Cada día se torna habitual recurrir a los anglicismos, palabras que a su paso atropellan nuestra identidad idiomática
Desde que Carmen salió de casa sabía que al final del día tenía que tomarse un break para relajar tensiones. De igual forma su vecina adelanta su quehacer para en la tarde conectarse a través de la wifi, hablar con sus amistades y actualizar sus conocimientos en torno al mundo de la moda.
Del otro lado de la cuadra las muchachas más jóvenes permanecen durante horas cambiando su look, porque les resulta más cómodo que transformar su imagen, y los muchachos del barrio se preparan para irse de party. Claro…, a divertirse, a tono con las costumbres de la high life.
Así, de a poco, este torbellino de términos foráneos mueve la actual rutina idiomática y, en lugar de enriquecerla, desampara nuestro vocabulario, además de la nacionalidad. Eso sin contar que, en el afán de insertar este léxico a nuestra vida, muchas personas lo pronuncian con un estilo perfeccionista, y hasta con la más burda deformación.
Dichos anglicismos constituyen un tipo de extranjerismos que apelan al uso de vocablos extraños al español. Son préstamos lingüísticos, un procedimiento que utilizamos a menudo con el propósito de “enaltecer” nuestro vocabulario.
En concreto, el préstamo léxico es el más frecuente, y se produce cuando aparecen por primera vez términos que no existen en nuestra lengua. Si tributan a la elegancia del dialecto, son bienvenidos; sin embargo, en ocasiones ocurre el efecto contrario: palabras que ya existen se dejan de usar y desaparecen por el uso de extranjerismos.
Tanto es así que lingüistas de la Real Academia Española (RAE) manifiestan que los idiomas cambian, inventan voces, introducen las de otros o modifican las propias. “La lengua nos permite vivir en la época moderna, y los anglicismos pueden ser oportunos siempre y cuando se tenga conciencia clara del lenguaje, aunque hay cosas estremecedoras”, refieren los catedráticos.
Si bien es cierto que la situación es alarmante, se torna más compleja cuando emerge el desconocimiento del idioma del cual hemos bebido todo el tiempo. Aun cuando el habla rara vez se basta por sí misma, porque necesita de otros para suplir vacíos inexistentes, precisa de cuidados en cada país o región.
A pesar de su permanente evolución, y constante contaminación, hay que saber poner límites en el uso desmedido y gratuito de extranjerismos, en este caso de anglicismos. Estos últimos ya inundan el campo semántico de la comida, el arte, el deporte, entre otros de la sociedad, pues aparecen términos como hot dog para referirse a los gustados perros calientes, ranking para hablar de orden y casting para aludir a selección.
Tales terminologías han ejercido y ejercen una gran influencia sobre el habla del cubano, que es una esponja. Importados directamente de los vecinos del norte, o a través de la emigración, muchos anglicismos llegaron —hace tiempo— para quedarse: bróder (brother), blúmer (bloomer), bisté (beefsteak), estraple (strapless), estrés (stress), e-mail (correo), show (show)…
Como resultado, cada vez es más frecuente que las personas los utilicen en lugar de su alternativa en español. Y es que mientras para algunos el uso del inglés es un rasgo de distinción y modernidad, para otros es pedantería. A propósito, la RAE lanzó una campaña para criticar esta moda y defender el uso de términos en español siempre que sea posible.
De ahí la necesidad de impedir que su uso se expanda sin el mínimo control. Aunque la solución no es declararle la guerra al inglés, sí es determinante preservar la esencia de nuestra lengua: el español, un idioma hablado por millones de personas en el mundo.
Del mismo modo, debido al empleo excesivo de estas palabras inglesas, excluimos a otros individuos que no conocen y no tienen por qué conocer este léxico, como son nuestros abuelos o padres. De cada uno de nosotros depende entonces elegir una palabra de origen inglés o una más propia.
Todo por defender la autenticidad de la lengua que nos identifica. Y es que el habla es la imagen que traslada cada ciudadano sobre su país. Por eso, urge aminorar el uso de los extranjerismos que arroyan y sustituyen a su paso las palabras genuinas.
Recordemos que la elegancia no está en lo foráneo de los términos, sino en la verdad que los identifica en medio de un entorno extranjerizante que nos consume; asunto que se cuece en un proceso de adaptación como la vida misma.


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