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Flâneur de Estambul

La obra del Nobel Orhan Pamuk recrea, en un idioma que procede del árabe pero se escribe con el alfabeto latino, un Estambul que dialoga con su pretérito

 

cronicaglobal.elespanol.com

Mariposas insólitas para la colección del entomólogo de Babel, tiene Europa tres lenguas singulares, tres rarezas que al amante de la filología, valga la redundancia cariño-lingüística, le cautivan por sus curiosas soluciones en cuanto a su escritura. Está el maltés, que es un idioma semítico de raíz árabe magrebí escrito con el alfabeto latino, con notable influencia del italiano y del dialecto siciliano en su vocabulario. Está luego el manx o manés, la lengua céltica de otra isla, no ya en el Mediterráneo sino en el Canal de San Jorge. Hermana menor de la rama goidélica, es un híbrido del irlandés y del gaélico escocés con la peculiaridad de que sonando casi igual que estos se escribe de manera harto diferente, como si fuera la transcripción fonética, su pronunciación  figurada, para ingleses. Hoy casi ha desaparecido, pero para el lector de irlandés es una clara adivinanza, un jeroglífico para principiantes, un transparente abracadabra.

No ya isla, aunque aislado del grueso de su país que se despliega como una alfombra –turca que va mudando en persa– por Asia, el territorio europeo de Turquía, como todo el país en su conjunto, posee una lengua que se escribía con el alfabeto árabe y desde la reforma de Atatürk de hace casi un siglo emplea ahora el latino. Pertenece a la familia uralo-altaica y la hablan ochenta y cinco millones de personas. No obstante la latinidad de sus grafías, cuenta con caracteres propios para algunos fonemas, señalados con una i minúscula (ı), decapitada por alguna cimitarra, que haría pensar que poner los puntos sobre las íes es expresión que puede ser difícil de trasladar al turco si no fuera porque el punto se pone, en uso contrario a lo habitual, sobre la i mayúscula (İ); tiene también una c y una s con virgulillas (ç y ş) y una g (ğ) digamos que con turbante o sobre la cual la luna se ha tendido, boquiabierta, a contemplar las estrellas.

No parece lengua fácil, y por ello hay que agradecer especialmente a sus traductores que viertan su literatura. No ya desde traducciones previas al inglés, al francés o al alemán, sino directamente, como corresponde. En la creación contemporánea destaca Orhan Pamuk. En español tenemos la gran suerte de que lo traduzca Rafael Carpintero, un profesional concienzudo, elegante, denodado. Deliciosa es, por ejemplo, la lectura deEstambul. Ciudad y recuerdos. Se trata de un libro aparecido ya en 2006, simultáneamente a la concesión del Premio Nobel a Pamuk. Literatura Random House lo ha reeditado en 2017 en un grueso volumen con muchas más fotografías en blanco y negro de los años cincuenta y sesenta que en la edición original. Sólido como una mezquita sin alminares y muy frecuentado por los que se aprestan a visitar Estambul, es el más vendido del autor hasta la fecha (al menos, en España).

Estambul, Ciudad y recuerdos

Portada de Estambul, ciudad y recuerdos, de Orhan Pamuk / PEGUIN RANDOM HOUSE

 

Reproducidas de postales antiguas, de archivos de afamados fotógrafos, de la cámara del mismo Pamuk, dialogan estupendamente estas imágenes del pasado con el texto, lo mismo que conversa con la ciudad la memoria del escritor, que recorre sus años como si fueran calles, se detiene en sus propias vicisitudes como quien lo hace en una plaza, atraviesa épocas como quien cruza el Bósforo, medita como quien se refugia del calor en un palacio o se aroma del huidizo perfume del pasado hincándose, carterista de olores, ante un puesto del Bazar de las Especias.

Pamuk es un celebrado novelista, pero también un dotado recuperador del pasado de la bellísima Estambul, ciudad que él una y otra vez señala signada por una profunda amargura causada por la pérdida y la derrota. Constantemente habla de incendios de mansiones otomanas, de escritores y pintores que malviven y se reconcomen por dentro, de la falta de horizontes artísticos. Pero transmite muy bien la elegía de la capital turca –Bizancio, Constantinopla, Estambul–, y al visitante de la metrópoli actual le complementará la vista con rúas que ya no existen, cuestas por las que no ascenderá, pasajes que conducen a donde no le llevarán sus pasos, propios, ni los inducidos por un tour guiado.

Carpintero reside desde hace tres décadas también en Estambul, en cuya Universidad es profesor. Estar inmerso en esa cultura ayuda, y también ser casi siempre el traductor de Pamuk, a quien ha tratado y con quien ha cenado más de una vez. Aparte, ha traducido a Yasar Kemal (que es como el Galdós de Turquía, ha escrito Carpintero). Tiene un blog más que recomendable en el que con gracia y conocimiento escribe de traducción, de su vida estambulí y de los autores que ha ido vertiendo y conociendo.

Resultan muy enriquecedores sus comentarios sobre las estrategias de traducción y sobre las soluciones posibles. Lo hace además con un estilo culto y desenfadado, que se granjea de inmediato la simpatía del lector. Es un traductor que reflexiona en voz alta sobre su oficio y las pruebas a las que este lo somete, sus ordalías. Pablo Moreno es el traductor de la introducción (“Una ciudad de foto”)Moreno ha traducido también la más reciente novela de Pamuk: La mujer del pelo rojo.

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