Pedro Henríquez Ureña: entre la utopía americana y la pasión helénica

Juan R. Valdez

We presume that through language we feel out and identify the objectness of that order to which we are a part, whether it be of material or essential quality. But clearly, language and languages are paradigms, and as such they are text which bring subject and object into «conditions of possibility»: realization. By employing language to identify what is outside ourselves, we indicate as well the nature of alienation peculiar to our text

(Cedric Robinson 1980)

Una tarde, en la fase más intensa de la escritura de mi tesis doctoral, me quedé dormido mientras leía en el sofá. Soñé que había llegado a la casa de un filólogo muy admirado, uno de esos que te hechiza con sus capacidades lectora y hermenéutica. Es capaz de descifrar casi cualquier misterio textual. Puede detallarte los datos más recónditos de los conceptos y figuras intelectuales más esotéricas. No hay un rincón del archivo que no haya rastreado. Una vez dentro, me habló por horas con inmensa calma y una dulce voz sobre las ideas y sentimientos más sublimes, tocando hermosas notas de dignidad y sutileza mental. De repente, me mencionó que Juan Ruiz de Alarcón había salido de México en 1613 y no en 1611, lo cual lo convertía en más autor mexicano que novohispano. Lo miré a la cara desconcertado. Entonces, me di cuenta de que la figura que me hablaba se trataba de mi objeto de estudio: Pedro Henríquez Ureña. Irradiaba de él una serenidad pensadora. Seguía mencionando libros y autores. Mientras me hablaba, me invadió una ansiedad por todos los libros que me faltaban por leer. La conversación iba haciéndose fantástica hasta que un torbellino de moscas nos interrumpió. Mirando a mi alrededor, empezó a oprimirme el desorden de su casa. Descubrí que el maestro no sabía cómo tirar los desperdicios o evitar que el zafacón de la basura a diario se desbordara. No sabía qué es lo que se puede hacer con una escoba. Las tristes plantas se morían por falta de agua o luz. Los montones de basura por un lado y las montañas de libros por el otro dejaban poco espacio para los vivos reposar la mirada. Detectando mi consternación, me dijo «despreocúpate». De vez en cuando uno de sus pupilos enamorados, que sí sabe de escobas, iba y echaba una mano con algunas de las tareas básicas del mantenimiento de la casa.

Ocupan un alto pedestal en nuestra memoria las personas que han influido sobre nuestra formación intelectual y nuestra evolución como pensadores, escritores y maestros. Depositamos nuestra fe en ellos como virgilios, como oráculos. Olvidamos que son humanos, demasiado humanos. A Pedro Henríquez Ureña definitivamente no le agradaría mi delirante evocación onírica. Como él mismo insinuara, en su texto autobiográfico Memorias: ¿Qué importa? ¿A quién le importa que a un filólogo le asedie la presión de la vida? Francamente, a los que nos inquietan los vericuetos objetivos y subjetivos de la realidad nos importa.

Evocación franca y no sin cariño

Cuando me pidieron escribir esta semblanza sobre Pedro Henríquez Ureña (PHU), una de las primeras preguntas que me hice fue: ¿hace falta otra más? Tras pensarlo un rato, creo que la petición se justifica, por un lado, porque se trata de una figura intelectual muy importante que allanó el camino para los estudios latinoamericanos contemporáneos. Ordenó nuestros archivos filológico, historiográfico y cultural. Por otro lado, se trata de una figura icónica de alto prestigio intelectual, o sea, una cuasimercancía de valor para la industria del saber iberoamericano.

La bibliografía sobre PHU es extensa y, con cada aniversario suyo o de cualquiera de sus textos clásicos, se multiplica vertiginosamente. Hasta hay semblanzas de las semblanzas, tal como la escrita por Sergio Pitol, en la cual se disputa quién mejor recuerda a PHU. En conjunto, las semblanzas, análisis textuales, conferencias magistrales y encomiásticos de los pedrohenríquezureñistas profesionales y sus adyacentes destacan los considerables aportes específicos de PHU a la investigación de la realidad cultural latinoamericana y a los principales debates filológicos y culturales de su época. Para ellos, todo lo que escribió o dijo PHU es considerado ley. Al margen, yacen unos pocos análisis críticos de algunos analistas a quienes les inquieta el problema de reivindicar la figura de Henríquez Ureña al mismo tiempo que contextualizan críticamente su producción filológica e historiográfica.

El texto, que a continuación sigue, se originó como una semblanza de PHU. Inevitablemente, intervinieron las inquietudes peculiares de un ensayista como yo, hostil (y sin pedir disculpas) hacia la industria del saber. Entonces, mi texto termina enriqueciéndose ante la consideración de las interconexiones de problemas fundamentales que plagan a nuestra sociedad actual, es decir, problemas de índole sociopolítica y psicopolítica. Es oportuno introducir brevemente la noción de lo «psicopolítico», porque explica, en parte, mi relación compleja con la figura de PHU. Como discuto en mi reciente libro Sendas extraviadas, lo psicopolítico nos remite al concepto platónico de la «psicopolis», o sea, las construcciones sociales que diseñan las y los intelectuales y en las cuales ellas juegan papeles de protagonistas. Sófocles aludió a ello poéticamente como «el carácter que construye la muralla de una ciudad». Específicamente, acudo a este concepto para abordar y desafiar la idea del intelectual como una criatura urbana privilegiada que emplea sus destrezas en el discurso, más que nada, para fortificar el orden urbano y expandir el alcance de la ciudad. El filólogo es fundamental para la psicopolis, teniendo en cuenta su experiencia en el diseño de tecnologías glotopolíticas. Pone sus saberes lingüístico y letrado al servicio de la regulación o expansión del poder antropógeno de los seres locuaces y esto resulta con frecuencia en la pérdida y destrucción del hábitat natural de los seres sin locución sustantivadora, o sea, sin la capacidad de nombrar. Para un socionaturalista, esta problemática nunca deja de ser una gran inquietud. Por lo tanto, esta semblanza constituye un re-acercamiento con ojos frescos a la figura y a la obra del maestro dominicano por alguien que las estudió extensamente hace unos años, pero no deja de sorprenderse ante ellas, al mismo tiempo que no pierde de vista el contexto problemático en que se inscriben. Supone determinados giros ensayísticos. Y, como todo ensayo, al fin, termina involucrando al ensayista mismo como objeto de estudio también, ampliando la posibilidad del autodescubrimiento.

Rendir homenaje a las luminarias que crearon escuelas es una tarea digna. Equivale a la reconstrucción de los valores y las ideas que impulsaron ese esfuerzo por crear más inteligencia y un mundo mejor. En efecto, la conjugación de los valores y las ideas de PHU que emerge en La utopía de América es ejemplar:

Si el espíritu ha triunfado, en nuestra América, sobre la barbarie interior, no cabe temer que lo rinda la barbarie de afuera. No nos deslumbre el poder ajeno: el poder es siempre efímero. Ensanchemos el campo espiritual: demos alfabeto a todos los hombres; demos a cada uno de los instrumentos mejores para trabajar en bien de todos; esforcémonos por acercarnos a la justicia social y a la libertad verdadera; avancemos, en fin, hacia nuestra utopía. (1925/2013: 129)

PHU creó escuelas, construyó bibliotecas, divulgó libros, fomentó lecturas y produjo reflexiones sobre los problemas de América Latina que, en su tiempo, fueron revolucionarias. Su dedicación al estudio y su trabajo cultural fueron monumentales. Nos interesa comprender cómo alcanzó sus logros y cómo podemos reproducirlos. Sin embargo, (y al introducir esta frase adversativa van a volver a frustrarse conmigo los pedrohenríquezureñistas), la cultura libresca y el humanismo de PHU no son del todo inocentes. Su obra también implica omisiones, titubeos, dudas y problemas serios que nos impactan hoy. ¡Ni modo! Vuelvo a mi tarea sísifica de lograr un equilibrio (tenue) entre la apreciación genuina y comprensión crítica de la obra y figura de PHU. Me dejo guiar por mi incorregible impulso a desmitificar la heroicidad intelectual y hacer preguntas tan extrañas como incómodas, tales como: ¿Además de hacer grandes cosas, podía PHU reír? ¿Era capaz de reírse de los demás, de sí mismo, tal y como lo hacía Alfonso Reyes? Se dirá que mis inquietudes son excéntricas. Así lo precisa el momento. El excentricismo es el antídoto al intelectualismo elitista y egoísta. La inteligencia humilde, solidaria y excéntrica nos resulta más coherente y subversiva del orden de las cosas. Igual que José Martí, amo las sonoridades difíciles y la franqueza, aunque pueda parecer brutal.

«Haré grandes cosas»: las promesas de la madurez

Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), intelectual humanista latinoamericano, además de brillante maestro y escritor, fue un agudo observador de los acontecimientos políticos y fenómenos culturales en las sociedades donde le tocó vivir, estudiar y trabajar: la República Dominicana, Cuba, México, EE. UU., España y Argentina. Quizás el primer atributo que debiéramos destacar es que PHU fue un lector descomunal. Devoraba casi todos los libros y autores a su alcance. Su capacidad lectora era excepcional. Por ejemplo, su recorrido meticuloso por la literatura estadounidense revela su dominio del idioma inglés, las habilidades de comprender complejos significados textuales y reinterpretarlos en sus correspondientes contextos de producción artística y de la historia política. En otro análisis textual enfocado en la política económica en EE. UU., apreciamos que el dominicano había leído hasta al radical economista estadounidense Thorstein Veblen, un revolucionario del pensamiento económico que un siglo después aún permanece en la oscuridad. PHU se desenvolvía en las corrientes literarias en cada sociedad donde vivió o trabajó.

Su labor como filólogo y maestro de lectura cobra gran relevancia si consideramos que en este mundo la ciudadanía mínima es inalcanzable sin el desarrollo de la habilidad de leer y escribir. En particular, como ha dicho Liliana Weinberg, nos enseñó a contemplar la historia de la cultura latinoamericana «como un vasto texto que había de ser leído a partir de sus propias pautas de legibilidad e inteligibilidad» (2015: 19). Agrega Weinberg: «vio en el libro, en el modelo de edición, de las bibliotecas, revistas, colecciones editoriales, la base de todo proyecto viable de desarrollo cultural y educativo» (2015: 20). Gracias a su cuidado y difusión del libro americano, las subsiguientes generaciones pudieron combatir la visión racista de América Latina como una jungla oscura e ilegible, especialmente en los contextos europeo y angloestadounidense. Muchas de nosotras debemos nuestra destreza para manejar textos al esmero del maestro-filólogo, una fuente inagotable y una guía fundamental para la lectura.

La obra filológica de PHU emerge y evoluciona en contextos políticos y culturales específicos de la América Latina del siglo XX. Sin embargo, la porción más significativa de su obra surge de una particular fascinación con el centenario de la independencia de varios países latinoamericanos. A los cien años de su independencia es cuando a las naciones latinoamericanas les urgía probar su madurez política y su modernidad. PHU dedicó gran parte de su obra a lograr este objetivo político-historiográfico, al mismo tiempo que construía los cimientos humanistas de las sociedades futuras o las utopías. Precisamente, una de sus más célebres reflexiones ensayísticas («El descontento y la promesa») abrió con esta afirmación:

«Haré grandes cosas: lo que son no lo sé.» Las palabras del rey loco son el mote que inscribimos, desde hace cien años, en nuestras banderas de revolución espiritual. ¿Venceremos el descontento que provoca tantas rebeliones sucesivas? ¿Cumpliremos la ambiciosa promesa? Apenas salimos de la espesa nube colonial al son quemante de la independencia, sacudimos el espíritu de timidez y declaramos señorío sobre el futuro. (1928/2013: 143)

Lo que PHU consolidaba no es nada más ni menos que la apropiación nacionalista de la conmemoración del pasado, en el momento histórico en que los americanos deben sentirse lo suficientemente maduros para ello. En las conclusiones de PHU incluidas en sus textos filológicos más relevantes emerge de nuevo ese esfuerzo por representar lingüística y culturalmente la madurez ideológica latinoamericana. Los contextos discursivos de las revistas filológicas donde fueron publicados varios de estos textos clásicos constituyen fértiles objetos de análisis. Dichos textos, leídos en conjunto con los paratextos disponibles, presentan las líneas que mejor definen la dimensión política de la obra de PHU y, además, ponen sobre el tapete los aspectos más significativos de su perfil intelectual y sus luchas personales.

Entre 1919 y 1940 aparecieron publicadas las contribuciones textuales de PHU más relevantes para la historiografía lingüística española. Son los resultados de conferencias, comunicaciones, textos y notas, investigaciones e intervenciones públicas enfocadas en establecer la peculiaridad de las variedades del idioma español en América. Cada intervención del filólogo demuestra una capacidad excepcional para la investigación, el estudio y la erudición. Combina la habilidad para sumergirse en el archivo literario-historiográfico con la incorporación de los novedosos métodos de la investigación dialectal de su época. Dentro de ese enfoque lingüístico, se destacan dos textos como los más influyentes: Observaciones sobre el español en América (1921) y El español en Santo Domingo (1940).

Con el primer texto publicado en la Revista de Filología Española VIII (pp. 357-390), Henríquez Ureña se insertó dentro de la mayor polémica en torno a la discusión del origen y desarrollo del español en América. Conocida como «la polémica del andalucismo», la propuesta de que el español en América tenía un origen dialectal andaluz fue la cuestión más debatida en el campo de la lingüística hispánica de aquella época. Este debate se llevó a cabo en gran parte en las páginas de la Revista de Filología Española (tomos VIII, XIV y XVII). El venezolano Andrés Bello y el colombiano Rufino José Cuervo constituyeron los faros filológicos, es decir, las autoridades que, en esos años, más guiaron el trabajo de PHU en el campo de los estudios sobre la lengua española. PHU los había distinguido como los mejores gramáticos de la lengua española del siglo XIX. Asimismo, influyó también el fundador y editor de la Revista de Filología Española, el español Ramón Menéndez Pidal, modelo de la erudición y de la correspondencia científica a principios del siglo XX. Repetidas veces, PHU lo alabó como «hombre de ciencia». Sin embargo, para PHU, las teorías de su admirado Cuervo fueron consideradas de mayor prioridad.

Sería un grave descuido ignorar la función política de los intelectuales y su papel en el establecimiento de dicha autoridad científica. Como arquitectos y portavoces de proyectos hegemónicos, los intelectuales se alinean en facciones que compiten entre sí para alcanzar objetivos específicos. Estos objetivos a veces se alcanzan, se disuelven o se confunden por cuestiones de riñas personales. Durante aquel periodo de producción del discurso filológico dominante, aparecen referencias claras al conjunto de actividades y relaciones intelectuales como un campo de batalla. Por ejemplo, desde París, Alfonso Reyes, antiguo socio del Ateneo de la Juventud Mexicana, le comentaba epistolarmente a PHU: «hace unos días que estuve en su casa, [Raymond Foulché-Delbosc, hispanista francés] me dijo: —Estamos en guerra con Menéndez Pidal» (2004: 307). Más adelante, continuaba Reyes, proveyéndonos más contexto con respecto a la pugna: «a poco de fundada la Revue Hispanique, este [Foulché-Delbosc] se asoció con [Alfred] Morel-Fatio y otro y fundó el Bulletin Hispanique para hacerle competencia […] Rufino José Cuervo quiso quedar bien con ambas revistas, aunque presenció la tragedia» (2004: 394). Luego agregó Reyes: «le dije [a Foulché-Delbosc] que su Revue Hispanique tenía la deficiencia de no informar de los descubrimientos actuales y dar, con ese motivo, la historia de los problemas» (2004: 396). A estos intelectuales latinoamericanos modernos no le simpatizaban demasiado la intromisión de los hispanistas franceses en cuestiones que se consideraban exclusivas al hispanismo iberoamericano.

PHU, por su parte, también defendió las ventajas teórico-metodológicas e ideológicas de la Revista de Filología Española [RFE]: «no puede haber tales prejuicios si la RFE ha de ser digna de su nombre. Porque la filología estudia los fenómenos del lenguaje y se interesa en todas sus variaciones» […] (1921/2003: 58). Estas declaraciones muestran la dinámica particular de una movediza comunidad intelectual transatlántica. Como ha observado recientemente Sergio Ugalde (2024), ante los principios organizadores de los proyectos filólogos estructurantes, Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña tomaron posiciones variables. Algunas veces apoyaban las propuestas españolas y otras veces entraban en tensión directamente con varios de sus representantes ibéricos. Si bien en estos comentarios de Reyes y de PHU nosotros rastreamos los orígenes políticos y la evolución sistemática de uno de los frentes en «la batalla del idioma», es preciso recordar que también son productos del caos de la experiencia. Las posiciones varían según se acrecienta el grado de inseguridad laboral y se complican las circunstancias personales de cada cual.

Durante la polémica sobre el andalucismo, apoyados en fundamentos filológicos y demográficos, Henríquez Ureña, Amado Alonso y Tomás Navarro Tomás rechazaron el argumento andalucista propuesto por Menéndez Pidal, Max Leopold Wagner y Rafael Lapesa elaboraron una explicación alternativa, conocida como la «teoría poligenética», la noción de que el desarrollo de las características del español en las Américas es el resultado de muchas condiciones de desarrollo, específicamente, americanas. Por un lado, con estos estudios y textos, PHU se consagró, desplegando y midiendo sus saberes lingüísticos ante los principales teóricos de la lengua española de ambos lados del Atlántico. Por otro lado, con sus colaboradores ateneístas o americanistas, reuniendo meticulosamente cada pieza de información que pudiera extraerse de los textos de los primeros cronistas coloniales, PHU y compañía lograron conquistar temporalmente los terrenos institucionales y discursivos necesarios para la construcción de la identidad propia de la América.

A pesar de que sus conclusiones en Observaciones no fueron siempre apoyadas por los hechos sociolingüísticos, PHU contribuyó al estudio riguroso de la realidad lingüística en América, particularmente con su vasto conocimiento de las variedades del español en México y en las Antillas. Sin embargo, la polémica no giraba únicamente en torno al establecimiento de los hechos lingüísticos. Se trataba de un pulso entre eruditos para determinar la norma lingüística y la imagen filológica ideal de América. En ese periodo de celebración de centenarios y madurez intelectual de mediados del siglo XX, los llamados «poligenetistas» se llevaron la ventaja temporalmente. Al mismo tiempo que construía el argumento filológico directamente a través de sus conferencias y la diseminación de sus textos lingüísticos a lo largo de dos décadas, PHU construyó paralelamente, en sus más famosos y celebrados ensayos, un argumento literario-historiográfico en torno a la cuestión del desarrollo del idioma español. En una de las primeras páginas de Seis ensayos en busca de nuestra expresión, escribió:

Cada idioma tiene su color, resumen de larga vida histórica. Pero cada idioma varía de ciudad a ciudad, de región a región, y a las variaciones dialectales, siquiera mínimas, acompañan multitud de matices espirituales diversos. ¿Sería de creer que mientras cada región de España se define con rasgos suyos, la América española se quedará en nebulosa informe, y no se hallara medio de distinguirla de España? ¿Y a qué España se parecería? ¿A la andaluza? El andalucismo de América es una fábrica de poco fundamento, de tiempo atrás derribada por Cuervo. (1928/2013: 158)

El comentario sobre «la fábrica del andalucismo» nos remite a la construcción ideológica del idioma español por parte de uno de los guardianes lingüísticos claves y retóricos más hábiles de la época. No solo basta afirmar que el idioma ha evolucionado de una manera singular para ganar el debate, sino que también es preciso difundir el discurso propicio con los eslóganes pegadizos e ideologemas memorables. La frase «la fábrica del andalucismo» se repite a lo largo de su obra en determinados momentos de crisis política o intelectual.

Las corrientes literarias en la América hispánica es otro texto fundacional cuya lectura nos permite redondear el inmenso aporte intelectual del maestro dominicano. En la apertura del texto, PHU volvió a narrar el momento clave cuando «los pueblos de la América Hispánica se declararon intelectualmente mayores de edad, volvieron los ojos a su propia vida y se lanzaron en busca de su propia expresión» (1949: 9). Sentar, reparar y renovar los cimientos de gestación, nacimiento y perdurabilidad de las principales naciones independientes de América al sur del Río Bravo constituye gran parte del legado filológico de PHU. Vincula las luchas de los intelectuales decimonónicos por la independencia a su propia labor durante la etapa de desarrollo de los diversos nacionalismos en Latinoamérica en el siglo XX. Tanto los registros literarios, así como los lingüísticos, coleccionados por PHU, le sirvieron para derribar discursivamente «la fábrica del andalucismo» y reafirmar la imagen poscolonial de una América independiente en identidad y expresión, en el momento histórico en que proliferaban los nacionalismos.

La República Dominicana: «cuna de América» y «comunidad mulata»

Un caso singular es el del segundo texto lingüísticamente más relevante de PHU, El español en Santo Domingo (ESD), sin duda, su obra lingüística más comprensiva. Además de complementar el esfuerzo inicial en Observaciones, este texto fue pionero en el campo de los estudios dialectales, ofreciendo una visión panorámica del español dominicano que incluyó descripciones detalladas de los diferentes niveles lingüísticos: el fonético, el morfosintáctico y el léxico-semántico. Sin embargo, en este texto hay un giro ideológico extraordinario. PHU intentó lograr ideológicamente lo contrario de lo que se había planteado en Observaciones, independizar la imagen lingüística de América Latina. Paradójicamente, en ESD, decidió resaltar el carácter arcaico del español dominicano, concluyendo que este era el más castizo de todos los dialectos del español en América, o sea, el más castellano:

Santo Domingo, como toda zona del Mar Caribe, se distingue por el sabor fuertemente castellano de su vocabulario y de su sintaxis, en combinación con una fonética que se asemeja más a la andaluza, que a la castellana. La zona coincide con Lima, y Bogotá, ciudades que en la zona andina representan el grado sumo del sabor castellano, en divergencia con gran parte de los países a que pertenecen. (1940: 40)

Pudo haber resaltado cualquier aspecto divergente, como lo había hecho antes con respecto al español en México y otras zonas dialectales de América, pero en el caso dominicano sostuvo repetidas veces que la identidad lingüística y cultural dominicana había sido moldeada por un hispanismo temprano, desplazador y dominante. ¿Qué sucedió con la resistencia a la fábrica del andalucismo?

He analizado los pormenores de estos giros discursivos-ideológicos de PHU en mis análisis anteriores. Basta con refrescar la memoria sobre quién ha afirmado qué en la construcción de la identidad nacional dominicana y con relación a la evolución racial y cultural de la población. En uno de sus textos dominicanos, PHU arribó a sus más conservadoras conclusiones dominicanistas, apoyándose en los siguientes comentarios de Menéndez Pelayo:

El memorable ejemplo de un puñado de gentes de sangre española que olvidados o poco menos por la metrópoli desde el siglo XVII, como no haya sido para reivindicaciones tardías e importunas; coexistiendo y luchando, primero, con elementos exóticos de lengua, después con elementos refractarios a toda raza y civilización europea; empobrecidos y desolados por terremotos, incendios, devastaciones, y matanzas: entregados a la rapacidad de piratas, de filibusteros y de negros; vencidos y traspasados por la diplomacia como un hato de bestias; vejados por un caudillaje insoportable y víctimas de una anarquía perenne, han tenido poetas. Lo pasado es prenda de lo futuro, aunque hoy se ciernan negras nubes sobre Santo Domingo, y el porvenir de nuestra raza parezca más incierto allí que en ninguna otra parte de la América española. (1917/2013: 292, énfasis de PHU)

En esta explicación historiográfica, destacada por PHU con respecto al caso dominicano, se mezcla la reivindicación nacional con la rememoración de un pasado colonial glorioso. Este texto apela a la historiografía colonial como fuente de autoridad y, al mismo tiempo, destaca las circunstancias políticas, sociales y económicas en que emergen el racismo y la construcción racializada del idioma español en el caso de la sociedad hispanohablante en Hispaniola. Definiendo la particularidad de la colonización española, PHU afirmó que «nunca se incubó en España ninguna superioridad de razas» (1934/2013: 313). En estos textos, estamos ante un pensador dominicano, en su fase más apologética, que revindica el pasado colonial reconstruido por historiadores y filólogos ultrahispanistas, en su apuesta por la redención cultural: «[la] cultura [de España] es inmemorial y sale siempre vencedora en los encuentros» (1934/2013: 312). Hay otros textos en los cuales la confrontación de PHU con lo racial y lo negro antillano da unos giros peculiares, problematizando nuestras conclusiones iniciales. En otra oportunidad los analizaremos. Igual, sus comentarios examinados aquí comprueban la continuidad histórica y transmisión intergeneracional del racismo colonial.

Además de la vinculación de las formas lingüísticas a las categorías raciales y los discursos históricos a los proyectos contemporáneos de construcción de identidad nacional, ¿de qué otra manera se reprodujo el racismo histórico en la obra y figura de PHU? No podemos ignorar que PHU era mulato de un país con una alta población afrodescendiente históricamente marginada. Al mismo tiempo que la República Dominicana es atravesada por el sincretismo cultural afroantillano y la modernidad imponente de EE. UU., la sociedad dominicana oscila dentro de un péndulo identitario tan fascinante como problemático. Por un lado, las élites dominicanas se han aferrado a la imagen colonial de una cultura hispánica, católica y blanca y, por otro, a la imagen criolla de una sociedad multirracial («mulata») cuyos miembros son de color muy claro, «casi blancos». Hasta hoy día, la sociedad dominicana no acepta su herencia africana. En casi todas las encuestas nacionales, se reporta cómo los y las dominicanas se autoperciben de manera anacrónica como «indios», en su mayoría. Otros se perciben como «blancos» y muy pocos se perciben como «negros». Estas autodenominaciones raciales también se reproducen en las conversaciones cotidianas. Se trata de un trauma psicohistórico de una sociedad birracial que colectivamente ha asumido un determinado hibridismo excepcional, pero que tiende hacia la blanquitud progresiva al mismo tiempo que ha buscado suprimir o extinguir su componente afrodescendiente, aumentado aún más por el intenso contacto dominico-haitiano. Las analistas dominicanas se han referido a este fenómeno con varias etiquetas significativas, tales como el problema de «la comunidad mulata» (Pérez Cabral 1967), «la angustia del mulato» y la ideología racial escindida (Santos Cueto 2021, Fontaine 2025). Fundamentalmente, los rasgos fenotípicos del mulato siguen siendo peculiares, pero resultan menos contrastantes respecto de los del progenitor blanco y son preferibles a los del negro porque no generan todas las frustrantes repercusiones sociales (Pérez Cabral 1967).

Para resumir, la reconstrucción lingüística y literaria del pasado colonial dominicano realizada por PHU en el siglo XX es también una proyección de la angustia, los mitos, las visiones y la evolución de la élite dominicana, siempre con miedo o asombro ante poderes exteriores mayores. En efecto, las islas antillanas han sido y continúan siendo objeto del deseo de los imperios. Escritores antillanos como PHU han liderado el esfuerzo de oposición a las ocupaciones militares e invasiones culturales de los imperios de turno. Finalmente, la angustia en torno a lo racial también se trata de la historia personal de los orígenes, las frustraciones y los sueños de un hombre de gran inteligencia y de espíritu helénico cuya patria le resultó demasiado pequeña, insular y mulata. En particular, la ansiedad en torno a lo racial impactó su representación ideológica del español dominicano.

«Problema de vida no resuelto»: el Pedro vulnerable de las cartas

Después de leer su obra en conjunto y en contexto, examinando sus textos lingüísticos, sus textos culturales, sus ensayos, conviene leer su vasta correspondencia donde encontramos otro registro discursivo, más afectivo, importante material para fines analíticos. PHU acostumbraba a escribir largas y frecuentes cartas, como observara su colega más cercano e íntimo amigo, Alfonso Reyes: «pesa sobre mi vida un millón de cartas tuyas» (2004: 267). En varias de estas cartas, tras bajar la guardia por la intimidad compartida con un determinado corresponsal, aparece la reacción más singular de PHU en torno a lo racial. En sus comentarios, podemos percibir la oscilación entre la vulnerabilidad personal y la serenidad objetiva. Dijo y escribió tanto sobre tantos asuntos, que es lógico que aparezcan contradicciones. Sin embargo, ante un individuo tan lúcido y orientado teóricamente hacia lo utópico, llama la atención que en unas ocasiones elogie lo blanco con tanto ardor pasional y, en otras, descarte lo negro con determinada aversión. En sus diarios de viaje y cartas, repetidas veces comentó sobre su atracción singular por mujeres blancas o mulatas claras de familias u orígenes privilegiados. Se advierte una peculiar combinación de clasismo y colorismo, de utopismo y erotismo, que merece la pena explorar.

También su texto Memorias, el cual contiene sus notas y relatos de viaje, nos provee comentarios relevantes. En este texto, aparecen observaciones sobre grupos o individuos de repertorios lingüísticos y fenotipos raciales diversos, en las cuales frecuentemente se destaca el siguiente tipo de contraste racializado que apunta hacia un determinado perfil racial idealizado:

[…] Baile al cual asistió toda clase culta del Cabo Haitiano, formada por comerciantes alemanes, ingleses y franceses, y por buen número de haitianos ricos, que en sus usos sociales calcan a maravilla la manera francesa y cuyas hijas, educadas en Europa, suplen con la multitud de sus accomplishments, sus frecuentes deficiencias en el orden físico. (1909/2013: 34)

Emerge en estos comentarios una perspectiva peculiar, según la cual, la educación superior, enaltece, embellece y blanquea. En el mismo texto, narrando sus juveniles atracciones y fantasías masculinas, comentó:

Las hijas del dueño de la casa me parecieron, a poco, mejor dotadas que sus primas: eran tipos más finos, casi todas rubias, y dos de ellas tenían agradabilísima conversación: Consuelo, que tocaba el piano con bastante brillantez, y Stella, graciosa y espiritual. Mi amor por Blanca había llegado, por fas o por nefas, a entibiarse; y espontáneamente, mi afición cambió hacia Stella; no se trataba, sin embargo, de un amor, ni se me ocurrió nunca pensarlo, así ni menos hablarle en tal sentido. Stella ejercía fascinación espiritual sobre toda persona de aficiones no vulgares; y todos sus amigos cultos le reconocían valor singular. (1909/2013: 36)

También, sobre una visita a Cuba, resaltó:

La superioridad del tipo femenino cubano sobre otros (el mexicano especialmente) es indiscutible. Las mujeres responden generalmente a un tipo que consiste en nariz recta, ojos de mirada viva, boca bien manejada y barba fina. Lo único que no me ha gustado esta vez es el hablar cubano, no por la entonación sino por la supresión de las letras. (1909/2013: 137)

Nariz, ojos y boca: en el PHU de los textos cotidianos o viajeros, convergen inquietudes en torno al cuerpo, consideraciones intelectuales y cuestiones afectivas que revelan su profunda afición por el ideal de belleza griego, su erotismo helénico. Entre el mirar y ser mirado surge el deseo masculino en busca de determinada satisfacción, pero se complica más el contacto de los cuerpos al mirar al objeto de deseo, precisamente sujetando el lente racial que aumenta, enfoca más o privilegia la blanquitud. El fenómeno de la racialización incluye la asignación de significados y valores a los cuerpos por individuos o grupos para luego proceder a clasificarlos, restringirlos a determinadas posiciones o relaciones sociales, poseerlos o desecharlos. Las inquietudes y preferencias raciales de PHU fueron articuladas por una fuerza que combinaba el deseo y la inseguridad masculina. Asimismo, su percepción de lo racial fue el resultado de una educación en la cual el lenguaje, los mitos y los tabúes estaban entrelazados. Tristemente, estamos ante un problema que elude a la mayoría de los pedrohenríquezureñistas, más que nada, porque son blancos y, según ellos, no se fijan en el color de la piel. La cuestión del racismo nos les interpela.

El estudio de su obra más allá de su dimensión utópica hace evidente que, además del problema de querer evadir el racismo metodológico, PHU arrastraba consigo el racismo interiorizado, o sea, el dolor y las secuelas de la discriminación que enfrentamos los afrodescendientes por todo el mundo. Su propia herencia racial, particularmente como afroantillano de la República Dominicana, lo marcó para toda la vida. Si bien algunos han descubierto esta conexión en el caso de PHU, no había sido examinada con suficiente rigor hasta hace muy poco. Tal vez nadie más elocuente que el propio PHU para explicarlo:

¡Pero Nueva York! Volver a aquel trabajo duro de diez horas y a los pequeños golpes de antipatía contra quienes, como yo, llevan en su tipo físico la declaración de pertenecer a pueblos y raza extraños e «¡inferiores!» Esto último es de gran peso en sí y está bien compensado con las muestras de simpatía de las personas cultas; no me importaría en lo más mínimo si yo fuera a gastar de mis rentas, pero eso, unido al trabajo duro, diario (y en el trabajo es justamente donde se experimentan esos choques), lo podía soportar yo antes, cuando tenía más empeño o más necesidad de resistir y cuando la vida neoyorquina, por lo mucho que todavía me ofrecía de nuevo, me seducía completamente; no ahora, cuando ya «mi modo de ser» comienza a petrificarse […]. (Reyes y Henríquez Ureña, 2004: 111; énfasis nuestro)

Los golpes de antipatía en los encuentros racistas dejan cicatrices dolorosas. PHU fue uno de esos afrodescendientes dominicanos que descubren que son negros o mulatos por primera vez en el extranjero. Le tocó enfrentar las secuelas del racismo en EE. UU., México y Argentina. La burbuja de clase, especialmente en un país como EE. UU., no siempre funciona. De todos modos, contrarrestar el dolor del racismo cotidiano, blindándose con el chaleco antibalas del sujeto súper culto, fue su opción elegida, en los contextos sociales cultos en que este intelectual afroantillano se desenvolvía.

Para el individuo dedicado al cultivo diario de la intelectualidad con infatigable empeño y con el occidente como primer horizonte, el reclamo de la civilización se vuelve imperioso. Pero, por otro lado, ¿cuáles fueron los retos de PHU como teórico en torno a lo racial en América? Mientras que, por un lado, se esforzó por incorporar la herencia indígena a su visión de América, le dedicó una porción de su obra filológica dominicana a disputar sistemáticamente la asociación de República Dominicana con la negritud o la herencia africana. No resultó ser tan amplio su criterio de inclusión y teoría de justicia social. El ideal civilizatorio y la unidad cultural eran lo primordial para la construcción de su particular patria de la justicia. Lo que garantizaba la continuidad civilizatoria era la lengua española y no la mezcla racial. Para PHU, glosando a Martí, la raza era teóricamente redundante y divisiva. Insistió en que la consciencia racial no era suficiente para lograr que una comunidad se una. En cambio, la lengua, con suficiente poder, sí fusiona a los diversos grupos. Como el escritor más importante en toda la historia dominicana, estas ideas han repercutido sobre la reproducción del colorismo y la discriminación racial institucionalizada en esta sociedad caribeña.

Ante esta coyuntura histórica, resulta interesante mirar desde un contexto más amplio, buscar y comparar las reacciones de otros intelectuales afrodescendientes de las Américas que eran contemporáneos de PHU. Para mí, la obra de intelectuales negros como W. E. B. Du Bois es un buen punto de partida para valorar los límites y las posibilidades. Este prolífico y activo pensador afroestadounidense, autor de libros monumentales tales como The Souls of Black Folk (1903) y Black Reconstruction in America (1935) es notable por cómo evolucionó su pensamiento, superando la idea de que la raza negra iba a ser salvada por los hombres excepcionales de las clases elites. Como explicó Cedric Robinson (1983), Du Bois es clave por cómo superó la tendencia, entre la intelligentsia negra, hacia una conciencia elitista de raza, derivado de esa síntesis del racismo eurocéntrico y la preocupación con formas políticas imperialistas. Du Bois abandonó el elitismo intelectual que había sido parte de su formación como negro de la clase media. También, a través de sus estudios, logró entender que la lucha negra no era tan reciente. Desde antes de la abolición ya formaba parte de la lucha global antiimperialista y anticapitalista. Aunque PHU apreció algunos aspectos de la autografía de Du Bois, Darkwater: voices from within the veil (1920), llamándole el escritor más importante del sur de EE. UU., restó importancia a la contribución del autor, relegando su comentario a una nota a pie de página. Sabemos que así es como la erudición convencional o temerosa descarta los puntos de vistas progresistas como meros datos complementarios, mientras eleva solo algunas conversaciones privilegiadas al texto principal.

De todos modos, regresemos al contexto antillano y mirémoslo a la luz del trabajo del cubano Fernando Ortiz, quizás, con más frecuencia, el primer referente de comparación, con respecto a cuestiones afrohispánicas. Se señala, por un lado, el racismo inicial de Ortiz como pensador sociopolítico al enfocarse en el negro cubano como sujeto atávico y, por otro, se reconoce que, en el discurso maduro de este antropólogo, el negro cobró mayor protagonismo como ser transcultural. Haya llegado tarde o no, lo cierto es que el relato de los aportes de los negros a la sociedad cubana que aparece en Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940) es un extraordinario esfuerzo de inclusión en el discurso histórico por un importante teórico del Caribe hispánico. Para PHU el filólogo, lo racial era una desafortunada maldición que había que evadir. En cambio, en su obra de madurez, Ortiz concluyó que, aunque la ciencia prefiera eludir lo racial por su «terrible explosividad emocional», las luchas sociales persisten precisamente «por la ignorancia general que aún se mantiene acerca de la verdadera naturaleza de las llamadas razas, de la variabilidad de sus características, de las vías de la herencia, de las complejidades y significación de los mestizajes, y de las trascendencias de los ambientes y las fuerzas sociales de la humanidad» (1946/1922: 13). Entre los pedrohenríquezureñistas, la tendencia es a ignorar las complicaciones racializadas que presenta la obra de PHU y rehusarse a verla a la luz de otras posibles lecturas. A menudo, se ignora o pasa por alto todo este trasfondo internacional e interdisciplinario en la afirmación de PHU como un radical pensador demócrata y utopista de América. Los resultados de mis lecturas cuidadosas, comparaciones intertextuales, análisis rigurosos y mirada ensayística complican esas conclusiones superficiales de los apólogos pedrohenríquezureñistas.

Pedrohenríquezureñista de profesión o por encantamiento

En efecto, la interpretación de la obra de Pedro Henríquez Ureña ha sido inspiradora de un esfuerzo por alcanzar la unidad política y la democratización del saber en las Américas. Sin embargo, entre muchos de nosotros, PHU se ha convertido en un signo de clase. Si bien para algunos la exégesis pedrohenríquezureñista es una labor intelectualmente urgente y necesaria, para muchos es simplemente un medio para ganarse la vida. Adoptando el vocabulario crítico de Edward Said (1994), los profesionales o profesionalizados, que acaparan el discurso pedrohenríquezureñista proyectan agresivamente ser hombres de altas y de profundas letras. Acuden a PHU por la ilusión de alcanzar beneficios personales o un avance en sus carreras, aunque sólo sea simbólico. Estos hombres, en su mayoría, dominan las discusiones, el discurso público, en torno a la obra y figura de PHU. Se trata de individuos en universidades, instituciones del gobierno o agencias culturales que se dedican a administrar el legado de PHU o la interpretación de su obra para el consumo cultural general. Aprovechando determinadas políticas culturales y siguiendo la competitiva lógica mercantil de acumulación, distinción y marketing, se han apropiado de las oportunidades y los espacios públicos y privados donde se discuten los textos y las ideas de PHU. Invariablemente, repiten los mismos gestos y las mismas palabras, reproducen las mismas lecturas y perspectivas, por un lado y, por otro, re-empaquetan los textos y las ideas de PHU, para venderlos como capital simbólico a los consumidores irreflexivos que no leen al maestro, pero se adornan con los conocimientos recibidos.

Mucho antes que Bourdieu, el excéntrico economista noruego-estadounidense Thorstein Veblen (1899) teorizó sobre cómo los productos del saber adquieren valor económico. La lógica de consumo egocéntrico atrae mutuamente a los necesitados estudiosos y los individuos con recursos. Los primeros anhelan el apoyo de los segundos. Los segundos anhelan la reputación de los primeros como «hombres de bien». Los pedrohenríquezureñistas profesionalizados aprovechan las oportunidades que ofrece el mercado del saber de intercambiar cuasi-mercancías o ponerlas a la disposición de individuos económicamente poderosos, los mecenas, que brindan su apoyo económico o legitimidad política. Estos intelectuales, «capitanes de la erudición», al decir de Veblen, ofrecen a los capitalistas en busca de la virtud estrategias y formas de ennoblecimiento de sus actividades extractivista y de monetización. Los intelectuales a sueldo reciben algunos beneficios o migajas económicas, tales como una beca, un honorario, un vuelo, una estadía en un hotel en un destino turístico deseable. Todo esto lo posibilita la economía de la atención y la dimensión lingüística del dinero (Cristian Marazzi 2008).

Sin embargo, hay otros especialistas que acuden a PHU guiados por impulsos más enternecedores. El ensayista mexicano Carlos Monsiváis describió los elementos que convocan a estos particulares henríquezureñistas: «el placer de la divulgación, del estudio del acto creativo, del rechazo del fatalismo antiintelectual que sitúa a las humanidades en el centro de su escenario» (2012: 158). ¿Qué sería de nosotros sin la cultura libresca y los centinelas del lenguaje, regeneradores de sueños y promotores de las esperanzas? Sin duda, alguien necesita asumir estas labores con amor abnegado. En efecto, los críticos y especialistas que estudian y difunden la obra de PHU se destacan por un fervor singular que los convierte en apóstoles de nuestro redentor utopista latinoamericano. El motor de su actividad y esmero es la creencia de que todo proyecto intelectual es una obra de amor y que el fin de la desigualdad es, acaso, cuestión de poseer los libros adecuados. Les seducen, sobre todo, los símbolos de consagración a los deberes del alma que desplegaba PHU. Y ¿cómo no? Se trata de un archifilólogo, un esclarecedor de las ideas, un auténtico y extraordinario amante de la lengua y los libros. Sin esa dedicación a las humanidades y perene convicción intelectual con respecto a la perfectibilidad humana, no sería posible el progreso humano ni el enriquecimiento interior del individuo. En sus versos sencillos (y críticos), Martí capturó ese candor singular que emerge en torno al culto del intelecto:

Todo es hermoso y constante

Todo es música y razón,

Y todo, como el diamante,

Antes que luz es carbón.

Las lecturas apostólicas de la obra de PHU por sus misioneros utopistas contemporáneos nos atraen porque abundan en benevolencia, imaginación, veneración y comprensión amorosa, condiciones que fundamentalmente constituyen la expresión del erotismo, expresión que, como se puede rastrear en sus cartas, también buscaba PHU. Acaso a estas alturas, se preguntará mi paciente lectora: ¿dónde encajo yo realmente en todo esto? En mi caso, aunque haya aprendido dos o tres trucos de los maestros, soy demasiado amateur para la transaccionalidad de los profesionales y demasiado escéptico y tímido para entregarme a la orgía de esperanzas. Comprendo que la pretensión a la inteligencia es nuestra gloria y nuestra perdición. Tanto la admiración como la incomprensión que rodea la obra y figura de Pedro Henríquez Ureña son un testimonio de esta paradoja. Sin embargo, mi propia labor intelectual es deudora de esa energía amorosa de las y los pedrohenríquezureñistas encantados.

Fuentes citadas

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