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Patria y lengua

lasprovincias.es

Por JAVIER SÁNCHEZ HERRADOR

Dice Joaquín Sabina que su patria es la lengua española, se supone que en contraposición a la patria de himnos, banderas y símbolos. Es verdad que una lengua universal como la española es el mejor antídoto contra los nacionalismos excluyentes, pero por eso desde el principio fue precisamente el idioma la primera víctima de los que pretendían reforzar una identidad nacional opuesta a la española. Seguramente Sabina se refiere a la patria de palabras, versos y libros que trasciende su propia identidad convirtiéndose en un instrumento universal que supera fronteras y límites. No es extraño por tanto que el primer objetivo de los independentistas fuera arrinconar el español como elemento fundamental para su batalla ideológica. La lengua conforma el pensamiento, si los separatistas lentamente suprimían la lengua de todos y en la que se expresan con naturalidad la mayoría de los ciudadanos romperían paulatinamente los lazos que les unen al resto de los españoles. La lengua posibilita la comunicación, pero si su uso es considerado por los secesionistas como una injerencia en la identidad autóctona se transforma en una agresión externa, en una imposición, en dominación política. Todos los Gobiernos democráticos desde la Transición han sido responsables de este proceso de liquidación lingüística, pieza básica y eje central de los nacionalistas para intentar alcanzar la independencia y formar un Estado. Proscribir una lengua en la enseñanza o impedir la rotulación en español en los comercios son solo ejemplos de una concienzuda política de marginación que todos los Ejecutivos centrales toleraron cobardemente. Hace pocos días salía a la luz las graves dificultades de las autoridades de Formentera para traducir al español el texto de una norma redactada en catalán. La ley tenía evidentes errores sintácticos y ortográficos. Muchos conocemos alguna persona educada en la lengua autonómica que tiene serios problemas para expresarse en español y cada vez es más frecuente encontrar políticos que no logran conversar fluidamente en la lengua común.

La disputa de las lenguas, en la que los valencianos tenemos gran experiencia, no es un asunto de mayor o menor riqueza cultural o de tolerancia e integración. ¿Acaso alguien puede dudar de que contra más lenguas conozca un ser humano será mejor para su desarrollo personal? La controversia surge cuando la batalla idiomática se pone al servicio de un proyecto político que intenta dividir e incomunicar a los ciudadanos. El gran logro de la lengua española es su universalidad y diversidad, su impresionante capacidad de adaptación y versatilidad para convivir en numerosos países y comunidades. A fin de cuentas la lengua sobrevivirá si es útil a la comunicación humana y si millones de personas son capaces de usarla para relacionarse de forma natural. No es casualidad por eso que la idea de expansionismo lingüístico sea consustancial al independentismo catalán y vasco. Veamos los casos de Navarra, la Comunidad Valenciana o Baleares. Allá donde llegue la lengua alcanzarán las fronteras políticas.

Educación y lengua van de la mano. Todo empezó cuando se educó a generaciones de catalanes y vascos en el adoctrinamiento político, en la fantasía histórica y en la segregación cultural y lingüística. Si se cuenta una Historia de sometimiento y victimización, si la lengua común se utiliza como ejemplo de dominación y se hace burla de las instituciones democráticas entonces ya tenemos un buen independentista, justo cuando la democracia ha favorecido como nunca la diversidad cultural y la convivencia de lenguas y símbolos dentro del Estado. Alguien bienintencionado se preguntaría cómo es posible que con un autogobierno sin parangón en Europa los independentistas no estén satisfechos. Es muy sencillo, ese proceso de insatisfacción es infinito porque su razón de ser se basa en la destrucción de los espacios comunes para crear una nueva realidad. Debido a ello los independentistas proclaman con impasibilidad que todo proceso de secesión es doloroso pero incluso así lo consideran inevitable. Los independentistas no quieren una lengua universal que se trasciende a sí misma, sino un instrumento para reforzar a la tribu y señalar a unos ciudadanos frente a otros. Comenzaron con la lengua y la educación pero el fin último es asesinar, como en ocasiones se ha descrito, los afectos entre españoles. Sentimentalismo y opresión al servicio de la causa. Con esos mimbres es imposible que no aparezca el totalitarismo político. Visto de esa manera, llamarte «puto español» en tu propio país ya no sería un insulto sino solo un síntoma.

 

 

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