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El lenguaje inclusivo: 2018 fue el año de la “E”

En medio de los debates sobre políticas de género, se coló una polémica que alcanzó fanatismos impensados: la alteración del género gramatical y el llamado “lenguaje inclusivo”. 

 

infobae.com

El uso del lenguaje inclusivo impulsado hace aproximadamente una década por los movimientos feministas no solo de la Argentina, sino de varios países de América Latina –y también de España–, ha generado en nuestro país una polémica de la que han participado lingüistas y grupos de estudiantes, algunos partidos de izquierda y, en general, personajes del mundo del espectáculo. Fueron precisamente los sectores más progresistas los que han hecho uso y abuso del llamado “lenguaje inclusivo” en lo que parecería ser un intento por no quedar fuera de un reclamo que todos —usemos el lenguaje inclusivo o no— consideramos legítimo, ya que lo que se busca es defender y ampliar los derechos de un sector de la sociedad.

Los puntos centrales que generan esta polémica pueden resumirse en dos: confundir género gramatical con sexo y creer que el simple hecho de cambiar la lengua bastará para cambiar las conductas machistas y discriminatorias. En realidad, si logramos modificar estas conductas indeseables, es probable que la lengua se termine acomodando sola a la nueva realidad.

En un primer momento, se impuso el uso de la “x” y luego de la @ como marca de inclusión, una solución bastante inocua si se piensa que no tiene correlato fónico, es decir que se circunscribe a la escritura. En la oralidad, la cosa cambia, ya que, para marcar la visibilización de la mujer, se comenzó a usar el género femenino, lo que provocó la duplicación de los sufijos de masculino y femenino, por ejemplo, en “todos y todas”, cuando en español el masculino incluye a ambos géneros. El fracaso de este recurso se ve con claridad cuando los que intentan usar el lenguaje inclusivo empiezan su discurso con todas las ínfulas, pero inmediatamente son incapaces de sostener las duplicaciones aplicadas a sustantivos, adjetivos, pronombres y a todas las palabras que en español deben concordar en género y número dentro de la oración.

 

El uso de la “x” como marca de inclusión. Foto: Archivo DEF.

El uso de la “x” como marca de inclusión. Foto: Archivo DEF.

 

La última moda para marcar la inclusión lingüística de todos los sexos ha sido lo que los lingüistas denominan “e neutralizadora”. En nuestro país, este recurso se visibilizó en boca de la vicepresidenta del centro de estudiantes del Colegio Carlos Pellegrini, que justificó la toma de la institución en apoyo de la legalización del aborto con las siguientes palabras: “Hay poques diputades que están indecises y queremos mostrarles que a nosotres no nos va a pasar por al lado que decidan que sigan muriendo mujeres o frenar eso y legalizar el aborto”.

Pero la “e neutralizadora”, que parece surgir de manera fluida y natural en boca de esta adolescente, también ha sido utilizada por políticos y profesores en otros países, como Colombia, Chile, España y Uruguay, tal como resume el periodista Víctor Núñez Jaime en una excelente nota aparecida en el número inaugural de la revista Archiletras.

En Colombia, por ejemplo, un juez obligó al alcalde de Bogotá a cambiar el lema de su gobierno “Bogotá para todos” por “Bogotá para todos y todas”. En Chile, la cosa fue más allá; por ejemplo, Michelle Bachelet felicitó a la ganadora del concurso Pasapalabras poniéndola como “ejemplo para les chiquilles”, y Sebastián Piñera comenzó un discurso con las palabras “todos, todas y todes, como se dice ahora”.

 

Foto: Fernando Calzada/DEF.

Foto: Fernando Calzada/DEF.

 

Como se verá, nadie quiere quedar afuera de este reclamo que, por momentos, parece más una moda que un reclamo. En España, la cosa fue más allá, y el PSOE –en el que hay más ministras que ministros– le pidió a la RAE un informe sobre el modo en que está redactada la Constitución y, en caso de que esta no reflejara al conjunto de la sociedad, que propusiera opciones para modificarla. Este fue el momento en que Arturo Pérez Reverte, el famoso escritor español y académico de la RAE, amenazó públicamente con abandonar su sillón en la docta institución si sus compañeros se avenían a semejante pedido.

En la Argentina, también se le ha dado mucha importancia al tema del lenguaje inclusivo, y hemos leído y escuchado a muchos lingüistas en los medios. Sin embargo, parecería ser que la voz más autorizada para hablar de este tema es la del Dr. José Luis Moure, presidente de la Academia Argentina de Letras y miembro correspondiente de la RAE, quien ve muchos problemas en la idea de unificar en la vocal “e” las terminaciones de masculino y femenino en “o” y “a”.

Este estudioso de la evolución del español desde el latín hasta nuestros días opina que la propuesta inclusivista y arbitraria del uso de la “e” –se pregunta, por ejemplo, por qué la “e” y no la “i”— surge en realidad de una minoría de clase media que intenta imponer un reclamo social, no desde “la lenta necesidad expresiva de un número considerable de hablantes”, sino desde una determinada ideología.

 

Foto: Fernando Calzada/DEF.

Foto: Fernando Calzada/DEF.

 

Es decir, en sus propias palabras, la propuesta “no surge como cambio ‘desde abajo’, sino ‘desde arriba’, además de que complica las terminaciones de género que se han formado desde el latín a lo largo de los siglos”. Por eso, duda de que este uso se imponga, porque implicaría “el nacimiento de otros problemas no despreciables”, como la enseñanza del nuevo sistema a los docentes, alumnos y a la población en general, y “la puesta en peligro de la unidad del idioma de veintitrés naciones si este cambio se impusiera solo en ciertos lugares, como todo indica que podría suceder si se avanzara desacompasadamente en esta línea”.

No hay dudas de que la lengua no es un organismo muerto, la lengua está viva, cambia, evoluciona, ya que, si así no fuera, seguiríamos hablando en latín y no en español, pero los cambios no se imponen, más bien surgen de una necesidad de los hablantes de dar un nombre a algo nuevo o de simplificar el sistema, más que de complicarlo.

Por esa razón, en lo personal, no estoy ni a favor ni en contra de los usos inclusivos de la lengua, simplemente no los uso, me parecen forzados, pero a la vez, les reconozco la virtud de haber puesto sobre el tapete un problema social y cultural para visibilizarlo, polemizarlo, desmenuzarlo. Si la solución no es el lenguaje inclusivo, habrá otra, pero al menos, sabemos que existe el problema.

Por Andrea Estrada.

 

 

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