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La falacia de la Lengua propia

La Tribuna de Cartajena

Una de las excusas más prodigadas por los nacionalistas, aunque se vistan de izquierdas, para imponer la lengua de su territorio, es llamarla “propia”, como si la propiedad de las lenguas la ejercieran las hectáreas y no fuera de las personas. Cada uno de los ciudadanos tiene como lengua matriz la llamada lengua materna que es la propia de esas personas. Luego, o paralelamente, puede ir adquiriendo nuevas lenguas que se incorporan al bagaje de lenguas propias de ese individuo. Pero siempre hay una lengua que es más propia que las otras, aquella que ha recibido en el seno de la familia y que forma parte del legado cultural de su entorno próximo. Una persona puede ser el más catalán del mundo y tener como lengua propia otra distinta de la lengua oficial de su comunidad autónoma, y por eso no ser menos catalán que sus convecinos. Lo mismo un vasco, o gallego, o valenciano o balear. Por eso que la lengua propia es una falacia mitológica más de los secesionismos, que esgrimen como excusa para la diferenciación y para trazar fronteras artificiales.

La lengua propia de las comunidades lingüísticas es aquella que se habla en las relaciones cotidianas, que no tiene por qué coincidir necesariamente con la oficial de esa comunidad. Es el caso del País Vasco, cuya lengua de comunicación habitual más generalizada con diferencia sobre la oficial de esa comunidad es la española o castellano.

¿Y cómo se sabe eso? Pues una forma de indagarlo es la estadística de las relaciones administrativas de los ciudadanos con las instituciones. En su día, a demanda de un grupo parlamentario, se trasladaron por el Gobierno Vasco a la Cámara Vasca los datos de solicitudes y documentos emitidos por los ciudadanos en relación a las administraciones públicas, por ejemplo para el pago de impuestos. En ningún caso llegaba al dígito porcentual el número de actos administrativos emitidos en “batua”, es decir en la lengua de laboratorio del País Vasco. Después de aquella información no se ha vuelto a saber nada, lo que quiere decir que guardan celosamente la realidad de esa estadística, que es reveladora.

Recientemente un diario del País Vasco informó sobre el número de personas que realizaron el examen teórico para la obtención del carné de conducir. De las aproximadamente 22.000 personas que concurrieron solamente el 2 %, es decir unas 450 personas, lo realizaron en vascuence. Por provincias, en Guipúzcoa, de 6.157 examinandos solamente 243 lo hicieron en euskera, un 4 %; en Vizcaya de 11.129 lo hicieron 124, lo que es el 0,9 %; y en Álava de 4.080 cumplimentaron el examen en euskera solamente 60, lo que representa el 0,68 %.

Hay que tener en cuenta que de forma abrumadoramente mayoritaria las personas que sacan el carné de conducir son jóvenes, lo que significa que han cursado sus estudios en modelos de inmersión, lo que hace más relevante el dato de la ausencia de uso social y de la artificialidad de argumento de la demanda social del euskera. Lo que prueba que este idioma se estudia por obligación no por devoción.

Curiosamente, y para ver la evidencia de esta constatación, por parte de diferentes ayuntamientos, se ha estado subvencionando a quienes intentaran sacarse el carné de conducir en euskera, con una cuantía que podía llegar a los 400 euros. (http://www.blogdelaautoescuela.com/blog/sacar-el-permiso-de-conducir-en-euskera-tiene-premio/) Lo que revela la preocupación de los nacionalistas porque la población da a la espalda a las imposiciones totalitarias. Lo cual da un reflejo de esta barbaridad que estamos pagando de nuestros bolsillos todos los ciudadanos españoles, pues con el dinero del Cupo vasco se financian estos lujos asiáticos para crear barreras de comunicación, chiringuitos y dificultades de muchos jóvenes para acceder a puestos de trabajo en las administraciones públicas. Y no digamos barreras artificiales para la movilidad de personas y trabajadores entre los diferentes territorios del Estado español.

Esa es la realidad. Con la anuencia de partidos como el Socialista, Podemos, PP, Ciudadanos y demás caterva nacionalista nos venden la impresión de que hay un patrimonio cultural perfectamente arraigado en la población y que sirve de requisito indispensable para acceder a puestos de trabajo o para lograr subvenciones, bienes culturales, y demás efectos logrados con el esfuerzo de los impuestos de todos los ciudadanos, de los que una parte no insignificante siempre se ve excluida. Y no es verdad. Nos cuentan cuentos. Nos dicen que el rey va vestido y va desnudo. Esa es la verdad. Y es de justicia defender la verdad, no los camelos al uso.

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