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Apología de la pera

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El profesor Areso era de estatura mediana, risueño y sacerdote. Tendía a irónico y jamás levantaba la voz. Estos maestros que no pegaban le han dejado a uno un recuerdo más bien vago. El profesor Areso impartía la asignatura de Ciencias Naturales. El prestigio que emanaba de sus conocimientos, acentuado por una bata blanca como las que uno veía en el ambulatorio o en la consulta del dentista, le conferían la autoridad que otros docentes sólo podían asegurarse por el tradicional método punitivo. Areso era, además, hábil intercalando en su discurso anécdotas y sucesos curiosos. Mediaban los años setenta del siglo XX.

Una tarde afirmó que ingerir peras previene la caída del cabello. Justificó el aserto en función de no recuerdo qué componente químico de la mencionada fruta. La clase entera, una treintena larga de chavales asilvestrados, algunos con melena, estalló en una carcajada colectiva. El profesor Areso era calvo. No un poco calvo, un calvo con entradas o un calvo de claro de bosque en la coronilla, sino un calvo total y absoluto, un pelón que reflejaba, acreciéndola, la luz de los tubos fluorescentes del aula.

Me resulta difícil hincarle el diente a una pera sin pensar por un instante en el profesor Areso. No creo que viva. Han transcurrido cuatro décadas largas y él ya andaba entonces metido en años. De poco me sirvió su recomendación, si es que se trataba de una recomendación y no de una advertencia. Quizá me dejé llevar por una deducción precipitada que me indujo al error de ingerir peras en lugar de restregarme su pulpa, con pipas y todo, por la cabeza. En fin, ya no hay remedio.

Se me hace a mí que la pera ha sido toda la vida la hermana pobre de la manzana. De haberlo querido san Jerónimo, podía haber servido para representar el fruto prohibido del edén. ¿Por qué no? Pero se conoce que perdió las oposiciones yahora cuesta imaginarse a Eva incitando a Adán a morder una pera. Digo esto desde la simpatía y un poco, también, desde la lástima. Considerados los respectivos diseños y colores, no creo que la pera esté a la zaga de la manzana. La historia de la pintura confirma que la pera hace de costumbre buena figura en los bodegones. Van Gogh las pintó en montón, ya amarillas y derramadas sobre un paño, ya verdes y apretadas en un cuenco. Y también Cézanne y tantos otros pintores ejercitaron el pincel en la representación de esta fruta con caderas en cuyo perfil más de un poeta ha querido ver una analogía con el torso femenino.

En casa, conforme las piezas de fruta se mudan a los diferentes aparatos digestivos, no es extraño que al final quede una pera solitaria como solterona del frutero, tal vez con la compañía ocasional de un plátano renegrido. Acaso el motivo de esta falta de estimación radique en la circunstancia de que la pera tiene un margen breve de sazón. Dura, la pera es sosa, sin jugo, áspera en la lengua, de una castidad agresiva con los dientes, y cuando está en su punto comestible hay que darse prisa en saborearla antes que se reblandezca, embadurne los dedos y gotee barbilla abajo sobre la pechera.

No es insólito que disimule su pudrición. En su exterior, la pera pasada se muestra a menudo consistente y tersa, luciendo una piel lozana que es puro engaño, mientras que por dentro ya la carne se tornó harinosa, deleznable, agria de sabor, sin juventud ni blancura. Por dicha causa, muchos no la consideran del todo fiable y en consecuencia la evitan. Otras frutas son sin duda más honradas. La manzana pardea a ojos vistas con las macas y la edad, el limón enmohece, la uva se arruga, el melocotón se agrieta, anunciando todos ellos, sin sombra de falsía, que están más para arrojados al cubo de la basura que para metidos en la boca.

Tampoco yo he visto olmo que diera peras, quizá porque no me tomé el esfuerzo de ir explorando los bosques con la debida diligencia. En cambio, vi de niño una fila de árboles que daban a un tiempo peras y manzanas; no todas revueltas, claro está, sino repartidas en orden por las distintas ramas. Y como estaba yo encaramado al manzano-peral o viceversa sin permiso, no fui a preguntarle al propietario, tanto más cuanto que a ciertas edades todo se explica fácilmente con milagros. Con posterioridad averigüé que estos matrimonios arbóreos son cosa de injerto. A mis oídos han llegado asimismo noticias de casamientos entre perales y membrilleros y entre perales y nísperos, lo que en no pequeña medida da fe de la naturaleza social y de la capacidad de adaptación de las peras. Ya sólo por esto merecen todo mi respeto.

Un problema serio de la pera es que metaforiza mal en lengua española. Quien dice mal, dice con poca o ninguna prestancia poética, razón por la cual suele caer con rapidez hacia el lado de lo paródico y risible. Para los púberes de mi tiempo (para los actuales, no lo sé), las peras nombraban directamente las tetas, en particular cuando éstas eran voluminosas y bamboleantes. A los pijos engominados, con motocicleta, maneras refinadas y ropa costosa, los llamábamos niños o niñas pera. Lo conceptuábamos apelativo tan afrentoso que por no recibirlo algunos se embarraban los zapatos nuevos o se arrugaban y manchaban los pantalones recién estrenados antes de mostrarse con ellos en el colegio. Si eras manso, bondadoso, pusilánime, te llamaban perita en dulce, lo mismo que si en una competición o en una pelea te vencían con facilidad. Conocí asimismo, sobre la cabecera de la cama, la pera con que encendíamos y apagábamos la luz, y aquella otra tan temida, de goma, para practicar lavativas.

En alemán, la pera (die Birne) es, además de la fruta, una manera popular de designar la cabeza. Y así, no tener nada en la pera equivale a ser un ignorante. Al canciller Helmut Kohl (1930-2017) lo apodaban la Pera por la forma de su cabeza y como tal era representado en las incontables y burlonas viñetas que se le dedicaban, angosto de frente, ancho de papo. Nadie como Theodor Fontane (1819-1898), autor de la célebre novela Effi Briest, ha logrado componer un monumento literario más hermoso para la humilde y a menudo menospreciada pera. Lo hizo en su poema del señor Von Ribbeck, recitado de costumbre por los colegiales alemanes. Poco antes de morir, el dadivoso señor Von Ribbeck ruega que lo entierren con una pera, de cuyas semillas, años después, brotará un peral que dará sombra a la tumba y peras a los niños. ¡Las cosas que se les ocurren a los poetas! Son la pera.

 

Por FERNANDO ARAMBURU

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