DIÁLOGOS. Luis Fernando Lara

Entrevistado por Daniela Lauria

Daniela Lauria: Buenas tardes, mi nombre es Daniela Lauria, estoy en Buenos Aires y tengo el gusto y la suerte de poder entrevistar hoy para el Anuario de Glotopolítica al doctor Luis Fernando Lara. El doctor Lara es profesor e investigador del Colegio de México y es integrante del Colegio Nacional, es autor de numerosos libros, capítulos de libros y artículos, y uno de los lingüistas más importantes de América Latina. Así que para mí realmente es un honor. Bienvenido, profesor Lara.

Luis Fernando Lara: Muchas gracias, Daniela. Espero corresponder a todo lo bien que has hablado de mí.

DL: Lo primero que le quiero preguntar, profesor —les digo «profesor» a quienes admiro, es para mí una marca de mucho respeto, quizás más que doctor—, por su etapa de formación académica. ¿Cómo recuerda esos años? ¿Cuál era el panorama sobre los estudios del lenguaje en ese momento, si estudió en México y en qué otro lugar, qué tradiciones le resultaban más interesantes y con cuáles discutía?

LFL: Sí, yo estudié en México. Primero estudié la licenciatura en Letras Españolas en la Universidad Iberoamericana, que es una universidad de los jesuitas. Terminé la licenciatura allí y el profesor Lope Blanch realmente me pescó para traerme como alumno suyo al Colegio de México. En el Colegio de México formé parte de la segunda generación de estudiantes de doctorado de lingüística y literatura hispánicas. El motivo por el que Lope Blanch me trajo al colegio fue porque me vio una vena de lingüista que yo mismo no sabía muy bien que tenía, sino que mis intereses y posiblemente mis aptitudes me estaban dirigiendo en ese camino. El caso es que estudié Literatura y Lingüística. En aquella época en México —estoy hablando de los años 66 a 68— no había muchos profesores mexicanos que tuvieran el doctorado y por lo tanto invitaban a muchos profesores del extranjero. Uno de ellos fue Eugenio Coseriu, que me dejó una huella imborrable. Y vino también Klaus Heger, un profesor alemán de la Universidad de Heidelberg, un gran semantista. Ya él hacía una serie de reflexiones a propósito precisamente de la política de las lenguas. Era un individuo absolutamente sistemático, no dejaba que se le pasara nada, y a mí eso me atrajo muchísimo. Y cuando terminé aquí los estudios de doctorado, pedí una beca al Servicio Alemán de Intercambio Académico para irme a estudiar con él en la Universidad de Heidelberg. Allí estudié con él, estudié naturalmente semántica, una semántica muy formalizada. Eso me apasionaba, por supuesto. En mi época de estudiante del Colegio de México, me tocó formar parte del grupo que colaboramos en las preliminares del Atlas Lingüístico de México, y me tocó ir a hacer encuestas al puerto de Mazatlán, en el Pacífico mexicano. Llevaba yo la grabadora, en fin, buscaba yo informantes. Empecé a interrogar a un individuo y él se empezó a quejar de lo mal que lo trataban en el trabajo creyendo que era yo periodista, y me hizo sentir muy mal porque dije: «este pobre hombre no sabe que yo termino con la grabación, la llevo al Colegio de México y luego la exploramos, pero no vamos a denunciar nada». Me dejó un sentimiento muy contrariado.

Ya estando en Heidelberg, el profesor Baldinger me había dicho que si quería me podría quedar como lector, pero yo sentía que necesitaba regresar a mi país y que necesitaba lo que después he venido insistiendo en llamar una «lingüística socialmente responsable». Y entonces regresé a México y regresé al Colegio de México. Y en el Colegio de México tuve la suerte de que tenía yo que elaborar el proyecto del Diccionario del Español de México. El motivo del Diccionario del Español de México, que tú conoces bien, partió de una pregunta de una persona que fue ministro de Relaciones Exteriores de México, Antonio Carrillo Flores, quien decía: «¿cómo es posible que dependamos del Diccionario de la Academia Española y no tengamos un diccionario propio como sí lo tienen los norteamericanos, los estadounidenses, con el Diccionario Webster?». Y puntualizaría yo con el Diccionario Merriam-Webster. Cierto, era una especie de nacionalismo lingüístico, pero no dejaba de tener razón, porque en México, como sucede en toda Hispanoamérica, siempre hay cierto sentimiento de periferia respecto de la metrópoli española, y de lo que se trataba era de romper ese sentimiento aunque no de ninguna manera romper con el mundo hispánico. De modo que nuestro diccionario de entrada tenía un lado de política lingüística, y de hecho la hemos seguido conservando. Ahora que el diccionario ya está en línea, en el año de 2025 tuvimos 51 millones de consultas. En 2026 bajó a 41 millones, después veremos por qué, y eso significa que se está leyendo. En donde más se lee pues es en donde resulta más natural, en México y en Estados Unidos, por la cantidad de mexicanos que viven allí —a pesar de Trump.

Entonces el Diccionario del Español de México sí está correspondiendo a una política del español en México que resulta diferente de lo que para nuestros gobiernos históricamente ha sido el mayor interés, que son las lenguas amerindias. Es decir, el español se da por hecho que todos lo hablamos, el 96% de los mexicanos. Pero los gobiernos mexicanos no lo tematizan a causa de esta ideología indigenista que nos caracteriza y que llega a México desde mediados del siglo XVIII y la elaboran en México a mediados del siglo XVIII. Esta ideología indigenista privilegia el pasado prehispánico y olvida el pasado hispánico. Pero solamente en el discurso, porque la realidad es que las lenguas amerindias que todavía se hablan en México, y que siguen siendo muchas, fuera del discurso populista de tratar a los indios como si fueran objetos folklóricos, casi artesanías, los gobiernos no hacen nada por ellos. Y entonces uno tiene que defender, por un lado, la necesidad de una política del español, pero a la vez una política de las lenguas amerindias, porque no las podemos dejar de lado si de veras nos sentimos mexicanos. De modo que sí está, aunque no trabajo ninguna de estas lenguas. De todas maneras, pues sí me he ido enterando de ellas.

Un momento que fue importantísimo para mí fue hace unos 20 años en el estado de Chiapas, al sur de México, con frontera de Guatemala. Se conservan muchas lenguas mayas: tseltal, tsotsil, chol y tojol-ab’al, etcétera. Y me invitaron a enseñarles a escribir sus diccionarios. Lo que yo no quería era que los llevara yo a escribir un diccionario bilingüe, porque la gramática de estas lenguas es tan radicalmente diferente de la gramática del español que uno no se puede comportar con un diccionario como nos comportamos con un diccionario del inglés o del francés, en donde sí podemos tomar palabras de la otra lengua e insertarlas más o menos en una oración relativamente bien construida. En nuestras lenguas amerindias no se puede porque son de una tipología completamente distinta. Entonces, lo que sucede con los diccionarios bilingües lengua amerindia-español y español-lengua amerindia es que el diccionario de lengua amerindia-español para casi nadie es útil, precisamente por la dificultad de la lengua. Ningún mexicano hispanohablante va a ir a buscar un diccionario español-tseltal porque ni siquiera sabe cómo hablarlo. En cambio, para los tseltales, el diccionario tseltal-español para lo que sirve es para llevarlos al español, es decir, para que poco a poco abandonen su propia lengua. Y yo a eso me opuse y me opongo. De modo que lo que les propuse fue escribir diccionarios monolingües de sus propias lenguas, y allí me encontré con muchos problemas que en general la gente no ve. Quien ha viajado por el mundo indígena mexicano se da cuenta de los vestidos de las mujeres y de los hombres. Siempre los huipiles, que es la camisa que usan las mujeres, llevan unos bordados que no son, digamos, voluntarios, sino que corresponden a su pueblo. Todas las mujeres de ese pueblo llevan el mismo bordado. Los hombres, lo mismo, llevan los mismos adornos en la camisa o el sombrero, correspondientes a su pueblo, es decir, los identifica. Cuando comencé a hablar, a dar el curso acompañado por Francisco Segovia, me decían: el problema es que no nos vamos a entender porque no solamente hablamos lenguas distintas, tseltal, tsotsil, chol, sino que además hablamos dialectos diferentes. Bien, dije, pues sí, lo entiendo. De todas maneras, en nuestra conversación ustedes me van a tener que hablar en español porque yo no hablo sus lenguas, y la traducción que ustedes hagan al español va a valer para todos. Ya, bien, comenzamos a trabajar, y lo que yo les pedía era que redactaran las definiciones de su vocabulario en su propia lengua. Y llegó un momento en que me preguntaron: ¿Y cómo nos las va a revisar? En efecto, no lo puedo hacer. Entonces les propuse: miren, vamos a hacer un pacto de sinceridad. Ustedes se comprometen sinceramente a llevar sus definiciones a sus pueblos, buscar parientes, amigos, etcétera, y proponerles las definiciones como adivinanzas. Si después de que les lean la definición adivinan de qué palabra se trata, la definición está bien hecha. Si no, la tienen que rehacer. Bien, comenzaron a hacerlo. Para ellos fue una verdadera sorpresa. Yo digo que les hice una especie de psicoanálisis que ellos no se imaginaban, porque tenían que estar sacando su conocimiento de su propia lengua de una manera que nadie les había pedido, y se sintieron muy contentos. Pero claro, en el momento en que leían sus definiciones en cada una de las otras lenguas, los demás asistentes les entendían. Y eso me llamó mucho la atención. Les dije: a mí me habían dicho que sería imposible que se entendieran de lengua en lengua y de dialecto en dialecto, pero resulta que se están entendiendo. ¿Se han dado cuenta? Siempre los indios mexicanos responden con una sonrisa muy discreta. Y sí, se dieron cuenta. Entonces llegué a esta conclusión: lo que sucede es que sus dialectos para ellos son como los vestidos. Es decir, su dialecto los identifica, pero no les impide la comunicación con los otros dialectos. Saqué una conclusión, dije: si realmente queremos una política de nuestras lenguas indígenas, lo que necesitamos son varias cosas. Primero, no seguir impulsando la fragmentación dialectal, que es lo que tienden a hacer muchos lingüistas descriptivos, generalmente por influencia del Instituto Lingüístico de Verano. Entonces, claro, con esta fragmentación dialectal, la idea que se les da a sus hablantes es que realmente hablan lenguas diferentes, cuando en muchos casos no es verdad. De modo que para contrarrestar la fragmentación dialectal y lograr una comunicación más amplia entre ellos mismos, es necesario pasar a la construcción de una lengua estándar respetando las diferencias dialectales. Por ejemplo, en uno de los diccionarios me decían: no podemos elegir una forma para todos. Por supuesto, entonces pongamos todas las formas de todos los dialectos con remisiones para que se vayan entendiendo. Eso fue para mí una gran lección, ¿no? Porque sí participo bastante en las discusiones en México a propósito de la política de las lenguas amerindias, y sostengo eso, es decir, son individuos que viven el mismo tiempo que nosotros, son nuestros contemporáneos, no son reliquias del siglo XVI. Y si son estos contemporáneos, también quieren hablar de inteligencia artificial y de biología y de biónica, etcétera, ¿no?

Ha habido sí algunos intentos aislados, desgraciadamente, por ir en ese camino, en esa dirección. Por ejemplo, Enrique Hamel y un grupo de lingüistas trabajaron en unos pueblos a la orilla del Lago de Pátzcuaro que son de lengua purépecha y lograron una educación en purépecha desde el jardín de niños hasta antes de la universidad, y con el español como segunda lengua. Eso fue un verdadero éxito, pero desgraciadamente ahora son solamente intentos aislados. Eso en lo que corresponde a la política de las lenguas indígenas, que yo creo que uno tiene que seguir insistiendo y decirle al Estado mexicano: tómenlo en serio. Es un proceso que va a durar muchos años, pero que se puede hacer. Por el otro lado, en cuanto al español, pues también trato de intervenir. En México, desgraciadamente, el gobierno anterior y todavía este impusieron una reforma educativa y la parte relacionada con la lengua fue un verdadero desastre. Yo escribí un análisis de los libros que se llaman «Nuestros lenguajes» en la revista Nexos. Un desastre. Los niños no están aprendiendo a leer y escribir. Los muchachos de preparatoria, que son los años anteriores a la universidad, la mitad de ellos no entienden lo que leen. Los muchachos que salen de la escuela secundaria, 8 de cada 10 no saben lo que está leyendo. Es un desastre. Y por lo tanto uno tiene que actuar. En el Colegio Nacional, del que formo parte, pues me propuse este año dar 10 conferencias —una mensual— sobre la escritura y la educación de la lengua para tratar de proponer una manera que no es excesivamente novedosa. Yo diría que es lo que cualquiera haría, pero que permita recuperar la calidad de la educación en lengua española. Y esto va junto con el diccionario, por supuesto. Bien, esto te da más o menos un panorama.

DL: Sí, muy interesante la experiencia que contó. Yo quiero ahora llevarlo a la lengua mayoritaria, al español. Quería volver al Diccionario del Español de México, que es una de sus grandes contribuciones a la lingüística y la lexicografía del español en general y del español de México en particular. Y pedirle que haga un balance del estado del proyecto del diccionario, si tienen planes para el futuro. Eso por un lado. Y por el otro le quería también preguntar, que quizás va de la mano, cómo es el vínculo entre el Diccionario del Español de México y la política lexicográfica sobre el español de las academias y quizás de otras empresas o instituciones.

LFL: Sí, bien, con el diccionario yo sabía desde un principio que precisamente porque en Hispanoamérica, diría yo que puedo hablar de todos, sentimos que somos la periferia respecto de la metrópoli española. Nuestras propias características al hablar español se ven siempre desprestigiadas. La gente actúa siempre con miedo, siempre está preguntando: ¿esto está en la academia? ¿Lo dice la academia? Si no está en la academia, no existe. Y entonces, claro, esto produce lo que, perdón por repetirme, llamo «conciencia del desvío». Y de lo que se trata es de combatir esta conciencia. Desde un principio sabía yo que es ir cuesta arriba porque tenemos que cambiar una educación en México. Yo digo que tenemos que conquistar a los mexicanos como tratamos de conquistar a un novio o a una novia, ¿no? Convencerlos de cuál es la realidad de nuestro español. Eso lo vamos logrando poco a poco, por supuesto. No puedo decir que ya en México se reconozca por completo a nuestro Diccionario. Por ejemplo, muchos periodistas, en el momento en que buscan el significado de una palabra, lo primero que hacen es ir al Diccionario de la Academia. Pero sí, cada vez noto que hay más periodistas que consultan nuestro diccionario. Es decir, vamos caminando. La ventaja de que como es un diccionario al que se puede consultar libremente, no se cobra, mucha gente lo puede utilizar. Él entró a las escuelas públicas hace ya 12 años. Y se ve que las escuelas públicas lo están utilizando. Eso nos dio, como te decía al principio, 51 millones de consultas en 2025. Había venido creciendo el número de consultas casi logarítmicamente, pero en 2026 bajó. Y eso me preocupó. ¿A qué se debe? Digo, no puede ser que los estudiantes de pronto hayan decidido dejar de consultar el Diccionario. Me temo que es porque ahora estos programas de inteligencia artificial están saqueando a los diccionarios, de tal manera que leen definiciones del Diccionario, componen una y la ofrecen como primer resultado. Y entonces, claro, baja la consulta del diccionario. ¿Qué podemos hacer? Tenemos que convencer a la gente de no hacer eso, pero me temo que sea por ese motivo. En el Diccionario tenemos una parte que se llama «Preguntas al DEM», y ahí constantemente nos escriben. No he llevado la cuenta últimamente, pero supongamos que hemos recibido unas 1500 preguntas. Y estas preguntas son tanto de palabras que no hemos incluido, y eso nos da mucha información porque eso nos obliga a hacer la investigación y ver si las debemos incluir. Y por el otro lado, nos da información de las regiones. En cuanto a que nos dicen: en mi tierra se dice esto, y también lo tenemos que tomar en cuenta. Y a la vez les resolvemos muchas preguntas, muchas dudas, de modo que hay una buena relación con el público que nos escribe. Así que el Diccionario va caminando. Ya en este momento el uso de nuestros dos corpus del español mexicano contemporáneo prácticamente los agotamos. Y ahora más que nada estamos buscando palabras en ciertos documentos. Hay, por ejemplo, una revista que es en parte cultural y en parte turística que se llama México Desconocido. Que tiene muchísimos artículos sobre diferentes aspectos del país, sobre comida, sobre vestidos, sobre artesanías, sobre pesca, etcétera. Y de allí hemos estado obteniendo mucho vocabulario. Lo mismo, el panorama de los nombres de la flora y la fauna en México es extremadamente rico, pero en su gran mayoría es en lengua indígena. Y entonces necesitamos recuperar todos estos nombres en lengua indígena para incorporarlos al diccionario. Es un trabajo largo, pesado, porque tiene uno que buscar mucho, pero poco a poco lo vamos resolviendo. Lo que es interesante de la reacción de los mexicanos es que en donde inmediatamente se reconocen a sí mismos es en el vocabulario popular. Festejan todos nuestros artículos que tocan palabras del vocabulario popular. Festejan los chistes, festejan los refranes, etcétera. Esto también llevó a Erik Franco a hacer una recopilación de juegos verbales del español popular mexicano, que es riquísimo, con dobles sentidos, palabras chuscas, como por ejemplo «despistemología» o «piscoanálisis». Que allí sí el público mexicano se identifica inmediatamente, aprecian el diccionario por este vocabulario. En el momento que consultan palabras cultas del español, a mí me da mucho gusto porque significa que también allí estamos cumpliendo con el cometido, pero hasta ahora el Diccionario se lee de esa manera. Entramos, por lo tanto, en competencia con la Academia Mexicana de la Lengua y con la Academia Española. Ya sabemos que la Academia Española, lamentablemente, como institución, no me refiero a algunos académicos, sino como institución, sigue sintiendo que es la madre patria y nosotros la periferia, pues se considera como sí interesante, valiosa. Ya ha entrado el espíritu descriptivo en la Academia Española, pero de todas maneras eso no se refleja, por ejemplo, en el Diccionario de Americanismos. El Diccionario de Americanismos, para comenzar, no ofrece definiciones, y la definición es central para reconocer el significado de una palabra. Ofrece glosas, y la glosa es, yo digo, como un antibiótico de amplio espectro. Le pega a todo. Entonces, así son los diccionarios de americanismos. Les impusieron un cartabón a los diccionarios de americanismos, y aquí la Academia Mexicana pues se ciñe al cartabón, ¿verdad? Yo no sé muy bien el funcionamiento de la Academia Mexicana. No soy académico, nunca he querido formar parte de ella. Me da la impresión de que ahora tienen muchos jóvenes trabajando formados en el Instituto de Lexicografía de la Academia Española, y estos jóvenes no tienen muy claro qué es lo que tiene uno que hacer. Y entonces, para comenzar, saber qué es un mexicanismo cuesta mucho trabajo porque no tiene uno suficientes fuentes de comparación para estar seguros de que cierto vocablo es realmente mexicanismo. Como no sea náhuatl, otomí, en donde casi podemos estar seguros, en todos los demás no. De modo que si uno no tiene medios de comparación, difícilmente puede cumplir con el objetivo de escribir un diccionario de mexicanismo. Ahora con el último, digamos, que se curaron en salud y ahora se llama Diccionario de Mexicanismos Propios y Compartidos. Bueno, pues sí, al decir compartidos, que ya no se hace uno responsable por en dónde más se usen o incluso de dónde provengan, ¿verdad?

De manera que sí, yo soy un crítico constante del trabajo de la Academia Española y de la Academia Mexicana. Y nuestro diccionario, naturalmente, pues es su competencia. Hay otros diccionarios privados, por ejemplo, los diccionarios Larousse, que por supuesto hacen su propaganda, tienen anuncios, van a las ferias del libro, venden sus diccionarios. Y sinceramente no me he puesto a revisar alguna edición reciente del diccionario de Larousse para ver cómo trata el vocabulario usual en México. No sé si ya están tomándolo en cuenta. Entonces, pues el diccionario allí va. En este momento ya tenemos un poco más de 36.000 artículos. Ahora se hace mucho trabajo con la computadora, por un lado para actualización de nuestros sistemas, no solo la actualización de los sistemas de consulta en computadora y en teléfono celular, sino también nuestro sistema de control de la redacción. También hay un trabajo de 24 horas porque ya hemos tenido 4 o 5 hackeos y tiene uno que proteger los datos. Y poco a poco se le van haciendo mejoras. Ahora estamos a punto, yo no, sino los jóvenes de nuestro equipo de cómputo, a punto de ponerle un conjugador automático que ayude a la comprensión del Diccionario. Y lo mismo, vamos a integrar los resultados de este trabajo de Erik Franco sobre juegos verbales, de manera que el Diccionario poco a poco vaya dando una mayor información a propósito de lo que es el español mexicano. Yo creo que a mí ya me quedarán pocos años en el Diccionario, no porque esté yo enfermo, sino porque todos tenemos fecha de caducidad y la mía ya debe estar más o menos cercana. De modo que el Colegio de México nos apoya mucho. Hay algo que vale la pena decir: el Diccionario no es caro. Lo que cuesta pues es el edificio, las máquinas, etcétera, y nuestros salarios que no son muy altos, de manera que no es un trabajo caro, es un trabajo sí de paciencia, de perseverancia y ante todo de pasión. Me da, me ha dado mucho gusto, por ejemplo, con nuestros dos computólogos que venían del ámbito uno de la administración y otro del ámbito académico, que comenzaron a trabajar en el diccionario y ahora lo confiesan, dicen: «Es que me apasiona esto». Y eso es central para escribir un diccionario, de otra manera debe ser espantoso. Entonces yo creo que ellos continuarán, el Colegio de México los va a seguir apoyando y ellos continuarán seguramente haciéndole modificaciones. Digamos que lo que yo he hecho para el Diccionario no es la Biblia. Entonces le seguirán haciendo modificaciones y el Diccionario llevará su propio camino.

Hay un tema que todavía no sé cómo resolver, porque el Diccionario en este momento cubre el español mexicano de 1921 a la fecha. Es decir, cuatro generaciones se comunican con él. Hacer un nuevo corpus en este momento sería demasiado pronto porque el último lo terminamos en 2018. No sé qué podemos hacer. Si hacer por completo un nuevo diccionario, vamos a decir, en el año 2035 y dejar a este ya como una especie de diccionario histórico, o seguir escribiendo a la manera de don Ramón Menéndez Pidal el Diccionario Tesoro Español de México. No sé qué se puede hacer.

Otro de los proyectos que acariciamos es ahora mirar hacia atrás y mirar al español mexicano del siglo XIX. En los próximos días vamos a proponer, con la ayuda de nuestro Ministerio de Ciencia, un corpus de toda la literatura y la prensa mexicana del siglo XIX, entre más o menos 1805, que es cuando aparecen las obras de Fernández de Lizardi. Fernández de Lizardi viene siendo un novohispano que de pronto es mexicano. De Fernández de Lizardi hasta el XX es cuando comienza nuestra instrucción. Claro, un diccionario del XIX plantea otras cuestiones porque para el diccionario del XX nuestra competencia sirve, es decir, es una lengua que conocemos, que es la que hablamos. Para el XIX ya no tenemos tal competencia, allí tendremos que actuar filológicamente. Con muchísimas sorpresas, y por lo tanto necesitamos otro tipo de formación, una formación más filológica. Yo deseo de veras todavía tener muchos años para dedicarme a eso, porque debe ser una maravilla, pero es algo que apenas vamos a comenzar. No sé qué le parece.

DL: Tuve la suerte el año pasado de asistir a dos reuniones del equipo del Diccionario del Español de México en el Colegio de México gracias a una beca de la Universidad de Buenos Aires, una estancia de investigación, y vi cómo trabajan, cómo son las exposiciones de cada una de las personas que forma parte del equipo, la dinámica que tienen. Realmente para mí fue una experiencia muy interesante, los admiro y los felicito por ese trabajo. Siempre quise ver cómo se trabajaba, cómo era la cocina del Diccionario del Español de México. Hablando de lexicografía, quería preguntarle, pedirle su opinión sobre esto: en el número 3 del Anuario de Glotopolítica, el profesor José del Valle lleva adelante un diálogo, como el que estamos teniendo nosotros, con Klaus Zimmermann, que habla muy bien de usted, de su persona, de su trabajo en una parte de la entrevista, y dice que «Luis Fernando Lara hace glotopolítica lexicográfica». Yo me acuerdo además que usted dio la conferencia de clausura en el 2do. Congreso Latinoamericano de Glotopolítica en Bogotá en el Instituto Caro y Cuervo hace 10 años, y también participó en algún libro colectivo sobre el que se discutían algunos conceptos como la ideología lingüística. Entonces le quiero preguntar, le quiero pedir su opinión sobre la glotopolítica: ¿Cómo se lleva usted con esa etiqueta, con esa denominación?

LFL: Bueno, evidentemente tal denominación es una manera de hablar de políticas del lenguaje, pero una manera más sintética. No tengo nada en contra de ella. Sí le agradezco a Klaus Zimmermann que hable bien de mí, pero es por amistad. Y digamos, para yo seguir colaborando en esta dirección, tendría que idear otras formas de participar en las políticas de lenguaje. Por el momento, como te decía, mis intereses están en la política de la lengua española e influir en el gobierno mexicano para modificar la enseñanza, la educación de la lengua, influir de la mejor manera posible, y por el otro lado también tratar de influir en las políticas hacia nuestras lenguas amerindias. Esos son mis dos principales intereses. Un poco marginalmente, y más que nada arrastrado por alguien que fue primero alumno mío, y ahora se ha convertido en un gran especialista en lengua de señas mexicana, pues he tratado también de colaborar en el impulso al uso de la lengua de señas para personas que son sordas congénitas. Con él, que se llama Boris Fridman, hace varios años asistimos a la Cámara de Diputados de México para pedir que le dieran a la lengua de señas el mismo reconocimiento que se le da a las lenguas amerindias, lo cual logró Mauricio, y eso ha permitido que la lengua de señas vaya avanzando y sobre todo ya se trate con respeto. Durante mucho tiempo la gente pensaba que, para comenzar, se trata de sordomudos. En la mayor parte de los casos no son sordos. Y por el otro lado piensan que son meras gesticulaciones. Con él una vez organizamos una conferencia en donde asistió un médico a decir eso, y recuerdo que los sordos le respondieron en lengua de señas hablando de una manera absolutamente normal en lengua de señas. Su discurso era clarísimo. De manera que eso también me ha interesado y en la medida de mis posibilidades lo apoyo. Hace, pues sí, ya unos 8 años, un ministro de la Suprema Corte de Justicia de México me propuso tratar de hacer una especie de diccionario del vocabulario jurídico mínimo en lengua de señas, para que se pudieran defender en lengua de señas. El trabajo lo hizo Boris Fridman, lo tiene en la Suprema Corte de Justicia, pero no sé cuánto lo usen. De modo que si a mí me piden que haga yo algo en el ámbito de las lenguas, lo hago. En la medida de mis conocimientos y de mis posibilidades, por supuesto.

DL: Muy bien, hablando un poquito sobre esto, hace un ratito usted habló de una lingüística socialmente responsable y le pregunto en esa dirección: ¿cuáles son los temas actuales en México, en la región, en América Latina, quizás también a nivel global para una agenda socialmente responsable de la lingüística?

LFL: Primero, lo que se refiere a los planes de estudio. Ciertamente, si uno quiere ser un buen lingüista necesita tener una formación muy sólida en descripción de la lengua, una buena formación en fonética, en fonología, en morfología, en sintaxis, en semántica. Eso es absolutamente indispensable. Pero a partir de allí, ser responsable lingüísticamente significa tratar los temas que son necesarios para la sociedad. Uno de ellos es el de la educación, por supuesto. Otro tema es el caso, por ejemplo, de la lingüística forense. La lingüística forense, en donde pueden, a partir del conocimiento de las variaciones de pronunciación de los diferentes dialectos del español de México, poder detectar cuándo un individuo es un narcotraficante de Sinaloa o cuando es un narcotraficante michoacano. Los dialectos los podemos reconocer gracias a nuestra formación fonética y al Atlas Lingüístico de México. Entonces yo creo que la lingüística forense es un caso de una lingüística socialmente responsable. Lo mismo en lo que se refiere al reconocimiento de patrones de escritura, que es algo que se ha ensayado sobre todo para datar obras literarias. Ese es un aspecto. Después, por ejemplo, no me gusta mucho lo que ahora hacen muchos estudiantes solo para estar de moda, que es, por ejemplo, términos de cortesía en otomí. Si ya contáramos con una buena gramática del otomí, valdría la pena hablar ahora de términos de cortesía, pero si no contamos con una buena gramática del otomí, lo primero que tenemos que hacer es eso. Si para el náhuatl, que es la lengua más extendida en el centro de México, hay muchos estudios, pues lo primero que tendremos que hacer es recopilarlos todos y tratar de elaborar una buena gramática del náhuatl moderno. Y eso es ser responsable, pero no desperdiciar el trabajo en pequeños estudios que van…

(Se oye mucho ruido porque está llegando un helicóptero aquí con los vecinos de Televisión Azteca, y el dueño llega siempre a estas horas. Perdón por eso.)

Entonces, porque aquí tenemos un dicho: ¿para qué quemar la pólvora en infiernitos? Klaus Zimmermann y yo una vez escribimos un artículo diciendo que para un lingüista México es un paraíso porque tiene muchas lenguas de diferentes tipos que vale la pena estudiar. Bien, entonces concentrémonos en estudiar lengua por lengua por completo y luego proceder a los programas de recuperación de la lengua de educación de la lengua, como te decía yo hace rato, porque se trata de personas que son nuestros contemporáneos, no son reliquias.

DL: ¿Y qué opina, profesor, de la influencia del inglés? Ustedes que están tan cerca de Estados Unidos, el tema del inglés como lengua de la ciencia, que ha escrito sobre el tema.

LFL: Esa cercanía con Estados Unidos no es la determinante. Lo determinante es la presencia del inglés en el resto del mundo, la presencia de todo el vocabulario de las redes sociales en el resto del mundo. En cuanto a la ciencia, es un tema que a mí me preocupa mucho. También he escrito sobre eso, y es que nosotros como lingüistas sabemos que en el momento en que una lengua pierde funcionalidad para cierto tipo de discurso, se queda al margen del discurso. Entonces, si el discurso se hace exclusivamente en inglés, claro que todos podemos hablar inglés, sin duda, pero rompemos la comunicación entre la sociedad y los científicos, y eso es algo que yo trato de combatir. Es muy difícil, lo reconozco, porque necesito convencer a nuestros científicos de que trabajen doble, de que escriban sus textos en inglés para conferencias internacionales y hagan una versión en español para el mundo hispánico. También en eso he hecho varias propuestas. Una es, por ejemplo, organizar congresos científicos interhispánicos en donde participen científicos de todo el mundo hispánico hablando español. El otro punto es, además de convencer a los científicos, por supuesto trabajar el vocabulario científico.

Hace también muchísimos años en el Ministerio de Educación estaban construyendo una mínima computadorcita para las escuelas. Finalmente eso no tuvo éxito y necesitaban un manual del vocabulario de la computadora. Uno de los vocablos del manual era la palabra interfaz. Que mucha gente dice interface. Entonces yo le pregunté a los técnicos y lo que hacían era no definírmela, sino decirme para qué servía. Estaba yo discutiendo con ellos cuando pasó por allí un técnico estadounidense que era el que los formaba. Y le pregunté, y él me dio la explicación de qué quería decir interfaz. Entonces esa definición la hice gracias a este técnico estadounidense, pero, claro, la compuse en español y es algo que podemos hacer, diría yo, que con bastante facilidad. Por ejemplo, he criticado mucho que el principio de Heisenberg, que se llama Unbestimmtheit en alemán, al español lo hayan traducido como incertidumbre. ¿Por qué? Porque la incertidumbre en español tiene un matiz de carácter moral, mientras que la indeterminación no, y lo que quiere decir Heisenberg es indeterminación. De tal manera que uno tiene que operar con mucho cuidado en este vocabulario científico, en el momento en que lo pasa al español con el objeto de aprovechar la riqueza creativa que tiene el español de una manera paralela a lo que dice el término científico no solo en inglés, en francés o en alemán, etc.

Eso es algo que también me ha interesado mucho y para lo cual he tratado de trabajar. Y en fin, creo que es una pelea que tenemos que dar por mucho tiempo y tratar de llevar con nosotros a todos nuestros científicos, que los hay. Hace cuatro días asistí a una recepción en la embajada de Alemania y estaba allí un sociólogo judío que está trabajando en México, y decía: es que lo que cuesta trabajo entender es por qué al sur lo estudia el norte y en cambio el sur no estudia al norte. Es verdad, es verdad, ¿por qué no hemos nosotros de estudiar al norte? Tenemos otras perspectivas. Y podemos ampliar el panorama en vez de seguir pensando que todo nos lo va a dar el norte. Eso creo que también es glotopolítica.

DL: Exactamente, sí, sí, sí. Bueno, para ir cerrando le quería preguntar, además de seguir con el desarrollo del Diccionario del Español de México y el tema de las lenguas amerindias, si tiene algún otro plan vinculado con la lingüística, algún tema que haya quedado pendiente y que le interesa trabajar de acá en adelante.

LFL: Por ahora, este año, como me comprometí con estas conferencias sobre educación de la lengua, pues he estado dedicado, aparte del Diccionario, a esto, porque tengo que preparar con mucho cuidado mis conferencias. La gente piensa que el hecho de que en el Colegio Nacional se trate de difundir para un público al que no se le exigen ni formación previa ni nada, puede uno tratarlos con trivialidad. Yo digo que no, tenemos que comportarnos seriamente con ellos y poner a su alcance conocimiento que compartimos en el ámbito académico-científico. Entonces me lleva tiempo. Sí pienso a finales de año, cuando las termine, preparar un libro con estas conferencias. Ya tenía yo comenzado, pero lo tuve que interrumpir, una historia mínima de las lenguas romances. He venido haciendo una historia mínima de la lengua española, hice una historia mínima del español de México, di un curso sobre historia del español en América, pero eso no lo quiero publicar porque me hace falta mucho conocimiento de los estudios que se hacen en Argentina, en Chile, en Perú, en Uruguay, etcétera. El día que logre yo hacerme de un conocimiento suficiente de estudios, entonces preparo un libro, pero no antes, me parecería una falta de respeto. Y en cambio, una historia mínima de las lenguas romances la puedo conservar en un nivel bastante general, en parte también acudiendo a las posibilidades de intercomunicación entre las lenguas romances, que es algo que también me parece muy interesante. Y eso lo terminé, pero necesito terminar de revisarlo para poderlo publicar. Por ahora no me quiero comprometer a otras investigaciones. El corpus del español mexicano del siglo XIX, mientras se esté digitalizando, yo no tengo que intervenir, sino que más bien intervendré en el momento de ver los resultados, de modo que eso no me va a llevar mucho tiempo. En fin, si tuviera yo muchos años por delante, emprendería otros estudios. Me está interesando mucho el español de la península de Yucatán, que sigue siendo un territorio muy claramente bilingüe. Y que no se ha estudiado lo suficiente. No se ha estudiado cómo se expandió el español en la península de Yucatán, cómo es ahora la influencia del maya en el español de toda la península. Es un tema que me interesa mucho, pero en fin, tampoco puedo abarcarlos todos. Sería una gran contribución el libro sobre las lenguas romances para quienes dictamos historia de la lengua en la universidad.

DL: Ya me respondió otra de las preguntas que yo tenía pensada, vinculado con la comunicación pública de la ciencia. Me parece que sus conferencias en el Colegio Nacional apuntan a esa difusión y a un público amplio, que es un trabajo que las universidades últimamente nos lo están demandando y que hay que prepararse, ¿no? Como usted bien dice, no es fácil porque hay que acudir al público en general. Yo a veces veo sus conferencias grabadas y veo las preguntas que le hace el público que muchas veces son muy amplias.

LFL: Sí, eso es lo atractivo del Colegio Nacional. Es una especie de reto, pero a la vez uno queda muy agradecido con ellos porque lo toman a uno en serio. Sus preguntas son sinceras, muchas veces son preguntas de mera ignorancia y las puede uno responder. Hay preguntas más elaboradas, o por ejemplo preguntas muy ideológicas en donde uno tiene que responder con el mismo respeto, ¿no? Pero para mí, desde que ingresé al Colegio Nacional, eso ha sido una experiencia, hablar con esa clase de público, y en efecto uno tiene que prepararse. También uno tiene que tomarlos absolutamente en serio. Y no darles migajas.

DL: Bueno, muchas gracias, profesor Lara, por este diálogo. ¿Quiere cerrar con alguna reflexión? ¿Quiere decir algo?

LFL: Yo creo que ya abusé demasiado de ustedes. Espero que me disculpen si hice algunas digresiones, si de pronto hablé demasiado mexicano.

DL: Todo fue muy interesante. Así que un agradecimiento por esta participación, que pronto saldrá publicada entonces, como dijimos, en el número 7 del Anuario de Glotopolítica. Muchas gracias.

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