Zamorano Aguilar presenta en La gramatización del español en el Perú del siglo XIX (Berlín, 2022) un sólido trabajo de investigación que combina un gran manejo del marco teórico pertinente y un admirable dominio del trabajo práctico con textos gramaticales del siglo XIX. Así las cosas, este trabajo es una formidable contribución al ámbito de los estudios historiográficos del español de América Latina y, en concreto, a la tradición gramatical peruana del siglo XIX.
El libro se estructura, de manera muy coherente, en cinco nutridos capítulos. En el primero el autor presenta su trabajo, los principios teórico-metodológicos que lo rigen y el plan de la investigación. Resulta clave para entender la importancia de la investigación, como veremos. El segundo aborda el contexto externo de producción de las obras a estudiar: se incluyen, entonces, aspectos sociopolíticos, educativos, religiosos, literarios y filosóficos del Perú del siglo XIX. En su conjunto, logran ubicar al lector en la realidad histórica, educativa e intelectual del Perú del siglo XIX de manera más que apropiada. Los capítulos 3, 4, 5, 6 y 7 se articulan en función del marco teórico elegido por Zamorano Aguilar que entiende el hecho historiográfico como un «acto comunicativo complejo». De esta manera, se centran en los diferentes componentes del canal de comunicación: el capítulo 3 se focaliza en los emisores y receptores y el capítulo 4 en el canal y el código mientras que el 5, 6 y 7 se dedican al mensaje (a la gramática, su división y las partes de la oración, el 5; a las clases flexivas el 6 y al tratamiento de las clases no flexivas, el 7). Aunque el foco de interés gramaticográfico es el mensaje, queda claro desde un principio que el círculo comunicativo y la interrelación entre todos los ejes resultan ser las claves del proceso hermenéutico en el trabajo gramaticográfico de Zamorano Aguilar. Cierra el trabajo un muy importante capítulo, sin numerar, que se titula «A modo de recapitulación, conclusión y epílogo» y efectivamente se recapitulan allí estupendamente los principales aspectos de la investigación, se presentan conclusiones y reflexiones relacionadas con la investigación y se abre una perspectiva de trabajo a futuro. La bibliografía combina muy bien textos pioneros en la historiografía lingüística con los trabajos más actualizados de la disciplina en cuestión, sin limitarse al ámbito hispano y el tratamiento de las gramáticas del español.
El capítulo 1 (17-56) es de fundamental relevancia para entender el trabajo de Zamorano Aguilar y su experiencia en el campo de investigación de la historiografía lingüística y de, forma específica, la gramaticografía. Es en sí mismo un estado de la cuestión, una síntesis del campo de estudio, una excelente presentación de los temas esenciales para cualquier investigador que busque adentrarse en estos caminos historiográficos. Recomiendo enfáticamente su lectura.
El autor comienza introduciendo los dos pilares teóricos que rigen su investigación: la concepción de la historiografía de la lingüística como una disciplina que puede explicarse desde el concepto de «sistema dinámico caótico», es decir, un sistema cuyo desorden o aleatoriedad, su comportamiento «caótico», se explica por leyes no deterministas pero que pueden investigarse; y la consideración del hecho historiográfico como un «acto comunicativo complejo».
Entiende el autor que estas perspectivas permiten trabajar con rigor y minuciosidad los distintos aspectos de una investigación gramaticográfica. Y, es precisamente ese rigor y esa minuciosidad las que se despliegan a lo largo del texto. Así, esta obra contribuye no solo al análisis de obras gramaticales como las que estudia Zamorano Aguilar, sino que presenta un marco teórico y metodológico aplicable a otros discursos historiográficamente relevantes, como los diccionarios.
El autor elige tres instrumentos metodológicos: la teoría de las series textuales (el mensaje en la teoría comunicativa), la teoría del canon (relación emisor-receptor) y la teoría de la gramatización (que analiza unidades microestructurales como categorías, clases, subclases, etc. del discurso histórico-lingüístico en cuestión). Estos instrumentos se aúnan de manera muy fructífera para cumplir con los objetivos planteados en 51 y 52, que están en consonancia con los objetivos del proyecto Las ideas gramaticales en los países de la América del Pacífico (FFI2017-86335-P9), financiado por el Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación, del Gobierno de España, y dirigido por el propio Zamorano Aguilar y por Esteban Montoro del Arco. Estos objetivos incluyen elaborar un catálogo de obras gramaticales publicadas en Perú durante el siglo XIX y un perfil bibliográfico de los autores que integran el corpus; estudiar la tipología de autores, receptores y obras; trazar los focos de influencia, fuentes fundamentales, hitos y claves de desarrollo de la disciplina gramatical en el Perú del siglo XIX; y contrastar los resultados obtenidos sobre América con la historia gramatical europea. Se cumplen de manera más que satisfactoria.
En este mismo capítulo, en el que me detengo particularmente, el autor defiende que la historiografía de la lingüística es un área transversal y básica de la lingüística general, en donde el proceso de contextualización de las ideas lingüísticas, así como su análisis inmanente, constituyen dos ejes de trabajo esencial, y necesariamente complementarios en la investigación historiográfica. Además, profundiza (en 22 y ss.) en los pilares básicos del trabajo historiográfico en lingüística, distribuidos en cuatro ámbitos de estudio (la ontología, la metodología, la praxis y los agentes). En este sentido, el lector y la lectora pueden hacerse una cabal idea de los postulados que rigen la investigación.
Subrayo la definición —que Zamorano en 23 toma de Swiggers (1980)— de la historiografía de la lingüística como «el estudio (sistemático y crítico) de la producción y evolución de las ideas lingüísticas, propuestas por «actantes», que están en interacción entre sí y con un contexto sociocultural y político y que están en relación con su pasado científico y cultural». Zamorano Aguilar logra exactamente eso: un estudio sistemático, crítico, en una red de «actantes» interrelacionados y en un contexto sociocultural particular que los enmarca y que puede describirse en profundidad.
Para hacer este tipo de estudio, Zamorano Aguilar abreva en su experiencia de más de dos décadas de investigación en historiografía lingüística del español. Si se consulta la bibliografía, veremos que aparecen allí 19 referencias bibliográficas del autor, escritas entre 2001 y 2021, referidas a esta temática. Manifiestan una producción académica continua, constante y de progresiva complejidad, que sustentan el trabajo hecho en este libro. Esta obra, la más extensa del autor hasta la fecha, es un mojón más en su consolidación como investigador.
Zamorano Aguilar explica también en este capítulo cómo se auxilia en operaciones estadísticas en lo que se ha dado en llamar historiometría o ámbito cuantitativo de la investigación historiográfica. Es más que interesante la perspectiva pero no me parece que sea especialmente relevante para este trabajo. El trabajo presentado es tan rico en su dimensión cualitativa e interpretativa que no necesita recurrir a una presentación algo forzada de datos cuantitativos.
El trabajo se estructura, como ya dijimos, en la idea de que el patrón comunicativo permite explicar el desarrollo de la historiografía de la lingüística y delimitar sus objetos de estudios y vías plurales de análisis. Puede verse, entonces, en la tabla 2, p. 29, los parámetros y ejes de interpretación del hecho historiográfico a través de la teoría de la comunicación. Resalto también el recurso a los tres bloques del diálogo transtextual (Hassler 2002): las series preparatorias o retrospectiva (es decir, del mismo autor), las series paralelas al texto (es decir, textos coetáneos) y las series posteriores o prospectivas (es decir, textos que se han generado como consecuencia de influjo de la serie textual en cuestión). Es un recurso que da sus frutos en el desarrollo de la obra.
Asimismo en este capítulo, deja clara su preocupación por la precisión y la discusión terminológica de los términos que hacen a la disciplina de estudio. Hace énfasis, en 47 y ss., en la diferencia entre gramatización y gramaticalización, presenta el origen de la voz gramatización (Auroux 1994) e indica que entiende que la definición de este término se da en dos dominios: «Así pues, entendemos la gramatización como un proceso y un producto de codificación técnica (inserción, fijación, descripción, análisis e ilustración) de unidades metalingüísticas (ideas lingüísticas en sentido global) en el seno de una tradición específica multicriterio pues puede implicar monolingüismo, multilingüismo, variación y contraste lingüísticos» (48). Esta definición se acompaña además de la tabla 3 y el esquema 3 que aparecen en 49 y 50. Más adelante, queda plasmada su preocupación por el proceso de terminologización que se ha dado con términos como lexicología, lexicología o lexicografía, entre otros, y se detiene también en la terminología de las unidades supraléxicas. La búsqueda de claridad terminológica, que expresa el autor a lo largo de todo el texto, permite a los lectores y lectoras interiorizarse en viejas y nuevas disputas en torno a términos vinculados a la gramática.
Presentados el trabajo, los principios teórico-metodológicos que lo rigen y el plan de la investigación, el autor, en el capítulo 2 (57-128), da un panorama general pero apropiado y pertinente sobre los hechos sociopolíticos del Perú durante el siglo XIX, la educación y la política peruanas, la religión en la educación y en la sociedad peruanas decimonónicas, la literatura y canon literario y, por último, las corrientes filosóficas en la actividad intelectual peruana del siglo XIX. Como bien se aclara en la nota 30 (57) «conviene señalar que no se trata este de un capítulo de especialización histórica, literaria, filosófica, etc., sino de un marco contextual general para llevar a cabo la interpretación de los hechos gramaticales que se estudiarán en los restantes capítulos». Dicho esto, queda claro el alcance del capítulo, que introduce al lector en estos temas de manera fluida. Hace un recorrido, entre otras cosas, por las corrientes estéticas propias de la literatura de la época (el costumbrismo, romanticismo, realismo, modernismo) y por las corrientes filosóficas (neoescolástica, ilustración, romanticismo, positivismo — 110 y ss.). Logra además vincular los hechos históricos del Perú con las corrientes filosóficas (125) al mostrar la trascendencia del positivismo en la guerra con Chile (1879), en la que Perú se alía con Bolivia.
El capítulo 3 (129-214), como ya dijimos y en consonancia con el enfoque comunicativo-discursivo de la historiografía, se concentra en los emisores de las ideas gramaticales (esto es, en el corpus y los autores) y en los receptores a los que van dirigidos los tratados gramaticales del corpus, receptores del hecho historiográfico, en este caso.
El autor conforma un corpus de 24 tratados, cuyas fichas bibliográficas se presentan, con un cuidado estético muy destacable, entre 132 y 143. Se ha trabajado con «un corpus amplio, variado, de difícil localización y obtención, intentando aunar exhaustividad y precisión en el análisis». Zamorano Aguilar analiza todos los tratados gramaticales del siglo XIX peruano, que han podido ser localizados en Europa y América, aunque han sido la Biblioteca Nacional de España y la Biblioteca Nacional de Perú las que han aportado el grueso de los textos. Ya se habían adelantado en el capítulo 1 —en una práctica tabla, que lleva el número 4— las principales características de estas obras que fueron escritas entre 1832 y 1899.
La contribución pionera de Zamorano aquí al tema en cuestión es evidente: la mayoría de los tratados que analiza no han sido estudiados por la crítica precedente. Es la primera vez que se ubican, se estudian, se agrupan y se comparan.
El perfil biobiográfico de los tratadistas se desarrolla detalladamente entre 144 y 183. Presentada esta información, Zamorano Aguilar pasa a configurar el perfil de los emisores de la teoría gramatical en el Perú del siglo XIX. Hace tres balances: el balance global del perfil tipológico con relación al contexto para- y extralingüístico de su gramática (184); el balance específico de los emisores de las gramáticas del corpus (191); y el balance específico de los receptores de las gramáticas (209). En su conjunto, brindan al lector una importante jerarquización de la información que maneja el autor. Todos estos balances, que cruzan información en gráficos y tablas muy claras, contribuyen además a la generación de teoría.
El capítulo 4 (215-308) aborda el canal y el código. Comienza analizando el texto y paratextos de las gramáticas. Presenta primero, entonces, la superestructura y datos cuantitativos generales de los textos en la tabla 13 (216 y ss.). Se clasifican según su tipo: erotemática simple, expositiva simple, expositiva compleja (1 nivel con 2 planos de exposición) y expositiva compuesta (2 niveles). En las tablas se incluyen también la distribución y los elementos (bloques de texto y secciones/secuencias didácticas). Estas últimas se presentan en fórmulas que se explican en detalle a lo largo del capítulo. Se usan tablas y gráficas; se ilustra con imágenes —de muy buena calidad— de pasajes de los textos estudiados.
Luego se aborda otro aspecto del canal (254): los paratextos, en particular, el prólogo. Zamorano Aguilar comparte con Gómez Asencio (2000), de manera muy acertada, la importancia de los prólogos en el análisis de este tipo de texto. Así, se estudian el título del preliminar, el autor del paratexto preliminar y los argumentos formales y conceptuales.
El análisis del código, en cuanto teoría y reflexión sobre la propia lengua, comienza en 273. El español como lengua de la educación y el canon literario son los ejes de este subapartado. En el primero, el tratamiento de la nomenclatura del idioma nacional, los contrastes lingüísticos y las ideologías lingüísticas están presentados de manera muy valiosa para la coherencia de este trabajo pero también como modelo para otros. En el segundo, la discusión del español como lengua-modelo también es muy rica. Se consignan 133 unidades canónicas literarias, que se emplean principalmente como modelo lingüístico.
El capítulo 5 (309-428), por su parte, se concentra en el mensaje, en este caso particular en la gramática, su división y las partes de la oración. El autor se propone una distribución en capítulos y epígrafes que siga el principio de exhaustividad y logra este principio de una manera muy convincente. Hace un completo y detallado recorrido que va desde el tratamiento del concepto de gramática (309), con sus definiciones y tipos, hasta las partes de la oración (334), pasando por las partes de la gramática (325), con los diferentes modelos, según la división de la gramática o la división de clases de palabras.
En este mismo capítulo, a partir de 350, se tratan la analogía, la sintaxis, la ortografía y la prosodia.
En el caso de la analogía se destaca una interesante reflexión sobre el proceso de conceptualización y el proceso de terminologización que se ha dado con términos como la etimología, analogía, lexigrafía, anotación, análisis, lexicología, lexicología o lexicografía, como ya mencionamos. Zamorano Aguilar muestra, nuevamente, su fineza investigativa en el desarrollo de estos puntos.
En el caso de la sintaxis es importante enfatizar que Zamorano Aguilar se propone analizar los procesos de categorización y conceptualización de lo que los tratadistas del corpus entienden por sintaxis, con independencia de dónde se localice esta información en las gramáticas. Esto hace a la riqueza, exhaustividad y flexibilidad del trabajo. Por eso puede abordar de manera completa y coherente la categorización, la conceptualización, el contenido y las tareas de la sintaxis en las obras estudiadas. Es quizás una de las partes más contundentes del trabajo de Zamorano (362-424) no solo por su extensión sino por la profundidad con la que aborda diferentes aspectos de este tema (los tipos y partes de la sintaxis, la concordancia, el régimen, la construcción y las unidades supraléxicas). De manera muy pertinente, presenta datos sobre la cronologización de todos los temas que estudia en este capítulo.
Los estudios de la ortografía y la prosodia son breves en comparación con las temáticas anteriores pero hay que pensar también que los tratamientos de estas materias en las obras en cuestión son acotados.
Los capítulos 6 (429-600) y 7 (601-684) tratan también sobre el mensaje pero en el primero se estudian las clases flexivas (sustantivo, adjetivo, artículo, pronombre y verbo) y en el segundo se analizan las clases no flexivas (adverbio, preposición, conjunción, interjección). Para cada clase, de cada capítulo se proponen modelos de conceptualización y clasificación de las subclases, si corresponde. Por razones de espacio no me detendré en estos capítulos, pero basta decir que su tratamiento y presentación siguen el nivel de sistematicidad y exhaustividad del resto del libro.
El cierre del libro (685-704) plantea cómo se han podido corroborar las hipótesis que motivaron la investigación, a saber, la existencia de un nutrido número de tratados gramaticales, publicados en este caso en Perú durante el siglo XIX, desconocidos casi en su totalidad y el establecimiento de «etapas, focos irradiadores de ideas y fuentes específicas que caracterizan la producción escolar peruana de ese siglo». Esto ha permitido modificar los datos y el panorama general sobre la gramática de tradición hispánica hasta ahora conocida, especialmente, en lo que tiene que ver con la influencia de autores no canónicos. Se recapitula el peso de los factores sociales, filosóficos, religiosos, educativos y literarios como elementos de contraste y de repercusión en el proceso de gramatización del español durante el periodo estudiado. Así las cosas, Zamorano Aguilar logra cumplir con creces los objetivos de su investigación, que se retoman y comentan entre las pp. 685 y 686. Luego, el autor reafirma cómo el planteamiento teórico y metodológico aplicado en su investigación ha permitido dividir el volumen en los seis capítulos, que ya comentamos. Repasa, entonces, las conclusiones del capítulo 2, con relación al contexto (687-689); las del capítulo 3, centrado en emisores y receptores (689-693); las del capítulo 4, que trata el canal y el código (693-698); y las de los capítulos 5, 6, y 7, que tratan diferentes aspectos del mensaje, recordemos, la teoría gramatical específica del corpus, a partir de 698. En este caso, retoma algunos de los rasgos caracterizadores de la serie textual y el canon y, a modo de ejemplo, presenta la tabla 60, que ilustra la relación entre canon y conceptualización de la gramática en la serie textual peruana del siglo XIX, entre otros interesantes rasgos a destacar. En cualquier caso, no se trata de meras recapitulaciones sino que el autor logra poner la investigación en perspectiva y ponderar los resultados obtenidos.
Finalmente, y a modo de epílogo, Zamorano Aguilar plantea algunas relevantes líneas de trabajo que emprenderá a futuro. Solo nos resta esperarlas, en la confianza de que serán trabajos pioneros, profundos y exhaustivos como el que aquí reseñamos.
Mientras tanto, quiero volver a resaltar no solamente la calidad académica del texto sino sus aspectos estéticos, la calidad de la edición (desde la tapa hasta las imágenes que se distribuyen en el texto, la disposición de gráficos y tablas, etc.), su afán por la claridad (que se manifiesta en la discusión terminológica y en las recapitulaciones que se dan a lo largo del texto y especialmente al final) y la proporcionalidad de la extensión entre los capítulos, entre otros muchos rasgos positivos. Efectivamente, el autor da perfecta cuenta del subtítulo que elige para su libro: no cabe dudas de que es una excelente, agrego yo, Contribución a la historia de las ideas lingüísticas en América Latina.
Para terminar, quiero subrayar que Zamorano Aguilar aboga por la idea de que la historiografía de la lingüística ya ha superado en la actualidad su etapa embrionaria e, incluso, su etapa intermedia de maduración científica, de forma que ya se sitúa en una edad diferente a la señalada por Swiggers (1980). «Su desarrollo y maduración vienen conduciendo a la historiografía de la lingüística a una etapa de plena institucionalización y profesionalización», agrega el autor. Trabajos como el suyo son lo que hacen, precisamente, que la historiografía lingüística en general, y en particular la del español, alcancen no solo su institucionalización y profesionalización sino que se consoliden en una etapa de madurez y florecimiento científico.
Fuentes citadas
Auroux, S. (1994). La révolution technologique de la grammatisation. Liège: Mardaga.
Gómez Asencio, J. J. (2000). El prólogo como proemio: la GRAE de 1796. En Cuestiones de actualidad en lengua española. Salamanca: Universidad de Salamanca-Instituto Caro y Cuervo, 71-80.
Hassler, G. (2002). Textos de referencia y conceptos en las teorías lingüísticas de los siglos XVII y XVIII. En M. Á. Esparza Torres, B. Fernández Salgado y H-J. Niederehe (eds.), SEHL 2001. Estudios de Historiografía lingüística, vol. I. Hamburgo: Buske, 559-586.
Swiggers, P. (1980). The Historiography of Linguistics. Linguistics, 18, 703-720.
