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El idioma del charnego

Lo que el visitante percibe como imposición lingüística, casi no lo nota quien vive en Cataluña. El catalán es el idioma de los que mandan; el castellano, el de los humildes, por lo que el sueño de la mayor parte de los castellanohablantes es integrarse.

Heraldo

Si hay algo en la Cataluña actual que irrite a los visitantes del resto de España es, probablemente, la política lingüística que siguen las autoridades regionales y la mayor parte de las locales. Porque, a pesar de que según la ley existen dos idiomas oficiales, catalán y castellano, en la práctica todos los nombres de calles e indicaciones, y la mayoría de los formularios o páginas web, están solo en catalán. Lo curioso es que los castellanohablantes son una clara mayoría de la población (más del 50%, frente a menos de un tercio de catalanohablantes nativos), así que, si ellos quisieran, la política lingüística tendría que ser muy distinta. Sin embargo, parece que la mayor parte de los llamados ‘charnegos’ acepta la situación sin mayores problemas.

 

Hay motivos para ello. El primero es el prestigio social y cultural de cada idioma. Ya sabemos que la influencia mundial del castellano y su capacidad para servir como medio de comunicación global son incomparablemente superiores a las del catalán. Y somos conscientes también de que el castellano ha producido, y produce, una literatura de calidad mucho más alta. Con todos los respetos, no son lo mismo Mario Vargas Llosa, Javier Marías o Antonio Muñoz Molina que Quim Monzó o Sergi Pàmies, apreciables autores catalanes contemporáneos que ojalá se leyeran más en el resto de España. Con todo, sobre el terreno las cosas se ven de otra manera. En Cataluña, el catalán es el idioma de los que mandan (de los que siempre han mandado, por cierto), mientras que el castellano lo es de los humildes. De las criadas y de los camareros. Del Pijoaparte y de Makinavaja. El ‘idioma del peó’, como decía una canción de Serrat en 1970. Así que el sueño de la mayor parte de los castellanohablantes es integrarse, ser aceptado, convertirse en ‘uno de ellos’. Para conseguirlo, el nombre de pila (Marc, Laia, Ferran, Núria) es el primer plazo a pagar y la inmersión lingüística, el segundo.

Un segundo motivo es que lo que el visitante percibe como imposición lingüística el que vive allí casi no lo nota. El castellanohablante de primera generación, ese señor o señora que llegó de Granada, Murcia o Teruel, sigue viviendo en castellano. Su vida social se desarrolla, en general, en nuestra lengua común y apenas tiene necesidad de emplear otro idioma en el día a día. Lee ‘El Periódico de Catalunya’ (edición castellana, mucho más popular que la catalana) y, si es futbolero, ‘El Mundo Deportivo’ y ‘Sport’ (ambos periódicos utilizan el castellano para expresar su pasión culé). Y por la noche ve las mismas cadenas de televisión que vemos en Zaragoza, los mismos concursos, las mismas series, la misma telebasura (según datos oficiales, la audiencia conjunta de todas las televisiones en catalán no llega al 20%). La segunda generación, ya educada íntegramente en catalán, es completamente bilingüe (al menos, ‘a nivel usuario’) y se siente tan a gusto (o a disgusto) utilizando un idioma como el otro.

La tercera razón la constituyen, sin duda, las importantes ventajas que la imposición del catalán reporta a todos los catalanes, incluidos los de lengua materna castellana. A efectos prácticos, supone que ellos (y ellas, claro) tienen acceso prioritario a los puestos de trabajo cualificados que ofrece el Principado, ya que es cada vez más frecuente que se exija en las oposiciones un buen nivel en la lengua local.

Algo parecido ocurre con el acceso a la Universidad. A causa de la progresiva catalanización del funcionamiento de la enseñanza superior, los estudiantes de fuera tienen menos interés por los estudios universitarios catalanes, lo que supone una ventaja considerable para los de dentro. En 2017, para el acceso al muy competitivo grado de Medicina cuatro universidades públicas catalanas estaban entre las cinco con nota de corte más baja, y ninguna entre las diez con notas de corte más elevadas.

Todo ello no tendría que ser, en principio, ni bueno ni malo. Hace 150 años la lengua de la calle en Cataluña era el catalán, mientras que el castellano (¿por qué no llamamos español a una lengua que es tan aragonesa o murciana como castellana?) era la lengua culta. Hoy, el castellano es la lengua de la calle y el catalán ha pasado a ser la lengua culta. Nuevas circunstancias, nuevos condicionantes, nuevas reglas del juego a las que tenemos que ir adaptándonos. Con buena voluntad. Sin olvidarnos de que en democracia, además de libertad y de igualdad debe haber también mucha fraternidad. Y que podemos mirarnos como hermanos aunque hablemos en distintas lenguas. O aunque, según la ocasión, optemos por una lengua o por otra. Porque, como decía un libro catalán de hace unos años, ‘Triar no és trair’ (elegir no es traicionar).

 

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