Se abre el debate / Se cierra el debate

Jan Blommaert

Traducido por Laura Villa

Publicado originalmente como «The debate is open» y «The debate is closed» en Jan Blommaert (1999). Language Ideological Debates, Berlín y Nueva York: De Gruyter Mouton, 1-38 y 425-438.

Se abre el debate

1. Propósito

¿Cómo surgen las ideologías lingüísticas? ¿Qué diferencia a una ideología lingüística exitosa —que se vuelve dominante— de otras menos exitosas? ¿Qué relación existe entre las ideologías lingüísticas y los desarrollos políticos e ideológicos más amplios de una sociedad? ¿Cómo hemos llegado a nuestras concepciones y perspectivas contemporáneas sobre el lenguaje y a nuestras evaluaciones de las situaciones lingüísticas actuales? Estas son algunas de las preguntas centrales que se abordarán en este volumen.

El punto de partida de esta investigación es la observación de que, hasta ahora, estas cuestiones rara vez han sido exploradas por los estudiosos de las ideologías lingüísticas. En consecuencia, la historiografía de las ideologías lingüísticas aún está por construirse. Las ideas, percepciones y expectativas del lenguaje, motivadas socioculturalmente, que se manifiestan en todo tipo de usos lingüísticos y que son en sí mismas objeto de elaboración discursiva en el discurso metapragmático, parecen no tener historia. Actualmente existe un amplio reconocimiento de las ideologías lingüísticas como un tema crucial de debate en el estudio del lenguaje y la sociedad, especialmente en lo que toca a evaluar las relaciones entre el lenguaje y el poder/estructura social, y en lo que toca a evaluar los motivos y las causas de ciertos tipos de cambio lingüístico. (Para discusiones generales sobre las ideologías lingüísticas, véanse Joseph y Taylor (eds.) 1990; Kroskrity, Schieffelin y Woolard (eds.) 1992; Schieffelin, Woolard y Kroskrity (eds.) 1998; Woolard y Schieffelin 1994; Woolard 1992, 1998). Pero hay un área de estudio que necesita completarse: la producción y reproducción histórica de las ideologías lingüísticas.1

En su intento por comenzar a explorar este tipo de historiografía sociolingüística, lxs autorxs de este volumen han elegido los debates como sus principales objetos de análisis. Debates, es decir, en los que el lenguaje ocupa un lugar central como tema, motivo, objetivo, y en los que se articulan, se forman, se modifican, se imponen ideologías lingüísticas. Todos los debates que se abordarán en las diversas contribuciones de este volumen tratan sobre debates que tuvieron algún impacto en (o al menos una estrecha relación con) la «situación lingüística» de la sociedad en la que se desarrollan. Se organizan en torno a cuestiones de pureza e impureza de las lenguas, el «valor» social de una(s) lengua(s) frente a otra(s), la conveniencia sociopolítica del uso de una lengua o variedad lingüística sobre otra, la «cualidad» simbólica de las lenguas y variedades como emblemas de nacionalidad, autenticidad cultural, progreso, modernidad, democracia, respeto por unx mismx, libertad, socialismo, igualdad y muchos otros «valores» (de hecho, ideales sociopolíticos) que se descubrirán al leer los capítulos. Los debates suelen desarrollarse con una considerable seriedad y con una constante señalización de su importancia, relevancia y prominencia. Se desarrollan en un horizonte sociopolítico e histórico más amplio de relaciones de poder, formas de discriminación, ingeniería social, construcción nacional, etc. Su resultado siempre guarda relación con estas cuestiones también: el desenlace de un debate conlleva, directa o indirectamente, formas de conflicto y desigualdad entre grupos de hablantes: restricciones al uso de ciertas lenguas/variedades, pérdida de oportunidades sociales cuando lxs hablantes no respetan estas restricciones, estigmatización negativa de ciertas lenguas/variedades, etiquetas asociativas adscritas a las lenguas/variedades. Los debates ideológico-lingüísticos son parte de procesos sociopolíticos más generales, y una de las contribuciones de los estudios aquí reunidos puede consistir en una comprensión más clara del papel preciso que juegan las ideologías lingüísticas en los desarrollos, conflictos y luchas sociopolíticas más generales. Así pues, nuestro esfuerzo puede inscribirse en una tradición emergente de trabajo en la que las relaciones entre el discurso, por un lado, y el conflicto, la lucha y la desigualdad social, por otro, constituyen preocupaciones centrales (véase, por ejemplo, Briggs (ed.) 1996, 1997; Hymes 1996; Heller 1994).

Antes de dar la palabra a lxs distintxs autorxs de los capítulos de esta colección, especificaré algunos de los asuntos, conceptos y preocupaciones centrales que han motivado e inspirado a lxs autorxs, y que se han abordado en las diferentes discusiones que tuvieron lugar durante la elaboración de este libro. El diálogo no siempre fue fácil y claro, y la colección conservará las huellas de una convergencia gradual e incompleta en la terminología, la percepción de los asuntos, las preferencias teóricas, el alcance histórico y las conexiones intertextuales con otras tradiciones y disciplinas —huellas que reflejan la génesis (interna al debate) de una pequeña tradición, una forma de hablar co-construida y compartida por lxs autorxs de este volumen sobre el lenguaje, la historia, las fuerzas y actores sociales, las ideologías.

La génesis de este libro se remonta a un documento conceptual que escribí y envié a lxs autorxs invitadxs a finales de 1996, en el que formulé algunas preguntas generales y sugerí conceptos que podrían ser útiles para responderlas. Una de mis observaciones iniciales era que la historia sigue siendo un concepto difícil en el estudio del lenguaje. Por lo tanto, comenzaré con una serie de comentarios sobre historia, tiempo histórico y lingüística. Después, formularé una propuesta para una perspectiva histórica de los datos lingüísticos. A seguir abordaré el objeto central de los estudios de este volumen: los debates. Finalmente, ofreceré un breve resumen de los capítulos del libro y concluiré identificando varios ámbitos en los que el estudio de los debates ideológico-lingüísticos puede resultar particularmente útil.

2. Problemas de historia

Las demás ciencias sociales están bastante desinformadas sobre la crisis que nuestra disciplina [historiografía, JB] ha atravesado en los últimos veinte o treinta años. Su tendencia es a ignorar, junto con la obra de los historiadores, un aspecto de la realidad social del que la historiografía siempre ha sido fiel servidora, si no hábil vendedora: la durée social [tiempo social, nota de los editores de AGlo], esas temporalidades múltiples y contradictorias en la vida de los seres humanos que no solo constituyen la sustancia del pasado, sino también el tejido de la vida social presente. Lo más relevante está en el debate en curso entre las ciencias sociales para enfatizar la importancia y la utilidad de la historia, o mejor dicho, de la dialéctica de la durée… Porque, en nuestra opinión, nada es más importante y central para la realidad social que esta vívida, íntima e infinitamente repetida oposición entre el momento puntual y el lento transcurso del tiempo. En relación tanto con el pasado como con el presente, una clara conciencia de esta pluralidad de temporalidades es indispensable para cualquier metodología común para las ciencias sociales.

(Braudel 1958 [1969]: 43, traducción propia) [traducción al español de la traductora de AGlo a partir de la traducción de Blommaert del francés]

Esta es una de las formulaciones clásicas de la durée, propuesta por Fernand Braudel. Braudel defiende con considerable vehemencia la aceptación de un concepto de tiempo capeado y múltiple —un concepto de tiempo que reconoce tanto diferentes velocidades cronológicas «objetivas» como distintas maneras de percibir el tiempo por parte de los sujetos. El tiempo histórico «tradicional», denominado «courte durée» por Braudel (y «événement» [«eventualidad»] por la mayoría de los demás autores), se califica como «el tiempo corto, medido en los individuos, la vida cotidiana, nuestras ilusiones, nuestros entendimientos y nuestra conciencia» (45-46). Es el tiempo que la gente puede ver, sentir y controlar. Pero, aparte de este tiempo, existen otros tiempos o temporalidades: procesos lentos que escapan al alcance de los individuos, el tiempo de los sistemas sociales, políticos y económicos; e incluso más lento: el tiempo ultralento documentado en el clima y la geología. La historia, según Braudel, es el estudio de las temporalidades superpuestas, entrelazadas y en conflicto en la vida de la gente. Y esta idea, según Braudel, podría ser la principal contribución de la historiografía a las demás ciencias sociales.

Comienzo con este extenso comentario sobre uno de los conceptos historiográficos clásicos por diversas razones. En primer lugar, es sin duda un concepto atractivo y útil, del que se pueden explorar y encontrar numerosas correlaciones empíricas. Como se mencionó anteriormente, las diversas temporalidades no son solo fenómenos cronométricos objetivos; también se refieren a las percepciones y experiencias del tiempo por parte de los seres humanos, es decir (y este es un ingrediente esencial de la concepción del tiempo histórico de Braudel) a la naturaleza social del tiempo. A esto, los estudiosos contemporáneos del lenguaje añadirían: el tiempo es social, por lo tanto, también interaccional, compartido, realizado colaborativamente, gestionado, representado y habitado (integrado en el habitus) por los seres sociales. Es un objeto de poder y control, de disciplina y regimentación (para los orígenes de esta última, véase E.P. Thompson 1991, capítulo 6). Todos estos aspectos, el flujo irregular y fragmentado del (de los) tiempo(s) tal como lo ven y perciben los seres sociales, pueden investigarse fructíferamente en relación con el lenguaje y los fenómenos comunicativos.

Llegamos así a la segunda razón por la que este (tipo de) concepto resulta atractivo. La lingüística convencional no ha logrado hasta ahora incorporar un concepto histórico del tiempo completo y profundo a su conjunto de herramientas analíticas. Foucault (1966, capítulo 4) observó que, en la gramática tradicional, el tiempo externo estaba motivado por rasgos internos del lenguaje, de modo que el tiempo colapsaba en el lenguaje. La revisión que Edwin Ardener hizo de la lingüística histórica clásica lo llevó a la conclusión de que

la grandeza del modelo neogramático para la lingüística histórica literalmente no dejaba nada más que añadir. Esta grandeza residía en su perfecta capacidad generativa. Sin embargo, no generaba historia. (Ardener 1971: 227)

Meeuwis y Brisard, al analizar una amplia gama de enfoques desde la lingüística histórica así como desde la sociolingüística y la lingüística antropológica, y abarcando diversos paradigmas lingüísticos, señalan «cómo un enfoque esencialmente «adinámico» y «acrónico» del tiempo prevalece en todos estos paradigmas» (1993: 7). El tiempo y la dinámica temporal se reducen a menudo a grados de complejidad lingüística (las estructuras más elaboradas son las más estables, los lexemas más simples, los más antiguos), a una escala temporal tentativa que se proyecta sobre el cambio fonético y los grados de similitud léxica entre lenguas (como en la glotocronología), a un principio generativo basado en un esquema de desarrollo sistémico. La historicidad de los datos lingüísticos se da, con demasiada frecuencia, por sentada. Se supone que la historia misma responde a la pregunta de por qué ciertos datos son históricos (y, por lo tanto, serían objeto de análisis histórico-lingüístico): este texto está fechado en 1689; por lo tanto, es histórico; por lo tanto, cualquier análisis de este texto es un análisis histórico.2

En el estudio del lenguaje, existe un admirable historial de opiniones disidentes que abogan por conexiones más elaboradas, ricas y valiosas entre lenguaje e historia (por ejemplo, Thomason y Kaufman 1988; Nurse y Spear 1985; Burke 1993). No se puede pasar por alto la influencia de perspectivas profundamente dinámicas sobre el lenguaje y la comunicación, articuladas en las obras de, por ejemplo, Bajtín y Voloshinov, o en las obras de Roman Jakobson y sus colegas de la Escuela de Praga (por ejemplo, Jakobson 1985). Volveré sobre algunas de estas perspectivas más adelante. Sin embargo, lo cierto sigue siendo que la historia del lenguaje como algo que atañe a lxs hablantes, a las sociedades y a los sistemas sociales y culturales es solo en raras ocasiones la historia que se utiliza en lingüística o ciencias afines. Las referencias al pasado siguen siendo, en términos generales, impresionistas o preliminares, y se produce una considerable idealización a la hora de comprender las fuerzas históricas que nos han hecho hablar, escribir, escuchar y leer como lo hacemos ahora. Nuestra ambición es añadir a la historia del lenguaje y las lenguas una dimensión de agencia humana, intervención política, poder y autoridad, y así hacer esa historia un poco más política (un camino explorado previamente por autores como Grillo 1989, y Fabian 1986). Los conceptos simples y lineales del tiempo histórico no ofrecen muchas esperanzas en este sentido.

Detengámonos brevemente en las opiniones disidentes mencionadas anteriormente, pues constituyen una tercera razón por la que un concepto braudeliano del tiempo histórico puede resultar interesante. En campos tan diversos como la etnografía, el análisis literario, la poética y el folclore, se han articulado visiones profundamente dinámicas del lenguaje y del comportamiento lingüístico. Conceptos ya clásicos como la intertextualidad, la contextualización, la performance y la entextualización apuntan a la naturaleza intrínsecamente histórica, relacionada con la acción y anclada socioculturalmente de todos los fenómenos del lenguaje (para una revisión, véase Bauman y Briggs 1990). Todo texto incorpora, reformula, reinterpreta o relee textos anteriores; todo acto de comunicación se fundamenta en historias semánticas y pragmáticas que no son simples y lineales, sino complejas, multifacéticas y fragmentadas. Los textos generan sus públicos, los públicos generan sus textos, y el análisis de los «significados» ahora debe tener en cuenta una historiografía del contexto de producción, los mecanismos e instrumentos de reproducción y recepción, las formas de almacenamiento y memoria (Gal y Woolard (eds.) 1995, Gal 1989). El hecho es que los discursos, los textos, las conversaciones tienen su «historia natural» —un anclaje cronológico y sociocultural que produce significado y efectos sociales de maneras que no pueden reducirse solo a características del texto (véanse los ensayos en Silverstein y Urban (eds.) 1996). El contexto, en este enfoque, es histórico y la dinámica de la textualización no se limita al evento en el que se produce e intercambia el discurso. Cada evento —dinámico y procesual en sí mismo— se sitúa como parte de una tradición de eventos, y esta tradición contribuye en gran medida a lo que sucede en cada evento concreto.3 Así, los textos no son estables a lo largo del tiempo: cada reproducción de un texto da forma a un nuevo texto. Uno de los problemas de intentos como los de la lingüística histórica y la pragmática histórica (véase más arriba) es que la estabilidad de los textos a lo largo del tiempo se da por sentada, y que las inferencias sobre género, tradición, significado y efecto se basan en un análisis lingüístico matizado del texto en sí. Los textos son históricos, pero el análisis simplemente los trata como antiguos.

3. Historicidad intrínseca

En el documento conceptual que circuló entre los autores de los capítulos de este volumen, defendí la incorporación de una dimensión histórica intrínseca a los datos lingüísticos. Esta dimensión histórica podría organizarse en torno a dos líneas: (i) la durée de Braudel como una perspectiva sobre el lenguaje —es decir, una perspectiva que abarca tanto la historicidad intrínseca como la naturaleza social del lenguaje y el uso lingüístico—; (ii) el materialismo como punto de partida metodológico —es decir, una heurística en la que los procesos lingüísticos se conciben como fenómenos reales, anclados sociocultural e históricamente, no como epifenoménicos a la realidad, sino co-constructivos de la realidad (una consecuencia, creo, de la historicidad intrínseca de los datos lingüísticos). Lo que necesitamos buscar, en mi opinión, es una formulación de la historicidad de los datos lingüísticos como parte de la definición de nuestro objeto de estudio. En otras palabras, la dimensión histórica debería ser intrínseca a toda observación sincrónica o diacrónica realizada en y sobre el lenguaje. Todo hecho lingüístico es intrínsecamente histórico.

En la sección anterior dediqué un espacio a la durée. Ahora, es necesaria una aclaración sobre la orientación materialista que he defendido. En la tradición lingüística (incluida la sociolingüística) es común adoptar enfoques idealistas para los fenómenos ideacionales relacionados con el lenguaje, tales como las actitudes o las ideologías (véase Williams 1992). A menudo se las considera ideas que las personas simplemente tienen. Una consecuencia de esto es la abstracción del proceso histórico en el que se enmarca la génesis de dichos fenómenos ideacionales, llegando incluso, en ocasiones, a una deshistorización de los fenómenos. El locus de análisis preferido es el plano sincrónico, donde se pueden evitar las preguntas sobre el origen y las causas de la distribución y el impacto de las ideologías.

Esta idealización conlleva una serie de problemas. El poder difícilmente puede considerarse un concepto puramente local/sincrónico. Comprender el desarrollo de las relaciones de poder es de gran importancia para un entendimiento preciso del uso sincrónico del poder, especialmente cuando nos enfrentamos a formas de poder socialmente establecidas y formas de poder que surgen a través de un proceso largo e intrincado de maniobras e ingeniería social y política (por ejemplo, la hegemonía de Gramsci con todos sus mecanismos sociales y políticos, el poder normalizado y «capilar» de Foucault o los aparatos ideológicos del estado de Althusser). De hecho, lo mismo puede decirse de todos los conceptos relacionados con grupos en el análisis sociolingüístico. Uno no puede definir una comunidad de habla en términos puramente sincrónicos. Y si sí la define en términos históricos, esta dimensión histórica debería hacerse sentir en el nivel analítico. El problema es, en efecto, analítico y descriptivo. Las formaciones sociales implicadas en la producción y reproducción del poder en las sociedades deben ser identificadas con más detalle de lo que se suele hacer en varias ramas de la sociolingüística y el análisis del discurso, donde etiquetas aparentemente inequívocas (las autoridades, las clases dominantes, las masas, lxs ciudadanxs comunes, las instituciones…) se utilizan para explicarlo todo. Las formaciones sociales deben identificarse etnográficamente, especificando las prácticas que emplean, cuándo las emplean, de dónde vienen, etc. Si el lenguaje es utilizado por personas reales y no por categorías sociales abstractas, entonces estas personas reales deben tener nombres, rostros, edades, ocupaciones, etc.

Abogo por un tipo de materialismo que debería reemplazar el idealismo actual que caracteriza el uso de conceptos ideacionales, pero que no debería caer en interpretaciones demasiado rígidas del marxismo como economicismo. Por materialismo entiendo una mirada etnográfica hacia los actores históricos reales, sus intereses, sus alianzas, sus prácticas y su origen, en relación con los discursos que producen —donde el discurso es visto en sí mismo como un recurso simbólico crucial sobre el cual las personas proyectan sus intereses, en torno al cual pueden construir alianzas, en el cual y a través del cual ejercen poder. El poder (incluida la (re)producción de la ideología) debe identificarse como una forma de práctica, históricamente contingente y socialmente arraigada.4 Encuentro ejemplos admirables de este enfoque en la obra de Monica Heller (1994), que a su vez se inspira en Bourdieu (por ejemplo, 1982). En términos de Bourdieu, se trata de una investigación sobre la praxis, si bien con mayor énfasis en las actividades y desarrollos precisos que abarca el término «praxis» y más concretamente en las dimensiones interaccionales y discursivas de dichos desarrollos y actividades. Los mecanismos discursivos precisos mediante los cuales se producen, distribuyen o circulan los recursos simbólicos lingüísticos, y el valor que se les atribuye a esos recursos constituyen el foco de nuestra atención.

Lo que vale para el poder también vale para sus resultados: el conflicto, la desigualdad, la injusticia, la opresión o un statu quo delicado y frágil. Aquí, también, una perspectiva que haga hincapié en las condiciones históricas y la génesis de los patrones de conflicto, la desigualdad, etcétera puede mostrarse muy fructífera. Si algún grupo o individuo no tiene éxito en que se escuchen sus voces (o si, de hecho, ni siquiera parecen tener una voz), entonces, la razón rara vez es puramente sincrónica. Generalmente tiene que ver con formas de desigualdad que emergieron lenta o drásticamente, sedimentadas en la asignación diferencial de derechos de habla, la atribución de estatus y valor a los estilos de habla, la distribución desigual de los repertorios de habla y otros desarrollos históricos. Dichas formas de desigualdad son transcontextuales, translocales y, sin duda, no son puntuales (véase Briggs 1997: 534-538). Bourdieu coincide con Hymes en este punto: existe una diferencia entre lo potencial y lo factual, afirma Hymes, y si bien potencialmente todo puede ocurrir en el lenguaje, y potencialmente todas las lenguas y sus hablantes son iguales, «en gran medida, las lenguas […] son lo que se ha hecho de ellas». Y lo cierto es que «las lenguas no se encuentran intactas, por así decirlo, una por comunidad, cada una forjando su destino de forma autónoma» (Hymes 1996: 57). Detrás de cada acto de violencia, conflicto, opresión o injusticia, hay una historia de violencia, conflicto, opresión o injusticia. Un estudio del lenguaje que pretenda abordar adecuadamente el poder debe basarse en la identificación precisa de condiciones, actores, estructuras y patrones a lo largo del tiempo que dan lugar a intertextualidades del poder y efectos del poder. Paso a tratar a continuación los lugares de tales intertextualidades.

4. Debates: un modelo tentativo

En el campo de la política, la lucha discursiva y la contienda se engloban generalmente bajo la etiqueta de debate. El proceso político se desarrolla a través de una serie de intercambios que involucran a diversos actores sociales: políticxs y responsables de la formulación de políticas, expertxs académicxs y no académicxs, ciudadanxs interesadxs, medios de comunicación. Desde una perspectiva político-ideológica, los debates constituyen los puntos de entrada de la sociedad civil a la formulación de políticas: son (vistos como) los momentos históricos en los que la comunidad política se involucra en la elaboración de políticas. Y para nuestros propósitos aquí es crucial señalar que este proceso de elaboración es principalmente un proceso de elaboración de herramientas textuales, englobadas bajo términos como el de opinión pública: interpretaciones de las políticas, aplicaciones ilustrativas de declaraciones políticas a diversos ámbitos de la vida y la experiencia social (véase también Blommaert 1997a).

Lxs defensorxs de diversas posturas en los conflictos que se libran en el discurso y a través de él intentan capturar o dominar los modos de representación. […] Esta competencia por el significado de eventos, personas y objetos ambiguos en el mundo se ha denominado la «política de la representación». […] De hecho, el proceso de etiquetado léxico es en sí mismo un proceso de entextualización. Discusiones complejas y con matices contextuales se resumen en (y, por lo tanto, se entextualizan a través de) una sola palabra. (Mehan 1996: 253)

Los debates constituyen excelentes objetivos lingüístico-etnográficos. Son textuales/discursivos, generan discursos y metadiscursos, y dan como resultado un conjunto de textos que pueden ser tomados prestados, citados, repetidos, vulgarizados, etc. En resumen, son momentos de formación y transformación textual, en los que las opiniones minoritarias pueden transformarse en opiniones mayoritarias y viceversa, en los que los discursos específicos de un grupo pueden incorporarse a un texto maestro, en los que se movilizan y despliegan diversos medios discursivos (estilos, géneros, argumentos, pretensiones de autoridad), y en los que las alianzas sociopolíticas se configuran o modifican en el discurso.

5. El libro

A continuación, intentaremos dar un panorama más estructurado de las diversas contribuciones del libro. Los capítulos se han ordenado con un criterio geográfico laxo, comenzando con tres artículos sobre debates en estados europeos (Jaffe, Watts y DiGiacomo) y uno sobre Canadá (Heller), donde se da una situación pertinente para algunos de los casos europeos. El segundo bloque consta de dos artículos sobre Estados Unidos (Shannon y Collins). A seguir, dos artículos que analizarán los debates en estados posteriores a la Segunda Guerra Mundial, donde la construcción nacional tuvo que partir de cero, pero en un entorno socioeconómico y sociopolítico propio del «primer mundo», es decir, altamente alfabetizado, económicamente próspero y tecnológicamente avanzado, además de influyente desde una perspectiva geopolítica: Singapur (Bokhorst-Heng) e Israel (Kuzar). Finalmente, tres capítulos abordan casos de estados africanos: Tanzania (Madumulla, Bertoncini y Blommaert), Mozambique (Stroud) y Congo-Zaire (Meeuwis). Los casos africanos también deben situarse en un contexto de estructuras estatales emergentes, pero, a diferencia de Singapur e Israel, las condiciones socioeconómicas y sociopolíticas están marcadas por la pobreza extrema, la marginación y el subdesarrollo.

Europa y Canadá

El artículo de Alexandra Jaffe, «Localizando el poder: traductorxs corsos y sus críticxs», abre el volumen y anticipa varios temas recurrentes. El caso que analiza es un debate entre traductorxs corsxs y sus críticxs a finales de la década de 1980 sobre la traducción al corso de la conocida novela francesa Knock. Este debate debe enmarcarse en una larga historia de regionalismo y nacionalismo cultural en Córcega, donde el francés —la lengua hegemónica del opresor— llegó a ser visto como un enemigo en sí mismo, y el corso pasó a representar metonímicamente la totalidad de la lucha por la condición de nación [nationhood] (e incluso la identidad nacional [peoplehood]) de los corsos. Lengua y nación prácticamente coinciden en Córcega, al igual que en otros nacionalismos regionales europeos contemporáneos. Los significados más profundos del debate giran, por lo tanto, en torno a cómo las traducciones de la literatura francesa (hegemónica) al corso se corresponden con las reivindicaciones políticas y lingüístico-ideológicas relacionadas con la promoción de la lengua corsa y la construcción nacional corsa. La cuestión central del debate, identificada por Jaffe, es la oposición entre dos ideologías lingüísticas. La primera es una ideología instrumentalista, en la que el lenguaje se considera una herramienta para transformar ideas en nuevos patrones lingüísticos. La segunda es una ideología romántica, en la que el lenguaje es una idea abstracta inextricablemente ligada al «alma» de un pueblo. La primera ideología permitía que las traducciones de obras francesas al corso se vieran como actos de «promoción» del corso (o incluso de «mejora» —Jaffe cita a un traductor que utiliza la expresión «poner a prueba el idioma»). Lxs traductorxs argumentan que están «expandiendo» la lengua, «demostrando» sus cualidades expresivas y, por lo tanto, penetrando en ámbitos de poder hasta entonces reservados exclusivamente al francés. El corso se utiliza como si fuera una lengua de poder —como si, de hecho, fuera francés. Por otro lado, la segunda ideología consideraba las traducciones como actos de perversión, ya que solo la literatura creativa en corso lograría la correspondencia ideal entre lengua y alma, mientras que las traducciones introducirían una «esencia» extranjera en la lengua. Las traducciones de novelas francesas perpetúan el papel del francés como lengua de entrada, una lengua fuente sin la cual el corso no existiría como lengua letrada. Así, las traducciones refuerzan las relaciones de poder lingüístico «coloniales» (término frecuentemente utilizado por Jaffe) que existen entre el francés y el corso. El empoderamiento y la alienación juegan el uno contra la otra en un debate cuyo resultado es difícil de predecir.

Lxs actorxs de este debate son todos figuras de la élite. Por un lado, están lxs traductorxs: intelectuales muy articuladxs, multilingües y sofisticadxs que a menudo tienen una impresionante erudición. Sus críticxs también se encuentran entre lxs intelectuales más vociferantes e influyentes de la isla. La forma particular de nacionalismo en Córcega, de carácter regional y cultural, ha empujado a lxs intelectuales al campo de batalla. En particular, Jaffe identifica la alfabetización, o mejor dicho, la escritura, como un tema crucial en el nacionalismo corso. Jaffe escribe: «Todos los textos corsos podrían considerarse piezas del juego en la guerra por territorio simbólico». La redacción de gramáticas y diccionarios del corso dotó de legitimidad a la reivindicación de lxs corsxs por una identidad nacional [peoplehood], ya que lo que hablaban era una lengua, no un «dialecto» o «modalidad» [idiome]. La producción literaria demostraría que esta lengua era, además, bella, flexible, creativa, artística, en resumen: cultural. Dada la historia de falta de poder de los corsos frente a la lengua y la cultura francesas metropolitanas, y dado el papel de la palabra escrita en la lucha por el empoderamiento, las estrategias de representación en la escritura pueden convertirse en temas de acalorados debates.

Jaffe se centra fuertemente en el caso en cuestión. Sin embargo, por supuesto, este debate no puede entenderse sin tener en cuenta la larga historia de movilización de recursos simbólicos, como la escritura en corso, contra el poder, las instituciones y la lengua del «colonizador», Francia. El francés se percibe como monolítico, masivo, asfixiante e incluso deshumanizador. Si bien las raíces de estas percepciones lingüísticas pueden ser locales, su intertextualidad con otros tiempos y lugares resulta impresionante. El patrón descrito por Jaffe, de una lengua corsa anti- (francesa) que se utiliza en la lucha por una «descolonización de la mente» (término acuñado por Ngugi wa Thiong’o), es, en efecto, colonial y evoca luchas similares tanto en el tercer mundo como en otros lugares. Se trata de un caso clásico de lógica herderiana que acude al rescate de quienes se sienten oprimidxs. Casos similares aparecerán más adelante en este volumen.

Richard Watts analiza «La ideología del dialecto en la Suiza germanoparlante». Nos encontramos todavía en el primer mundo, en un país que presume de una larga historia de multilingüismo encauzado democráticamente, sin grandes conflictos y —al menos para el observador externo— sin algo así como una lengua propia. Las tres lenguas principales de Suiza (francés, alemán e italiano) son las lenguas nacionales de los países vecinos. El retorrománico, la única lengua «verdaderamente» suiza, se añadió posteriormente a la lista de lenguas nacionales. Pero Watts describe cómo, desde la Segunda Guerra Mundial, ha surgido una ideología del dialecto en la Suiza germanoparlante (la mayor parte del país desde el punto de vista demográfico), hasta el punto de que la variedad estándar del alemán goza ahora de un prestigio general inferior al de sus variedades dialectales. Los distintos dialectos suizos del alemán —el suizo-alemán— se califican ideológicamente de «abiertos», «directos», «espontáneos», etcétera, además de como «típicamente suizos». Sin embargo, al mismo tiempo, solo se utiliza el alemán estándar en la comunicación oficial y en la enseñanza dirigida a lxs suizxs no germanohablantes. En consecuencia, la comunicación intercomunitaria entre los miembros de la comunidad germanohablante y los de otras comunidades corre el riesgo de verse obstaculizada por el uso de un dialecto que solo lxs suizxs germanohablantes pueden comprender. En otras palabras: la política lingüística oficial se ve subvertida por la «indigenización» de una de las lenguas oficiales por parte de sus hablantes.

Watts traza una compleja red de mitos suizos, que abarca desde Guillermo Tell hasta el materialismo suizo y la idea de Suiza como una fortaleza de montaña que mantiene una estricta neutralidad en los conflictos internacionales. Estos mitos, argumenta Watts, han cristalizado en el lenguaje y en una ideología del dialecto entre lxs suizxs germanohablantes debido a tres factores históricos: (i) la depresión económica de las décadas de 1920 y 1930, (ii) el auge del fascismo en Alemania e Italia, y (iii) la Segunda Guerra Mundial. En particular, la ideología del dialecto sirvió para construir y reforzar una imagen propia suiza de antifascismo mediante un cierre simbólico —lingüístico— de Suiza frente a Italia (retorrománico) y Alemania (suizo-alemán). Mientras tanto, el dialecto se ha utilizado profusamente tanto en la educación como en los medios de comunicación, y el comportamiento lingüístico en la vida cotidiana muestra la naturaleza predeterminada del uso del dialecto en contraposición al alemán estándar (que, significativamente, se denomina Schriftdeutsch, «alemán para la escritura»). Watts percibe claros peligros en esta situación: el cierre generado por la ideología del dialecto se ha volcado ahora hacia adentro y los dialectos alemanes crean una barrera entre la comunidad germanohablante y las no germanohablantes, propiciando así las condiciones para un regionalismo basado en una identidad de singularidad etnolingüística. En particular, lxs suizxs francófonxs, afirma Watts, «sienten que la insistencia en el dialecto […] es una traición a la identidad suiza», que para ellxs parece residir en el carácter cuatrilingüe de la nación y el multilingüismo de sus ciudadanxs.

En el caso de Suiza (al igual que en el caso canadiense analizado por Heller, véase más adelante), el debate se desarrolla lentamente. Se trata de una aparición gradual de ideas y prácticas, estimulada por puntos de inflexión históricos como la Guerra, pero con un papel importante (como en Canadá) para las instituciones como centros donde las ideologías pueden arraigarse y volverse socialmente relevantes y productivas. En Suiza —y esta es la principal preocupación de Watts— la educación y los medios de comunicación se han sintonizado con la ideología del dialecto y ahora explican una aceleración y agudización del proceso de reproducción ideológica además y contribuyen a dicha aceleración y agudización.

En consonancia con las conclusiones del capítulo anterior, el artículo de Susan DiGiacomo sobre «Debates ideológicos lingüísticos en una ciudad olímpica: Barcelona 1992-1996» se centra en la prensa como canal y medio de producción y reproducción ideológica. Según DiGiacomo, los textos periodísticos son «en sí mismos elementos en la práctica ideológica y de la práctica ideológica que deben tomarse en serio». Por lo tanto, a diferencia de los procesos lentos descritos por Watts, DiGiacomo pone énfasis en la historia contemporánea y en acontecimientos recientes, tal como se articulan en y a través de los medios de comunicación. Su estudio de caso es Cataluña, y más concretamente el modo en que se negoció el capital lingüístico catalán durante un momento cumbre de la historia catalana posfranquista: los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. DiGiacomo analiza cómo la organización de los Juegos Olímpicos en una ciudad que, además de ser la sede olímpica, es también la capital de una región abiertamente autonomista de España, se convierte en un momento histórico (un «événement») en el que los símbolos de la identidad nacional, el poder y la grandeza cultural catalanes se articulan y se contraponen a los símbolos españoles rivales. La perspectiva efímera es, por supuesto, solo aparente. La aspiración catalana al poder lingüístico y cultural en 1992 no puede disociarse del largo periodo de opresión anticatalana y antirregionalista bajo el franquismo, ni de los intentos de mantener una imagen centralista y uniformemente castellana de España por parte tanto de los gobiernos españoles posfranquistas como de las fuerzas conservadoras y centralistas contemporáneas en España. En Cataluña existe una larga tradición de valorar la lengua en el contexto del objetivo político de la autonomía (documentada en los trabajos de Kathryn Woolard, por ejemplo, en 1989), y el «événement» de 1992 deriva su relevancia, su violencia y su explicitud de la historia más pausada de las relaciones políticas entre España y Cataluña [Spanish-Catalan political relations].

Los tópicos articulados en el debate, en el que periodistas, columnistas y editorialistas desempeñan papeles importantes junto a figuras internacionales como Vargas Llosa, son bien conocidos. La nación catalana ha ido adquiriendo gradualmente símbolos «estatales»: una bandera, un himno, una lengua estandarizada; y la organización de un gran evento internacional como los Juegos Olímpicos ofrece la oportunidad de desplegar estos símbolos contra los del estado español. En consecuencia, comienza el juego de jerarquías: qué símbolo debe ir primero, qué himno debe cantarse primero, qué lengua debe dominar las ruedas de prensa… El trasfondo de estas cuestiones prácticas es una cuestión más teórica, en la que figuras internacionales como Vargas Llosa intentan intervenir: la del valor de un (sub)estado-nación como Cataluña, comparado con el contexto del estado-nación español, así como con unidades más abstractas como el «mundo» hispánico. Se trata, por supuesto, de una competición entre abstracciones, pero una competición acalorada y, a veces, amarga.

Los símbolos y la historia son los dos componentes principales del análisis de DiGiacomo: es sobre la base de las disputas por la interpretación de símbolos e historia (por ejemplo, el periodo franquista) que se mira la política contemporánea. La política contemporánea en sí misma es un entramado sumamente complejo de actores y acontecimientos, en el que políticxs locales, regionales y nacionales, expertxs, intelectuales y periodistas, socialistas y conservadorxs, catalanxs, españolxs centralistas, intelectuales internacionales, los principales miembros del Comité Olímpico Internacional, periodistas internacionales producen todxs ellxs interpretaciones y representaciones en competencia. Y el principal vehículo de estas disputas, argumenta DiGiacomo, es el espejo de la prensa. En los periódicos, «suceden cosas»: la gente toma partido, cita y comenta, representa, critica, y lo hace a través de canales influyentes que articulan una voz «masiva»: la supuesta voz de las masas.

El artículo de Monica Heller, «Lenguaje ardiente en un clima frío», también aborda los debates ideológico-lingüísticos en el contexto de una sociedad moderna del primer mundo: Canadá. Al igual que en los casos europeos analizados por Jaffe, Watts y DiGiacomo, un movimiento regionalista fuerte que utiliza una imagen etnolingüística de singularidad como pilar de sus reivindicaciones de identidad y nacionalidad ocupa un lugar central en el debate. Heller describe la evolución de las relaciones entre anglófonxs y francófonxs en Canadá desde la Segunda Guerra Mundial. Su enfoque genera un debate muy extenso que abarca el último medio siglo (aunque evidentemente se construye sobre las condiciones de un pasado más remoto). En un caso como el de Canadá (al igual que en el análisis de Watts sobre Suiza), la durée parece ser el marco más apropiado para describir los conflictos lingüísticos crónicos. Heller señala cómo, antes de la Segunda Guerra Mundial, una política imperialista de separación había configurado una situación en la que lxs canadienses francófonxs habían sido minorizadxs socioeconómica y políticamente, pero al mismo tiempo habían desarrollado instituciones propias (principalmente a través de la iglesia católica), una pequeña élite compuesta por intelectuales y clérigos católicos, y una ideología basada en la idea de una nación (o «raza») separada, caracterizada por el francés y el catolicismo. Esta idea de separación dejó intactas las relaciones de poder existentes. Si bien se dejó cierto espacio para los «canadianismos» en francés, la actitud general hacia el idioma era purista, manteniendo así una frontera claramente definida con el mundo angloparlante. Después de la Segunda Guerra Mundial, una nueva generación de élite y una clase media emergente ascendieron al poder, y la religión perdió terreno en el nacionalismo francófono. La nueva élite desafió tanto la supremacía de lxs angloparlantes en Canadá como el conservadurismo de la iglesia en su propia comunidad. Desde un punto de vista ideológico, escribe Heller, «el nacionalismo espiritual francocanadiense se re-inventó como nacionalismo estatal quebequés», en el que la separación como nación se consideraba el argumento clave para obtener un «estado», es decir, una región autónoma. A partir de la década de 1960, la dinámica institucional adquirió un papel importante en la configuración del estado-nación quebequés mediante procesos de toma de decisión en el campo de la educación, la política lingüística, etcétera. Gradualmente y a través de instrumentos legales e institucionales, la élite quebequesa redefinió el valor del capital lingüístico en el país.

A partir de entonces, Heller identifica una oposición entre dos ideologías del estado-nación. Quebec basa su legitimidad e identidad en la configuración de una unidad territorial monolingüe, lo que genera incertidumbre entre otras comunidades francófonas fuera de Quebec, así como dudas sobre el calibre democrático del estado-nación. Las autoridades federales, por otro lado, elaboran una ideología del bilingüismo como clave para una identidad «singularmente canadiense», lo que a su vez genera recelo entre lxs francófonxs que se resienten de ser tratadxs como una minoría a la par de otras, y cuyo ideal reside en las «zonas monolingües» (consideradas la mejor manera de promover el bilingüismo, ya que, como señala Heller, tanto lxs quebequesxs como lxs francófonxs pertenecientes a minorías «sostienen… que, como miembros de una minoría, para ser bilingüe, hay que mantener la lengua materna»).

El debate es perpetuo aquí. Se desarrolla al ritmo de procesos de toma de decisión política, evoluciones demográficas y económicas, resultados electorales, cambios institucionales, etc. La imagen que nos ofrece Heller es de lentitud: las dos ideologías opuestas surgen de forma lenta y gradual, en absoluto explosiva ni como resultado de conflictos que hicieran la situación insostenible. Sobre el terreno, sin duda debieron producirse numerosos conflictos, pero los cambios más importantes —los ocurridos dentro de la comunidad francófona de Quebec tras la Segunda Guerra Mundial— no parecen ser el resultado de conflictos aislados sino más bien el producto de una larga historia de minorización, acumulación ideológica y dinámicas económicas tanto a escala local como nacional.

Heller argumenta que la oposición entre un ideal monolingüe quebequés y un ideal bilingüe federal canadiense también se puede rastrear en las tradiciones expertas de Canadá, y

[l]a sociología, la antropología y las ciencias políticas se han tendido a implicarse en la teorización de visiones sociales o de relaciones de poder en la sociedad canadiense, donde el lenguaje no se entiende como un proceso social, sino como una característica esencial, o una etiqueta. Por lo tanto, gran parte del trabajo sobre el lenguaje en Canadá, motivado por intereses políticos, considera la lengua un hecho unificado.

La similitud con la descripción que hace Jaffe de la ideología lingüística de lxs críticxs de lxs traductorxs es sorprendente e ineludible: las ideologías esencialistas y homogeneistas del lenguaje parecen más adecuadas para fines nacionalistas, y se ajustan mejor a los marcos retóricos nacionalistas, que otras. También es importante señalar la manera en que los esfuerzos científicos se ven influenciados por las agendas políticas. La lingüística quebequesa se centra en las características y la adecuación del francés canadiense y contribuye a la construcción de una variedad normativa; la lingüística inspirada por la agenda federal se centra en la naturaleza y las características del bilingüismo. El trabajo sobre ambos temas sustenta claramente argumentos políticos cruciales, y el trabajo científico es una forma indirecta de discurso político. Curiosamente, Heller señala la idoneidad política de una escuela sociolingüística en particular, el variacionismo:

[a]quí, la postura sociolingüística de que el lenguaje es inherentemente variable, lo que no significa que no esté regido por reglas, sirvió bien a los intereses de un movimiento político que intentaba construir su propia variedad lingüística como auténtica… y autorizada…

Las ideologías lingüísticas restringidas y específicas, como el variacionismo, mediadas por voces expertas que hablan sobre casos, datos y cuestiones «locales» (o al menos: casos, datos y cuestiones que pueden ser «repatriados» para ajustarse a la situación local), proporcionan los cimientos de una ideología social y política del lenguaje sólida, que se articula a través de las palabras y las acciones de lxs políticxs, las instituciones, los consejos y demás, en el lento pero gran debate que esboza Heller para el Canadá posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos

Pocos estados parecen tan homogéneos e integrados como Estados Unidos, a pesar de la presencia y la prominencia de evidentes escisiones sociales, étnicas y culturales. Billig (1995: 143-153) identifica a Estados Unidos como una sociedad en la que el «nacionalismo banal» es muy fuerte: el «ondear» «normal» y casi imperceptible de la nación mediante múltiples señales cotidianas que aluden a la unidad normal del pensamiento político y social, los Estados Unidos. Por su parte, Silverstein (1996) describe la preocupación estadounidense por la nación como basada en una ideología del inglés estándar homogéneo y monolingüe, y encuentra que «podríamos decir que vivimos en una sociedad con una cultura de estandarización monolingüe que subyace a la constitución de nuestra comunidad lingüística y afecta la estructura de nuestras diversas comunidades de habla superpuestas» (1996: 284). Lxs dxs autorxs de los capítulos sobre Estados Unidos profundizan en la estructura de esta imagen de homogeneidad. Tras la Ley de Educación Bilingüe de 1968, se han producido numerosos debates sobre el papel de lenguas distintas del inglés estándar (estadounidense) en el sistema educativo estadounidense. Los capítulos de Shannon y Collins documentan casos particulares: aquel se centra en el debate sobre el español en las escuelas estadounidenses, este, en el debate sobre el «Ebonics» (variedades afroamericanas del inglés).

Sheila Shannon argumenta que, a falta de una política lingüística codificada en Estados Unidos, el monolingüismo inglés (la «cultura de la estandarización monolingüe» de Silverstein) es la norma de facto, el orden predeterminado de la vida sociolingüística. La ideología monolingüe constituye la columna vertebral de las prácticas lingüísticas, los debates lingüísticos, las percepciones de la estratificación etnolingüística, y demás. Es el punto neutral utilizado para medir y evaluar eventos y fenómenos que son congruentes o desviados. En el caso que documenta Shannon, los debates y las medidas relacionadas con la educación bilingüe presentan una considerable paradoja. La educación bilingüe en Estados Unidos parece estar dirigida a aumentar la competencia en inglés. En otras palabras, un ideal asimilacionista subyace a las intervenciones pluralistas en la vida social, y la diversidad se tolera solo hasta cierto punto. A la luz de lo que ya hemos visto en los capítulos anteriores, no sorprende que se utilicen ciertos argumentos en defensa del ideal monolingüe: el inglés es símbolo de la identidad estadounidense [Americanness], de la buena ciudadanía, de la voluntad de integrarse en la sociedad estadounidense, etcétera. La falta de competencia en inglés por parte de lxs hispanxs se interpreta rápidamente como una falta de voluntad para adaptarse a los valores y normas dominantes y, por lo tanto, como un rechazo al estilo de vida estadounidense, un acto de subversión.

Significativamente, en el debate sobre el español en las escuelas estadounidenses, al igual que en la mayoría de los otros debates aquí documentados, el conflicto no es entre iguales. Una lengua es hegemónica y se construye simbólicamente como «en beneficio de todxs». Es la lengua de alto estatus, la lengua de prestigio, la lengua de la élite socioeconómica y la clase media. La otra lengua es una lengua de bajo prestigio y estatus, hablada por personas en la periferia, tanto a escala mundial (mexicanxs y cubanxs frente a estadounidenses) como dentro de una misma sociedad (trabajadorxs poco cualificadxs, comunidades con alto desempleo y bajo nivel educativo). El pluralismo rara vez se trata de alcanzar un mosaico de diferencias, generalmente gira en torno a la desigualdad y las jerarquías.

Shannon describe el debate sobre el bilingüismo en la educación estadounidense en el contexto del nacionalismo americano. En particular, contextualiza el caso en los años de Reagan, una época marcada por símbolos nacionales grandilocuentes, nuevos sueños de liderazgo mundial y grandeza nacional. Lxs protagonistas del debate, como Sam Hayakawa y William Bennett, enfatizaron la necesidad de un ideal unificador de la identidad estadounidense, un ideal basado en la tradición y una noción esencializada de propiedad de la nación. Se podría decir que curiosamente la tradición y la propiedad de la nación se asociaban durante los años de Reagan a la inmigración blanca anglosajona y no a lxs nativxs americanxs o la inmigración no blanca y no anglosajona. El caso de la era Reagan es interesante, y una investigación más profunda sin duda establecería paralelismos interesantes entre el debate ideológico sobre el lenguaje y los debates en otras esferas de la sociedad, como las relaciones internacionales, el bienestar social, la economía y el comercio, y la ética.

El capítulo de James Collins sobre la contextualización del debate sobre el Ebonics también subraya la intertextualidad de este debate concreto con otros debates, y también sitúa este debate particular como un sub-debate de algo más amplio: el desarrollo histórico gradual de las diferentes concepciones estadounidenses de la nación. El Ebonics mantuvo ocupados a lingüistas, educadorxs y público en general en Estados Unidos durante gran parte de 1997. La cuestión era si las variedades de inglés habladas por lxs afroamericanxs —el Ebonics— debían reconocerse como una lengua legítima en la educación. La propuesta en sí, la idea misma de la fragmentación institucional del inglés en varias variedades «étnicas», desató un intenso y acalorado debate en el que se movilizaron todo tipo de argumentos históricos, sociológicos, lingüístico-antropológicos y políticos. Al igual que en el caso analizado por Shannon, las cuestiones de diversidad lingüística en las instituciones se convirtieron rápidamente en cuestiones de coherencia e incluso de supervivencia de la nación. El lenguaje se esencializó como «otredad política», luego se transformó en una declaración política que indicaba el rechazo a aceptar la «normalidad» estadounidense, y luego se enfrentó a la ideología monolítica del estándar monolingüe. Collins identifica los múltiples escenarios del debate, señalando cómo el conflicto en torno al Ebonics se convirtió rápidamente en una lucha por la dominación simbólica conceptualizada como capital lingüístico.

Pero Collins lleva su análisis más allá. Esboza una evolución histórica en la que las ideas sobre la nación van acompañadas de ideas sobre el tipo de (lengua-y-) alfabetización necesaria para esa idea particular de nación. Así, identifica un complejo «moral» de lengua-alfabetización, un complejo «técnico» y un complejo «cultural». Los dos primeros complejos, característicos de las fases iniciales de la construcción nacional, son centrípetos: enfatizan la importancia del inglés estándar monolingüe en la construcción de una sociedad estadounidense (ideal). El tercer complejo es centrífugo y subraya la variabilidad, la diferencia y las rutas alternativas hacia la prosperidad, la felicidad y la identidad nacional [nationhood]. Las reivindicaciones de igualdad institucional para el Ebonics (así como para el español en el capítulo de Shannon) pertenecen a este complejo centrífugo. Pero se topan con una reforzada ideología centrípeta del estándar, y la confrontación de ambas corrientes ideológicas se puede observar claramente en el debate sobre el Ebonics.

Como era de esperar, los ingredientes centrales del debate sobre el Ebonics son las definiciones de su estatus lingüístico. ¿Es el Ebonics una «lengua»?, ¿un «dialecto»?, ¿o simplemente un «galimatías»? Las jerarquías lingüístico-definicionales reflejan las posiciones ideológicas delineadas por Collins, y etiquetar un fenómeno lingüístico como una «lengua» implica mucho más que la neutralización inducida por expertxs que suele acompañarlo (véase Blommaert 1997b: 85-92 para un análisis del etiquetado en la lingüística colonial; véase también Calvet 1974). Estas disputas sobre el estatus lingüístico, la jerarquía simbólica y las reivindicaciones de ser una langue [langue-hood] constituyen el meollo de muchos debates ideológicos sobre el lenguaje (recuérdese el «mais où sont vos Rimbaud?» de Jaffe), y demuestran precisamente cuán profundamente arraigados están los conceptos clave de la ideología del lenguaje en esquemas y modelos político-ideológicos más amplios. Collins ofrece apenas otro claro ejemplo del inextricable entrecruzamiento de diferentes campos relacionados con la concepción de unidades socioculturales y sociopolíticas como nación, cultura, grupo étnico, minoría, pero también clase, estado y sociedad.

Singapur e Israel

El siguiente bloque del libro consta de dos artículos sobre países en los que una historia nacional relativamente corta compite con historias de identidad relativamente largas y complejas. Se trata de Singapur e Israel, ambos estados surgidos tras la Segunda Guerra Mundial e históricamente vinculados a Gran Bretaña. Singapur e Israel son naciones nuevas, pero no son poscoloniales en el mismo sentido que, por ejemplo, los países africanos. Para empezar, tanto geopolítica como socioeconómicamente, pertenecen al «primer mundo»: son países relativamente prósperos (en comparación con algunos de sus vecinos) con cierta importancia regional (o incluso más amplia) en términos de peso político y económico. En ambos casos, la juventud estatal debe ser neutralizada, por así decirlo, por la antigüedad nacional. La búsqueda de la construcción nacional en el nuevo estado se vale de discursos que enfatizan la antigüedad, la tradición y el linaje.

Wendy Bokhorst-Heng analiza la «Campaña «Habla mandarín»» de Singapur y sitúa el intento del gobierno singapurense de controlar el uso y las prácticas lingüísticas de la comunidad china en Singapur de lleno en el ámbito del «imaginar la nación». En el caso de Singapur —una comunidad del sudeste asiático próspera, pequeña pero muy diversa— esta nación imaginada es explícitamente mixta. El primer ministro Lee Kuan Yew (figura clave en el debate ideológico lingüístico e influyente agente en las teorías etnolingüísticas) establece como objetivo de sus esfuerzos de construcción nacional la creación de una nación multilingüe, multiétnica y multicultural, muy distinta de los conceptos fuertemente homogeneizantes de nación que hemos visto en los análisis de los casos europeos y canadiense.

¿O no tanto? Bokhorst-Heng describe cómo la campaña «Habla mandarín» busca precisamente reducir (o incluso eliminar) la diversidad interna dentro de la comunidad china de Singapur. En lugar de los once dialectos que actualmente hablan lxs chinxs en Singapur, la campaña pretende introducir el uso generalizado del mandarín. Los argumentos esgrimidos a favor de esta homogeneización son bien conocidos. Lxs promotorxs singapurensxs distinguen entre una lengua buena y una mala. El mandarín estándar es «bueno»; los dialectos, «malos». El mandarín estándar se asocia con una larga, rica y noble tradición cultural (la china), que supuestamente proporciona un sentido de orientación y pertenencia en el mundo en constante cambio que Singapur pretende encabezar. La inferioridad está arraigada en el uso lingüístico cotidiano de la gente, y el progreso solo se puede lograr sometiendo el uso lingüístico a un control más estricto por parte de las autoridades: la campaña es fuertemente hegemónica, masiva y sin matiz alguno. Y además de la activa «imaginación de una lengua» que se da en el discurso sobre el mandarín, surgen varios esquemas ideológicos contrastantes. Así, el estándar no solo se opone al dialecto, sino que el chino y las demás lenguas comunitarias («lenguas étnicas») también se oponen al inglés. Mientras que las lenguas étnicas se asocian con la cultura y la tradición y, por ende, con el pasado, la historia y la estabilidad, el inglés no es «cultural» (en el sentido de «tradicional»). Se refiere al futuro, a las ideas y los valores nuevos, al cambio. De este modo, Lee Kuan Yew y sus seguidorxs construyen un intrincado patrón simbólico en el que se puede capturar todo el proyecto nacional de Singapur. Singapur es una nación asiática, firmemente arraigada en las tradiciones de la región y que estima los valores y las tradiciones culturales locales. Al mismo tiempo, Singapur es una sociedad moderna, con una fuerte orientación internacional y preocupada por el progreso económico. Esto, aparentemente, requiere un tipo diferente de alineación simbólica, no con las tradiciones asiáticas, sino con la lengua del comercio y la comunicación internacionales: el inglés. Este patrón lingüístico-simbólico con varias capas se proyecta sobre la sociedad singapurense y ha dado lugar a la peculiar noción de «bilingüismo con conocimiento del inglés» que a menudo se atribuye a Singapur.

En Singapur, el debate está controlado por el estado y utiliza diversos canales y medios de comunicación. Los discursos políticos son uno de los vehículos más visibles por medio de los cuales se transmiten los tropos y temas lingüístico-ideológicos. Además, los periódicos y los canales de televisión parecen ser importantes transmisores de mensajes, a menudo articulados por lxs propixs políticxs. El debate es relativamente reciente —Singapur, evidentemente, carece de una larga tradición sobre la que construir, ni como Estado ni como nación dotada de un rico patrimonio de narrativas históricas nacionales— y la tecnología de producción y reproducción ideológica es, sin duda, de vanguardia. Sin embargo, las ideas son antiguas, profundamente arraigadas en la concepción europea de las naciones y sus atributos, pero ligeramente adaptadas para ajustarse a la imaginación de una nación multicultural como la descrita anteriormente.

El capítulo de Ron Kuzar sobre «Actitudes lingüísticas y políticas hacia el hebreo israelí: Resurgimiento continuo frente a normalidad» aborda un debate —o una serie de debates— entre destacadxs estudiosxs del hebreo en Israel durante la década de 1950. Este periodo histórico es de gran importancia. Tras su fundación en 1947, el estado de Israel, bajo el liderazgo de David Ben-Gurion, se enfrentó a una serie de desafíos sumamente exigentes, que Kuzar resume como «la construcción de un estado-nación judío-israelí que se ajustara al máximo a todos los parámetros de un estado-nación prototípico». En primer lugar, el propio estado debía consolidarse y fortificarse contra ataques externos e internos. Había que desarrollar una economía capaz de alimentar y sustentar a la población de Israel, que se duplicó en pocos años tras el alto el fuego de 1949 debido a la masiva inmigración judía. Además de eso, el estado debía también convertirse en una nación cohesionada y unida, como parte de lo que Kuzar denomina el «desmantelamiento del paquete sionista». Las características nacionales debían combinarse de tal manera que la novedad y la extrema «mixticidad» del joven estado se compensaran con símbolos de unidad y tradición. Kuzar identifica tres corrientes ideológicas como «matices de la ideología sionista»: el sionismo socialista, el estado capitalista y el modernismo individualista de vanguardia. El campo de tensión entre estas tres corrientes (lo suficientemente amplio como para generar conflictos políticos, pero no tanto como para convertirse en una amenaza a la cohesión nacional) sirve de telón de fondo para los debates sobre el hebreo.

Kuzar ofrece un análisis detallado de cómo destacados eruditos hebreos (Rosén, Blanc, Ben-Hayyim, Tsemakh…) elaboraron discursos sobre el lenguaje que se alineaban con los desarrollos político-ideológicos más amplios de la época. Así, y como era de esperar, el debate comienza con una controversia sobre el nombre de la lengua. Rosén había utilizado el término «hebreo israelí», sugiriendo que la existencia del estado de Israel podría ser una condición (socio)lingüística relevante que diera origen a un idioma «nuevo». Esta terminología fue cuestionada por otrxs, quienes afirmaban que el hebreo era israelí por definición y proponían que se usara el término «nuevo hebreo» para identificar las nuevas formas masificadas de uso de la lengua hebrea. Ambas posturas se basaban no solo en discursos político-ideológicos sobre la nación, sino también en tradiciones lingüísticas. Lxs defensorxs del hebreo «israelí» se alineaban con el estructuralismo y, por lo tanto, consideraban el hebreo como un idioma plenamente desarrollado. Quienes se oponían a esta postura adoptaron un enfoque más filológico, en el cual se asociaba la «calidad» del hebreo a los textos escritos antiguos y se definía a todxs lxs hablantes de hebreo como «recién llegados» a la lengua. Ambas posiciones generan discursos muy diferentes sobre la pureza lingüística, la propiedad de la lengua y la autoridad en su conocimiento. Bajo estos discursos hay imágenes de la nación, de la identidad judía [Jewishness] y, en última instancia, de distintas concepciones de la construcción nacional y del destino nacional judío.

El capítulo de Kuzar confirma las ideas ya extraídas de capítulos anteriores del libro y anticipa varias reflexiones de los capítulos posteriores. En primer lugar, difícilmente se puede esperar que las voces de lxs expertxs se consideren neutrales e irrelevantes desde el punto de vista político-ideológico cuando se producen en un contexto en el que su tema es políticamente sensible. Hablar sobre el lenguaje en el contexto de una nación emergente, objeto de enérgicas prácticas de construcción nacional, es una forma de acción política y siempre implica (independientemente de la intención de lx expertx) posicionarse políticamente. En segundo lugar, y en consonancia con la observación anterior, la creación de una tradición académica se considera a menudo una actividad importante de la construcción nacional, especialmente cuando están en juego símbolos nacionales (o símbolos que pueden cumplir ese estatus). En tercer lugar, las teorías no son necesariamente inocuas; algunas teorías del lenguaje demuestran encajar mejor en ciertos proyectos políticos y viceversa. En el caso documentado por Kuzar, las teorías del lenguaje que permiten una visión atemporal del mismo se ajustan mejor a una imagen asocial y esencialista del «pueblo» y la «nación» que las teorías que contemplan la flexibilidad, adaptabilidad, diversidad, cambio, etc. El uso de una teoría particular del lenguaje puede suscitar reflexiones y debates sobre el tiempo, la tradición, la continuidad, así como sobre la (im)pureza, la propiedad y la autoridad, elementos que suelen estar en el centro de los proyectos de construcción nacional.

África

La parte final del volumen comprende tres trabajos sobre casos en países africanos: Tanzania, Mozambique y Congo (anteriormente Zaire). En esta parte, entramos en un mundo en el que las sociologías y economías comunicativas son bastante diferentes de las que encontramos en los estudios de caso sobre Europa, América del Norte y nuevos estados como Singapur e Israel. Aparte de la distribución altamente desigual de la alfabetización y la ausencia casi total de medios de comunicación de masas genuinos (en el sentido literal del término), los estados africanos poscoloniales se caracterizan por grados considerables de multilingüismo y por una creencia históricamente heredada en la naturaleza problemática del multilingüismo. Los grados de multilingüismo pueden resultar chocantes para algunxs observadorxs —los países del África subsahariana tienen un promedio de más de 40 lenguas por país—, pero es necesario ponerlos en perspectiva. Dependiendo de cómo se mire el caso, los países aparentemente monolingües también pueden ser altamente multilingües. Herriman (1996) enumera 29 lenguas no aborígenes y 50 lenguas aborígenes en Australia, una cifra que situaría a Australia mucho más arriba que, por ejemplo, Sudáfrica en términos de las lenguas habladas en su territorio. La diferencia radica en el grado en que este multilingüismo se percibe como un obstáculo y como algo que requiere planificación, políticas e intervenciones de expertxs. Los tres capítulos de esta parte abordarán cuestiones relacionadas con la planificación lingüística y la política lingüística, y el trasfondo de cada caso será un campo de tensión entre la percepción del multilingüismo-como-amenaza y las exigencias de la construcción nacional poscolonial o, como en parte del artículo de Meeuwis, las de la organización del estado colonial.

Joshua Madumulla, Elena Bertoncini y Jan Blommaert analizan «Política, ideología y forma poética: el debate literario en Tanzania». El contexto del caso es el de una revolución socialista (cierto es que se trató de una revolución tranquila) que tuvo lugar en Tanzania en 1967. La transición al socialismo intensificó y optimizó los proyectos de construcción nacional que se habían puesto en marcha tras la independencia a principios de la década de 1960 (y en los que una lengua local, el suajili, había sido elevada a categoría de lengua nacional). A partir de entonces, se establecería un claro objetivo sociocultural para la nueva nación, y Tanzania se convertiría en un país socialista unificado y hablante de suajili. La revolución socialista generó entusiasmo entre la población y también atrajo a la emergente clase de intelectuales y artistas concentradxs en la Universidad de Dar es Salaam.

Fue allí donde un grupo de jóvenes y comprometidxs poetas comenzó a experimentar con nuevas formas de poesía en suajili, formas que rompían con la tradición centenaria de la escritura de versos en suajili, que era (y todavía es) ampliamente practicada en África Oriental. Al introducir el verso libre y el verso blanco, pretendían liberar la poesía tradicional suajili de las ataduras de la tradición, el sectarismo y el elitismo que la habían caracterizado hasta entonces, y de ese modo querían contribuir al establecimiento de una poesía suajili socialista que era la expresión de la cultura nacional socialista recién unificada. Lxs nuevxs poetas siempre supieron identificar los vínculos político-ideológicos entre la forma poética y un proyecto sociocultural y político específico. Pero al hacerlo, se toparon con un establishment de poetas «tradicionales» que, entretanto, también se habían movilizado con fines de construcción nacional.

Es en este punto donde el debate poético, que giraba en torno a la estética y la expresión poética, se convirtió en un debate político casi inequívoco, pues ambas partes en la controversia literaria parecían defender diferentes teorías sobre la sociedad, el socialismo, la cultura, el lenguaje y la historia. Así, lo que comenzó como un debate sobre el verso libre frente a la rima y la métrica se transformó rápidamente en un debate entre interpretaciones moderadas del socialismo e interpretaciones marxistas más radicales del socialismo. Lxs jóvenes poetas compartían la visión de que la revolución socialista marcaba una ruptura radical entre pasado y presente, que exigía la abolición de todas las tradiciones sociales y culturales prerrevolucionarias y la construcción de una nueva cultura de masas unificada. Lxs poetas tradicionalistas defendían el valor de las culturas locales prerrevolucionarias y las consideraban una reserva para la «africanización» de la nación poscolonial.

El debate demuestra hasta qué punto las prácticas de construcción nacional (incluida la politización de los símbolos) pueden penetrar en una sociedad movilizada por un objetivo nacionalista concreto. Intelectuales y artistas se unieron al partido revolucionario en su empeño por establecer una sociedad socialista, y lo hicieron elaborando y teorizando sobre los símbolos de la identidad nacional. Al mismo tiempo, la lógica de sus teorías lxs empujó a los márgenes del proceso político y lxs convirtió en disidentes que se decepcionaron con el desarrollo del socialismo en su sociedad. Pero en el proceso, lxs intelectuales conformaron una clase social y un actor político influyente y vociferante, y produjeron una impresionante cantidad de teorías sobre el lenguaje, la cultura, la tradición, la historia, etc.

El artículo de Christopher Stroud sobre «El portugués como ideología y política en Mozambique: (re)construcciones semióticas de una poscolonia» analiza la forma en que la antigua lengua colonial portuguesa fue apropiada, remodelada y re-historizada por los constructores de la nación mozambiqueña poscolonial. Como en Tanzania, el perfil político-ideológico del país también es socialista; pero, a diferencia de Tanzania, lxs líderes socialistas mozambiqueñxs utilizaron una lengua europea —la del antiguo opresor portugués— como símbolo lingüístico nacional. Sin embargo, esto no podía hacerse sin un discurso que vinculara al portugués con los objetivos socialistas revolucionarios del estado independiente. Stroud escribe que

[L]a propiedad [del portugués] fue cuestionada, sus alianzas reconcebidas y sus fronteras redibujadas —la lengua fue, a todos los efectos, tomada simbólicamente… y posteriormente transformada en un arma de la revolución.

Los procesos semióticos mediante los cuales se produce esta apropiación son complejos. Implican ironía, recontextualización y reinterpretación, así como prácticas teorizadas pragmáticas y posteriormente metapragmáticas, como el uso del portugués para aprender y tomar conciencia de lo que el opresor escribió sobre «nosotrxs». También implica una re-invención de la historia mozambiqueña, en la que el portugués podría figurar como el vínculo cultural que conecta a docenas de grupos cuya única relación histórica reside en su colonización conjunta por parte de una potencia de habla portuguesa.

La lengua se vuelve diferente porque es re-inventada. Se podría hablar de la «indigenización» lingüística y simbólica del portugués. Stroud describe cómo el portugués mozambiqueño se presenta como «mejor» que el portugués metropolitano, porque ha sido «enriquecido» por las experiencias socialistas-revolucionarias de lxs mozambiqueñxs. Por lo tanto, Mozambique buscó la construcción de una variedad particular de portugués, una que distinguiera al país de otros países de habla portuguesa y que encarnara el espíritu de la ideología del estado. En términos de Stroud, el portugués llegó a delimitar el espacio en el que el gobierno socialista constructor de la nación podía ejercer poder y control. No es de extrañar que el movimiento de oposición que desafió al estado mediante una prolongada guerra de guerrillas incluyera el rechazo al portugués en su agenda. En lugar del portugués (que ahora simbolizaba el poder del FRELIMO), la RENAMO abogó por el uso de las lenguas locales en sus «territorios liberados». En un giro irónico interesante, el FRELIMO después reforzó una imagen homogénea y normativa (casi purista) del portugués, al tiempo que denigraba las lenguas bantúes locales, recreando así la oposición retórica entre las lenguas europeas «buenas» y las africanas «malas» que caracterizaba las ideologías lingüísticas coloniales. Con el cambio de las condiciones políticas y económicas de la década de 1980, en la que el FRELIMO fue perdiendo gradualmente su hegemonía en la sociedad, el portugués se convirtió cada vez más en el rasgo distintivo del FRELIMO como partido, más que de la nación.

Stroud demuestra lo cruciales que pueden ser los discursos sobre el lenguaje en la construcción de la hegemonía político-ideológica en contextos como los de los estados emergentes que aspiran al estatus de nación. Patrones similares se observan en muchos otros capítulos del libro, pero el caso mozambiqueño resulta particularmente elocuente. Aquí, más que en otros lugares, el estado-nación poscolonial parece estar modelado según el concepto europeo de nación cultural, unificado y controlado mediante procesos de normalización en campos tan diversos como el lenguaje, el derecho, la economía y la política. Con permiso de Foucault, el capítulo de Stroud demuestra el modo en que la regimentación lingüística puede convertirse en un poderoso sistema de vigilancia (o al menos, cómo la gente puede intentar que lo sea), capaz de distinguir a lxs buenxs ciudadanxs de lxs malxs e imponer orden y claridad en una sociedad marcada por profundos conflictos y desigualdades.

El último capítulo del libro, escrito por Michael Meeuwis, trata sobre «El nacionalismo flamenco en el Congo Belga frente al antiimperialismo zaireño: continuidad y discontinuidad en los debates ideológico-lingüísticos». Meeuwis presenta dos viñetas históricas, extraídas de dos periodos distintos de la historia del Congo (Zaire). Las analizaré en orden inverso.

La segunda viñeta que presenta Meeuwis nos transporta a la primera mitad del siglo y al apogeo de la colonización. Algunos misioneros flamencos en el Congo trajeron consigo un trasfondo de nacionalismo flamenco y comenzaron a desarrollar los fundamentos de este nacionalismo en torno a las lenguas y culturas locales en el Congo Belga. El nacionalismo flamenco giraba fuertemente en torno a una asociación entre religión y lengua-y-cultura. La fe católica proporcionaba una «teoría de lo natural»: la humanidad se dividía en grupos lingüístico-culturales «naturales» y, por lo tanto, cada grupo debía ser capaz de mantener su lengua-y-cultura originales, como parte de la voluntad de Dios. Tan pronto como los misioneros llegaron a África, este marco ideológico se proyectó sobre (y se desarrolló aún más sobre la base de) la situación etnolingüística de la colonia. Más concretamente, algunos misioneros comenzaron a abogar por el uso de las lenguas locales, las lenguas «étnicas» —las «lenguas maternas» de la gente— en diversos dominios, y lucharon contra el uso de lenguas francas como el lingala y el suajili. A pesar de que dichas lenguas francas eran a todas luces lenguas «africanas», no eran las lenguas originales de la gente y, por lo tanto, distorsionaban el orden «natural» de las cosas.

La primera viñeta de Meeuwis aborda el periodo poscolonial (zaireño), y más precisamente el periodo en el que el poder de Mobutu estaba en su cénit. A principios de la década de 1970, tras la introducción de la ideología estatal de la «authenticité», lxs intelectuales comenzaron a debatir sobre cuestiones lingüísticas. La authenticité tenía como objetivo una completa re-africanización de la vida social, política y cultural en Zaire. Sin embargo, curiosamente, esta transformación a gran escala (que implicaba, por ejemplo, la africanización obligatoria de los nombres propios) no incluía una política lingüística en la que las lenguas africanas adquirieran prominencia. El francés siguió siendo la lengua del estado. Lxs intelectuales sostenían que la africanización plena requeriría la erradicación de lenguas «extranjeras» como el francés y la promoción enérgica de las lenguas «nacionales» (es decir, africanas). Esta forma de «hipercorrección ideológica», como la denomina Meeuwis, nos recuerda a la interpretación radical del socialismo de lxs intelectuales tanzanxs en el artículo de Madumulla et al. Lxs intelectuales zaireñx, en efecto, terminaron oponiéndose a la ideología estatal, pero no por deslealtad a las autoridades. Fue la lógica de su aproximación teórica lo que lxs impulsó a afirmar lo que consideraban evidente.

Ambos debates analizados por Meeuwis fueron intrascendentes, «perdedores». Evidentemente, Mobutu no quedó impresionado por el argumento antifrancés esgrimido por intelectuales fervientemente pro-authenticité. Y en el Congo Belga, cuatro lenguas francas acabaron por convertirse en las «lenguas africanas» que se integraron en la pirámide lingüística de la colonia (y del estado poscolonial). No se invirtió en las lenguas locales tan enérgicamente defendidas por figuras como Van Hencxthoven y Hulstaert. Pero lo interesante es la discontinuidad que surge al yuxtaponer ambas viñetas. Lxs intelectuales zaireñxs contraponen las lenguas europeas a las lenguas africanas y desarrollan un marco teórico para debatir el valor o las desventajas de ambas. Los misioneros coloniales contraponían diferentes lenguas africanas: lenguas francas frente a lenguas maternas. La preocupación de los misioneros por esta oposición, así como su elaboración teórica de dicha oposición, se ha perdido por completo con el tiempo. Así pues, en la medida en que se pueden identificar los legados coloniales en situaciones lingüísticas poscoloniales, también merecen atención aquellas cosas que nunca formaron parte de ese legado (aunque solo sea porque podrían ofrecer una imagen más fragmentada y compleja de la «ideología colonial»).

Ahora que se han identificado los principales patrones y temas del libro, puedo pasar a señalar algunas posibles áreas de aplicación. Creo que la investigación contenida en los capítulos tiene mucho que ofrecer a diversos ámbitos de la sociolingüística, la pragmática y el análisis del discurso, y sugeriré brevemente algunas posibles contribuciones a dichos ámbitos en la siguiente sección.

6. Ámbitos de estudio

Existe una variedad de ámbitos de estudio para el análisis de los debates ideológico-lingüísticos, todos ellos situados en la intersección de las prácticas discursivas y los procesos sociopolíticos. El primer ámbito que se presenta es, sin duda, el de la política y planificación lingüística, en el que los metadiscursos autorizados sobre la situación lingüística preferida en una sociedad constituyen el instrumento central. El estudio de la planificación (y la política) lingüística ha estado plagado de numerosos defectos teóricos (discutidos por Williams 1992; véase también Blommaert 1996), y uno de ellos es, sin duda, la idealización de la eficacia de las decisiones políticas sobre el cambio social. A menudo se utiliza un modelo lineal en el que los cambios sociales parecen desencadenarse por decisiones gubernamentales respaldadas por expertxs (y mediadas por instituciones expertas). Se deja muy poco espacio para la resistencia cultural y social a dichas decisiones, y el efecto del lenguaje como inductor de cambio se sobreestima enormemente. De manera similar, en la literatura, los acontecimientos en un país rara vez se conectan con desarrollos a mayor escala: cuestiones del capitalismo global e imperialismo y el modo en que las ideologías lingüísticas en países periféricos se alinean o subvierten las ideologías dominantes de los países centrales aparecen raras veces en la literatura (pero véase Parakrama 1995). Sería interesante ver las maneras en las que las opciones de política lingüística son motivadas y proyectadas en dominios específicos (educación, literatura…), para comprender mejor lo que ocurre tras las bambalinas de la planificación lingüística. Asimismo, podríamos encontrar respuestas tentativas a preguntas (de gran relevancia) como por qué ciertos casos de planificación lingüística fracasaron a pesar de los mejores esfuerzos de lxs planificadorxs y responsables políticxs. Varios artículos de este volumen comentarán explícitamente diversas formas de planificación lingüística, tanto explícitas como implícitas.

En una escala más amplia, el papel de la lengua en los procesos de construcción nacional constituye un ámbito de estudio evidente. La mayoría de los artículos de este volumen analizan las formas en que el lenguaje se ideologiza y se «promueve» como un elemento crucial de la identidad nacional (y, por ende, un elemento central de la movilización y construcción nacional) mediante, por ejemplo, prácticas de estandarización y codificación, purismo lingüístico, ingeniería lingüística, y demás (como en la mayoría de los casos), o mediante la des-hegemonización y la particularización de variedades locales de lenguas de amplia difusión (como en Suiza). Los procesos de construcción nacional pueden interpretarse aquí de forma amplia, abarcando casos «típicos» de nuevos estados en busca de una nación (Mozambique, Tanzania, Zaire), pero también incluyendo formas de movilización étnica contra un estado multiétnico percibido como un régimen opresor (como, por ejemplo, Cataluña, Córcega o Canadá), así como prácticas destinadas a consolidar el poder del estado (como, por ejemplo, Singapur, Israel y Estados Unidos). Dentro de esta categoría también estarían las prácticas destinadas a modelar una «civilización» colonial mediante la imposición de un régimen lingüístico a lxs súbditxs coloniales (como en el antiguo Congo Belga).

En tercer lugar, la cuestión teórica del lenguaje y el poder simbólico surgirá como uno de los temas a comentar en la mayoría de los capítulos. Si no para otro fin, nuestro enfoque podría servir para concretizar fenómenos como el mercado lingüístico, la distribución desigual del capital simbólico lingüístico, la economía lingüística, y demás, así como para situar el papel y la función del poder lingüístico-simbólico en relación con relaciones de poder social «más rígidas». Los debates sobre el pluralismo etnolingüístico en canales institucionales poderosos, como la educación, son a menudo casos claros, y ni siquiera naciones consolidadas como Estados Unidos escapan a veces a acalorados debates sobre el estatus hegemónico no cuestionado (y no cuestionable) de un ideal monolingüe de sociedad, como se mostrará en los capítulos de Shannon y Collins en este volumen.

Un cuarto campo de aplicación sería el cambio lingüístico (decadencia lingüística, desplazamiento lingüístico y demás). En la literatura, a veces se destaca la importancia de las actitudes como factor determinante en los procesos de cambio lingüístico. Al enfatizar las actitudes, se involucran las ideologías y entramos en nuestro campo de estudio. Podríamos ser capaces de ajustar algunos de los modelos existentes de cambio lingüístico a partir de un conjunto de análisis de casos históricos exhaustivos. En Tanzania, la antigua oposición entre el inglés y el suajili ha consumido la mayor parte de la energía de planificadorxs lingüísticxs, lingüistas y otrxs expertxs. Quedó muy poco para el estudio de las lenguas locales («étnicas»), y se pueden observar patrones claros de desplazamiento lingüístico y reordenamiento del repertorio lingüístico de lxs hablantes de lenguas locales (Mekacha 1993, Msanjila 1998).

En quinto lugar, una derivación de este tipo de trabajo podría ser una reflexión sobre la naturaleza de la política como proceso discursivo/textual. Especialmente el papel de los «puntos de ebullición» discursivos, como los debates en el proceso de toma de decisiones políticas, podría introducir importantes modificaciones a las concepciones de los procesos políticos fuertemente centradas en intereses, bandos ideológicos fijos, y demás, al enfatizar la importancia de una arquitectura más general de la praxis discursiva en los desarrollos políticos. No cabe esperar mucha innovación en este campo, salvo por la formulación y exploración de una unidad potencialmente relevante de análisis político-discursivo: el debate. Un resultado de esta exploración será que las intertextualidades en el trabajo discursivo que observamos podrían fundamentarse mejor en una perspectiva social, política e incluso histórico-cultural. Los análisis de algunxs autorxs en este volumen mostrarán cómo algunos debates ideológico-lingüísticos solo pueden describirse y explicarse como fenómenos a largo plazo —no événement, sino durée—, mientras que otros se abordan desde una perspectiva casi de marco temporal periodístico. Ejemplos de aquellos son los capítulos sobre Canadá (Heller) y Mozambique (Stroud). El ejemplo más explícito de estos es el caso catalán documentado por DiGiacomo. Entre ambos extremos se encuentran diversas formas de relación entre desarrollos longitudinales y discontinuidades explosivas o notables (como en Tanzania, Congo-Zaire, Estados Unidos, Suiza). Asimismo, la cuestión de los actores puede ser relevante en la reformulación de las concepciones actuales de lo «político» en el discurso político. El capítulo de Kuzar sobre Israel resulta interesante al mostrar cómo lingüistas prominentes pueden convertirse en comunicadorxs políticxs con un fuerte componente lingüístico, y cómo sus ideologías científicas pueden transformarse en ideologías políticas. Jaffe recurre a escritorxs y traductorxs corsxs como intermediarixs ideológicxs con considerable influencia; un enfoque similar en la literatura como fuente e instrumento de comunicación política se puede detectar en el caso tanzano de Madumulla et al. El debate sobre el Ebonics analizado por Collins también involucró a académicxs cuyas declaraciones chocaron con el consenso hegemónico de maneras que son significativas tanto política como académicamente.

En sexto lugar, podríamos llegar a una mejor comprensión de la ideología y los procesos ideológicos especificando los procesos históricos en los que se forman y articulan. En particular, podríamos destacar la conexión entre las tradiciones existentes de percepción y conceptualización de la realidad, los puntos de formulación y mediación de estas tradiciones, y las nuevas formas de percepción y conceptualización en los procesos ideológicos. En otras palabras, podríamos identificar las ideologías como fenómenos culturales discontinuos pero no necesariamente revolucionarios. Collins sitúa el debate sobre el Ebonics de lleno en la historia estadounidense de las ideologías de la nación y las ideologías concomitantes de la alfabetización. Meeuwis identifica una importante corriente subyacente de nacionalismo flamenco en la forma en que los misioneros flamencos en el Congo Belga debatían cuestiones lingüísticas (lo que constituye un ejemplo interesante de lo que hoy se denominaría el «flujo transnacional» de ideologías, los «ideoscapes» de Appadurai cuentan con una respetable trayectoria histórica).

En todos estos ámbitos de estudio, tanto los debates trascendentales como los intrascendentes pueden ser igualmente relevantes. Los casos de derrota, marginalidad y disidencia resultan muy significativos cuando se trata de comprender la estructura del poder y la hegemonía.

7. Conclusiones

El proyecto que planteamos en este libro es programático, en el sentido de que busca explícitamente reformular y re-documentar procesos clave en el ámbito del lenguaje en la sociedad. Si bien el principal empuje de nuestra empresa es buscar una integración más fructífera de la lingüística, la teoría social y la «métier» histórica, nos centraremos en una aproximación refinada de los datos discursivos de tal manera que se haga plena justicia a la dimensión práctica y en curso de la ideología y se evite, al mismo tiempo, la reificación de conceptos como ideología, hegemonía, consenso, etc. Sin duda, una etnografía (en este caso, estrechamente vinculada a la historiografía) de los datos discursivos nos proporciona una herramienta adecuada para exponer los procesos en curso, contingentes y prácticos de (re)producción ideológica. Al mismo tiempo, no debemos pasar por alto la meta-dimensión de este enfoque. Dependiendo del punto de vista que uno adopte, las ideologías lingüísticas que investigamos pueden considerarse «teorías» del lenguaje, y nuestra opción de ver estas teorías como discursos nos alinea con la conceptualización posmoderna de las teorías como mecanismos reductivos que resaltan algunos aspectos de la realidad mientras relegan otros a un segundo plano. Ahora estamos en posición de comprender el cómo y el porqué de tal teorización y, por lo tanto, revelar algunos de los mecanismos mediante los cuales se distribuye y ejerce el poder.

Por supuesto, todo esto son promesas, y quizás algunas de estas promesas no se cumplan. Volveré sobre algunos de estos temas al final del libro. Mientras tanto, cedo la palabra a lxs autorxs. El debate está abierto.

Agradecimientos

La mayoría de lxs autorxs de este libro comentaron exhaustivamente las distintas versiones de este capítulo introductorio, y la versión final se ha beneficiado enormemente de sus comentarios y sugerencias. Agradezco especialmente a Monica Heller, Dick Watts, Michael Meeuwis, Susan DiGiacomo, Roni Kuzar, Jim Collins y Ben Rampton.

Fuentes citadas

Ardener, Edwin (1971). Social anthropology and the historicity of historical linguistics. En Edwin Ardener (ed.), Social Anthropology and Language. Londres: Tavistock, 209-242.

Bauman, Richard y Charles Briggs (1990). Poetics and performance as critical perspectives on language and social life. Annual Review of Anthropology 19: 59-88.

Billig, Michael (1995). Banal Nationalism. Londres: Sage.

Blommaert, Jan (1996). Language planning as a discourse on language and society: The linguistic ideology of a scholarly tradition. Language Problems and Language Planning 20(3): 199-222.

Blommaert, Jan (1997a). The slow shift in orthodoxy: (Re)formulations of «integration» in Belgium. En Charles Briggs (ed.), Conflict and Violence in Pragmatic Research. Special issue, Pragmatics 7: 499-518.

Blommaert, Jan (1997b). State Ideology and Language: The Politics of Swahili in Tanzania. Duisburg: Gerhard-Mercator University (L1CCAP 3).

Blommaert, Jan (1997c). Workshopping: Notes on Professional Vision in Discourse Analysis. Wilrijk: UIA-GER (Antwerp Papers in Linguistics 91).

Bourdieu, Pierre (1982). Ce Que Parler Veut Dire: L’Économie des Échanges linguistiques. París: Fayard.

Braudel, Fernand ([1969] 1958). Histoire et sciences sociales: La longue durée. En Écrits sur l’Histoire. París: Flammarion, 41-83.

Briggs, Charles (1997). Notes on a «confession»: On the construction of gender, sexuality, and violence in an infanticide case. En Charles Briggs (ed.), Conflict and Violence in Pragmatic Research. Special issue, Pragmatics 7: 519-546.

Briggs, Charles (ed.) (1996). Disorderly Discourse: Narrative, Conflict, and Inequality. Nueva York: Oxford University Press.

Briggs, Charles (1997). Conflict and Violence in Pragmatic Research. Special issue, Pragmatics 7: 451-633.

Burke, Peter (1993). The Art of Conversation. Cambridge: Polity Press.

Calvet, Louis-Jean (1974). Linguistique et Colonialisme: Petit Traité de Glottophagie. París: Payot.

Fabian, Johannes (1986). Language and Colonial Power. The Appropriation of Swahili in the Former Belgian Congo, 1885-1938. Cambridge: Cambridge University Press.

Foucault, Michel (1966). Les Mots et les Choses. París: Gallimard.

Gal, Susan (1989). Language and political economy. Annual Review of Anthropology 18: 345-367.

Gal, Susan y Kathryn Woolard (eds.) (1995). Constructing Languages and Publics. Special issue, Pragmatics 5: 129-282.

Grillo, Ralph (1989). Dominant Languages: Language and Hierarchy in Britain and France. Cambridge: Cambridge University Press.

Heller, Monica (1994). Crosswords: Language, Ethnicity and Education in French Ontario. Berlín: Mouton de Gruyter.

Herriman, Michael (1996). Language policy in Australia. En Michael Herriman y Barbara Burnaby (eds.), Language Policies in English-Dominant Countries. Avon: Multilingual Matters, 35-61.

Huck, Geoffrey J. y John A. Goldsmith (1995). Ideology and Linguistic Theory: Noam Chomsky and the Deep Structure Debates. Londres: Routledge.

Hymes, Dell (1996). Ethnography, Linguistics, Narrative Inequality: Toward an Understanding of Voice. Londres: Taylor and Francis.

Jacobs, Andreas y Andreas Jucker (1995). The historical perspective in pragmatics. En Andreas Jucker (ed.), Historical Pragmatics. Ámsterdam: John Benjamins, 3-33.

Jakobson, Roman (1985). Verbal Art, Verbal Sign, Verbal Time. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Joseph, John E. y Talbot J. Taylor (eds.) (1990). Ideologies of Language. Londres: Routledge.

Kroskrity, Paul, Bambi Schieffelin y Kathryn Woolard (eds.) (1992). Language Ideologies. Special issue, Pragmatics 2: 235-453.

Land, Stephen K. (1974). From Signs to Propositions: The Concept of Form in Eighteenth-Century Semantic Theory. Londres: Longman.

Meeuwis, Michael y Frank Brisard (1993). Time and the Diagnosis of Language Change. Antwerp: UIA-GER (Antwerp Papers in Linguistics 72).

Mehan, Hugh (1996). The construction of an LD student: A case study in the politics of representation. En Michael Silverstein y Greg Urban (eds.), Natural Histories of Discourse. Chicago: University of Chicago Press, 253-276.

Mekacha, Rugatiri (1993). The Sociolinguistic Impact of Kiswahili on Ethnic Community Languages in Tanzania: A Case Study of Ekinata. Bayreuth: Bayreuth African Studies.

Msanjila, Yohani (1998). The Use of Kiswahili in Rural Areas and its Implications for the Future of Ethnic Languages in Tanzania. Tesis doctoral, University of Dar es Salaam.

Nurse, Derek y Thomas Spear (1985). The Swahili: Reconstructing the History and Language of an African Society, 800-1500. Filadelfia: University of Pennsylvania Press.

Parakrama, Arjuna (1995). De-hegemonizing Language Standards: Learning from (Post)colonial Englishes about «English». Londres: Macmillan.

Schegloff, Emanuel A. (1988). Description in the social sciences I: Talk-in-interaction. IPrA Papers in Pragmatics 2: 1-24.

Schieffelin, Bambi B., Kathryn A. Woolard y Paul V. Kroskrity (eds.) (1998). Language Ideologies: Practice and Theory. Nueva York: Oxford University Press.

Silverstein, Michael (1996). Monoglot «standard» in America: Standardization and metaphors of linguistic hegemony. En Donald Brenneis y Ronald Macaulay (eds.), The Matrix of Language: Contemporary Linguistic Anthropology. Boulder: Westview, 284-306.

Silverstein, Michael y Greg Urban (1996). The natural history of discourse. En Michael Silverstein y Greg Urban (eds.), Natural Histories of Discourse. Chicago: University of Chicago Press, 1-17.

Silverstein, Michael y Greg Urban (eds.) (1996). Natural Histories of Discourse. Chicago: University of Chicago Press.

Thomason, Sarah y Terrence Kaufman (1988). Language Contact, Creolization and Genetic Linguistics. Berkeley: University of California Press.

Thompson, Edward P. (1991). Customs in Common. Londres: Merlin.

Thompson, John B. (1990). Ideology and Modern Culture. Cambridge: Polity Press.

Williams, Glyn (1992). Sociolinguistics: A Sociological Critique. Londres: Routledge.

Woolard, Kathryn (1989). Double Talk: Bilingualism and the Politics of Ethnicity in Catalonia. Stanford: Stanford University Press.

Woolard, Kathryn (1992). Language ideology: Issues and approaches. En Paul Kroskrity, Bambi Schieffelin y Kathryn Woolard (eds.), Language Ideologies. Special issue, Pragmatics 2: 235-249.

Woolard, Kathryn (1998). Introduction: Language ideology as a field of inquiry. En Bambi Schieffelin, Kathryn Woolard y Paul Kroskrity (eds.), Language Ideologies: Practice and Theory. Nueva York: Oxford University Press, 3-17.

Woolard, Kathryn y Bambi Schieffelin (1994). Language ideology. Annual Review of Anthropology 23: 55-82.


1 Me apresuro a añadir que estoy familiarizado con trabajos sobre aspectos de la historia de la lingüística y quiero reconocer el hecho de que muchos de estos trabajos contienen ideas muy útiles sobre lo que hoy llamaríamos aspectos ideológicos de la lingüística. Un buen ejemplo es Land (1974), y algunos de los artículos de Joseph y Taylor (eds.) (1990) son casos claros. En Huck y Goldsmith (1995) se ofrece un análisis histórico de un debate dentro de la lingüística con considerables implicaciones teóricas y metateóricas. Al mismo tiempo, los debates ideológico-lingüísticos no deberían limitarse a los debates en la lingüística, como demostrarán los capítulos de este volumen.

2 Véase, por ejemplo, el intento de Jacobs y Jucker (1995: 5) de formular una pragmática histórica: «la tarea de la pragmática histórica es describir pragmáticamente cómo se usaba el lenguaje en épocas pasadas tal como se transmite en los textos históricos».

3 Me extiendo un poco en este punto para evitar malentendidos respecto a lo que denomino «perspectivas dinámicas del lenguaje y el comportamiento lingüístico». Existe un conjunto de trabajos sobre análisis conversacional que califica su enfoque como «dinámico» debido a su énfasis en la secuencialidad y en el «hacer» y el «devenir» del significado y el sentido en las conversaciones. A diferencia de las perspectivas que expongo en este párrafo, la perspectiva adoptada por este tipo de trabajos de análisis conversacional es estrictamente «local», y la dinámica textual se sitúa exclusivamente dentro de la conversación (véase Schegloff 1988, para un ejemplo y para la justificación de este enfoque).

4 Es en este punto donde algunos análisis críticos del discurso (incluido el análisis conversacional) parecen caer en la trampa de situar el poder dentro de las estructuras textuales o los patrones discursivos, asumiendo una postura demasiado obvia con respecto a lxs productorxs, el público, el escenario —en resumen, el contexto del discurso. Para una discusión más extensa, véase Blommaert (1997c).

Se cierra el debate

Antes de concluir este libro, deseo comentar algunos de los elementos más sorprendentes que surgieron de los distintos capítulos. La coherencia global de los capítulos sin duda habrá deslumbrado a muchxs lectorxs. Creo que esta coherencia no es casual y que algunos de los puntos de convergencia en los distintos capítulos pueden invitar a nuevas investigaciones y nuevas preguntas sobre los datos existentes.

A continuación, intentaré sistematizar algunos de los principales hallazgos documentales y teóricos de los distintos capítulos. Comenzaré abordando la cuestión de la historia y el lenguaje; luego retomaré el modelo hipotético de debates esbozado en el capítulo introductorio. Después, comentaré brevemente algunas de las contribuciones y reflexiones que considero importantes aportaciones de lxs autorxs en este libro.

1. Historia y lenguaje

Un hilo conductor en todos los capítulos de este libro es la concepción del lenguaje como algo material. Contrariamente a las ideas generalizadas en diversas corrientes de la investigación lingüística y sociolingüística del lenguaje como un cuerpo orgánico que obedece a reglas naturales y parece inmune a la acción humana, el lenguaje no tiene vida propia en este libro. La historia de las lenguas que aquí se discuten es la historia de las personas que las usan, las manipulan, las fabrican, les dan nombre.

Los patrones en que se producen estas intervenciones son discontinuos: existen momentos cruciales en la historia en los que las lenguas se convierten en objeto de intervención política, social y cultural, y hay momentos en los que parecen producirse pocos dramas o crisis. Hay movimientos lentos y rápidos, periodos de intensa actividad y periodos de fluidez, periodos de producción, de establecimiento, de consolidación, de desafío y de decadencia. En resumen, los patrones históricos en los que se produce el surgimiento y desarrollo de conceptos enmarcados ideológicamente respecto del lenguaje y el uso del lenguaje son discontinuos, fragmentados y con múltiples capas, ya que cada momento de intensa lucha y debate se intertextualiza y se desarrolla en el contexto de desarrollos previos a lo largo de un periodo más extenso. Este tratamiento multifacético del tiempo y la evolución se evidencia quizás con mayor claridad en el abordaje de Collins del debate sobre el Ebonics, donde un «evento» [«événement»] sumamente intenso y vertiginoso se contrapone a procesos muy lentos (y profundos) en los aspectos educativos de la construcción nacional estadounidense. En los tres capítulos sobre África, los debates se sitúan en el contexto más amplio de los legados coloniales y los esfuerzos de construcción nacional de los gobiernos poscoloniales; en la mayoría de los demás capítulos, los debates se enmarcan en desarrollos político-históricos más amplios relacionados con la construcción del Estado y la nación o el regionalismo. En cada caso, el tiempo «breve» se contrapone a un durée de fondo. El tiempo no es un concepto unificado cuando se trata de escribir la historia de las lenguas.

Creo que, gracias a esta visión materialista del lenguaje y a la aceptación de un tiempo fragmentado y con múltiples capas, hemos avanzado mucho hacia el desarrollo de un enfoque genuinamente histórico de la evolución del lenguaje en la sociedad. Hymes resume el objetivo de este ejercicio de la siguiente manera:

…es una aclaración importante si podemos estar de acuerdo en restringir el término «lenguaje» (y el término «dialecto») a este tipo de significado: la identificación de un conjunto de recursos derivados históricamente cuyo funcionamiento social —organización en variedades utilizadas, inteligibilidad mutua, etc.— no viene dado por el hecho mismo de la derivación histórica, sino que es problemático, necesita ser determinado y requiere otros conceptos y términos. (Hymes 1980: 25)

En otras palabras, la historia del lenguaje no debe ser una histoire d’idées abstracta en la que los desarrollos se narran como secuencias de fases («primero existía esto, luego aquello»). Más bien, debería tratarse de una historia de prácticas diferentes, en conflicto y discordantes, llevadas a cabo por actores identificables, de maneras muy específicas y mediante instrumentos muy específicos. Las evoluciones cruciales en la historia de las lenguas deben ubicarse en un espacio y tiempo «reales», es decir, en un espacio y tiempo moldeados sociocultural y políticamente. Esta, creo, es la esencia de un enfoque histórico a la Voloshinov: una historia de la lengua centrada en la asignación de recursos lingüísticos como recursos socioculturales y políticos; de las funciones del habla vistas en términos de efectos de poder metadiscursivos; de la diferencia y la desigualdad en los recursos lingüísticos como cuestiones problemáticas que requieren una explicación que vaya más allá de la identificación lingüística de las diferencias.

Quizás la ilustración más clara de este enfoque se encuentre en el capítulo de Michael Meeuwis sobre las lenguas en el Congo colonial. También ilustra el impacto potencial de este enfoque en el imaginario lingüístico y sociolingüístico existente. La representación científica más extendida y autorizada del área lingüística bantú es la de la lingüística genética. Los grandes estudiosos de las lenguas bantúes del siglo XX —Meinhof, Guthrie, Meeussen— fueron personas que produjeron comparaciones y clasificaciones a gran escala de las lenguas bantúes, basadas en una teoría monogenética de la filiación (lo que, en algunos trabajos, dio lugar a teorías migratorias generalizadas y controvertidas; véase Vansina, 1995). El supuesto subyacente a esta representación es de carácter orgánico, equiparando la distribución sincrónica de las lenguas con patrones diacrónicos de cambio lingüístico y desplazamientos de personas. Meeuwis demuestra que se omitieron bastantes pasos en este proceso. En primer lugar, la mera aceptación de la existencia de lenguas se basa en procedimientos de denominación y etiquetado, y dondequiera que existiera un nombre para una lengua, existiría una lengua. Por lo tanto, las disputas sobre los nombres para las lenguas eran frecuentes, y los archivos lingüísticos coloniales están plagados de discusiones sobre si una determinada lengua «realmente» existía o no. Volveré sobre este punto en la sección 3. Como demuestra Meeuwis, tales discusiones estuvieron fuertemente influenciadas por expectativas metapragmáticas normativas sobre cómo debía ser una lengua, así como por las preocupaciones prácticas y los antecedentes político-ideológicos personales de quienes participaron en ellas. En segundo lugar, esta práctica de intervención colonial en el mundo lingüístico y sociolingüístico de la colonia produjo y modificó lenguas, así como las condiciones en las que la gente las utilizaba. El colonialismo, sin duda, puso fin a la evolución orgánica de muchas lenguas bantúes —suponiendo que su evolución precolonial fuera siquiera orgánica.

Por supuesto, todo esto plantea tantas preguntas como respuestas. La heterogeneidad con la que lxs autorxs de este libro han tratado el tiempo, la historia y la evolución evidencia la inquieta relación entre lenguaje como objeto de pensamiento lingüísticamente disciplinado y lenguaje como fenómeno sociocultural y político. El logro que podemos atribuirnos (y, volviendo al capítulo introductorio, una promesa cumplida) es el de rascar la superficie y revelar un potencial para un análisis renovado, así como una serie de problemas para un análisis renovado.

2. Debates: El modelo revisado

La mayoría de los capítulos de este libro han logrado identificar contextos en los que el lenguaje se convierte en un tema importante para el debate público, así como en un importante objeto de politización. Estos contextos son notablemente similares en los distintos casos analizados en el libro. El elemento central es la construcción nacional. En casi todos los capítulos, los debates ideológico-lingüísticos se produjeron en contextos relacionados con la elaboración de diversas agendas nacionalistas. Dichas agendas podían ser regionalistas y tener como objetivo bien la separación de una región del resto del Estado bien el aumento del poder subestatal para una región en particular. Generalmente, dentro de los movimientos regionalistas se pueden distinguir tanto esta tendencia «moderada» como la «radical». Este fue el caso de Córcega, la Suiza de habla alemana, Cataluña y Quebec; en otras palabras, de aquellos casos que se agruparon como casos europeos o con influencia europea. En cada uno de estos casos, la identidad lingüística constituye la columna vertebral de las reivindicaciones de singularidad cultural y, por ende, de la incompatibilidad con la nación (multicultural) existente. Lxs corsxs, lxs germano-suizxs, lxs catalanxs y lxs quebequeses otorgan un lugar primordial a la diferencia lingüística en la construcción de conceptos de opresión, marginalidad y, por ende, liberación.

Subyacente a esta similitud en las estrategias retóricas se encuentra una misma teoría del lenguaje y la cultura, una teoría que considera el monolingüismo (y, por extensión, el monoculturalismo) como la norma o el ideal deseado para una sociedad, y que proyecta axiomáticamente este monolingüismo-monoculturalismo sobre los individuos, cada uno de los cuales es «normalmente» monolingüe y miembro de una cultura. Hymes denomina a esta teoría «una concepción «herderiana» del mundo compuesta por unidades tradicionales de lenguaje-y-cultura» (1996: 25), y en un intento por encontrarle un nombre, Blommaert y Verschueren (1992) la denominaron «homogeneismo».

Pero el espectro de los nacionalismos no se limitó a los regionalismos. Los dos capítulos sobre Estados Unidos identificaron nítidamente grandes rupturas en la autoimagen estadounidense —o ideología, véase Silverstein (1996)— del monolingüismo. Los desafíos a esta ideología, en la forma de inmigrantes latinxs o de afroamericanxs que reclaman derechos lingüísticos basándose en las mismas «libertades» que constituyen la esencia del imaginario nacional estadounidense, dan lugar a un mayor énfasis en la unidad nacional, la homogeneidad y la supuesta singularidad de las características o símbolos nacionales. Y, como era de esperar, también allí se utiliza una noción homogeneista del lenguaje como una formidable arma retórica en este tipo de debate. Lo mismo se puede decir de Singapur e Israel, dos estados jóvenes que se enfrentan tareas de construcción nacional partiendo de condiciones de multilingüismo y multiculturalismo. La lengua propuesta en Israel como medio de expresión de y para la nueva nación judía se pone en entredicho en cuanto surgen preguntas sobre tradición e innovación. Entonces, el hebreo se esencializa, se reifica y se le atribuyen cualidades distintas a las puramente lingüísticas (a saber, étnicas y religiosas). En Singapur, la planificación del multilingüismo y el multiculturalismo se desarrolla siguiendo líneas que enfatizan la homogeneidad dentro de los pilares del multilingüismo. La comunidad china, anteriormente compuesta por hablantes de diferentes variedades regionales de chino, se homogeneiza internamente mediante la imposición del mandarín estándar. Para quienes están familiarizados con las discusiones europeas sobre el multiculturalismo, este patrón resulta familiar. También en el contexto de las políticas de inmigración en Europa, el multiculturalismo se practica a menudo en forma de una yuxtaposición de «culturas» esencializadas y homogeneizadas, cada una de ellas claramente delimitada y contenida dentro de fronteras de «identidad» y «autenticidad» (véase, por ejemplo, Blommaert y Verschueren, 1998).

Profundizando un poco más, los casos africanos nos presentan contextos en los que las naciones deben construirse a posteriori. La lucha por la descolonización dio como resultado el establecimiento de Estados, pero estos Estados se percibían como necesitados urgentemente de naciones, y en todas partes lxs políticxs emprendieron campañas masivas de construcción nacional en contextos de multilingüismo y multiculturalismo extremos. Y en todas partes, la lucha anticolonial se tradujo en una lucha por la africanización de las nuevas naciones. Sorprendentemente, sin embargo, tanto en Tanzania como en Mozambique y en el Zaire de Mobutu, el aparato teórico movilizado para tal fin incluía casi invariablemente nociones esencializadas y homogeneizadas de lengua y cultura, y debates como el de Tanzania solo podían surgir una vez que todos lxs protagonistas habían acordado el isomorfismo básico (herderiano) de la lengua y cultura. La pregunta entonces era: ¿qué cultura particular va a expresar esta lengua?

El discurso del primer ministro de Singapur, Goh Chok Tong, citado por Wendy Bokhorst-Heng, se titulaba «El mandarín es más que un idioma». Al leer los demás capítulos del libro, observamos que, a ojos de quienes libran los debates esto también se aplica al corso, Scwyzer-tüütsch, el catalán, el francés, el inglés, el hebreo, el suajili, el portugués, el lingala y el mongol. Siempre que la lengua se ve involucrada en luchas nacionalistas, se convierte en algo más que «solo una lengua». El metadiscurso sobre el lenguaje se vuelve extremadamente complejo y cargado de todo tipo de asociaciones trópicas, metafóricas o simbólicas. Las voces que articulan este metadiscurso, en casi todos los casos, invocan la «experiencia»: son conocedores del lenguaje y, por lo tanto, también del campo asociativo que lo rodea.

Fundamental aquí es la transposición de la identidad de unx como lingüista, escritorx y traductorx a los campos del debate público y la actividad política, y que lxs lingüistas, escritorxs, traductorxs (e incluso los misioneros) producen entonces un discurso político sobre la lengua. El papel de quienes denominé intermediarixs ideológicxs en el capítulo introductorio puede resumirse así: son expertxs cuya pericia se introduce, como subtexto, en otro tipo de discurso, no un discurso técnico (y, por lo tanto, no un discurso de «expertxs»), sino un discurso político que a veces resulta difícil de distinguir del de lxs políticxs «reales». Ron Kuzar señaló repetidamente la influencia institucional de Ben-Hayyim, uno de lxs protagonistas del debate israelí. Samuel Hayakawa, el senador estadounidense y defensor del estándar monolingüe [monoglot] mencionado por Shannon, puede servir como un ejemplo aún mejor. Lingüista prominente en su época, se supone que tiene un «conocimiento» más profundo y documentado, similar al «conocimiento» que normalmente sospechamos que tienen a lxs políticxs.

Pero el trabajo lingüístico en sí, es decir, las actividades fundamentales de lxs «conocedorxs» del lenguaje, pueden politizarse y leerse como declaraciones políticas. Heller identificó la conexión entre ciertas preferencias en el trabajo sociolingüístico y determinadas agendas políticas en Canadá; los tratados poéticos de lxs jóvenes poetas tanzanxs fueron interpretados como panfletos marxistas por sus oponentes; lxs traductorxs corsxs fueron cuestionadxs por sus críticxs por malgastar su tiempo en la actividad desvirtuadora-de-la-lengua-y-la-cultura de traducir libros franceses al corso. Este patrón, de nuevo, no resulta desconocido: las preferencias ideológicas del Estado pueden ser respaldadas y legitimadas, a su antojo, por la actividad de lxs expertxs, y los Estados pueden asegurarse de que lxs expertxs se mantengan dentro de ciertos límites en cuanto a la elección de temas y enfoques de investigación, por ejemplo, mediante la asignación de subvenciones.

El papel de los «aparatos ideológicos» sigue sin estar claro, aunque en casi todos los casos analizados en este libro, los canales escritos desempeñaron un papel crucial. Sin embargo, los casos mostraron diferencias significativas, como el peso que se le podía otorgar a la difusión de ideologías lingüísticas específicas, y también los recursos disponibles que podían movilizarse para ello. El sistema educativo sigue siendo, evidentemente, un canal fundamental para la regimentación lingüístico-ideológica, como demostraron Shannon, Collins y Watts. Los medios de comunicación multimodales modernos fueron instrumentos evidentes para la reproducción ideológica en los casos analizados por DiGiacomo (Cataluña) y Bokhorst-Heng (Singapur), y en cierta medida también por Jaffe (Córcega). La batalla del Ebonics documentada por Collins se libró en una amplia variedad de medios, incluyendo internet. Los periódicos sirvieron de foro para el debate en el caso de Israel y, aunque enmarcados en una sociología comunicativa muy diferente, también en el caso de lxs poetas tanzanxs. Pero en otros casos, el debate fue casi sectario y se limitó a pequeños círculos de expertxs, canalizado a través de cartas, informes o publicaciones internas. Los casos analizados por Meeuwis son a muy pequeña escala, debates apenas publicitados. Sin embargo, sería un error, por supuesto, reducir los debates a un único medio o canal de producción y reproducción. Heller demuestra la complejidad de dichos procesos, que involucran géneros altamente exclusivos como artículos científicos y discursos políticos, campañas enteras, bombos mediáticas, etc. En el caso de Shannon, las sentencias judiciales son eventos discursivos tan importantes como los escándalos televisados. Rara vez existe un «texto maestro» o un «texto original» del debate; y los debates se caracterizan por largos periodos de continuas re-entextualizaciones, citas, re-lecturas de textos, cambios lentos en la semántica de términos clave, cambios graduales en la estructura de lxs participantes y altibajos en la atención pública que se le da al debate. Pero el resultado final suele ser una doxa, codificada o no, implícita o explícita, que luego se pone en práctica de maneras que a veces son ortodoxas y a veces no. La negativa del periódico tanzano a publicar poesía en verso libre es una doxa implícita, y la forma en que se pone en práctica la educación bilingüe en los datos de Shannon es un caso de doxa semi-implícita.

Entonces, ¿en qué punto nos encontramos con el modelo hipotético sugerido anteriormente? Sin duda, queda mucho por investigar. Pero creo que se han establecido algunos parámetros para futuras investigaciones.

3. Sobre etiquetas y nombres: Jerarquías lingüísticas

Una constante en los debates analizados en los capítulos es la presencia de jerarquías lingüísticas. En consonancia con lo dicho anteriormente, que una lengua suele ser más que «solo» una lengua, las lenguas y variedades lingüísticas tienden a ser etiquetadas y clasificadas según diversos criterios relacionados con la «calidad» percibida de la lengua o variedad, o con el grado de «plenitud lingüística» de la lengua o variedad. Las diferencias entre una «lengua» y un «dialecto», por no hablar de calificaciones más bajas como «jerga», «habla» (parler en francés) o «modismo», son siempre producto de la política de la representación e implican proyecciones masivas de poder, estatus, valores y normas sobre el fenómeno lingüístico en cuestión. Así, cuando FRELIMO etiquetó las lenguas bantúes mozambiqueñas como «dialectos» y se alineó con los discursos coloniales sobre las lenguas africanas versus las europeas, se puso en marcha toda una maquinaria ideológica, metafórica y asociativa mediante la cual la lengua, sus hablantes, su cultura, su estructura social, sus ideales y aspiraciones fueron tachados de inferiores a los de «la lengua», el portugués.

Del mismo modo, cuando el senador francés preguntó a lxs corsxs «Mais où sont vos Rimbaud?», les estaba atribuyendo mucho más que una simple valoración de la calidad de su lengua y expresión lingüística. De hecho, estaba clasificando el francés y el corso en una escala donde la «calidad» de la lengua y la historia de la lengua coinciden de tal manera que las lenguas «inferiores» siempre seguirán siendo inferiores, simplemente porque la lengua superior posee una historia y una tradición de superioridad. Así, incluso si lxs corsxs lanzaran una ofensiva cultural y literaria a gran escala, produciendo literatura de una belleza sublime, el francés seguiría siendo superior porque ya había alcanzado ese nivel de sofisticación y excelencia literaria un siglo antes. Este es el dilema que se activa cuando lxs activistas culturales y lxs nacionalistas lingüísticxs adoptan el marco jerárquico y emprenden campañas para la promoción y el desarrollo de su lengua: al reconocer la inferioridad actual de su lengua frente a otra (generalmente una lengua «modelo», y en ese sentido la elección de traductorxs de Jaffe es sumamente relevante), reconocen su eterna inferioridad. La lengua modelo siempre habrá alcanzado el nivel deseado de elaboración o sofisticación mucho antes que la otra, y la calidad de la lengua inferior siempre se considerará una imitación o una caricatura de la de la lengua modelo (cf. Blommaert 1994, Errington 1992).

La clasificación puede ser física. A veces, la mera presencia de una lengua en algún lugar, su uso en una ocasión concreta y el orden secuencial de las lenguas utilizadas en contextos multilingües pueden considerarse muy relevantes y convertirse en un tema de debate sumamente delicado. La descripción que hace DiGiacomo del debate olímpico en Barcelona es un buen ejemplo. La primera cuestión era si el catalán sería aceptado como lengua «visible» durante los Juegos Olímpicos o no. Luego surgió el tema del orden secuencial de las lenguas: ¿cuál iría primero, el castellano o el catalán? A veces, esta competencia por el espacio público puede dar lugar a intrincadas fórmulas de distribución del tiempo compartido, en las que se concede espacio público a las lenguas en función de cálculos complejos que incluyen, por ejemplo, el número de hablantes de cada lengua o la «importancia nacional» de ciertas lenguas (véase, por ejemplo, Spitulnik 1992).

Las preocupaciones sobre la calidad lingüística pueden adoptar diversas formas. Pero algunas características se muestran recurrentes. La calidad y la plenitud lingüística, por ejemplo, se asocian de manera bastante constante con la estructura y el orden. Una lengua estandarizada siempre es mejor que una no estandarizada, y la estandarización invariablemente tiene que ver con la escritura, la codificación y la institucionalización. Ninguno de los tres criterios es suficiente, pero todos son condiciones necesarias para la calidad. Ninguno es evidente tampoco, y los tres implican importantes efectos de poder, formas de disciplina, control y coerción. En segundo lugar, pero relacionado con lo anterior, la calidad se asocia con la singularidad. El lenguaje y sus efectos deben ser singulares. La gente ha de ser monolingüe (o se habla esta lengua o se habla otra), y las sociedades también han de ser monolingües. Los significados deben ser singulares, claros e inequívocos: una «lengua», en el sentido jerárquico del término, siempre se considera un vehículo de «expresión clara y precisa» de ideas. La ideología del orden «natural» de las cosas que los misioneros flamencos llevaron consigo al Congo presuponía un vínculo directo entre Dios, la lengua «natural» de los pueblos y sus almas. Al orar en su lengua materna, la oración se expresaría sin filtros, pura, sin las barreras ni los obstáculos que planteaba una lengua «extranjera». Por lo tanto, el verdadero cristianismo debía ser llevado a lxs africanxs a través de su lengua materna.

En tercer lugar, la calidad de la lengua también implica cuestiones de propiedad. Una lengua «buena» es aquella que se hereda a través de generaciones de hablantes. Y solo cuando alguien forma parte de la genealogía de la comunidad lingüística, podrá hablar el idioma «bien», «correctamente», o comprenderlo «completamente». Aquí es donde entra en juego la tradición. Lxs poetas suajili de Tanzania libraron una batalla por la legítima propiedad de la lengua. Para lxs modernistas, el suajili significaba la novedad de la sociedad socialista poscolonial; en consecuencia, se sentían libres de experimentar con la lengua. Lxs tradicionalistas situaban la propiedad del suajili en las sociedades suajili costeras tradicionales, y las antiguas formas de verso eran una expresión de respeto por esta propiedad, convertida en una interpretación dogmática del «uso correcto de la lengua». De manera similar, Ben-Hayyim y Rosén tenían puntos de vista muy diferentes sobre el origen del hebreo. Para el primero, existía una tradición que debía respetarse para que la lengua no fuera (injustificadamente) transformada. Para el segundo, el hebreo era la lengua del nuevo estado de Israel, y pertenecía a quienes ahora la hablaban. En Mozambique, el portugués fue arrebatado al opresor colonial y se convirtió en el instrumento de concientización, propaganda revolucionaria y unificación nacional. Este propósito de construcción nacional implicó una disciplina férrea, y la lengua misma se convirtió en objeto de purismo, rigidez gramatical y reificación. Las cuestiones de propiedad implican invariablemente cuestiones de normas, reglas y códigos para el uso correcto de la lengua. Y en las discusiones sobre la propiedad, la lengua se sitúa en un discurso histórico (real o mítico) sobre la comunidad lingüística, su evolución y su herencia de generaciones anteriores. Así pues, y añado una nota autobiográfica, en Flandes, el uso de un neerlandés «incorrecto» en público (por ejemplo, neerlandés con claras influencias dialectales, galicismos u otras formas de «impureza») puede provocar reprimendas en las que se le recuerda a lxs infractorxs las generaciones pasadas que lucharon arduamente por la preservación y el desarrollo del neerlandés en Bélgica.

En cuarto lugar, la calidad lingüística, en la práctica, requiere voces expertas. La estandarización, la institucionalización, la elaboración y el desarrollo de las lenguas deben ir acompañados de discursos legitimadores y racionalizadores de expertxs. El poder que se ejerce mediante estas prácticas de paisajismo lingüístico debe atenuarse o neutralizarse recurriendo a la lógica, la teoría, la ciencia. Los debates ideológico-lingüísticos analizados en este libro ofrecieron una enorme cantidad de teorización, realizada por expertxs de una amplia gama de disciplinas. Es evidente que la homogeneización, la estandarización, el oligolingüismo o la creación de jerarquías lingüísticas requieren algo más que un poder brutal. La aquiescencia de las masas, requisito indispensable para la hegemonía en las teorías clásicas de la ideología, se alcanza mediante discursos que generan poder al apelar al «orden superior» de la ciencia, la lógica, la racionalidad o, en uno de los casos, a la «naturaleza» y a Dios. De ahí la reafirmación de lo dicho anteriormente: dadas las condiciones adecuadas, lxs lingüistas y otrxs expertxs pueden producir discurso político incluso al analizar detalles de la estructura de la lengua. Más aún, dadas las condiciones adecuadas, solo pueden producir discurso político.

4. Metadiscurso y sociolingüística

Las observaciones anteriores subrayan la importancia del metadiscurso para evaluar las situaciones lingüísticas en países como los que se analizan en el libro. Además de los fenómenos sociolingüísticos «observables» (que abarcan desde la distribución de las lenguas según las formas de fidelidad lingüística, la pérdida lingüística, el contacto lingüístico y demás) y además de los fenómenos que entran dentro de los enfoques «tradicionales» de la planificación lingüística (como los documentos de política, la labor legislativa, la producción de materiales lingüísticos estandarizados, y demás), la manera en que se debaten las lenguas y las situaciones lingüísticas en las sociedades puede ofrecer importantes perspectivas sociolingüísticas.

En este tipo de debates, las lenguas y las situaciones lingüísticas cambian a menudo. El debate canadiense, de lenta evolución, descrito por Heller, transformó el país de una sociedad hegemónica inglesa a una sociedad multilingüe, en la que una comunidad lingüística competidora (lxs francófonxs) consiguió un lugar importante para sí misma, y en la que los derechos y reivindicaciones de otras comunidades lingüísticas producen ahora una situación lingüístico-política sumamente compleja, muy alejada de la aparentemente relajada y autoconsciente hegemonía anglófona de hace medio siglo. De manera similar, la campaña «Habla mandarín» en Singapur afecta tanto la estructura interna como la percepción externa de las comunidades chinas en Singapur, que pasan de ser un conglomerado caleidoscópico a ser una sub-sociedad monolítica dentro de un Singapur multilingüe y multicultural. El énfasis de FRELIMO en el uso del portugués ha dado forma a una variedad local —más o menos codificada— de portugués, y al mismo tiempo ha creado una brecha sociolingüística entre lxs mozambiqueñxs que-saben-portugués y lxs que-ignoran-portugués. La ideología del dialecto alemán en Suiza ha elevado, por un lado, un «dialecto» (en sentido jerárquico) al estatus público e institucional de «lengua» (también en sentido jerárquico), y por otro, ha provocado el inicio de una ruptura sociolingüística entre Suiza y el resto de la Europa de habla alemana (así como una ampliación de la brecha interna suiza entre las comunidades germanófonas y francófonas).

Así pues, el lenguaje se transforma mediante debates. Los debates político-lingüísticos intervienen, a veces de forma brutal, en la historia de las lenguas y las comunidades lingüísticas, y su efecto puede anular los efectos «espontáneos» del contacto lingüístico o de la evolución lingüística. Para empezar, el resultado o la condición previa de la mayoría de los debates aquí analizados es un patrón sociolingüístico marcado por profundas desigualdades entre lenguas elaboradas metadiscursivamente. Olvídense las 105 lenguas de Tanzania: lo que cuenta en términos de corrección política y movilidad social es el inglés y el suajili. Olvídese, para ilustrarlo mejor, la enorme cantidad de niñxs hispanohablantes en las escuelas de algunos estados estadounidenses: lo que cuenta es el inglés. Desde hace tiempo se reconoce que estos factores influyen en el cambio lingüístico. Sin embargo, se podrían mirar con mayor profundidad los mecanismos precisos mediante los cuales los factores políticos intervienen en el cambio lingüístico, y más concretamente, en los discursos sobre el lenguaje que se aplican en el proceso.

Porque este es un segundo elemento importante. Independientemente de si los debates «transformaron» la realidad sociolingüística o la dejaron intacta, la estructura del metadiscurso utilizado en el debate es reveladora en sí misma. Los tropos, las asociaciones, las simbolizaciones empleadas al hablar de las lenguas, sus cualidades o desventajas, y la forma en que deberían usarse en la sociedad, revelan una gran cantidad de información sobre las fuentes ideológicas disponibles, o las tradiciones, su (falta de) poder, su intertextualidad con otros casos, fuentes o tradiciones, etc. Es por eso que los debates intrascendentes o marginales pueden ser muy informativos: al mostrarnos el fracaso de ciertos intentos de poder y autoridad, pueden arrojar luz sobre las condiciones históricas que hicieron posibles ciertas formas de poder y otras imposibles. La ideología de lo natural de los misioneros flamencos pudo haber tenido una respetable trascendencia en el nacionalismo flamenco (y pudo haber funcionado en el contexto de Bélgica). La afirmación de que lxs africanxs debían tener derecho a usar su propia lengua para convertirse en cristianxs y seres humanos civilizados chocaba con otras nociones colonialistas profundamente arraigadas sobre las lenguas, culturas y civilización africanas, así como sobre los propósitos de la colonización, de las imágenes del tipo de sociedad que se deseaba construir en el África colonial. Así, lo que funcionó en un contexto fracasó en otro, por razones que podrían constituir un fértil campo de investigación histórico-sociolingüística.

El propósito de este libro consistía, en parte, en demostrar que la historiografía de la lengua debía ser una historiografía «real», es decir, una historiografía que utilizara el tiempo «real», las relaciones sociales, lxs actores identificables, los juegos de poder, y que prescindiera de los modelos abstractos o reduccionistas de la historia lingüística. La agencia humana sigue siendo objeto de cierta aprensión en el ámbito de la historia lingüística. Creo que lxs autorxs de este libro han demostrado que hay buenas razones para retomar la sugerencia y desarrollarla aún más.

5. Sobre tomar partido

Un último aspecto que quiero comentar tiene que ver con «tomar partido». Al igual que lxs lingüistas, educadorxs, filólogxs, poetas, traductorxs y otrxs «expertxs» descritxs en este libro, lxs autorxs de los distintos capítulos toman partido en lo que es, en esencia, un debate político. Creo que esto no es motivo de reparo; incluso creo que es inevitable.

Tomar partido puede adoptar diversas formas. Hay autorxs cuyas simpatías por uno u otro «bando» en el debate que describen son apenas disimuladas. A Jaffe, DiGiacomo y Shannon los pillamos a veces expresando simpatías por el bando minoritario del debate. Jaffe siente cierta simpatía por lxs traductorxs, DiGiacomo por algunxs catalanxs y Shannon por lxs latinxs. No se puede decir que Wendy Bokhorst-Heng sea entusiasta con los objetivos y métodos de la campaña «Habla Mandarín». Stroud critica las políticas de FRELIMO, aunque tampoco muestra gran simpatía por RENAMO. El Madumulla que es coautor del capítulo sobre lxs poetas tanzanos es él mismo un conocido «modernista» que participó activamente en el debate que él y sus colaboradorxs abordan.

Sin embargo, tomar partido también puede tener otra dimensión. Lxs autorxs que escriben sobre su «sociedad de origen» probablemente adoptan una postura que, además de la función que tendría en este libro, resulta significativa en el debate nacional. Cuando Watts describe la ideología suiza del dialecto, entabla un diálogo con sus colegas suizxs, probablemente sobre una base muy diferente a la del diálogo que inicia con el público general de este libro. Lo mismo ocurre con el análisis de Heller sobre el trabajo científico en Canadá, con las declaraciones de Shannon y Collins sobre el homogeneismo en Estados Unidos, con los comentarios de Kuzar sobre el estatus del hebreo y con la valoración de Madumulla sobre un debate en el que participó activamente la mitad de sus colegas de departamento. Los argumentos expuestos en los capítulos pueden ser «repatriados», pueden ser re-entextualizados fuera del contexto de este libro (un contexto genéricamente inmaculado) y dentro del contexto de un debate que se esté dando en estos momentos, del que Watts, Heller, Collins, Shannon, Kuzar y Madumulla son en cualquier caso actores, dado que son expertxs en lenguaje. Ahora más que nunca, tras haber escrito una contribución sobre su propio debate nacional, esta contribución será vista como una intervención en el debate local. En lo personal, será difícil evitar que se me cuestione sobre la relevancia de este libro para la situación en Bélgica (donde la historia política del siglo XX puede, de hecho, contarse como un gran debate ideológico-lingüístico).

Es un círculo vicioso. Escribir los capítulos nos permitió descubrir cuán profundamente políticas pueden ser algunas opiniones lingüísticas cuando se sitúan en el contexto de los debates nacionalistas. Al mismo tiempo, este descubrimiento en sí mismo nos situó justo en el centro de los debates que algunxs de nosotrxs estábamos describiendo. Tomar partido es inevitable: es inherente a un tipo particular de cuestionamiento de la realidad lingüística. Intentar ofrecer una historia del lenguaje que tenga en cuenta los factores sociales y políticos nos obliga a expresar interpretaciones de estos factores. Y en la realidad social y política, las interpretaciones son partidistas y, casi automáticamente, alinean a quien las formula con uno u otro bloque político. Que así sea.

Fuentes citadas

Blommaert, Jan (1994). The metaphors of development and modernization in Tanzanian language policy and research. En Richard Fardon y Graham Furniss (eds.), African Languages, Development and the State. Londres: Routledge, 213-226.

Blommaert, Jan y Jef Verschueren (1992). The role of language in European nationalist ideologies. En Paul Kroskrity, Bambi Schieffelin y Kathryn Woolard (eds.), Language Ideologies, 355-375 (Special issue, Pragmatics 2(3): 235-453).

Blommaert, Jan y Jef Verschueren (1998). Debating Diversity: Analysing the Discourse of Tolerance. Londres: Routledge.

Errington, J. Joseph (1992). On the ideology of Indonesian language development: The state of a language of state. En Paul Kroskrity, Bambi Schieffelin y Kathryn Woolard (eds.), Language Ideologies, 417-426 (Special issue, Pragmatics 2(3): 235-453).

Hymes, Dell (1980). Speech and language: on the origins and foundations of inequality among speakers. En Dell Hymes, Language in Education: Ethnolinguistic Essays. Washington, DC: Center for Applied Linguistics, 19-61.

Hymes, Dell (1996). Ethnography, Linguistics, Narrative Inequality: Toward an Understanding of Voice. Londres: Taylor y Francis.

Silverstein, Michael (1996). Monoglot «standard» in America: Standardization and metaphors of linguistic hegemony. En Donald Brenneis y Ronald Macaulay (eds.), The Matrix of Language: Contemporary Linguistic Anthropology. Boulder: Westview, 284-306.

Spitulnik, Debra (1992). Radio time sharing and the negotiation of linguistic pluralism in Zambia. En Paul Kroskrity, Bambi Schieffelin y Kathryn Woolard (eds.), Language Ideologies, 335-354 (Special issue, Pragmatics 2(3): 235-453).

Vansina, Jan (1995). New linguistic evidence and the «Bantu Expansion». Journal of African History 36: 173-195.