Discusión

ORTOMANÍAS

ORTOMANÍAS

(A propósito de «La política de la incomodidad», de José del Valle)

por Fernando Alfón

 

A lo largo de la historia, los pueblos han lidiado con facciones de sus hablantes que postularon la imperfección de la lengua o las amenazas que la volverían imperfecta, y propugnaron torcerla hacia su «corrección» o protegerla del peligro. Por correcto —voz que los griegos llamaban orto—, cada facción entendió lo que quiso, pero siempre de manera enfática. Casi nunca bastó con señalar «los males»; siempre creyeron necesario acciones tendientes a extirparlos. Las ortomanías, así, suelen nacer como alarmas, tienden a propiciar reformas y, cuando logran el consentimiento del Estado, terminan en medidas coercitivas. Algunas son célebres por su cariz utópico; otras inofensivas, por la candidez que las anima; pueden llegar a ser crueles, y hasta punitivas. Veamos algunas que afectaron a la lengua española.

La primera corrección maniática a destacar fue el purismo. Se gestó en Francia, durante el siglo XVIII, y en España se usó para detener (venial paradoja) la influencia francesa. Lo encarnó la Real Academia Española desde su fundación (1713) y lo mandó a grabar en su emblema: «limpia, fija y da esplendor». El purismo español determinó como parámetro de corrección una herencia patrimonial situada en el pasado, en especial en su Siglo de Oro; un centro privilegiado, España; y una casta de hablantes, de preferencia escritores: las «autoridades». Todo ello constituyó la pureza de la lengua. Procuró, así, impedir que la lengua asimile vocablos nuevos, provenientes del extranjero o del vulgo; a quienes condenó bajo los nombres de neologismos, barbarismo o vulgarismos. Como enseñó el mexicano Luis Fernando Lara, el purismo también confundió el vocabulario con la moral, por lo que censuró todas aquellas palabras que nombrasen partes del cuerpo o secreciones corporales; aconsejó busto en vez de seno, miembro en vez de pene, aliviarse en vez de parir.

Otra ortomanía adquirió el nombre de casticismo. Fue oriundo de España y, a diferencia del purismo, permitió nuevas palabras y préstamos de otras lenguas, siempre y cuando se construyeran o asimilasen siguiendo los parámetros del léxico castizo. Admitió viking, pero solo en la forma vikingo; toleró email, pero si se lo llama correo electrónico; rechazó escribir whisky, y en su lugar nos propuso el inverosímil güisqui. Los casticistas lucharon contra el galicismo durante el siglo XIX, y contra el anglicismo a partir de mediados del XX. No sería de extrañar que ahora alerten contra los chinismos.

Malheridos por las críticas que le asestó la lingüística no teológica, desde fines del siglo XIX, tanto el purismo como el casticismo agiornaron sus presentaciones públicas y, para perpetuar sus misiones prescriptivas de origen, se confiesan abocados a una ciencia descriptiva.

Me referí a ellos en pasado, acaso porque son manías que ya perdieron fuerza. De la corrección política —la otra ortomanía que afecta al español— no puede hablarse sino en presente. Surgió en el primer cuarto del siglo XX y su libro más emblemático es The Authoritarian Personality (1950) una empresa colectiva encabezada por Theodor Adorno. El fascismo ha sido derrotado en su manifestación explícita —reza la tesis de ese libro—, no obstante esto, los individuos de la sociedad contemporánea son «potencialmente fascistas». Esa potencialidad opera a nivel inconsciente, configurando una personalidad autoritaria, irrumpe como ideología y se constata en la lengua. Como aseveró Roland Barthes en su Leçon inaugurale (1977), hablar, sin más, «es simplemente fascista».

Como se trata de un mal psicológico, es posible una cura. En primer lugar hace falta localizar esos rasgos por medio de una crítica de la cultura, una interpretación de lo que aparece oculto. Toda la cultura es el vehículo de una ideología que hay que desenmascarar. Esta teoría dotó a los colectivos como el ecologismo, el indigenismo, el progresismo, de un instrumental hermenéutico capaz de intervenir en la lengua y corregirla. Uno de esos instrumentos es el eufemismo. A los negros lo llama gente de color; a los indios, pueblos originarios; a los ciegos, no videntes. Como el resto de las ortomanías, el correctismo cree que el cambio de una voz reviste un correlato exacto en la realidad. Erradicando la voz negro, se espera que a largo plazo caiga el sistema racial. Como se cree que el fascismo es inconsciente, la difusión de estos eufemismos supone someter el habla y la escritura a una estricta vigilancia léxica. Una suerte de expurgación psicoanalítica. Mientras la corrección política no es gobierno, la manía circula en cursillos, afiches y campañas publicitarias; cuando toma alguna de las esferas del Estado, tiende a devenir en política pública y en manual oficial. Ya en las propias «Conclusions» del libro adorniano se advertía el inconveniente de «corregir» al potencial fascista apelando a una estrategia maniática (cf. p. 975).

De todos los correctismos políticos, el más enfático proviene del feminismo —los feminismos, en rigor, atendiendo a la diversidad de sus reclamos—. Resuelto a que toda forma de habla conlleva el patriarcado, detectaron que, por defecto, se elige el masculino para generalizar: «el ser humano», «uno mismo», «reunión de padres», etc. Protestantes contra esa convención, llamaron a que se hiciera explícita la mujer en todas las formas del habla; primero se intentó la reduplicación «todos y todas», luego el «tod@s», el «todxs». La última invención fue el ensayo de la «e» como vocal no marcada, pero no faltó la vertiente feminista que la impugnó so pretexto que en «todes» o «les alumnes», otra vez es la mujer la que no aparece.

Dado que el correctismo político aspira alcanzar un lenguaje inclusivo, equitativo o libre de error, conviene revisar sus antecedentes en La ricerca della lingua perfetta, de Umberto Eco, que reseña la lengua adánica, la cábala, la vulgari eloquentia de Dante, el ars magna de Ramon Llull, la lengua monogenética, la mágica, las poligrafías, la panglosia de Comenius, las lenguas filosóficas a priori, el invento de George Dalgaro, el de John Wilkins, el de Francis Lodwick, el de Leibniz, el esperanto y otros intentos que anhelaron una lengua sin prejuicios, la lengua de Dios o simplemente perfecta. Una mención especial, quizá, amerite la alusión que hizo del célebre lingüista soviético Nikolai Marr, quien auguró, disueltas las clases sociales, los nacionalismos y los privilegios, una lengua universal libre de esos males.

Tres grandes perspectivas rivalizan en torno a qué sucede con las pretensiones ortomaniáticas. Están los que creen que una lengua solo se transforma de manera espontánea, y ningunean los intentos artificiales de cambio, so pretexto de que nunca prosperan. Los románticos argentinos de la primera mitad del siglo XIX, por ejemplo, militaban esta tendencia. Están, por otro lado, los que sobreestiman las acciones planificadoras y creen que cualquier innovación surgida de la Real Academia Española o la escuela pública termina imponiendo sus criterios normativos. Están, por último, los que creen que todo cambio debe operar en el sentido común, de manera sutil, a largo plazo. Los autores de The Authoritarian Personality eran de esta escuela.

Es prematuro, por tanto, aseverar qué sucederá con el llamado lenguaje inclusivo. Muchas ortomanías prosperaron durante un tiempo y después se disiparon. Los cambios más definitivos pueden durar un verano. El «todes» está haciendo su camino, pero no sabemos si se impondrá; lo dirá el tiempo y la fuerza de la que sea capaz. Promoverlo o combatirlo son apuestas de resultado incierto; más aún cuando promoverlo conspira contra su implementación y atacarlo puede que estimule a su defensa.

Para proyectar, no obstante, lo que podría suceder, deberíamos echar un vistazo a otros intentos ortomaniáticos que existieron en Argentina. Juan Cruz Varela exhortó, poco después de la Revolución de Mayo, a usar un idioma patrio; Ernesto Quesada, a fin de ese siglo, a un castellano culto; el purista Monner Sans, después, predicó un habla casta; Lugones, en cambio, un castellano hercúleo, que oyó (o creyó oír) en el fraseo de los gauchos extintos. De ahí en más, ensayos de reformas, alarmas o defensas de un tipo de habla especial provinieron de Xul Solar, Roberto Arlt, Avelino Herrero Mayor, incluso de Borges, que creyó adivinar un idioma cosmopolita en la conversación distendida de la amistad. Hoy no queda casi nada de todo aquello; y lo que quedó, ya lo consideramos nuestro, auténtico o acertado. Esas incursiones deberían destramatizar lo que hoy parece irremediable.

 

ADORNO, Theodor W. et al. (1950) The Authoritarian Personality. New York,
Harper & Brothers.
BARTHES, Roland (1977) Leçon : leçon inaugurale de la chaire de sémiologie littéraire du
Collège de France : prononcée le 7 janvier 1977. Paris, Le Seuil, 1978.
ECO, Umberto (1993) La ricerca della lingua perfetta nella cultura europea. Roma-Bari,
Laterza.

3 comments on “ORTOMANÍAS

  1. Me pregunto por qué este artículo se subtitula “(A propósito de «La política de la incomodidad», de José del Valle)”.

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  2. Debo hacer un informe crítico sobre este artículo. ( pequeño resumen sobre el lenguaje inclusivo)

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