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“No escribiría La Reina del Sur ahora, cuando han muerto los narcos con códigos”: Pérez-Reverte

Sabotaje (Alfaguara) es la tercera parte del detective, un hombre que representa el éxito de Pérez Reverte, que ya ha creado la Reina del Sur y el Capitán Alatriste, en una obra que tiene su efecto y su sustancia y muchísimos lectores.

 

sinembargo.mx

Guadalajara, 25 de noviembre (SinEmbargo).- No quiere que se contamine el español, ama a los perros y hoy no escribiría La reina del sur. Todo se ha ensuciado, dice el escritor Arturo Pérez Reverte (1951), al punto que respeta a los gatos pero se parecen demasiado a los humanos, así que para él los perros que no sean como sus amos, aunque al final sí, son como sus dueños: asesinos o buena gente.

Así lo recordó en su novela Los perros duros no bailan (Alfaguara), en un tratado sobre la lealtad, que le parece la única cualidad del hombre por la que vale la pena confiar y luchar y que es la misma que Lorenzo Falcó destaca de su compañera, Malena Eizaguirre, una hembra de fiar, seria y valerosa.

Sabotaje (Alfaguara) es la tercera parte del detective, un hombre que representa el éxito de Pérez Reverte, que ya ha creado la Reina del Sur y el Capitán Alatriste, en una obra que tiene su efecto y su sustancia y muchísimos lectores.

“Podría dedicarme a leer y a navegar, sería un anciano feliz”, dice Arturo, cuando le preguntamos por qué escribir, “pero todavía tengo en mi imaginación algunas cosas que quiero contar, por otro lado, escribir me divierte”.

–Me decía usted que Lorenzo Falcó era mucho más encantador en este ambiente

–Sí, claro, es un París relajado, él se siente más cómodo como yo lo estaría también, pero sigue siendo un pirata y un lobo peligroso. En cuanto a maneras París facilita las cosas pero él tiene intenciones malísimas.

–¿Qué pasa con el Guernica, de Pablo Picasso?

–Toda novela tiene un punto que la desencadena, en este caso para mí, Guernicame resulta fascinante y Picasso como artista un grande, aunque no tan buena persona. Me hubiera gustado hacer ese tipo de travesuras. Una novela es la manera de hacer las cosas que no puedes hacer en la vida, tanto para el escritor como para el lector,  amar a quien no puedes amar, matar a quien no pudiste matar, multiplicar la vida. Romper el Guernica era una osadía y de ahí arrancó la novela.

–Hay una mirada avanzada sobre la mujer incluso en el caso de decir que Picasso era una mala persona

–Era una muy mala persona, pero la izquierda lo ha iconizado, la izquierda tiene contradicciones y olvida que Picasso era machista, que maltrataba a las mujeres física y psicológicamente, pero no dicho por mí sino avalado por sus mujeres, por sus hijos, sus amigos. Era cruel, era dominante, agresivo con ellas, eso está aprobado históricamente. Esa parte se obvia, se oculta…De izquierda puedes ser una mala persona y de derecha ser una excelente persona, no tienen nada que ver las ideas. Quería en mi novela hacer una incursión por el lado realista de la vida de Picasso. Como Picasso era un ícono de la izquierda, todo lo negativo de él se niega. Picasso es un personaje secundario de mi novela.

–Hay dos mujeres muy potentes, Eva Neretva y Malena Eizaguirre, muy potentes en la historia

–Como todas las mujeres en mis novelas. Todos mis personajes son así, desde la Reina del Sur hasta El tango de la Guardia Vieja…son las mujeres que me interesan. Todos los tipos de mujeres, como todos los tipos de hombres, son respetables, pero narrativamente me interesan esos, mujeres duras, fuertes, las mujeres capaces de plantearse al hombre como enemigo, como desafío, como compañero, pero siempre en un plano de igualdad o superiores. La verdad es que en mis novelas las mujeres son superiores a los hombres, por eso cuando me discuten por el lenguaje inclusivo, las feministas me acusen de machista, siempre digo: un momento, una cosa es que defienda un lenguaje limpio, eficaz y no contaminado por razones políticas y sociológicas, no significa que no defienda a la mujer, no defienda lo natural, la mujer ocupa un lugar en la sociedad que se le ha negado hasta ahora y que está recuperando. De hecho hay una novela mía, La reina del sur, que se utiliza como texto de trabajo en cátedras feministas en la universidad.

 

–Dice Falcó en un momento de su compañera que es fiel, rescata ese valor

–Yo tengo unos años y he vivido en lugares extremos muchas veces, la vida te va despojando de inocencias que tienes cuando eres niño, esas palabras que grabas con mayúsculas: Amor, Patria, Bandera, la vida te las va poniendo con minúsculas. La lealtad es una de las pocas palabras que conserva la mayúscula, todavía la conservas como código, como regla. La palabra lealtad, la palabra dignidad, la palabra valor, la palabra coraje, para mí siguen siendo muy importantes. Son las únicas virtudes que todavía en este momento, a mi edad, todavía me conmueven. Falcó, que al fin y al cabo es una criatura mía, participa de esa mirada en algunas cosas. En ese sentido, Falcó aprecia la lealtad en buena medida como la aprecia su autor.

–El español tiene muchísimos misterios, hoy acaba de sacar una columna hablando de las jergas, el lenguaje cambia

–El idioma castellano que es el que me interesa lo hablamos 550 millones de hablantes. Justamente lo que nos une es que usted y yo hablemos en castellano. Yo soy español, usted es argentina y hablamos en México. Esta es una patria indiscutible. Uno puede discutir la españalidad, la mexicanidad, la argentinidad, pero la hispanidad de la lengua nadie la discute. Es una herramienta muy eficaz, muy útil, imperfecta como todas, pero no puedo permitir que me la contaminen. No le reprocharía nunca a usted o a otra persona que hablen como quieran, pero a la hora de escribir no puedo concebir que me quieran contaminar la lengua por razones no lingüísticas, políticas o sociales, tal…la lengua debe evolucionar pero de acuerdo a una cosa que se llama limpieza, sentido común, belleza, panhispanismo. Como escritor defiendo mi herramienta de trabajo, yo no puedo escribir una novela que comience diciendo: “Todos y todas aquella mañana bajaron por la escalera…” Yo no puedo hacer eso. Defiendo con radicalidad las normas básicas de la lengua española, acepto lo inclusivo, siempre y cuando no vulnere el sentido común y lo razonable, pero fuera de ese terreno estoy a favor de cualquier tipo de evolución.

–A veces hemos perdido batallas como la coma antes de la y…

–Yo uso la coma antes de la y. ¿Sabe qué pasa? Fui educado con mucho rigor, por una familia que me enseñó a leer y a escribir y me obligaba a expresarme bien. Hay una cuestión que es para mí práctica. Yo soy académico. La academia ha quitado la tilde del solo, del este y de aquel. Yo sigo usando la tilde, porque si no me confundo. Lo necesito. A veces, cuando estoy construyendo una frase, una vulneración menor como la coma antes de la y, una vulneración de la norma, me la permito porque expresa mejor lo que quiero decir. En mi estructura de trabajo, la coma antes de la y la utilizo con frecuencia. No pretendo imponerla, pero yo en mis textos lo hago. Pero creo que esas son cuestiones menores, ¿no?

–Pensaba en Élmer Mendoza, que se encontró recientemente con usted en España, ¿ha podido ver el lenguaje de los narcos, el lenguaje de Sinaloa?

–Él me llevó por ahí, fue mi maestro, mi Virgilio en ese bosque proceloso de la noche, nos hicimos muy amigos y aprendí mucho de él. Hay una cosa que me fascina mucho de América, pero sobre todo de México, que tiene esa frontera con los Estados Unidos, donde se juntan unos factores muy interesantes. De una parte está la gente rural, con pocos estudios, la gente a menudo analfabeta, luego está el inglés, que es próximo y contamina mucho y después el español. Entonces en esa combinación salen unas construcciones verbales fascinantes. Un campesino analfabeto de Sinaloa crea un lenguaje mucho más potente que un académico español. Eso me fascinó. He dedicado mucho tiempo a mirarlo, a leerlo y justamente en La Reina del Sur, la construyo con ese lenguaje.

La Reina del Sur me parece que no podría vivir ahora…

–Yo esa novela no la escribiría ahora, no al menos así. Cuando yo fui a Sinaloa, todavía vivían los viejos narcos con sus antiguos códigos, las mujeres y los niños no, pero al desaparecer esa generación, al ser encarcelados o morir, aparece una nueva generación, la de los ratas, la de la gente de segundo nivel, subalternos, que ya no tienen esos códigos. Entonces, el narco se vuelve triste, cruel, inhumano, de una manera que no era antes. La simpatía que yo podría sentir hace 15 años por el campesino que cultiva y pasa sus fardos al otro lado ya no es la misma. Antes me emocionaba un narcocorrido, los de ahora me producen rechazo.

–Se escuchan menos los narcocorridos

–No, se siguen escuchando, si vas a Culiacán, de pronto pasa una camioneta con los narcocorridos a todo volumen…

–¿Le gustan los perros? Lo digo por la novela anterior, que me encantó

–No es que me gustan, los adoro, me parecen los seres más interesantes de la naturaleza. No hay perros malos, hay amos malos. Un perro es una lealtad en busca de una causa, como digo en esa novela, son los hombres los que los hacen malos, los hacen asesinos o los hacen crueles. También están los que los hacen maravillosos. Por eso a menudo el perro termina pareciéndose al amo, en lo bueno y en lo malo

–¿Los gatos?

–Los respeto, pero se parecen demasiado a los humanos como para que me gusten. El gato no me inspira la simpatía que me inspiran los perros. El gato es taimado, el perro es leal, el gato puede abandonarte, un día se fue, le apeteció y ya no está más con uno.

–¿Por qué escribir? Hay un momento en que los autores dejan de tener imaginación

–Yo la tengo todavía. Y sobre todo porque me divierte, escribir es una aventura, es leer, viajar a los lugares, el escribir me mantiene vivo, me permite ordenar recuerdos, calmar remordimientos, hacer cosas que no hice, escribir me mantiene una lucidez extrema, me mantiene despierto. Si dejara de escribir, envejecería, sería un anciano que navegaría y leería, feliz y sereno, pero me faltaría ese impulso, esa excitación que siento cada día cada vez que me siento frente al ordenador los folios que tengo en la cabeza.

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