de tipo chomskiano» (ibíd.: 121) y propone «sustituir la noción de competencia por la noción de capital lingüístico» (ibíd.: 123). No obstante, la definición de los conceptos basados en metáforas económicas sigue dependiendo, necesariamente, de una analogía con el funcionamiento del capital y el mercado en el ámbito económico, como podemos ver en la siguiente cita de la misma conferencia:

Así un capital no se define como tal, no funciona como tal, no aporta beneficios más que en un mercado determinado. Ahora hay que precisar un poco esta noción de mercado y tratar de describir las relaciones objetivas que le confieren a este mercado su estructura. ¿Qué es el mercado? Hay productores individuales (representación marginalista del mercado) que ofrecen su producto y después unos y otros ejercen su juicio y sale de ahí un precio de mercado. Esta teoría liberal del mercado es tan falsa para el mercado lingüístico como para el mercado de los bienes económicos. Así como en el mercado económico hay monopolios, relaciones de fuerzas objetivas que hacen que todos los productores y todos los productos no sean iguales de partida, también en el mercado lingüístico hay relaciones de fuerza. Así, el mercado lingüístico tiene leyes de formación de precios que operan de tal manera que no todos los productores de productos lingüísticos, de palabras, son iguales. Las relaciones de fuerza que dominan este mercado y que provocan que determinados productores y determinados productos tengan un privilegio de partida, suponen que el mercado lingüístico esté relativamente unificado. (Bourdieu, 2008a: 124-125)

Recapitulando, aunque Holborow entiende que Bourdieu emplea la metáfora del mercado y el capital lingüístico para mostrar que el lenguaje refleja desigualdades económicas y sociales, para ella está claro que la transposición del vocabulario económico a un fenómeno como el lenguaje tiene implicaciones ideológicas. Entre otras cosas, el uso de metáforas económicas parece sugerir que el comportamiento lingüístico responde a un cálculo implícito (inculcado como parte del habitus) basado en el interés individual, lo que «coincide con la visión neoliberal de la autonomía del mercado y la necesidad de que los individuos actúen en conformidad con él» (Holborow, 2015: 69). Para Bourdieu, sin embargo, su teoría echa mano de conceptos como «capital» y «mercado» precisamente para demostrar la autonomía del campo lingüístico, en el sentido de que la lucha de fuerzas y los intereses existentes en su interior obedecen a una lógica propia que no siempre se puede reducir al cálculo económico (cf. Akram, 2023: 88-91). O sea, «en este análisis no hay economicismo. No se trata de decir que todo mercado es un mercado económico» (Bourdieu, 2008a: 107).

4.2. La especificidad histórica del mercado lingüístico

Aparte de implicaciones ideológicas, la teoría del lenguaje de Bourdieu conlleva también implicaciones ontológicas relacionadas con su falta de especificidad histórica.

La profunda influencia de Bourdieu en las disciplinas que estudian el lenguaje (con la notable excepción de la lingüística) se debe en buena medida a que su teoría concuerda con nuestra experiencia del lenguaje como instrumento de poder y como una práctica moldeada y valorada de acuerdo con la posición social de los hablantes, una experiencia que desborda los límites metodológicos y teóricos autoimpuestos por la lingüística moderna. En este sentido, sin duda su teoría revela una verdad sobre el lenguaje. Sin embargo, una cosa es decir que esta verdad consiste en que el lenguaje funciona como un mercado, y otra muy distinta es afirmar que el mercado es un elemento constitutivo del lenguaje, en tanto que el lenguaje se halla siempre sometido a las leyes de un mercado simbólico que determina el valor de las expresiones lingüísticas. Como hemos visto más arriba, en algunos pasajes de la obra de Bourdieu el «mercado lingüístico» parece funcionar como una metáfora, esto es, por analogía con el mercado económico. No obstante, el uso extendido de la metáfora conceptual en sus trabajos académicos, junto con afirmaciones tajantes cuando Bourdieu tiene la oportunidad de explicar el sentido de su teoría en conferencias, entrevistas y seminarios dan a entender que, para él, responder a las leyes de un mercado es parte de la constitución ontológica del lenguaje. Valgan de ejemplo los siguientes pasajes, cuyos subrayados son míos:

Una de las leyes de la sociolingüística es que el lenguaje empleado en una situación particular no depende únicamente, como cree la lingüística interna, de la competencia del locutor en el sentido chomskiano del término, sino también de lo que yo llamo el mercado lingüístico. (Bourdieu, 2008a: 98)

Toda situación lingüística funciona como un mercado en el que se intercambian cosas. (…) La relación de comunicación no es una simple relación de comunicación, es también una relación económica donde se juega el valor del que habla. (Ibíd.: 99)

Todo acto de interacción, toda comunicación lingüística, incluso entre dos personas, entre dos compañeros, entre un muchacho y su novia, todas las interacciones lingüísticas son especies de micro-mercados que se hallan siempre dominados por las estructuras globales. (Ibíd.: 124)

Las relaciones lingüísticas son siempre relaciones de poder simbólico mediante las que se actualizan de forma transfigurada las relaciones de fuerza entre los hablantes y sus respectivos grupos. En consecuencia, es imposible dilucidar cualquier acto de comunicación ciñéndose únicamente al análisis lingüístico. (Bourdieu & Wacquant, 1992: 142)

Ahora bien, ¿no es anacrónico decir que el mercado forma parte de la ontología del lenguaje, esto es, que el lenguaje ha sido siempre un mercado, incluso antes de que existieran mercados? El lenguaje precede vastamente al neoliberalismo, el capitalismo e incluso la primera evidencia arqueológica de mercados, la cual proviene de Babilonia y los imperios tempranos del Oriente Medio y el Mediterráneo (Casson & Lee, 2011). Este sinsentido ontológico se debe a una limitación fundamental en la perspectiva de Bourdieu, la cual, pese a querer desvelar «leyes universales» e «invariantes transhistóricas» sobre el funcionamiento de los campos (Wacquant, 1989: 36; citado por Calhoun, 1993: 66), carece de un análisis histórico capaz de considerar distinciones entre épocas y sociedades particulares (Calhoun, 1993). Así, a causa de sus raíces estructuralistas y funcionalistas, la teoría de Bourdieu funciona bien como teoría de la reproducción, pero no del cambio histórico, el cual es un punto ciego de su análisis (ibíd.; cf. también Burawoy, 2019: 40-43).

Con todo, el trabajo de Bourdieu contiene momentos de apertura a una perspectiva histórica. Si bien estos momentos ocupan un plano secundario, apareciendo a menudo en un cuadro aparte (como en Bourdieu & Boltanski, 1975) o en párrafos con distinto sangrado y letra más pequeña (como en Bourdieu, 2001), habría que prestarles atención para tratar de dar cuenta de las diferentes funciones del lenguaje en sociedades y periodos históricos concretos. Uno de dichos momentos son las secciones en que Bourdieu considera el contexto histórico de la formación de un mercado lingüístico unificado, el cual es el resultado de un proceso de «codificación en parte ligado con la disciplina y la normalización de las prácticas» (Bourdieu, 1986: 41). Para Bourdieu, la codificación refleja los intereses de las grandes burocracias del estado, las cuales requieren una lengua única por razones ideológicas (esto es, como base de la identidad nacional) y administrativas. Bourdieu es consciente de que este proceso de unificación y codificación lingüística responde a condiciones históricas específicas. Lo podemos ver claramente en su análisis del papel que jugaron los cambios del sistema de enseñanza francés durante el siglo XIX en «el abandono de los dialectos y la instauración de una nueva jerarquía de usos lingüísticos» (Bourdieu & Boltanski, 1975: 7). Dichos cambios fueron más allá de «formalizar» el francés y elevar la gramática y la ortografía al estatus de elementos de distinción social, e incluyeron también modificaciones en condiciones extralingüísticas como el incremento el número de maestros y escuelas (y, así, también de alumnos) y la institución de títulos escolares que formalizaron la mediación entre la escuela y el mercado de trabajo. Otro momento similar es cuando Bourdieu contrasta los procesos de unificación lingüística anteriores y posteriores a la Revolución francesa, los primeros más puntuales y conectados con la construcción del Estado monárquico, y los segundos más centralizados y ligados a la constitución de la nación. Es en este segundo periodo cuando «se vuelve indispensable la lengua estándar, impersonal y anónima como los usos oficiales para los que debe servir y, al mismo tiempo, el trabajo de normalización de los productos de los habitus lingüísticos» (Bourdieu, 2001: 74).

Si se quiere entender la especificidad histórica de conceptos como «mercado lingüístico» y «capital lingüístico» es necesario situarlos en el marco de la modernidad y, más concretamente, del desarrollo del capitalismo, el nacionalismo y la democracia liberal a raíz de lo que Eric Hobsbawm (1996) llamó la «doble revolución»: esto es, las dos grandes transformaciones que ocurrieron simultáneamente en Europa entre finales del siglo XVIII y principios del XIX a consecuencia de la Revolución Industrial y la Revolución francesa, las cuales dieron forma al mundo moderno. Los profundos cambios económicos, políticos y sociales de este periodo transformaron igualmente la función del lenguaje en las sociedades europeas, convirtiéndolo en el vehículo de la educación (cf. Grillo, 1989), la expresión de una identidad nacional formalizada o no en un Estado propio (cf. Hobsbawm, 1990), el medio de participación en la esfera pública de la naciente democracia liberal (cf. Habermas, 1991), la materia prima de nuevas técnicas, medios y prácticas de comunicación de masas (cf. Williams, 1983) y el instrumento de la verdad científica elevada por el racionalismo y la ilustración (cf. Bauman & Briggs, 2003).8 Las exigencias que conllevan estas nuevas funciones requirieron fijar y formalizar el lenguaje, lo que implicó un «cambio de estatus ontológico» en tanto que supuso «acabar con la ambigüedad, la vaguedad, las fronteras mal definidas y las divisiones aproximadas, produciendo clases claras, realizando cortes precisos y estableciendo fronteras bien delimitadas» con el fin de «hacer las cosas más simples, más claras, más comunicables» (Bourdieu, 1986: 42). Es también necesario considerar que, durante el mismo periodo, como resultado de la generalización de la enseñanza elemental, la sociedad europea extendió la alfabetización a sectores completos de la población cuya experiencia del lenguaje había sido hasta entonces únicamente oral (Kaestle, 1985). Así, lo que antes eran prácticas lingüísticas fluidas que se adquirían en el marco de la familia y la comunidad se transformaron en habilidades técnicas que se transmiten por medio de la escuela, lo cual facilitó su integración en un sistema social marcado por la desigualdad.

Ahora bien, el anacronismo y el sinsentido ontológico no dejan de ser problemas filosóficos. Como tales, no son los principales inconvenientes que presenta una teoría del lenguaje en la que conceptos como «mercado lingüístico» y «capital lingüístico» se emplean de manera universal y atemporal, esto es sin atender a su especificidad histórica. El principal problema es que una teoría de la dominación lingüística sin perspectiva histórica da a entender que el lenguaje funciona siempre como un mercado y un capital adquirido y es, por su propia esencia, un instrumento de dominación simbólica, lo que naturaliza la dominación lingüística como parte de la ontología del lenguaje. Si el lenguaje es por naturaleza propia un instrumento y espacio de dominación simbólica, la única posibilidad de los grupos o el individuo es tratar de alcanzar una posición ventajosa en el juego. No tiene sentido intentar cambiar las condiciones sociales del lenguaje, ya que una forma de dominación será necesariamente reemplazada por otra.

No obstante, a pesar de que el lenguaje (como cualquier otra actividad humana) ha tenido siempre el potencial de ser usado como un instrumento de dominación, es necesario enfatizar que el funcionamiento del mercado lingüístico descrito por Bourdieu es una construcción histórica. La posibilidad de concebir el lenguaje como un mercado y un capital implica haberlo construido como tal por medio de procesos de unificación y estandarización lingüística, e implica asimismo la compleja articulación del lenguaje con múltiples esferas de actividad en la vida moderna, con un modo de producción basado en la explotación de unos seres humanos por otros y un sistema económico y de organización social basado en la competencia en condiciones de profunda desigualdad, mejor o peor disimulada.

Historizar la teoría del lenguaje de Bourdieu nos permite responder también a la crítica de Marnie Holborow. En efecto, las metáforas del mercado y el capital no son términos neutrales e inocentes, sino que conllevan implicaciones ideológicas. Ahora bien, si entendemos que «mercado lingüístico» y «capital lingüístico» son conceptos que describen las condiciones del lenguaje en un periodo histórico específico, estas mismas nociones que, usadas de manera atemporal y absoluta, parecen naturalizar la dominación lingüística al presentarla como un elemento constituyente del lenguaje, pueden servir para articular una crítica de esta como un elemento definitorio del lenguaje tal como ha sido concebido y conformado en la era contemporánea.

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1 Esta y otras traducciones de las citas de fuentes publicadas en inglés y francés son mías. También me he tomado la libertad de traducir los títulos de obras de Bourdieu mencionados en el texto, si bien no en la bibliografía. Para no agobiar al lector haciéndole consultar varias notas a pie de página, lo indico aquí y me abstengo de hacerlo en las siguientes ocasiones.

2 La mayoría de la información de esta cronología bibliográfica procede de Bourdieu (1990). He usado también la información de las notas a pie de página de Bourdieu (2008a) para verificar las fechas de la otra fuente y añadir la conferencia «El mercado lingüístico», la cual no aparecía en la primera obra.

3 «La lingüística ocupa un lugar especial entre las ciencias sociales (…). No es simplemente una ciencia social como las demás, sino la que ha logrado, con diferencia, los mayores avances. Es probablemente la única que puede realmente reivindicar ser una ciencia y que ha conseguido formular un método empírico y comprender la naturaleza de los datos sometidos a su análisis» (Claude Levi-Strauss, 1963: 31).

4 En realidad, Chomsky va mucho más lejos que Saussure. Al concebir la facultad del lenguaje como parte de la herencia biológica innata del individuo, como «un sistema representado en su mente/cerebro» (Chomsky, 1988: 36), Chomsky inscribe el objeto de la lingüística en la naturaleza del ser humano, en tanto que elemento de diseño de la especie.

5 Estoy pensando aquí en el rol de la introspección en la teoría lingüística de corte cognitivo y la insistencia de Chomsky en que los datos lingüísticos recopilados en un corpus son irrelevantes (véase Andor, 2004).

6 Este comentario de Bourdieu apunta a Bajtín y su visión de la novela como género literario que dramatiza el conflicto entre clases y grupos sociales por medio de la representación de sus hablas características (Bakhtin, 1981). Sobre la afinidad entre Bourdieu y Bajtín, véase Blommaert (2015: 8). Véase también la reflexión de Fredric Jameson sobre el uso de dialectos sociales en Raymond Chandler y el cine de Hollywood en los años 1920 y 1930 (2016: 12-14).

7 Como en el siguiente pasaje: «Toda situación lingüística funciona, por tanto, como un mercado en el que el locutor coloca sus productos; y el producto que produzca para ese mercado dependerá de cómo anticipe los precios que van a recibir sus productos» (Bourdieu, 2008a: 98).

8 No es una casualidad que Hobsbawm comenzara The Age of Revolution: 1789-1848 con una reflexión sobre el lenguaje: «Las palabras son testigos que a menudo hablan con más fuerza que los documentos. Consideremos algunas palabras que fueron inventadas, o adquirieron sus significados modernos, sustancialmente en el período de sesenta años al que se refiere este volumen. Son palabras como “industria”, “industrialista”, “fábrica”, “clase media”, “clase trabajadora”, “capitalismo” y “socialismo”. Incluyen “aristocracia”, “ferrocarril”, “liberal” y “conservador” como términos políticos, “nacionalidad”, “científico” e “ingeniero”, “proletariado” y “crisis” (económica). “Utilitarista” y “estadísticas”, “sociología” y varios otros nombres de ciencias modernas, “periodismo” e “ideología”, son todas acuñaciones o adaptaciones de este período. También lo son “huelga” y “pauperismo”. Imaginar el mundo moderno sin estas palabras (es decir, sin las cosas y conceptos que nombran) es medir la profundidad de la revolución que estalló entre 1789 y 1848, y que constituye la mayor transformación en la historia humana desde los tiempos remotos en que los hombres inventaron la agricultura y la metalurgia, la escritura, la ciudad y el estado» (1996: 1).