Dossier. GlotopolíticIA

Introducción

Entre la ilusión y la zozobra parecemos movernos ante la irrupción y ubicuidad de una serie de complejas tecnologías y artilugios que han dado en llamarse Inteligencia Artificial Generativa (IAGen). Ahí está, en la dimensión cotidiana, callejera y casera —vernacular, podríamos decir— de nuestras vidas; pero también, y causando acaso mayor desasosiego, en nuestros quehaceres profesionales, incluso en las artes culturales de mayor solera (hasta hay quienes temen que pueda emular a una Clarice Lispector, a un Rulfo, a una Pizarnik). La traducción, la enseñanza y aprendizaje de idiomas, la producción de textos verbales, en general, y de textos altamente estandarizados, en particular —como por ejemplo artículos científicos—, la pedagogía o la tradicional conferencia magistral se encuentran (o deberían encontrarse) patas arriba ante estas herramientas a la vez ilusionantes por su poder generativo y aterradoras… exactamente por lo mismo.

La IAGen va instalándose con rapidez en un número creciente de ámbitos de nuestra vida, lo que ha hecho que también se haya convertido en el centro de reflexiones críticas desde la filosofía al arte, desde la encíclica papal al zapatismo. En AGlo queremos con este dossier comenzar a contribuir a esa conversación, pues pensamos que debemos enfrentarnos con arrojo a los desafíos, temores y desorientaciones que traen consigo las nuevas tecnologías. Quienes financian la invención de estas «máquinas» hablan entre sí (suponemos). Pero ¿lo harán solo en inglés? ¿A veces sí, a veces no? Alguna economía política debe de haber tras el uso del lenguaje de esa tecno-oligarquía y de la elite ingenieril que trabaja para ella. Los textos de este dossier nos invitan a cada paso a considerar que la incidencia de esa tecno-oligarquía sobre el lenguaje está inextricablemente ligada a lo financiero, señalando cómo explota sus intereses económicos a través de la IAGen, cómo reproduce ideología a través de sus chatbots, cómo su discurso crea nuevos sentidos y concepciones de la lengua afines a su lógica empresarial, cómo ejerce el poder y explota alianzas para afianzar sus posiciones político-económicas en el mundo global.

En este sentido, el texto de Marco Espinoza aborda la inteligencia artificial como discurso, animándonos a cuestionar su apropiación de términos de la sociolingüística («conversar», «hablante-oyente») como una «toma violenta y no consensuada de la lengua» con el fin de «producir un sentido común hegemónico» acerca de las nuevas tecnologías y una «ideología de la comunicación» que sirve los intereses de «los gigantes tecnológicos que las desarrollan». Ese discurso genera una nueva ontología de la lengua que la despoja de su anclaje cultural/social/contextual y de su naturaleza performativa, es decir, de lo que la hace humana. Al igual que Espinoza, Bürki subraya la condición no-humana de la IAGen, entrecomillando el término «hablar» cuando se aplica a las máquinas, recordándonos de paso el poder de las metáforas naturalizadas a base de su repetición generalizadora.

También Victoria Scotto nos invita a disputar los sentidos que genera el propio nombre de estas nuevas tecnologías, es decir, la idea de neutralidad asociada a la «inteligencia artificial» (nombre nada inocente que oculta que detrás de las máquinas hay quienes deciden qué se optimiza y para quién). Esas decisiones, en el plano de la lengua, tienden a reproducir «desigualdades de representación de la diversidad lingüística» al privilegiar las lenguas estandarizadas, algo que también señalan Bürki y Rizzo e Iglesias. Siguiendo con su crítica a las representaciones de la IAGen, Scotto problematiza además la idea de eficacia que se le atribuye, preguntándose incluso si se puede considerar generativa una tecnología basada en un modelo de lenguaje que «regurgita texto que es producto directo del discurso producido y publicado siempre en un tiempo pasado».

Si los trabajos de Espinoza y Scotto giraban en torno a la IAGen como discurso y práctica, los de Bürki y Rizzo e Iglesias se centran en las políticas lingüísticas que apuntalan la IAGen en español. En el caso de Rizzo e Iglesias, se consideran «las implicancias que la regulación en el campo de la inteligencia artificial tiene para […] el español, sus variedades y su vinculación con otras lenguas», argumentando que se producen, al unísono, una fuerte «homogeneización lingüística» y un marcado «desplazamiento de variedades no hegemónicas». Las autoras detallan el papel de la RAE, con su proyecto LEIA, en las políticas lingüísticas para la IA en español, enfatizando las tensiones entre los discursos panhispanistas y los intereses institucionales (de la RAE, que dirige el proyecto), nacionales (del Estado español, que lo avala) e internacionales (de la UE, de donde provienen los fondos de financiación).

Por su parte, Bürki repasa los esfuerzos de planificación lingüística de las corporaciones tecnológicas y describe los «tecnoestándares» que generan, en cuya base encontramos una reformulación de la idea de «español neutro» que, en el caso de estas nuevas tecnologías, se refiere a un español «con el menor grado de indicialidad social posible». La autora presenta los sesgos lingüísticos de los tecnoestándares (privilegio de las variedades prestigiosas y del monolingüismo en español) así como sus sesgos socioeconómicos (acceso (o no) a las versiones de pago de los chatbots). Finalmente, Bürki advierte del peligro de que, a fuerza de reproducción y de colonización de espacios, la escritura plana de los tecnoestándares «adquiera fuerza normativa» y concluye ofreciendo algunas líneas de acción para contrarrestarlos.

En su conjunto este dossier plantea algunas de las preguntas sobre la IAGen que nuestra posición glotopolítica nos inspira: ¿Quién tiene acceso (material, lingüístico) a la máquina? ¿Quién tiene la posibilidad de entrenar su tipo particular de «habla-escucha»? ¿Cuáles son los efectos de las nuevas condiciones de «habla-escucha» y de los discursos sobre la lengua asociados a ellas? ¿Qué desigualdades lingüísticas y socioeconómicas se reproducen? Se podría tirar todavía más del hilo y preguntarse por qué y para qué ingresan a nuestras vidas estas nuevas tecnologías, en beneficio de quién redunda la productividad que, se dice, vienen a traer, cómo afecta la expansión de la IA a las prácticas laborales y las relaciones sociales y personales, cómo se conjuga la celebración de estas nuevas tecnologías con su incidencia sobre la crisis climática, CUI BONO? Este dossier abre por primera vez en AGlo un diálogo que, quizá desde otras secciones y con otras perspectivas, seguiremos alimentando en el futuro.