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Chispitas del lenguaje

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Más del estilo incluyente

La semana pasada abordé el tema del mal llamado Lenguaje incluyente. Concluí que no es la forma más adecuada de definirlo, pues se trata de un estilo de expresión. Al final, no es el lenguaje el que excluye, sino los seres humanos los que imprimimos un sesgo, un estilo, a la hora de expresarnos. Sostuve que es preferible definirlo como estilo incluyente o inclusivo. Las personas, por razones históricas patriarcales, hemos invisibilizado a las mujeres, no por una intención voluntaria. Entonces propuse educar más sobre visibilizar a la mujer al expresarnos y con ello propiciar que el estilo de hablar evolucione a formas en que ningún grupo sea excluido. Hacerlo al revés, querer cambiar la realidad solo a través del lenguaje, está condenado al fracaso. La historia demuestra que los esfuerzos en este sentido han sido un fracaso. Los promotores del cambio deben tener esto muy claro.

Si verdaderamente queremos que arraigue un estilo donde sean visibles los dos sexos básicos y sus alternativas (todos tienen derecho a la presencia), debemos cambiar nuestras relaciones sociales. Aceptar la diversidad construirá un lenguaje con sesgos múltiples.

Actualmente, insisto, por razones patriarcales, el estilo masculino es el genérico. Al decir ‘todos’, abarcamos hombres, mujeres, homosexuales, gays, trasvestis, transexuales, etc. Es decir, esta forma abarca el espectro de seres humanos con sus particularidades. Pero al decir: «Señoras y señores…» dejamos de lado la diversidad. Entonces, en la práctica el genérico, aunque suene a masculino, es más incluyente que la mención explícita de ambos sexos. Al mencionar solo los sexos dejamos de lado las alternativas, no tienen por qué ser solo dos si las alternativas son más. El feminismo, entonces, estaría ahogando a los otros grupos, solo por exigir su presencia.

Las Academias de la lengua no aceptan hasta ahora esos desdoblamientos porque hacen un estilo más complicado. Es decir, en muchas ocasiones resulta mucho más retorcido concordar gramaticalmente los otros elementos de la oración si se mantiene el desdoblamiento. Por ejemplo: «Señoras y señores: están todas y todos ustedes aquí reunidas y reunidos para celebrar juntas y juntos un aniversario de…». Por supuesto, que eso en vez de facilitar la expresión, la complica. La Academias de la lengua convocan a un estilo moderno, mediante el que se busca hacer más sencilla la enunciación de oraciones. Por supuesto, el desdoblamiento es contrario a ese sentido.

Pero no solo eso, está en el caso del sector público, los vocativos que se prestan a muy mala interpretación: «Servidoras públicas y servidores públicos». Así enunciado la primera se presenta desastrosa por la connotación social de «servidora pública».

Entonces, el estilo incluyente: excluye a otros grupos por centrarse en visibilizar al sexo femenino; es complicado de enunciar gramaticalmente; y se presta a malas interpretaciones. Por si fuera poco lo anterior, históricamente las imposiciones al lenguaje nunca han funcionado pues el rumbo de las relaciones sociales siempre determina el rumbo del idioma. Entonces, confirmo la conclusión de la semana, se debe trabajar la educación para arraigar el estilo incluyente.

 

 

 

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