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«El reino del lenguaje», el fanatismo de Tom Wolfe

El 15 de mayo fallecía Wolfe, uno de los padres del nuevo periodismo. Ahora se edita su ensayo sobre el lenguaje. Genio y figura

ABC.es

Lo primero que hay que decir sobre el último libro de Tom Wolfe es que se lee de un tirón y que es, sin duda, uno de los libros más apasionantes jamás escritos sobre lingüística. Wolfe no es un lingüista y parece no tener mucha idea de lo que es la lingüística general ni de la diferencia entre sus métodos y objetivos y el de los etnólogos y los estudiosos de las lenguas concretas. Tampoco existe para él la lingüística europea. Nombres como Sausurre (el creador de la lingüística general), Jakobson, Trubetzkoy, Hjelmslev, Firth, Martinet, etc. y términos como «estructuralismo», «círculo de Praga», «semiología» o «semiótica» brillan por su ausencia en un libro dedicado a la lingüística. Para él la lingüística es Chomsky y sólo Chomsky, y sus teorías y publicaciones el centro de la lingüística mundial y no una tendencia más entre otras. Ni siquiera menciona otras ramas de la lingüística de su país, ni a figuras como Franz Boas, etnólogo y patriarca de la escuela lingüística americana, cuya afirmación de que «la descripción de una lengua no puede hacerse a partir de las categorías de otra» podría ser el argumento más fuerte, ya desde el principio, contra las teorías de Chomksy.

Habilidad diabólica

Pero nada de eso es importante. Wolfe simplifica y dramatiza con la habilidad diabólica de un novelista sensacionalista, exagerado y ruidoso, que es lo que es en realidad. Su prosa de ensayista no está exenta de los comentarios sarcásticos del autor y de los «Bhammmmm» y «Roarrrrrr» y otros ruidos y onomatopeyas que llenan sus novelas. Lo que él quiere, por encima de todo, es hacer que su texto sea vibrante y que se lea con pasión. Quiere marcar bien las cosas, dejarlas bien claras: aquí el «papamoscas» hundido en el barro, allí el académico hundido en su sillón. Lo consigue, desde luego, y logra convencernos de que los detalles no son importantes cuando uno se plantea un tema tan fundamental como el del origen y la naturaleza del lenguaje.

Todo el libro es un ataque feroz, primero contra los neodarwinistas y su intransigencia fanática, y luego contra Chomsky y su intransigencia fanática.

Un artefacto

La idea que defiende Wolfe es que el lenguaje no es una «facultad innata» en el hombre, como afirma Chomsky, y que tampoco puede ser explicado por las teorías evolutivas. El lenguaje no pertenece a las leyes de la evolución de las especies, sino que es una construcción humana, un artefacto, del mismo tipo que las herramientas primitivas y modernas. No existen dentro del cerebro unas estructuras lingüísticas universales: el lenguaje se aprende mediante mnemotecnia.

Hay muchos tipos de fanatismos. Los hay de tipo religioso, de tipo político y también de tipo científico. El fanatismo científico consiste en intentar imponer una teoría que no ha sido probada (pero lo será en un futuro próximo, muy próximo) como la única verdad admisible. Y eso es, en el fondo, el último libro de Wolfe: un alegato contra el fanatismo. Y también una defensa vehemente de la máxima creación de los seres humanos: el lenguaje.

 

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