La publicación en 1986 del artículo «Pour la glottopolitique», de los lingüistas franceses Jean-Baptiste Marcellesi y Louis Guespin, contribuyó a divulgar un novedoso campo de estudio que considera que toda práctica lingüística posee una dimensión política por estar ligada al poder, tanto del Estado, como de instituciones, ideologías, grupos sociales o hablantes con capacidad de operar sobre la lengua. Estas intervenciones nunca son neutrales y reflejan el alcance político de quien las dirige, a la vez que ponen de manifiesto la capacidad de resiliencia de las poblaciones afectadas. Se trata, por tanto, de un recurso social que puede ser dirigido a los más variados fines, pero que a menudo ha servido (y sirve) como un instrumento de dominación cultural. En todo caso, el resultado es siempre una reconfiguración del repertorio lingüístico afectado, con nuevas jerarquías, identidades y formas de organización social.
La glotopolítica del colonialismo europeo en África subsahariana responde a este contexto de poder. Las metrópolis creían actuar en espacios culturales primitivos y ágrafos, en los que sus retos de sustitución lingüística y cultural, contemplados desde una posición etnocéntrica y colonialista, parecían sencillos y rápidos de cumplir. Sin embargo, los estudios realizados desde la glotopolítica han demostrado que las lenguas europeas impuestas en África durante la colonización no lograron sus objetivos, sino que han terminado integradas e instrumentalizadas en el espacio multilingüe altamente diverso que caracteriza a los nuevos estados africanos, delimitados artificiosamente por los poderes coloniales. Hoy en día, en plena decolonización, la realidad políglota de estos países constituye un valioso recurso que les permite usar varias lenguas según el contexto sin tener que renunciar a su complejo acervo cultural, aun respondiendo a unas nuevas jerarquías lingüísticas impuestas desde el interior.
Lengua, cultura y glotopolítica en Guinea Ecuatorial es un elaborado ensayo de Susana Castillo-Rodríguez que analiza desde este nuevo enfoque la situación cultural y lingüística del único estado de África colonizado por España. A partir de una amplia red de conocimiento, en la que destacan las aportaciones anteriores de la propia autora, el trabajo de campo y el recurso constante a fuentes primarias, se reconstruye y problematiza el impacto del español sobre el repertorio multilingüe de la antigua Guinea Española. Se hace desde una mirada histórica que arranca en sus mismos orígenes y llega hasta la actualidad, en aras de examinar cómo el idioma patrio evoluciona a lo largo del siglo escaso en el que España intervino en su colonia, y dilucidar el lugar que este ocupa en el joven estado de Guinea Ecuatorial.
Los ocho capítulos en los que se divide la obra pueden agruparse en tres cambiantes escenarios, conforme van actuando los agentes de intervención lingüística. En un primer escenario, Castillo-Rodríguez muestra el español en disputa con el inglés y sus hibridaciones locales, empleadas como lenguas francas en toda la zona del Golfo de Guinea. Se trata de un momento colonial de torpe calado y escasa presión sobre las lenguas autóctonas, en el que la agencia glotopolítica está en manos de misioneros católicos que disputan con los misioneros protestantes, ingleses y americanos, el modelo de colonización religiosa a imponer. Se trata de una pugna llena de vaivenes, focalizada por parte de los misioneros y misioneras españoles en eliminar a través de un sistema educativo bajo su control la lengua de sus rivales, a fin de allanar el camino a la imposición del español, porque asocian la lengua con la cultura y esta con las costumbres locales a destruir. Es también el momento de los primeros contactos con las lenguas vernáculas, que los misioneros, tanto católicos como protestantes, procuran conocer y sistematizar con fines proselitistas, en unas aproximaciones léxico-gramaticales que la autora expone con detalle. El resultado final de este periodo es el desplazamiento del inglés y la progresiva normalización del español entre los habitantes de la colonia, con la consecuente imposición de los valores morales españoles en detrimento del acervo cultural de los pueblos colonizados.
El segundo escenario se da a partir de la victoria de las tropas franquistas en la guerra civil. En él triunfa, finalmente, la imposición de la política monolingüe en la esfera pública iniciada tres décadas atrás en el decreto de 1907. La expansión del sistema educativo está en manos de pedagogos innovadores, como Heriberto R. Álvarez, que logran resultados prácticos en la adaptación de textos escolares, la multiplicación del alumnado, la formación de cuadros medios y la concesión de becas para estudios superiores en España, pero dentro de un discurso monolingüe que oblitera y penaliza las otras lenguas de la colonia, descartadas como recurso pedagógico. Este monolingüismo se quiere extender a la esfera privada y al espacio social a través de la implantación de los tres ejes que direccionan el franquismo: religión, patria e idioma. Se trata de una política hispanista grandilocuente que cuenta con todo el aparataje legal y simbólico del régimen, reforzado por los cientifismos de la intelectualidad española del momento a través de la creación del Instituto de Estudios Africanos, pero que resulta falaz en su vana pretensión de crear españoles nuevos porque no olvida que los guineanos son negros y que un exceso de formación puede llevarlos a reivindicar sus legítimos derechos. Sobre el papel se pretende su elevación cultural, pero en la realidad se busca colonizar su conocimiento y su subjetividad porque lo contrario significa no avanzar en la misión civilizadora de la madre patria. El fin es aculturar, pero sin perder del todo la idiosincrasia de estos «indígenas» como parte del exotismo de la colonia.
Por último, como tercer escenario, Castillo-Rodríguez presenta la situación del español en el estado soberano de Guinea Ecuatorial. En él, se muestran los resultados de un concienzudo trabajo de campo y la autora hace gala de un sólido criterio a la hora de caracterizar la situación glotopolítica en los dos periodos gubernamentales que se han dado desde la independencia. Del servilismo inicial de la época Macías se pasa a una fase de feroz enfrentamiento con la antigua metrópoli que se traduce en el rechazo de la lengua colonial y en la exaltación de las lenguas vernáculas, con los consiguientes cambios en la toponimia y antroponimia, aunque dando primacía al fang, la lengua materna del dictador. En un ambiente de terror y deterioro absoluto del sistema educativo, el español es borrado de una constitución redactada, paradójicamente, en castellano. Tras el «Golpe de Libertad», el nuevo régimen de Teodoro Obiang es consciente de la importancia del español como lengua de cohesión social en el arduo proceso de creación de una consciencia nacional en un estado étnicamente y lingüísticamente enfrentado. Sin embargo, a efectos prácticos, necesita integrarse en el área económica circundante formada por países francófonos, por lo que no duda en declarar el francés lengua oficial, pero sin conseguir equipararlo con el español porque su uso académico y social como lengua de prestigio había aumentado después de la dictadura de Macías. Por eso claudica y busca desposeerlo de sus atributos coloniales e instrumentalizarlo en su proyección exterior, mostrando una Guinea Ecuatorial afro-hispana y bantú como el tercer vértice del triángulo atlántico de una hispanidad trasnochada. En la actualidad, la creación de la Academia Ecuatoguineana de la Lengua está reforzando la posición del español normativo, a la vez que reclama el reconocimiento de sus formas dialectales locales. Todo ello en un escenario de una pluriglosía cambiante, en el que la autora no duda en afirmar que el peso de las lenguas nacionales/vernáculas, reconocidas en la Constitución, es muy desigual.
En definitiva, un ensayo brillante, en el que Susana Castillo-Rodríguez, al aplicar la glotopolítica en un espacio lingüístico africano tan poco estudiado como es Guinea Ecuatorial, demuestra la singularidad y la colonialidad del español.
