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La batalla de los signos

elcorreodeburgos.com

UNA SIMPLE nota de prensa del pasado verano mostró la fuerza de los signos auxiliares del Castellano. «La Guardia Civil localiza a los padres de una menor ‘olvidada’ en una gasolinera». Las comillas que envuelven el verbo anuncian lo que está por venir en el texto: los padres pararon en una gasolinera de Quintanapalla y la adolescente y su perro bajaron a estirar las piernas; los padres se van sin notar nada extraño en el asiento trasero; y no se dan cuenta de las ‘ausencias’ hasta que la Guardia Civil los localiza en Armiñón. Son 72,5 kilómetros de ‘despiste’ que bien valen unas comillas.

La de los signos es una de las batallas invisibles de la Lengua Española. La puntuación es clave para dar sentido a una frase y los signos auxiliares pueden marcar el mensaje en una dirección de forma aséptica. Su buen uso, al menos en negro sobre blanco, está en manos de los cirujanos de la palabra. Su presencia, especialmente las comillas, permite que el transmisor del mensaje desaparezca y cumpla la función específica de poner en contacto al emisor con el receptor del mensaje.

Pero los retos a los que se enfrenta el Castellano son muchos. Entre la dictadura del anglicismo impuesto por la revolución tecnológica y la transcripción generalizada del lenguaje oral al escrito sin la grafía de las pausas en la mensajería instantánea, la de los signos auxiliares parece la batalla menos urgente.

Si 😉 tiene su imagen (emoticono) ya por defecto. Los puntos y las comas pasan inadvertidas del smarthphone al texto de un examen de Secundaria. Y, para un signo que gana uso y visibilidad en el Mundo Feliz de los modernos, le cambiamos el nombre. La almohadilla (#), que ya ha alcanzado rango de noticia en unos medios más preocupados por las entradas (clicks) que por el contenido, pasa a ser hastag.

En el mundo moderno de creadores de tendencia (influencers), gestores de comercio electrónico (e-commerce manager) o gestores de campañas de publicidad en internet (trafficker) queda claro que sin un signo, la almohadilla, no son nada. En este tiempo en el que el cabreo se mide a golpe de tuit y la censura de lo políticamente correcto contamina la libertad de expresión, la precisión de cirujano de los signos auxiliares debería ser un arma más para ganar la guerra del lenguaje.

Por MARTA CASADO

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