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Lectura y celebración, con Fernando del Paso

Hombre de pocas obras y muchas páginas, dio nuevo aliento a la novela histórica mexicana.

 

El Economista

En septiembre, todo es rotundo como un grito, majestuoso como el águila y rápido como la serpiente. Su calidad patriótica o patriotera tiene el estigma del nacionalismo, la honra de la fiesta y un calendario que desborda efemérides. Por ello hoy hubo que decidir más rápido. Cómo abordaríamos el festejo, qué valía la pena celebrar y hasta la clase de pensamientos que ocuparon nuestra mente. Las decisiones fueron de lo superficial a lo profundo: pozole o enchiladas, mezcal o tequila, banderitas de hule o enorme lábaro patrio en la puerta de la casa. Gritar o dar de alaridos. Celebrar ahora para qué. Es muy tarde y ya se fue. Quedan algunas obligaciones no negociables: éste es el mes de los chiles en nogada y todavía puede comerlos, por ejemplo. Pero no se tarde, ya pasamos del día 15 y sólo se avizoran simulacros.

Pero alejemos las nubes negras de la memoria gacha, lector querido. Siempre estamos a tiempo de una celebración alternativa: leer un novelón nacional de imprescindible autor mexicano. Uno que nos hable de la patria, por supuesto, y nos encante y encandile con su prosa. Uno que haya escrito Fernando del Paso.

Hombre de pocas obras y muchas páginas le dio un nuevo aliento a la novela histórica mexicana sin haber tenido nunca la intención de ser historiador, nada más la de contar historias. En 1966, recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su primera novela, José Trigo, un vasto homenaje al lenguaje popular y los juegos de palabras. después de 10 años, entregó su siguiente novela Palinuro de México, con la que obtuvo el premio Rómulo Gallegos 1982, que otorga el gobierno venezolano cada lustro, a la mejor novela escrita en idioma español. Fue considerada en la década de los 80, una de las novelas más influyentes de la narrativa mexicana. Pasaron otros 10 años y nos regaló Noticias del Imperio. Con tales obras, baste decir que revitalizó la lengua española, recuperó nuestra memoria histórica y les otorgó un nuevo sentido a los hechos, pensamientos, hazañas y aventuras que registra el almanaque mexicano.

Su primera novela, José Trigo, hoy se describe como un homenaje al lenguaje popular y los juegos de palabras, pero en su momento fue juzgada como “espesa” y casi inaccesible, aunque existió un atenuante que disculpó a su autor: cuando la escribió, Fernando del Paso tenía 27 años, le habían diagnosticado cáncer y pensó que la vida se le escapaba. Por ello quiso escribir todo lo que pudo, no dejar una palabra sin usar y ninguna duda sin investigar. Obsesivo ante la falsa alarma escribió mucho y muy bien. Y no se arrepiente de nada. (Y ¿cómo arrepentirse de textos como el que sigue?)

“Y también por tus ciudades y pueblos me viste, me vio, me vieron pasar preguntando ¿José Trigo? Y mientras tanto en balde y para qué poniendo todas o casi todas las palabras, palabras más palabras menos. Abajo las palabras tierra, campamentos; arriba las palabras cielo, estrellas y entre la mañana por la tarde, además y con la noche las palabras nada y nadie. Porque todo esto y esto es un decir fue la mañana, la tarde, la noche en que soñé o creí soñar que buscaba a José Trigo por cielo y por tierra, bajo todos los cielos habidos sobre todas las tierras por haber y no vi nada ni a nadie. Nada bajo el cielo y sobre la tierra nadie”.

Después vino, Palinuro de México, su obra favorita, quizá porque el nombre del personaje es el del timonel de la nave de La Eneida de Virgilio. En ella escribió desde la entraña. Vaya un ejemplo:

“Lo que nunca jamás pudimos medir fue nuestro amor, porque era infinito.

Era, si, como cuando Palinuro le preguntaba al abuelo cuánto lo quería.

– Mucho, muchísimo le contestaba el abuelo Francisco.

– Pero ¿cuánto, cuánto abuelo? ¿De aquí a la esquina?

– Más, mucho más.

– ¿De aquí al Parque del Ajusco?

– Más, muchísimo más: de aquí al cielo de ida y de regreso, yéndose por el camino más largo de todos y regresando por un camino todavía más largo. Y eso después de dar varios rodeos, de perderse a propósito, de tomar un café con leche en Plutón, de recorrer los anillos de Saturno en patín del diablo y de dormir veinte años como Rip van Winkle, en uno de esos planetas donde las noches duran veintiún años: porque a mí me gusta levantarme temprano, cuando menos un año antes de que amanezca”.

(Muy adecuado recordar, porque hay fechas que no se olvidan, el célebre capítulo 54, llamado “Palinuro en la escalera o el arte de la comedia. Obra en cuatro pisos con un prólogo en la planta baja, un epílogo en un desván y varios intermedios sorpresivos”, donde Palinuro muere en el zócalo capitalino a causa de los golpes propinados por los cuerpos policiacos en el mitin de la Plaza de las Tres Culturas del 2 de octubre de 1968.)

La apoteosis de su obra es, como afirman muchos, Noticias del Imperio, una novela en la que invirtió 20 años y donde Carlota, Juárez y Maximiliano volvieron a contar su historia y  el lector puede revisar una de las épocas más convulsas y atractivas de la historia de México. Entre otros muchos elogios fue considerada la mejor novela de México de los últimos 30 años. A continuación — para que se anime a darse una fiesta de lectura— un fragmento donde Juárez protagoniza:

“Dígame, señor secretario: ¿a usted le hubiera gustado aprender esgrima?

– ¿Esgrima yo, don Benito? La verdad, nunca se me había ocurrido pensar en eso. ¿Y a usted, don Benito?

– No, esgrima no, pero sí montar bien a caballo…

– Pues nunca es tarde, don Benito…

– Sí, sí. Ya es tarde para muchas cosas…Yo lo único que sé montar bien es mula, señor secretario. Pero después de todo, las mulas saben andar mejor que los caballos por caminos muy difíciles sin desbarrancarse, ¿no es cierto?

– Así es, don Benito.

Don Benito contemplaba el cielo.

– A veces, cuando pienso en todos esos libertadores de América: Bolívar, O’Higgins, San Martín, hasta el propio cura Morelos, me digo: todos esos fueron próceres a caballo. Pero si tú pasas un día a la historia, Benito Pablo, vas a ser un prócer a mula…

– Pero como usted ha dicho, don Benito, las mulas llegan más lejos.

– No. Es usted quien lo ha dicho, señor secretario: las mulas llegamos más lejos”.

Ganador de varios premios y escritor de muchas tazas de café, Fernando del Paso tiene otros encantos: es zurdo para dibujar y diestro para escribir. Y el dibujo, sostiene, es una venganza de su mano izquierda contra el acto de escribir.

“La literatura —dijo en una antigua entrevista— es mi quehacer más organizado. La plástica es una liberación muy personal. Escribir me angustia terriblemente, me cuesta un trabajo espantoso. Dibujar no, soy incluso más sociable cuando dibujo. Puedo dibujar al mismo tiempo que converso con mi familia. Escribir es todo un trauma, debo estar aislado, me pongo de mal humor y tomo mucho café antes de decidirme a hacerlo”.

Los premios recibidos, las menciones de su excelencia literaria, el pasmo de sus lectores se quedan cortos ante sus novelas que no admiten sombras necias o indicios vanos. No son dibujos ni garabatos que hacen homenaje a la patria. Son un plato fuerte, vasto y delicioso y la mejor celebración para cualquier septiembre. Decídase por esta fiesta más pronto que tarde porque como bien dice del Paso: “nunca somos lo que fuimos hoy ni seremos mañana los mismos de hoy”. Y la historia no se repite, pero a veces se parodia a sí misma. (o nos la vuelven a contar con otras letras).

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