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Frecuencia en el garabato

Las últimas patinadas de Interior, lo de Kast o Urrutia día por medio, lo de RN el domingo, todo eso es grosero, no así cierta frecuencia en los garabatos, que son el magma de nuestra lengua ardiente. Los inmigrantes ya empiezan a usarlos y suena maravilloso.

 

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Encontré el informe anual de castellano de tercero medio donde se me decía: “Puede mejorar si se propone tomar conciencia de su frecuencia en los garabatos”. Qué sería de Chile, me pregunto a dos décadas de esa anotación negativa, qué sería de su gente y su poesía, su música y su oficinismo sin la libre disposición de una chuchada frecuente. La fealdad o las callosidades del lenguaje no hay por qué taparlas tanto, además: están ahí y, por otra parte, todo es tan relativo. Cena, por ejemplo, era una palabra horrible, y ahora, cuando su uso se ha vuelto común, lo sigue siendo, pero otras se alindan con el tiempo, como apañar, bienaventurado neologismo en el país del individualismo gore.

“Hay que cuidar las formas”, alegará alguien, pero eso no significa nada. Las formas varían, eso es un hecho irreductible: todo cambia, las cosas van y vienen, y las palabras están ahí para decirlo todo, o casi. En 2018, Chile ha tenido vaivenes muy marcados, avanzando y retrocediendo como mediocampista en aprietos. Empezó con el grito de las mujeres, un alzamiento de vivas y muertas que movió las cosas, las bases, y en las bases está lo básico, que es lo esencial. Otra cosa es que seamos básicos y, paralelo a los avances en materia de género (hay conductas que ya no pasan coladas o, al fin, Elvira Hernández, Sol Serrano y Diamela Eltit recibieron el reconocimiento que se merecen), no sepamos advertir a la serpiente reaccionaria sacando la lengua viperina. Véase sino al pleno de RN aplaudiendo como foca mimada cuando la diputada Camila Flores se declara pinochetista “sin problemas”.

Lo mapuche y lo inmigrante constituyen otros hitos en el bamboleo patrio actual. El cambio es ante todo de disposiciones. Yo, perdón por lo precario, hace diez años capté que no sabía nada del mundo mapuche cuando nos regalaron un wanco, piso de madera tallado en una única pieza, patas incluidas. Es una belleza. Durante un mes en la casa lo asumimos y usamos, volcado, como revistero. Fue un amigo quien con una salivosa carcajada nos hizo ver que estaba al revés (de revistero, dije para matizar el papelón, queda lindo igual). Para revertir ignorancias así de palpables basta con hacerse cargo de una cuestión formulada hace décadas por Nicanor Parra: “Muchos los problemas. Una la solución: Economía Mapuche de Subsistencia”. ¿Qué podemos decir? Quizás otro verso suyo: “Sea pobre y honrado, amigo, pero no sea huevón”.

El crimen de Catrillanca marcó un segundo giro nacional. Los nuevos aires no vinieron del nuevo gobierno –reducido al rol de arquero–, tampoco de la Oposición –más quebrada que pan de pascua duro–, sino de la población, de la resistencia ciudadana al basureo abusón, práctica que por años propició la subcultura inocua de la lamentación, felizmente reemplazada ahora por una cultura activa de oposición, que ojalá dé paso a una de proposición, pues viene fuerte en el correlato el renacer momio.

El dilema quemante ahora es el migratorio. Ojalá el corcoveo espoleado por Interior (¿querían cambiar de tema?) se topara con ese espíritu social que renació con las mujeres y Catrillanca, pero no está claro qué pasará. No se ha puesto el énfasis donde corresponde, no en la caridad de la recepción sino en lo beneficioso de lo recibido, es decir, en el efecto oxigenador y liberador del amigo cuando es forastero, que en su mayoría aporta dinamismo y buena voluntad al virreinato del peso de la noche, el chaqueteo, el winerismo y las caras de poto. La inmigración no es cuestión de sencilla administración, claro, y debe regularse, pero el cierre de puertas por dentro no es la vía, es populismo del peor. Un pacto internacional es ante todo un gesto, no un tratado vinculante. Y el gobierno se resta, mostrándose frío como candado de parcela, odioso como Ñoño llevándose la pelota porque es suya.

Las últimas patinadas de Interior, lo de Kast o Urrutia día por medio, lo de RN el domingo, todo eso es grosero, no así cierta frecuencia en los garabatos, que son el magma de nuestra lengua ardiente. Los inmigrantes ya empiezan a usarlos y suena maravilloso.

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