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Dejar el privilegio de la norma oyente: La defensa a la diferencia de las mujeres sordas feministas

Macarena Díaz, Rosario Silva y Romina Espinoza se acercaron hace dos años al feminismo para terminar con las desigualdades y las violencias que reconocen al interior de la comunidad sorda. La sororidad para ellas es aprender y asumirse desde esta posición política para traspasarles el conocimiento a otras mujeres sordas. Aquí hablan sobre su experiencia. Este encuentro fue interpretado por Karen Schumacher a través de la lengua de señas.

 

eldesconcierto.cl

Camila Binde levanta la mano desde la primera fila. Fue una de las últimas intervenciones del público que esa tarde del 8 de noviembre sumó a más de dos mil mujeres en la explanada de la Universidad de Santiago. La expositora de ese día, la destacada feminista Silvia Federici, la escucha sentada en el escenario con el micrófono entre las manos. Todas la escuchamos por medio de una intérprete en lengua de señas. Era la primera vez que ella y sus compañeras de la comunidad sorda organizadas desde el feminismo asistían a una instancia como esa. Los aplausos tardaron segundos en llegar.

—Nos comenzamos a juntar hace dos años como comunidad sorda con discapacidades relacionadas con el feminismo. Lo hicimos para poder abrir la mente porque hay muchas barreras para las personas con discapacidad— dice Camila.

Silvia aplaude y se pasa las manos por los ojos.

—Es muy importante que las feministas puedan reunirse en estos grupos para romper con estas barreras— agrega la joven.

No borrar la identidad de nadie. Dejar el privilegio de la norma oyente. Una resistencia. Ahí estuvieron ellas para que la conociéramos.

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Karen Schumacher fue una de las intérpretes de lengua de señas que participó en la charla de Silvia. Durante las casi dos horas que duró la exposición estuvo junto a otra de sus compañeras tendiendo el puente comunicativo con la comunidad sorda ahí presente. Vive en Osorno pero viaja constantemente a Santiago para participar en actividades feministas. Interpreta desde hace tres años, aunque años antes ya había adquirido el conocimiento.

Algunas semanas después de ese encuentro viajó para una actividad que se hizo en Tardes de Lelas, un espacio libre de violencia machista donde se reúnen mujeres lesbianas. Queda en avenida Matta con Rogelio Ugarte, en la comuna de Santiago. Ahí nos juntamos.

La conversación sería con Macarena Díaz (33) Rosario Silva (43) y Romina Espinoza (29), las tres integrantes de la comunidad sorda que se reconocen feministas.

Con Macarena habíamos hablado antes por Whatssap.

—Entramos al mundo hace dos años, creo. Al mundo feminista—, me contó, además, que está haciendo un reemplazo de restauradora en en el Museo de Bellas Artes.

En Tardes de Lelas se preparaban para el gran festival lésbico Planeta Lesbos que se hizo el 15 de diciembre pasado. Fiesta toda la noche. Las entradas estaban a la venta ese día. Así que entre la música en vivo y la comida, salimos de la casona a conversar. Hicimos un círculo y Karen estuvo a cargo de la interpretación.

Les pregunto sobre la manera de enfrentar una sociedad sumamente patriarcal, pero, además, acostumbrada a invisibilizar lo que queda fuera de la norma oyente.

Mientras fuman, Karen mueve sus manos haciendo contacto visual con las tres. Ellas se miran antes de contestar. Nos comunicamos a través de su voz.

—Personas oyentes nos han invitado a participar a las actividades feministas y nos dicen ven, ven a participar y eso se agradece. Hemos ido siempre y cuando haya intérprete, porque si no hay no entendemos absolutamente nada mientras todas se hablan, obvio. Pero ha habido mucha empatía. Eso a mí me fue sorprendiendo. Y, claro, ahí tú dices la sociedad puede cambiar un poco con esto — dice Romina.

Sobre los grupos al interior de la comunidad sorda, me cuentan:

— Hemos conocido a varios grupos feministas, pero especialmente de personas sordas no hay—, responde Macarena.

—Cómo que no, pero por ejemplo está El Bloque—, le recuerda Romina.

—No sé si es exclusivamente de sordas— le contesta Rosario con una expresión pensativa.

— Ya, pero no hablen todas al mismo tiempo porque yo le estoy haciendo las voces a cada una. Son tres contra una —, les pide entre risas Karen, que en ocasiones se acelera al hablar.

Ahora toma un respiro y le pide ayuda a otra de sus compañeras que está en el círculo que hacemos. Ella acepta e interpreta una de las voces.

Hablamos sobre el machismo al interior de la comunidad sorda.

—Es tanto como en la oyente. Y eso lo comprendimos. Por ejemplo, pasa mucho cuando te dicen los momentos en que tú puedes hablar, intervenir, sobre los turnos de habla. Eso de decirte cuánto puedes o no es patriarcado. Nos fuimos dando cuenta de todo ese tipo de cosas—, responde Romina.

Macarena sigue:

—Dentro de la comunidad sorda hay violencia. Los hombres discriminan a las mujeres muchísimo. Hay un listado de situaciones que suceden y nosotras estamos luchando por que terminen y por la igualdad. Lo mismo que el grupo de oyentes. Por ejemplo, los hombres sordos son muy visuales. Lo primero que hacen es mirarte completa. Se empiezan a burlar si tú tienes pelos o si estás gorda. Pero qué es eso, qué significa eso. Antes yo también me reía, pero, bah, empecé a comprender que entre todas queremos estar cómodas, que hay empatía y que queremos ser como nosotras queramos- comenta.

Romina la mira y asiente.

—Es verdad, todas decimos lo mismo. Tenemos derecho de ser como queramos. Todas lo tienen. Si quieres estar con tus pelos, bacán, que haga lo que quiera. No voy a dejar de hacer lo que quiero porque otros me miran más o menos. Sobre todos los machos que preguntan si te depilái o no, o por qué no, qué hueá, los gays también se depilan, da igual si son hombres o mujeres. Qué les importa. No me gustan las desigualdades. Eso de verdad me da mucha rabia —.

Karen suspira fuerte y al decir esta frase traspasa la molestia por la voz de una de las tres. Posiblemente de las tres a la vez y de todas las mujeres que sienten (sentimos) lo mismo.

A lo anterior, Rosario agrega:

—También te das cuenta que para el resto somos consideradas “menos personas”. Las mujeres sordas somos más vulnerables. Es como lo que le ocurre al pueblo mapuche que son minoría y no quieren desaparecer. Y ante eso es difícil defenderse. A nosotras nos pasa igual somos minoría, pero permanecemos y decimos lengua, lengua, lengua NO lenguaje. Necesitamos lengua de señas para que desarrolle nuestra cultura. Entonces, que me digan ¡es que tú debes hablar! Ufff.

Nuevamente aparece la rabia. Decir eso es cercenar su manera de expresarse, reducirlas y negarlas.

Romina reconoce que existen resistencias dentro de la comunidad sorda para aprender sobre género y feminismo.

—Nos dimos cuenta que hasta que no participáramos solo las oyentes serían las que irían a las marchas, o al menos creerían sólo eso. Nosotras también estamos aquí. Hay muchas mujeres con discapacidades que sufren violencia machista. Algunas oyentes pueden pensar que somos iguales, pero no, no somos iguales, necesitamos interpretación —, advierte Romina.

Ella decidió aprender de las experiencias de otras mujeres para ayudar a otras personas sordas.

—Creemos que eso es la sororidad—.

Karen deja de hablar. Indica con una de sus manos cerca de la boca que adentro están comenzando a cantar. Me pregunta si podemos seguir con otras preguntas más rato. Claro que sí, le digo. Era el turno de la artista Indomitamorfosis. Todas sus letras de rap fueron interpretadas por Karen.

Percibo a una comunidad orgullosa que destella

Y el problema no es la sordera, es la discriminación por ella

Dejas de ver esto como una enfermedad

Y valorar como cultura y lengua.

Quizás ser sorde no sería un atado,

si todes todes aprendiéramos a hablar señando

Quien sería la excluida si no hay forma pa excluir

Si comprendo lo que dices y me comprendes a mí.

Terminaron las presentaciones de música en vivo y el baile y las mujeres fueron protagonistas del resto de la noche en el encuentro feminista.

Por Natalia Figueroa

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