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Queridos lectores, queridas lectoras

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Reconozco que, aunque estoy alerta para deshacerme de los prejuicios que se van adhiriendo al equipaje mental en el transcurso de la vida -otra cosa es que lo consiga-, me rechina cada vez que oigo, en discursos políticos o de otra índole, las expresiones españoles y españolas, ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras,… Mi amiga Geles, beligerante por los derechos humanos y los de la mujer, con la que he discutido sobre cuestiones lingüísticas de género y cuyas opiniones respeto mucho, suele utilizar la frase de George Steiner: “Lo que no se nombra no existe” para defender el lenguaje inclusivo, que tiende a utilizar el vocabulario neutro o el que evidencia la distinción entre lo masculino y lo femenino.

Nada que objetar si no fuera porque ese lenguaje inclusivo con frecuencia no es compatible con la economía del lenguaje, un criterio que no surge de la corrección política, en ocasiones guiada por el marketing electoral, sino de siglos de evolución más o menos natural de las lenguas. Por supuesto no tengo inconveniente en tratar con arquitectas o médicas (aunque en una ocasión llamé embajadora a una señora diplomática y me corrigió diciendo que ella era embajador); ni en sustituir el plural los jóvenes por la juventud. Pero se me hace cuesta arriba reemplazar a los españoles, los deudores o los padres de familia, respectivamente por la población española, las personas deudoras o las personas responsables del hogar, como recomienda Eulàlia Lledó, reconocida experta en temas de lengua y sexismo y colaboradora, por cierto, de la Real Academia.

A aclarar dudas, quizá también a avivar polémicas, ha llegado a las librerías hace apenas un mes el Libro de estilo de la lengua española según la norma panhispánica, que ya en su primer capítulo aborda las cuestiones de género. Consensuado por el conjunto de las Academias de la Lengua Española, considera innecesario en la mayor parte de los casos el desdoblamiento al modo del título de este Surcos Nuevos. Sin embargo, lo acepta como cortesía al principio de un discurso y en los saludos de cartas y correos: Estimados alumnos y alumnas. También admite que se diga la presidente o la presidenta, aunque normalmente el femenino no varíe cuando el masculino termina en “-nte”. En general, para los que, como yo, abunden en dudas al respecto, el consejo adecuado podría ser guiarse por el sentido común y huir de los extremos.

Por JAIME DE VICENTE NUÑEZ

 

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