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La paradoja de la “e”: ¿Es inclusivo el lenguaje inclusivo?

José María Gil, filósofo e investigador del Conicet en temas de lenguaje, analiza los límites de la tendencia.

 

clarin.com

El así llamado “lenguaje inclusivo” propone anular la distinción entre masculino y femenino para los sustantivos que evocan significado “humano”, con el objetivo explícito de representar y exaltar laigualdad de género.

La anulación de la diferencia se aplica a los sustantivos cuyo referente engloba a personas entre las cuales hay más un género, lo que permite evitar el uso por defecto de la forma masculina “o”.

El cambio morfológico incide desde luego en los artículos y adjetivos que modifican a los sustantivos en cuestión. Surge así una nueva forma que significa “género indistinto” y abarca no sólo “masculino” y “femenino” sino también otras opciones no contempladas dentro de alguna de esas dos categorías.

Así, en “lenguaje tradicional”, alguien puede expresar lo siguiente: Los chicos argentinos no tienen que ser distintos ante la ley porque todos tienen los mismos derechos.

Una de las variantes del “lenguaje inclusivo” propone que se use desinencia x para significar “indistinto”: Lxs chicxs argentinxs no tienen que ser distintxs ante la ley porque todxs tienen los mismos derechos.

Otra posibilidad que se ofrece es la @ (arroba): L@s chic@s argentin@s no tienen que ser distint@s ante la ley porque tod@s tienen los mismos derechos.

Tal vez sin proponérselo, la equis y la arroba encierran al “lenguaje inclusivo” dentro de la breve cárcel de la lectoescritura porque ninguno de esos dos símbolos tienen realización fonética. Por ello, en la oralidad, los dos ejemplos anteriores deberían verbalizarse más o menos en estos términos: Los chicos argentinos y las chicas argentinas no tienen que ser distintos ni distintas ante la ley porque todos y todas tienen los mismos derechos.

Hay una tercera (o cuarta) variante que ofrece una ventaja notable sobre la otras: Puede usarse en la interacción oral. Parece, entonces, la variante morfológica más viable para significar “indistinto”:

Les chiques argentines no tienen que ser distintes ante la ley porque todes tienen los mismos derechos.

Los detractores del “lenguaje inclusivo” deben admitir que visibiliza un reclamo justo de forma artística. Produce extrañamiento con respecto al lenguaje mismo: des-automatiza la percepción del lenguaje ordinario. En términos de Roman Jakobson, la comunicación se orienta al mensaje como tal. Con el “lenguaje inclusivo” se consigue el predominio función poética del lenguaje por encima de otras funciones.

También produce un impacto emotivo. Es habitual que algunos oyentes se muestren incómodos y aun irritados con el “lenguaje inclusivo”, y ya se sabe que el estupor o el escándalo pueden ser otras de las generosas funciones del arte. En conclusión, debe reconocérsele al “lenguaje inclusivo” que cumple en buena parte con el objetivo que se propuso: Hacer cada vez más manifiesta la urgente necesidad de la igualdad de género. Y por si fuera poco, lo hace de modo poético.

Con todo, sus usuarios y defensores también deberían admitir que el “lenguaje inclusivo” presenta varias limitaciones. Para empezar, un cambio morfológico no implica un cambio conceptual. Ni, por contrapartida, para que haya un cambio conceptual se necesita un cambio morfológico. En este sentido el “lenguaje inclusivo” parece estimular ideas erradas: Que el mero cambio de una forma por otra sea suficiente para modificar el pensamiento o que la creatividad conceptual se reduzca a una modificación muy básica de la morfología. Recordemos que, por ejemplo, a Borges no le hizo falta inventar palabras nuevas ni cambiar la morfología para escribir los cuentos de Ficciones. La creatividad desconcertante de Borges se explica, por ejemplo, a partir del modo en que descoloca con los adjetivos. Consideremos el comienzo de “Las ruinas circulares”: Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche.

¿Por qué es “unánime” la noche? Los significados estallan en muchos sentidos. Pero el estallido de significados tiene lugar en el sistema conceptual del lector, no en la parte del sistema lingüístico donde se representa la morfología.

Por otro lado, no hay evidencia de que la distinción de género morfológico sea un impedimento para considerar la igualdad de género en la vida personal y social. Por ejemplo, el inglés no distingue género para la inmensa mayoría de los sustantivos, y directamente no distingue género para adjetivos y artículos. No parece que los hablantes nativos del inglés estén mejor predispuestos para contemplar la igualdad de género que, por caso, los hablantes nativos de francés (que sí distingue género morfológico).

¿Qué logra entonces el “lenguaje inclusivo” con su merodeo constante alrededor de la morfología? Que hablantes y oyentes focalicen su atención precisamente en la morfología… Y este merodeo obsesivo puede ocasionar el descuido del nivel conceptual. Todo esto es muy problemático, porque la postulación y la defensa de la igualdad de género se despliegan en el nivel conceptual, no en la morfología.

Un indicador de esta atención excesiva en la morfología por parte de quienes aspiran a usar el “lenguaje inclusivo” es que no pocos incurren en inconsistencias manifiestas, que van desde problemas relativamente menores de concordancia (todos los diputades, valoremos al otre) hasta la asignación desaforada de género a la desinencia verbal (tenemes en lugar de tenemos, como si la o se correspondiera con el morfema masculino de los sustantivos).

En efecto, una utilización más o menos consistente del “lenguaje inclusivo” exige un alto nivel de conciencia gramatical porque un hablante tiene que estar muy atento para reconocer cada caso de concordancia que involucra a los sustantivos con significado “humano”. Entonces, el “lenguaje inclusivo” se circunscribe a hablantes altamente escolarizados. Así, estamos ante la paradoja de que el “lenguaje inclusivo” termina siendo indeseablemente elitista.

Ahora bien, pensar que una minoría puede imponer un cambio lingüístico en beneficio de la mayoría no sólo alimenta la fantasía de la élite iluminada sino que también pasa por alto la conocida dialéctica entre la inmutabilidad y la mutabilidad del signo lingüístico, que ya fuera explicada por Ferdinand de Saussure a principios del siglo XX. Por un lado, el signo lingüístico es inmutable porque los hablantes de la comunidad no lo eligen ni pueden cambiarlo según sus preferencias. La comunidad de habla está ligada a su lengua tal cual es y por ello el signo lingüístico está fuera del dominio de la voluntad de los hablantes.

Pero el paso del tiempo tiene otro efecto complementario en la estructura del sistema lingüístico: si bien asegura la continuidad de la lengua a través de las sucesivas generaciones (por ello el signo es inmutable), el tiempo también altera la estructura del sistema porque permite que los signos lingüísticos cambien (por ello el signo es también mutable). Pero tanto la inmutabilidad como la mutabilidad del signo lingüístico dependen de factores que están mucho más allá de la planificación de un grupo minoritario de hablantes. Desde luego, cabe pensar en la posibilidad de que la variante “e” del “lenguaje inclusivo” termine siendo aceptada por la comunidad de habla, pero esa aceptación sería el desenlace de un largo proceso de cambio lingüístico.

Por último, el lenguaje inclusivo quiere defender con toda justicia la igualdad de género. Sin embargo, cae en la hipótesis falsa del determinismo lingüístico, según la cual el léxico y la gramática de la lengua que hablamos crea una trama de hierro para los pensamientos que elaboramos.

Reconozcamos otra vez que, más allá de las paradojas excluyentes en las que incurre, el “lenguaje inclusivo” tiene la noble intención de defender valores fundamentales. Dichos valores puedan quizá expresarse en estos términos: “Todos somos personas”; “ninguna persona es más (ni menos) que otra”; “es inaceptable que la mujer se subordine al hombre”; “la ética no abarca los hechos sexuales” , etc.

Parece, entonces, que no hace falta escudarse en la renovación morfológica para promover valores igualitarios y democráticos. La promoción de esos valores requiere cambios en el pensamiento de las personas, los cuales son mucho más complejos y vastos que un cambio premeditado en la morfología nominal.

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