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Machirulo

La lengua es un sistema de signos vivo que cambia con el tiempo y por necesidad de sus hablantes. No es un código rígido ni esclerótico, sino que va respondiendo al entorno, a la realidad vigente.

madridpress.com

Las innovaciones en los distintos campos del saber contribuyen a modificar el Léxico de un idioma, como también los nuevos usos y costumbres de los ciudadanos.

Nuestra Gramática y Diccionario oficiales se construyen con aportaciones españolas e hispanoamericanas. Es decir, con el español hablado en el mundo, en aquellos países que lo tienen como lengua materna o primera lengua. Toda variación en el corpus o en las normas gramaticales ha de ser contrastada y debidamente consensuada con las Academias de los países hermanados idiomáticamente. En otras palabras, la Real Academia Española de la Lengua (RAE) ha de escuchar los criterios de instituciones parejas del otro lado del Atlántico, antes de oficializar un cambio en la lengua.

El uso va siempre por delante. Son los hablantes quienes comienzan a emplear un término hasta entonces ignorado, y el tiempo y la frecuencia los que deciden si ese vocablo se va a quedar para siempre en el Léxico –o, cuando menos, durante una temporada larga–, o si, por el contrario, no va a permanecer vigente demasiado. En la actualidad, donde se goza de estímulos que no corresponden del todo a la espontaneidad ni a las preferencias comunes, sino a aspectos relacionados con la sensibilidad de ciertos grupos sociales, o a los intentos de imposición desde sectores políticos, se presiona para que la RAE acepte cuanto antes los cambios que convienen a una tendencia, sin discusión posible, y sin el oportuno y juicioso consenso con las demás Academias del español.

Es así que, por ejemplo, en ciertos ámbitos, ya se da por cercana la incorporación al Diccionario de la palabra “machirulo”. La misma ha cundido entre asociaciones feministas para ridiculizar al hombre que se las da de prepotente con las mujeres. No es cierto que el conocimiento y uso de este vocablo esté hoy extendido entre la mayoría de los hablantes del español. Lo emplean determinados círculos que pretenden que se institucionalicen nuevas palabras asumidas, para bien o para mal, por parte de las nuevas generaciones. Y después vendrán las de la misma familia léxica: “machirulada”, para referirse a una bravata masculina; “machirular”, para aludir a la acción de imponer un juicio de valor masculino. En Internet ya hay hasta un test confeccionado para saber si uno es machirulo o no. Confieso que a mí me ha salido que ni fu ni fa; que estoy concienciado de mejorar el papel de la mujer en la sociedad, pero que debo esforzarme aún más para quedar totalmente convencido de que la discriminación en favor de las féminas es siempre, y sin excepciones, altamente positiva. Los hombres hemos de quedar convenientemente “depurados” y así libres de toda traza machista. Es como pasar por un colador, en cuya malla se quedan retenidas las molestas impurezas.

Algunos pretenden que todos los hablantes colemos el idioma como un zumo, para evitar colarnos, mientras nos cuelan las innovaciones que acaso por sí solas, de manera natural, y no por cesárea, no estarían de parte ni de parto.

Hagamos intento de limar asperezas y de despejar dudas. “Machirulo” es un calco de “cachirulo” (o “cacherulo”), según Joan Corominas, ‘vasija en que se suelen guardar licores’; también, desde el siglo XVIII, cierto baile andaluz, o bien un adorno que las mujeres se ponían en la cabeza. En Aragón, designa al pañuelo que los hombres se anudan en la cabeza. Corominas piensa que es una variante mozárabe de la palabra “cacerola”. Hoy día, es palabra comodín o baúl, es decir, que vale tanto para un roto como para un descosido (como “cosa”, “chisme”, “cacharro”, “cachivache”). “Machirulo” es un término tan generalizado que el Diccionario del español actual (1999), de Manuel Seco y otros dos autores, no lo recoge. Ni qué decir tiene que Doña María Moliner, en sus tiempos, tampoco lo había oído. Como no lo incluye Roxana Fitch en su Diccionario de coloquialismos y términos dialectales del español (2011). Está ausente del Diccionario ideológico feminista (1989), de Victoria Sau. Según Félix Rodríguez (Diccionario gay-lésbico, 2008), “machirulo” califica despectivamente a un hombre homosexual ligeramente extraviado, o sea, que “exhibe formas convencionalmente muy masculinas”; pero también es un insulto proferido contra una mujer lesbiana de aspecto hombruno. Y aquí entrarían las equivalencias de “machota”, “marimacho” y “machorra”, este último vocablo empleado especialmente en México, Panamá y República Dominicana, mientras que la variante “machona” se oye en Perú para señalar a una mujer homosexual.

“Machorra” no es nuevo. Se empleaba ya, en torno a 1495, para referirse a una hembra animal estéril, generalmente una oveja o res. “Marimacho” es voz que se escuchaba a principios del siglo XVII. María Moliner la define como ‘mujer de aspecto y modales masculinos’.

Podríamos especular con que “machirulo” viene de “macho” y “pirulo/-a”, y si “hacer la pirula” es fastidiar a alguien, un “machirulo” podría ser un hombre latoso, fastidioso, impertinente. Rizando el rizo, y poniéndonos freudianos, “pirula” alude al símbolo fálico por excelencia. Esto es, al pene, tal y como comprenden los chavales de España y de otros países, como Chile. Entonces ya piénsese lo que se quiera, que igual con el cipote de Archidona no andamos sobrados, y de perdidos al río.

Los esfuerzos de la RAE por pulir las acepciones de las palabras del Diccionario, para que no hieran sensibilidades, se evidencian en, por ejemplo, la reciente modificación del adjetivo “fácil”, en cuya entrada, en quinto lugar, se lee “Dicho de una persona: Que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”. La anterior redacción, de 2001, era (4ª acepción): “Dicho de una mujer: Frágil, liviana.” Lo que, por el mismo DRAE, se traduce en ‘pecaminosa, promiscua’ y así mismo por ‘voluble’. Una mujer cual pluma al viento. Ahora, alguien “fácil” es un cachondo de tomo y lomo, con independencia absoluta (que no disoluta) de su sexo.

La Academia pule, vigila, pero el verdadero esplendor en la hierba lo alcanzan los hablantes cuando usan su idioma.

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