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¿Cómo fue el tiempo pasado?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

 

cronicadelquindio.com

Procurando una respuesta estricta, el tiempo pasado fue un constante fluir, un permanente transcurrir, tal y como es el tiempo actual y como será el que vendrá.

En este sentido, habiendo sido las motivaciones y los hechos los que han cambiado, desaparece el fundamento de la tradicional aseveración “todo tiempo pasado fue mejor”.

Evocando el pasado y tomando como referente únicamente la palabra, cualquier persona mayor puede plantearse: cómo no reconocer el valor de la palabra empeñada por parte de personas pertenecientes a generaciones anteriores, quienes nunca requirieron documentos para dar cumplimiento a sus compromisos y obligaciones, porque les bastó únicamente prometer, para cumplir.

De esta manera, conscientes de la emocionalidad y fugacidad de la palabra hablada, surgió la necesidad de pasar al compromiso y reflexión de la palabra escrita, la cual se fortaleció con el poder de los documentos y la fuerza coercitiva de las leyes.

Cuando la simple promesa verbal empezó a resultar insuficiente, se agregó: “El que firma, jura”, sentenciando de esta manera que lo escrito y firmado se hacía efectivo a toda costa, en una etapa cuando la creencia en un ser superior dominaba todas las acciones humanas, siendo esta otra versión de la afirmación, “la persona vale por su palabra”.

Además de los requerimientos lingüísticos, quizá el aspecto más relevante de la palabra ha de ser su congruencia con lo que se piensa y se sienta, se diga o se escriba, encontrándose el mejor ejemplo en la expresión dogmática… ‘la palabra encarnada’.

El principio “Que la palabra que va hacia afuera sea la misma que llevo dentro”, expresa la anhelada autenticidad, sinceridad y transparencia que deben caracterizar las distintas formas de comunicación.

Por su parte, siendo la ortografía una norma social y lingüística, susceptible de modificaciones, jamás deberá llegar al extremo de alterar el significado de los términos, tal y como se observa en la actualidad, debido a la tendencia a abreviarlo y simplificarlo todo.

Proclives como somos a la llamada ‘descomplicación’, hemos terminado por yuxtaponer, o amontonar palabras de las que ignoramos su origen, hemos desconectado otras de su contexto porque desconocemos su significado, abusamos de muchas sobre las que tenemos dudas y, en fin, nos desobligamos con nuestra lengua porque creemos que esa no es nuestra responsabilidad.

Antes, las familias, las instituciones y los sitios de trabajo hacían el papel de sucursales de la academia de la lengua, porque allí se procuraba el buen hablar… por eso, esa preocupación hizo que ese tiempo pasado fuera mejor.

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