Reseñas. Juan R. Valdez (2024). Sendas extraviadas: Ensayos para vivir en el mundo que nos queda. México DF.: Universidad Autónoma Metropolitana. 328 pp.

¿Reseñado? por José del Valle

Querido Juan:

Me pediste que escribiera una reseña de tu libro, pero no puedo hacerlo. La reseña es un género que produce textos duros; correosos como el pan de ayer, pero, en este caso, rancios ya al nacer. Por eso, desde mi posición actual en relación contigo, tu libro no es reseñable porque no puedo reducir mi experiencia de lectura a la horma estilística y patrones temáticos convencionales de una revista profesional. Me siento convencido de que en nuestra relación no hay espacio —mejor dicho, ya no queda espacio— para la performance de las convenciones académicas. De aquel tiempo lejano en que fuiste alumno mío, solo recuerdo paseos por Nueva York, cervezas artesanales y conversaciones en las que nos reíamos con sorna de las colegas generativistas que no se dignaban ni a mirarnos por los pasillos. También recuerdo, he de decir, lo mucho que aprendí; lo mucho que, ojalá, aprendimos juntos. Fue la tuya la primera tesis doctoral que dirigí, y fuiste, como siempre, amable y paciente con el joven profesor que aprendía en tu compañía cómo habitar con un cierto grado de libertad ese programático mundo académico. ¡Y cuánto me enseñaste sobre la República Dominicana, sobre su campo cultural, sobre Pedro Henríquez Ureña! Y, en terreno más personal, ¡cuánto me enriquecí de tus fragmentados relatos sobre la vida de un joven dominicano negro, primero en el Bronx y después en el prestigioso Hamilton College!

A día de hoy, nada queda —salvo los restos difuminados de un recuerdo antiguo— de la relación profesor-alumno que en un tiempo nos unió. Ni colegas somos, por más que ambos vivamos de ser profesores universitarios, por más que hayamos departido tantas veces sobre la vida profesional y por más que hayamos trabajado juntos en proyectos «serios». Amistad es lo que queda, y, solo dentro de ella, complicidad intelectual, de esa que resiste el paso del tiempo, que no necesita de la presencia cotidiana, que se retoma años después con un simple «como te decía el otro día». Así sucedió las dos veces que recorrí las páginas de tu libro. Fue un retorno, mediado por nuestras renovadas formas de vida, a la experiencia de pasear contigo, conversando, por Harlem, Bristol, Hanóver, Madrid y, ahora, por estas nuevas Sendas, seducido de nuevo por el pausado pero comprometido caminar que atraviesa tu vida.

Es poderosa la imagen de las sendas extraviadas porque con ella fuerzas una contorsión: la de conjugar el temor que inspira ese «no saber» inherente al extravío con la ilusión, con el cúmulo de sensaciones, emociones e ideas que lo envuelven a uno al hilo de la lectura. Desde el propio concepto de ensayo utópico que elaboras y haces inequívocamente tuyo hasta las calamidades de la ciudad ciberletrada que denuncias, pasando por la política de la desconfianza, la mirada cimarrona y la lengua negra que invocas y rescatas ofrecen un horizonte de reflexiones que impactan no solo por la fina y sofisticada argumentación con que las expones sino, y sobre todo, por la complejidad sensorial que alcanzan. La integración de ideas e impresiones, el despliegue de una escritura sinestésica que levanta sensaciones de todo orden —desde las más literales que provoca la evocación de la naturaleza hasta las más abstractas que fluyen del descubrimiento intelectual— es simplemente magistral. Por cierto, creo que por ello —gracias a ello— descubrí que no puedo simplemente leerte; no puedo hacerlo sin oír la cadencia de tu voz y el tránsito expresivo de tu rostro entre la mueca escéptica y la sonrisa amable. Mientras te leo, te oigo, y, por supuesto, te veo a través del Juan R. Valdez que reside en mi memoria (y mi imaginación).

Así veo yo tu libro: un mapa del acervo de lecturas y experiencias que te han hecho y deshecho, una invitación a que tus lectoras y lectores se extravíen por la infinita red de recorridos que les propones. Que se encuentren o desencuentren. Contigo, con Simón Rodríguez, con Fray Servando Teresa de Mier, con María Zambrano, con W.E.B. Du Bois, con Esteban Montejo, con Walter Benjamin y con tantísimos nombres, hombres y mujeres que pueblan el ensayo. Yo gocé particularmente poniendo a prueba (es decir, ensayando) mi propio compromiso con el ensayo mismo, con este género que, a quienes habitamos los saberes humanísticos, nos ofrece un espacio de honestidad intelectual que las limitaciones de la escritura académica profesional obstaculizan. Gocé con tu convencida defensa de la política de la desconfianza, en la que veía impecablemente realizada aquella epistemología de la sospecha de la que siempre hemos hablado. Gocé con tu visión del cimarronaje como posición intelectual y política. Gocé tantísimo con «Lengua negra, discursos blancos», texto imprescindible para cualquiera que quiera adentrarse en el racismo —sobre todo en el glotorracismo—. Increíbles capítulos bañados en erudición y profundidad pero a la vez respetuosos del encuentro con lectores; piezas valiosísimas para el mosaico glotopolítico del que es parte este Anuario.

Me encantó también tropezar con alguna que otra piedra conceptual y caerme en algún que otro hoyo argumental. De no haber sido así, de no haber vislumbrado algunas tensiones y contradicciones en tu ensayo, tendría que sospechar más aún del sesgo de mi lectura acaso sobrecargada de amistad benevolente. Conociéndome como me conoces, algunos de esos tropezones y caídas los imaginarás fácilmente. Por ejemplo, mis reservas ante esa relación directa que pareces sugerir entre el individuo y la naturaleza reduciendo en exceso —en mi lectura, claro está— la mediación de ese complejo océano al que algunos seguimos buscándole sentido: la sociedad. Pero hay una arruga que encontré particularmente interesante y digna de una conversación que en realidad no hemos tenido todavía y que, espero, empiece en este momento epistolar. Se trata de un dilema intelectual que a todos nos asalta (o nos debería asaltar): el de la posición —teórica, ética y política— que construye nuestra voz autorial. Posiblemente se trata de un dilema irresoluble que de hecho, paradójicamente, define la posición de quien elabora una voz obligada a sospechar de la voz. ¿Cómo abordar este desafío sin caer en una admisión simplona del bucle posmoderno? El caso es que me encantó toparme en tu libro con momentos de certeza poco característica, con afirmaciones hechas desde una convicción más sentida que argumentada. Me identifiqué, y mucho, con algunos momentos en los que vi el ethos amable que atraviesa Sendas agrietarse ante la insinuación de una cierta rabia. Yo mismo he confesado en más de una ocasión —creo que incluso por escrito— que me inquieta pensar que el resentimiento de clase ha sido una importante fuerza orientadora de mi mirada, de la intención implícita de mi deseo intelectual. Sería, en algún grado, lo que expone Silvia Dapía en el mismo número de AGlo donde se publica esta carta.

Me pregunto si algo así también atraviesa tu relación con el mundo universitario y las críticas implícitas y explícitas que le diriges. Mientras te leía —oyéndote— me sentía vibrar por simpatía, claro, pero a la vez me preguntaba cómo gestionar la distancia que declaramos con respecto a ese turbulento mundo que alguna gente llama «la academia»; esa senda por la que, para bien o para mal, nos hemos extraviado hasta llegar adonde estamos; esa institución que propone transacciones en las que a veces caemos porque nos conviene; ese leviatán que, hasta la fecha, hace posible nuestra cómoda ubicación social y nuestra dedicación al ensayo y la epístola.

En fin, querido Juan, gracias por haber escrito este hermoso y profundo libro, y gracias por haberme pedido que lo reseñara para poder decirte que no y escribir en cambio esta emocionada carta.

Con la amistad de siempre, José