Noticias

Un libro de estilo

¿Cuántas veces nos hemos enfrentado a un texto del mundo jurídico y, luego de leerlo reiteradamente, no hemos podido dilucidar el mensaje?

Los Andes

Que las palabras han cambiado a lo largo de su historia no constituye ninguna novedad; el cambio se ha operado a nivel fonético, en su grafía, en su morfología y, también, en sus valores semánticos. Cuando en nuestro título de hoy hablamos de estilo, ¿qué queremos significar? Si nos vamos al origen de la palabra, lo encontramos en el vocablo latino “stilus”, que era el punzón para escribir sobre una tabla encerada. Como es lógico, la presión impresa por ese punzón en material maleable dejaba una marca determinada en la cera y es por ello que ‘estilo’ pasó a significar, además, “modo de escribir”. De aquel sentido latente en su etimología, se derivan las múltiples acepciones de hoy: “modo, forma de comportamiento”, como en “Posee un estilo muy desagradable”; también, “uso, costumbre”, como en “No pasa jamás de moda: es de estilo clásico”. Llevado a la literatura, el estilo es la “manera de escribir o de hablar peculiar de un escritor o de un orador”: “estilo ciceroniano”. En las artes plásticas y en la música, el ‘estilo’ es el carácter propio que da a sus obras un autor: “estilo Mozart”. Si ampliamos la extensión del vocablo, ‘estilo’ se denomina al “conjunto de características que identifican la tendencia artística de una época, de un género o de un autor”: “estilo barroco”. De una persona o de una cosa, se dice que posee ‘estilo’ cuando evidencia gusto, elegancia o distinción: “Impresiona bien pues se mueve con estilo”.

En febrero de 2017, la Real Academia Española y el Consejo General del Poder Judicial de España, dan a conocer la obra El libro de estilo de la Justicia, dirigido por Santiago Muñoz Machado. Y ahí nos encontramos con el término ‘estilo’, llevado a las obras jurídicas. Leemos en el prólogo de esta obra: “La producción jurídica en España es monumental. Si reparamos solo en la actividad llevada a cabo en sede judicial, la cifra de 1.558.703 sentencias dictadas por los jueces y tribunales en el año 2015 ilustra por sí misma la trascendencia de disponer de unas pautas que faciliten al ciudadano su comprensión, dado que, a diferencia de un escritor de ficción, el jurista no trabaja con personajes, sino que lo hace con personas, estando obligado a huir de imprecisiones, sobrentendidos o ambigüedades. Una sociedad avanzada, capaz de generar tan ingente cantidad de documentación, debe saber garantizar, al mismo tiempo, una comunicación fluida con el consumidor de la justicia”.

¡Cuántas veces hemos tenido que enfrentarnos a un texto proveniente del mundo jurídico y, luego de leerlo reiteradamente, no hemos podido dilucidar el mensaje encerrado en él! ¿Cuál es la causa? El motivo fundamental se encuentra en la ausencia de la sencillez en el decir. Así, en el libro mencionado, encontramos sintetizados los principales rasgos de estilo, que caracterizan el lenguaje jurídico y que lo tornan “desordenado y de difícil legibilidad” : el primero es la abundancia innecesaria de términos derivados, mediante la adición de sufijos, a palabras simples que pueden perfectamente expresar un contenido; así, leemos ‘recepcionar’ en lugar de ‘recibir’; ‘basamentar’ por ‘basar’; ‘obstruccionamiento’ por ‘obstrucción’; ‘concretizar’ por ‘concretar’, para mencionar algunos ejemplos.

Otro rasgo es la redacción en párrafos largos y complejos, formados por una maraña de oraciones coordinadas y subordinadas; según nos dice este libro, su estilo culto “puede resultar distante y frío a causa de tecnicismos y latinismos, así como por su compleja sintaxis”. Optan por una prosa conservadora y arcaizante, que se manifiesta en su léxico, en sus expresiones estereotipadas y en formas verbales obsoletas, como los futuros del subjuntivo”, (aquellos de la eventualidad, como “el que infringiere… ” o “si hubieren violado la ley”). Un rasgo que llama la atención es la abundancia de construcciones reiterativas con carácter enfático, tales como “debo condenar y condeno”, “es nuestro deber notificar y notificamos”; también, la acumulación de expresiones sinonímicas, como “serán nulos y carecerán de validez”.

En cuanto al léxico, hay una preferencia por el uso de eufemismos, esto es, de términos que atenúan o mejoran la carga negativa de expresiones desagradables en el mundo en que vivimos; de ese modo, la ‘recesión’ se nombra como ‘crecimiento negativo’, los ‘pobres’ serán los ‘desfavorecidos’, la ‘privatización’ será la ‘tercerización’ o la ‘externalización’; del mismo modo, se acude a los circunloquios verbales cuando se podría usar el verbo simple que tornaría más sencilla la comunicación: ‘dar la vuelta’ por ‘volver’; ‘dar razones’ por ‘aducir’; ‘dar explicaciones’ por ‘explicar’; ‘hacer entrega’ por ‘entregar’; ‘hacer una demanda’ por ‘demandar’; ‘hacer una pregunta’ por ‘preguntar’; ‘poner atención’ por ‘atender’; ‘poner un anuncio’ por ‘anunciar’; ‘poner impedimentos’ por ‘impedir’. Otras veces, esos verbos de apoyo, transformados en verdaderos comodines, podrían ser sustituidos por otros más precisos, que enriquecerían el estilo y la calidad de la prosa jurídica: ‘dar argumentos’ debería ser ‘esgrimir argumentos’; ‘dar explicaciones’, sería ‘brindar o proporcionar explicaciones’; ‘hacer una imprudencia’ daría ‘cometer una imprudencia’; ‘hacer un homenaje’ se sustituiría por ‘rendir un homenaje’ y ‘tener efecto’, por ‘surtir efecto’.

Otro rasgo de estilo que vuelve pesado el estilo jurídico son las redundancias o combinaciones de dos o más palabras en las que el significado de una de ellas está incluido en el de la otra u otras. Según esta obra de estilo, estas redundancias proporcionan una sensación de insistencia que genera agobio estilístico. Algunos ejemplos citados son ‘autopsia de un cadáver’, cuando es suficiente con decir ‘autopsia’; ‘total unanimidad’ en lugar de ‘unanimidad’; ‘hipotético supuesto’ en vez de ‘supuesto o suposición’; ‘protagonista principal’ por ‘protagonista’; ‘utopía inalcanzable’ por ‘utopía’.

Para cerrar en apretada síntesis los rasgos que vuelven pesada la lectura de un texto jurídico, están el uso del grupo nominal ‘el mismo’ y sus variantes, la excesiva utilización del gerundio, en usos muchas veces erróneos, y el abuso de nominalizaciones, temas a los que nos dedicaremos en próximas notas.

Por María del Rosario Ramallo – Profesora y licenciada en Letras

0 comments on “Un libro de estilo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: