Discusión

La política de la incomodidad

Notas sobre gramática y lenguaje inclusivo

JOSÉ DEL VALLE

 

El lenguaje inclusivo y “el sistema”
La defensa pública del lenguaje inclusivo es una de entre las muchas estrategias del movimiento feminista en la lucha contra formas de organización social que privilegian al hombre. El feminismo es un movimiento internamente poliédrico que además progresa en relación dinámica —cómplice y conflictiva— con otras causas en las que grupos sociales marginados —por la supremacía blanca, la heteronormatividad o el clasismo, por ejemplo— pretenden convertirse en actores políticos. Todas estas luchas, a su vez, se inscriben en procesos históricos asociados al reparto de recursos y la organización del trabajo. Dada su relevancia en múltiples dimensiones del cambio social, es imperativo no limitar la discusión sobre el lenguaje inclusivo a consideraciones superficiales: ¿respetan o no las innovaciones la matriz gramatical del idioma? ¿Triunfará o no tal o cual forma? Es necesario mantener vivo el fuego de una reflexión glotopolítica para evitar la frivolización de fenómenos lingüísticos que son de hecho elementos integrales de los procesos de emancipación.

La sociolingüística —una de las disciplinas dedicadas al estudio sistemático de la comunicación humana— afirma que el lenguaje es una práctica social. Las relaciones sociales se conciben como un tejido en constante transformación armado con distintos modelos y gradaciones de conflicto y cooperación, y se presume que los seres humanos actuamos siempre en relación con otros buscando crear armonías y disonancias, sincronizaciones y contrapuntos que nos posicionen ante el resto. Es cierto que al hacer sociolingüística se está estudiando, en último término, cómo y porqué ciertos movimientos del cuerpo se convierten en lenguaje: pensemos en la coordinada acción del diafragma, las cuerdas vocales, la lengua y los labios para producir la oralidad; o la coreografía gestual que constituye las lenguas de señas; o la danza de los dedos, que resulta en la escritura, en contacto con el lápiz y el papel, con el teclado o, más frecuentemente, con la pantalla de cristal de la tableta. Pero la sociolingüística pone de manifiesto el hecho de que estos movimientos del cuerpo —generadores de sustancia fónica, gestual o gráfica— adquieren forma gramatical —es decir, se convierten en lenguaje— solo ante la respuesta de otros cuerpos, es decir, en virtud de su condición social, como elemento constitutivo de los procesos que articulan las relaciones humanas.

Así concebida, la gramática no es producto de una razón autónoma; ninguna forma gramatical es como es porque la gramática misma así lo exija; ningún registro de regularidades verbales puede justificar su autoridad o validez en base a reglas que se pretendan ajenas a la praxis social, a las condiciones materiales concretas en las que se habla, reproduciendo o transgrediendo los patrones heredados. Es la vida social la que ha construido las regularidades del lenguaje, la que las ha elevado a la condición de norma cuando, por medio de distintos mecanismos —libros de gramática, diccionarios, manuales de uso, cánones literarios—, ha generado modelos lingüísticos impregnados de moralidad, asociados a identidades sociales deseables o indeseables (“quien habla así es una persona culta”, “quien habla asá es ignorante, quien pronuncia así es marica, etcétera).

Ahora bien, no somos prisioneros de la costumbre. En la medida en que la norma se constituye socialmente —recordemos, entre dinámicas tanto conflictivas como cooperativas—, es permanentemente susceptible de ser incumplida, reinterpretada y alterada. Y es en esta pugna entre normas —potencial pero fundamental— donde reside la condición política del lenguaje. Hablar, señar o escribir es necesariamente posicionarse en —y en relación con— un universo social, barajar identidades, cumplir o incumplir patrones de acción social en virtud de los cuales se legitima o deslegitima nuestra pertenencia a un grupo. Por ello, desde una perspectiva glotopolítica, el incumplimiento o alteración de la norma no se explica como ignorancia gramatical sino como visibilización de una posición social y como potencial construcción y manifestación de sujetos políticos. Esos momentos de transgresión lingüística, en definitiva, son los que destapan la condición política —socialmente situada y ligada a intereses concretos— de la norma transgredida y desenmascaran a la ideología política que, tras el velo de naturalidad con que cubre la norma que custodia, se beneficia de su reproducción acrítica.

Pongamos por caso la regla que, en español, construye compuestos del tipo portavoz, recogepelotas o chupatintas. Parecieran ser producto de un proceso que une un verbo (portar, recoger, chupar) con un sustantivo (voz, pelotas, tintas). Y parecieran también no tener un género gramatical cerrado pudiendo así adquirir el género que le asigne el modificador que los preceda: el o la portavoz, el o la recogepelotas, el o la chupatintas. Ahora bien, es imprescindible entender que esta regla surge históricamente y se reproduce en un complejo escenario de interacciones verbales y de producción de modelos de uso apropiado del lenguaje. La regla es también una norma, y no es producto de una racionalidad gramatical que exista afuera de ese complejo escenario social, sino de una normatividad gramatical creada precisamente en ese escenario.

“al existir una norma alternativa, el simple acto de hablar deja de ser tan simple pues ahora se sabe que quien habla escoge y al hacerlo se posiciona política y éticamente”

Decir la portavoza y el portavoz es, en efecto, alterar un hábito lingüístico, es incumplir una regla o norma gramatical. Pero, atención, el argumento que pretende “proteger” la gramática violentada afirmando su autonomía con respecto a la voluntad humana —esgrimido una y otra vez por la RAE— es falso. En base a él, quienes custodian la norma y las reglas que la legitiman dirán: “No soy yo quien proscribe ese neologismo; es el sistema gramatical”. Y sin embargo, no hay nada en la “naturaleza” de portavoz que impida la innovación portavoza; “el sistema gramatical” no tiene capacidad de decisión. Que una persona desligue portavoz del patrón morfológico que caracteriza a recogepelotas y chupatintas y la decline en función del género del referente no viola ningún sistema que haya surgido de modo natural sino que rompe un hábito lingüístico, desafía una norma y —y esto es crucial— perturba el orden social ligado a la norma incomodada. Lo que conspira en contra de tal innovación no es “la gramática” sino dos hechos que son fundamentalmente políticos: primero, el hábito —inscrito en el cuerpo de escuchar y decir la portavoz y, segundo, el deseo político de desacreditar la acción social de la que es parte el neologismo portavoza. Es el primero el que lleva a mucha gente —incluso alguna que se declara abiertamente feminista— a rechazar las innovaciones propuestas. Y es el segundo el que motiva viscerales reacciones públicas entre quienes se resisten a aceptar las bases del feminismo y ven en estos gestos lingüísticos un campo de batalla favorable.

somos mala@s pero podemos ser peores2

Santiago de Chile, agosto de 2018
JOSÉ DEL VALLE

El lenguaje inclusivo y la incomodidad
La enunciación de la palabra portavoza ha de ser entendida como parte de un proceso que se desarrolla en distintos lugares y en distintas temporalidades. Es un hecho fácilmente constatable que las alteraciones de un hábito tienen un efecto corporal (que puede ser la mayor segregación de adrenalina, el aumento del ritmo cardíaco, la intensificación de la respiración, el mareo). Y, como señalé arriba, las reglas o normas de la gramática están inscritas en el cuerpo y por ello su alteración nos “suena mal”. En la medida en que las prácticas verbales se acomoden a nuestras expectativas, nuestro cuerpo las recibirá con naturalidad. Y, por lo mismo, en la medida en que incomoden, reaccionaremos ante la sorpresa causada por lo nuevo acaso marcando como antinatural la forma que la generó. Es en esta corporalidad donde está la base de los procesos ideológicos de naturalización de una norma que en realidad es social en su origen; y en la lógica argumentativa de la RAE es el sistema gramatical autónomo el que ocupa el lugar del hecho natural perturbado por la innovación agramatical o contranatura.

“menos mal que vamos perdiendo el privilegio de la comodidad (ojalá, para empezar, que la reconozcamos como privilegio)”

Esta incomodidad que nos predispone contra el cambio se sitúa en el primer plano cuando el acto de habla se produce en un contexto donde las prácticas verbales están altamente codificadas e incluso ritualizadas en grado sumo. Más aun cuando se presenta explícitamente como elemento constitutivo de una escena glotopolítica: por ejemplo, portavoza usada en una rueda de prensa por una figura que representa a un partido político y que inscribe su acto de habla en el proceso en curso de reivindicación feminista. Quienes escuchan podrán sentir incomodidad ya no solo por la insatisfacción de una expectativa —o, dicho de otro modo, por el incumplimiento de una regla— sino por la transformación cualitativa de la escena de habla: frente a la aparición de una norma alternativa, ante su vinculación con una política y una ética, se produce la falsa respuesta: “decir portavoza es politizar el lenguaje, pero decir la portavoz es respetar una gramática ajena a las veleidades políticas de quienes la usan”. Falsa será. Pero fácilmente aceptable para quienes no deseen soportar ya no solo la incomodidad de una palabra nueva sino la incomodidad de tener que decidir: al existir una norma alternativa, el simple acto de hablar deja de ser tan simple pues ahora se sabe que quien habla escoge y al hacerlo se posiciona política y éticamente.

No solo el léxico y la morfología se han visto tocadas por el reciente empuje del feminismo. También la discursividad o estilo conversacional —igualmente normada si bien por medio de mecanismos codificadores menos explícitamente lingüísticos— ha visto surgir alternativas que perturban ciertas “costumbres”. Cuidado con el modo en que un profesor se dirige a una alumna; cuidado con el modo en que un trabajador se dirige a una colega; cuidado con las lisuras que los hombres nos creemos con derecho a dirigir a las mujeres por la calle. Estas, entre otras, son regulaciones del uso del lenguaje que, aunque relevantes para todo el mundo, son particularmente incordiantes para los hombres. ¿Hay razones —mas allá del hábito corporal— para la incomodidad? ¿Se podrán cometer excesos y abusos en el ejercicio de esta nueva vigilancia? Pues claro que sí. Pero menos mal que vamos perdiendo el privilegio de la comodidad (ojalá, para empezar, que la reconozcamos como privilegio). Porque, en tanto que hombres, desconocemos la incomodidad de caminar por la calle teniendo que escuchar ordinarieces; desconocemos la incomodidad de que un superior nos prometa el oro laboral si toleramos que sus manos recorran nuestra rodilla (o más); desconocemos la incomodidad de que se nos excluya e interrumpa, de que se nos explique lo que sabemos, de que se apropien de nuestros argumentos si gustan y se los ridiculice si no. Por supuesto que los hombres pudiéramos haber experimentado puntualmente tales incomodidades; pero no las habríamos experimentado en tanto que hombres. Y ahí está la diferencia entre una experiencia incómoda y una experiencia incómoda que
es producto de una desigualdad estructural como la que discrimina a las mujeres.

Se nos ha sacado de nuestra zona de comodidad: a hombres y a mujeres. Y está bien que así sea porque está en curso una transformación que aspira a privarnos de nuestros privilegios en tanto que hombres y que invita, a hombres y a mujeres, a considerar su complicidad en la reproducción de la desigualdad. Y un cambio de tal porte no se hace cantando Blowing in the wind en alegre círculo fraternal —no solo, desde luego—. No se consigue tampoco con una simple cirujía gramatical y una autoridad normativa que, por un lado, sea capaz de imponer portavoza, todes y compañerxs pero, por otro, ignore el verdadero ámbito de relevancia de estas innovaciones. Hacia el cambio se procede entendiendo el lenguaje como práctica social siempre disputada e inscrita por ello en la vida política. No vaya a resultar que todo el mundo acabe diciendo y escribiendo portavoza, todes y compañerxs y el patriarcado siga (casi) intacto. Habrá que atender a ver qué pasa con estas innovaciones; pero habrá que participar también del devenir de palabras clave como “hombre”, “mujer”, “masculinidad”, “afeminamiento”, “sexo”, “deseo” o “instinto”; habrá que perturbar la construcción discursiva de estereotipos de género y sus efectos: por ejemplo, la canalización profesional diversa de mujeres y hombres; habrá que combatir la brecha salarial; habrá que . . . El cambio social será posible si se remece el lenguaje en su permanente transformación y a la vez, con la misma conciencia política, se alteran prácticas de ejercicio del poder y se subvierten los hábitos de intimidación que instalan la desigualdad en la vida cotidiana.

 

José del Valle es docente e investigador en el área de sociolingüística en The
Graduate Center, CUNY (Nueva York). Entre sus publicaciones se encuentran La
batalla del idioma: la intelectualidad hispánica ante la lengua
(Iberoamericana/Vervuert, 2004), La lengua, ¿patria común? Ideas e ideologías del
español (Iberoamericana/Vervuert, 2007) e Historia política del español: La creación
de una lengua (Aluvión 2016).

9 comments on “La política de la incomodidad

  1. graciela silva

    Excelente me sirvio para ponerme al dia. Muchas gracias por mandarlo. Lo paso y lo estudio. bien Profe. Es como volver a estudiar. Con una alumna.
    grace

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  2. Leonardo Peluso

    Excelente artículo. Lo estoy difundiendo. Abrazo

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  3. Daniele Nascimento

    Excelente texto. Falo do Brasil e aqui estão acontecendo diversas discussões nesse sentido também, com as mesmas resistências ao entendimento do uso político-ideológico da linguagem em qualquer circunstância. Obrigada! Abs.

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  4. la lengua rusa que hablaba Nicolas II, el ultimo zar, era morfosintacticamente la misma que la de Leon Trotski.
    despues de ochenta a nos de socialismo real (1917-1991) que cambios se produjeton en las estructuras morfologicad y sintacticad de la lwngua rusa?

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  5. Deise Picanço

    Qué buenisima reflexión sobre un tema tan actual y polémico. Está perfecto el artículo. Gracias por compartirlo.

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  6. Pingback: EURACA

  7. Pingback: Postergación de la mesa de examen y artículo de José del Valle | Filología Hispánica

  8. Xavi Korta

    Pues no estoy de acuerdo, me parece que este artículo está escrito con fines políticos, que eso es lo que lo diferencia con la RAE. La RAE dice que los cambios tienen que venir por el uso continuado de los mismos en la sociedad, y sobre el lenguaje “inclusivo”, aceptación desde luego quitando la minoría social que es el feminismo (que es una minoría), no hay nadie que lo use. Porque ese “lenguaje inclusivo” viene de la política, de intereses partidistas, al contrario de la RAE, esa institución “retrógrada” que hablan algunos, que se basa en criterios académicos. Los argumentos que esgrime la RAE contra este “neolenguaje” están basados en criterios académicos. Y sobre lo de cambiar la sociedad y zona de confort y todo eso, está claro que ese feminismo moderno se ha convertido en una quimera que pretende someter a la sociedad a su criterio.
    Si tengo que elegir entre unos personajes “anquilosados” como los académicos de la RAE o un grupo de niños (y niñas) mimados que no tienen nada más productivo que hacer con su vida, me quedo con la RAE.
    Buenos días.

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    • Tu texto y la manera ofuscada en que establecés una elección binaria (acepto o rechazo) dan cuenta de no entender demasiado de qué se trata la discusión. Ponéte en contra de las feministas, enojáte con todo lo que no entendés, pero no tomes una postura sin analizar lo que dice el artículo. Se trata de llevar la discusión un poco más lejos, de llevarla a la sociedad, digamos.
      La sociolinguística es fascinante. Te sugiero leer de un lado y de otro y luego charlamos 🙂

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