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¿La lengua muerta es una bella durmiente?

Frente a ocho idiomas con más de cien millones de hablantes, el castellano entre ellos, hay decenas que solo tienen uno por efecto de la colonización.

 

clarin.com

Los nombres propios dicen bastante de nosotros mismos, y lo mismo le ocurre a los lugares. La localidad de Port Lincoln no se llamaría de esta forma si tras miles de años de historia en soledad, en el territorio de los aborígenes australianos Barngarla no hubieran irrumpido los colonos ingleses. Entonces esa ciudad de Australia, hoy conocida por su producción de atún, hubiera seguido llamándose Galinyala y la lengua que así la nombraba aún estaría viva.

Atribuir una vida a las lenguas no resulta una idea nueva. Pero solo hace pocos años comenzó a desarrollarse para ellas una ecología. Así como las especies animales, también las lenguas han sido tipificadas en su grado de riesgo: lenguas vitales o en peligro, lenguas moribundas o muertas. La desaparición de ellas, estableció por primera vez un congreso internacional de lingüistas en 1992. “Constituye una pérdida irreparable para la humanidad”, se dijo y, por esto mismo, la UNESCO terminó por involucrarse en el tema. Los teóricos señalaron, además, que la mayoría de las veces las lenguas no mueren de muerte natural. El dominio de una lengua sobre otra puede ser tal que termine por aniquilarla. El cincuenta por ciento de las seis mil lenguas existentes en el mundo, se estima, se habrá perdido en los próximos cien años.

¿Pero cómo se determina el estado de una lengua? Se dice que está muerta cuando ya no hay nadie que la hable; pero aun cuando solo una persona la conozca, su grado de peligro es similar al de la no existencia: puesto que las lenguas sirven a la comunicación, ese idioma aislado en un solo individuo está virtualmente extinto. Las estadísticas indican que, frente a las ocho lenguas que tienen más de cien millones de hablantes nativos en el mundo (mandarín, español, inglés, bengalí, hindi, portugués, ruso y japonés) hay decenas a las que les queda uno solo. La mayoría de esas lenguas de un único hablante –eran unas 50 en el año 2000– de las que tenemos noticia están en un país, y son producto de los efectos de una reciente conquista: Australia.

La lengua perdida Hasta hace poco extinta, la lengua barngarla se dejó de hablar en Australia hacia 1960. Existen unas pocas grabaciones de un último hablante que tampoco la conocía verdaderamente; la dificultad de descifrar esas grabaciones está, nos dicen, en aislar la voz humana de los pájaros que cantan detrás. El más importante documento del barngarla es una gramática y un diccionario de un misionero alemán que llegó a Australia en 1838 y que, si bien fracasó en la tarea de conversión de los pueblos originarios al luteranismo, dejó a la posteridad ese breve documento de gran calidad, del que solo algunos barngarla tenían noticia hasta hace poco. De modo que cuando un lingüista de la Universidad de Adelaide convocó a los barngarla a una reunión para hablar sobre la recuperación de su lengua perdida, los cinco representantes de la comunidad fueron contundentes en su respuesta: hace cincuenta años que lo estábamos esperando. Así surgió la colaboración entre el profesor Ghil’ad Zuckermann y esa comunidad, que hace solo tres años obtuvo el reconocimiento oficial, ante la corte de Australia, de ser propietarios tradicionales de la zona en que viven.

La primera reunión de futuros maestros de barngarla se hizo en agosto de 2018, en el centro de estreno de la comunidad en Port Lincoln. Ante la pregunta de cuál es el objetivo de este colectivo de gente para con su lengua perdida, futuras docentes como Gena responde que espera que su hijo, un bebé de unos cinco meses que pasará de mano en mano durante toda la tarde, lo hable algún día a la par del inglés del que todos se sirven, y que es levemente diferente del inglés australiano que fueron obligados progresivamente a adoptar. La historia de esta comunidad es similar a las de los muchos otros habitantes originarios de la gigantesca isla de Australia, donde los europeos comenzaron a imponer su dominio hace apenas doscientos treinta años.

A diferencia de otras conquistas, los ingleses que llegaron a Australia se plantearon una convivencia pacífica con los habitantes que, hoy se calcula, habían estado allí, aislados, desde hace unos cincuenta mil años. Pero los ingleses declararon a la futura Australia terra nullius, y eso nada tenía de pacífico, pues equivalía a considerar que nadie la había poseído jamás. Las disputas por el territorio y por las fuentes de agua desataron conflictos y periódicas matanzas de las distintas comunidades que, hasta los años sesenta del siglo veinte, fueron consideradas no como parte de los ciudadanos del país sino como parte de la fauna silvestre. La degradación de los pobladores fue un largo proceso, y en parte incluyó la prohibición de hablar la propia lengua. Esta historia de privación, muerte y negligencia solo fue reconocida oficialmente en 1992, cuando el primer ministro de entonces, Paul Keating, pronunció un histórico discurso: “Tomamos sus tierras y destruimos una forma tradicional de vida. Trajimos enfermedades. Trajimos el alcohol. Cometimos asesinatos. Les quitamos los hijos a las madres. Practicamos la discriminación y la exclusión”. Desde entonces, la sociedad australiana ha vivido una revolución mental con respecto a su propia historia, y aunque la segregación no ha cesado, y buena parte de los aborígenes vive en condiciones que los mismos australianos denominan “del tercer mundo”, en una tierra gigantesca y en parte de difícil acceso, el cambio de mentalidad trajo algunas mejoras. Recuperar la lengua perdida es para estas comunidades una forma de garantizar derechos y de generar identidad.

Así lo entiende Lavinia Richards, una mujer de 60 años que participa de los seminarios de barngarla y que es parte de la llamada Generación robada. Una vez que los gobiernos provinciales de Australia tomaron a cargo las antiguas misiones y “reservas” donde los aborígenes habían sido empujados durante el siglo XIX, comenzaron hacia 1910 una política de asimilación forzada. Las bases ideológicas venían de un darwinismo que daba a las condiciones en que vivían los aborígenes la categoría de vida primitiva, y la ideología los catalogaba como gente irresponsable o incapaz de sustentarse. Sobre esas premisas, a principios del siglo XX comenzaron a quitar a las madres los hijos que tuvieran algún rastro de contacto genético con el mundo blanco, catalogados como “mestizos”. Así le ocurrió a Lavinia en 1967, cuando fue llevada de la escuela a los nueve años por una persona que no le dio ninguna explicación, la puso en un auto junto a sus dos hermanos menores y la condujo a un centro habitacional. Tuvo tiempo de despedirse de su madre, y la dramática escena quedó grabada en su cabeza. Esta política de asimilación forzada, que a diferencia de otras formas de racismo pretendía la anulación del otro por una disolución dentro de la “sangre blanca”, se sostuvo hasta los años setenta del siglo XX. “Fue muy duro cuidar de mis hermanos menores. Tenía que mantenerme fuerte para ellos. Pero no entendía nada de lo que estaba pasando. Mi hermano pequeño se enfermó. Y yo no tenía el amor de la familia como antes. De noche cerraban todas las puertas. No se podía ir al baño, había que tocar el timbre. Me acuerdo de que la primera noche cerraron la puerta detrás de mí, miré hacia afuera y le hablé a Dios pidiéndole que me reuniera de vuelta con mi familia, prometiéndole que no lloraría y que me dormiría pronto”. Lavinia pasó su infancia en el orfanato, terminó la escuela y más tarde vivió en casas de gente blanca que la alojaba, pero nunca acabó de integrarse a su nuevo entorno. De joven se puso en pareja con un hombre blanco –algo que estaba mal visto por entonces– y trabajó algún tiempo de enfermera. Pero al volver, ya de adulta, de visita a casa de sus parientes, su posición intermedia era notada como un problema, que se cruzara de piernas o que usara cierta ropa o vestidos. “Una vez, cuando éramos chicos y fuimos a casa de vacaciones, mi hermano pequeño salió de la casa corriendo, gritando asustado, diciéndome: mamá es negra. Y yo le respondí, por supuesto que es negra, lo mismo yo y lo mismo vos. ¿Qué estuvieron enseñándote ahí afuera?”. El daño hecho por estas políticas fue mucho mayor que deshacer profundos lazos familiares. Las personas que pasaron por ese trauma quedaron marcadas por una duda constante acerca de sí mismos, reflexiona Lavinia, acerca de su lugar de pertenencia y de sus capacidades. “Nunca eras lo bastante bueno”.

Ante la pregunta de por qué existe una ecología de las lenguas, o dicho en términos del lingüista inglés David Crystal, ¿por qué deberíamos preocuparnos por la salvación de las lenguas?, se puede aventurar una respuesta a largo plazo. Así como en el comercio de bienes, según creemos, se generó históricamente lo que entendemos como civilización, ocurre igual con el intercambio de lenguas. En los contactos mutuos y en las traducciones, las lenguas se enriquecen y los hombres con ellas. Lavinia y Gena, que pertenecen a la misma familia, dicen bajo el cielo azul de Galinyala, una tarde de agosto, que la lengua les sirve para estar juntos y para construir una identidad propia, como nos ocurre a todos. Porque también las lenguas son lugares, y puede uno sentirse cómodo o a disgusto en una lengua, y hasta puede terminar como exiliado en el propio país por deber hablar siempre una extranjera. “Cuando pienso en mi lengua como algo que ya no estará en boca de ninguna persona, me recorre un escalofrío más profundo que mi propia muerte, pues es la muerte conjunta de toda una estirpe”, reflexiona el escritor australiano David Malouf.

Pero las respuestas de Lavinia sugieren algo más. A veces, ni siquiera hace falta hablar la lengua para que surta su efecto. Por el solo hecho de hablar sobre la lengua propia, por ejemplo, la antigua niña robada conversó por primera vez con sus hermanos sobre lo que les había pasado en la niñez. Sabe de sí misma por la lengua que todavía no conoce, con la esperanza de que la lengua, si la convocan, vuelva y los esclarezca y los mejore.

Por MARIANA DIMÓPULOS

Mariana Dimópulos es traductora y publicó AnísCada despedida Pendiente.

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