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Los escritores argentinos que prefieren los lectores españoles

Ecos de la actual recepción crítica y comercial y del interés por nuestra ficción. Entrevistas con profesores, editores y escritores.

 

clarin.com

DESDE MADRID

Cuando se recorren las librerías españolas se encuentra una gran cantidad de autores argentinos contemporáneos publicados aquí, además de los consagrados y quienes se “redescubren” periódicamente, como Antonio Di Benedetto –acompañando Zama, la película de Lucrecia Martel– o Rodolfo Walsh, de quien se reeditó este año Operación Masacre. Se los reseña y ocupan lugares destacados en mesas y anaqueles. Este renovado interés, con buena recepción comercial y crítica de la última década, ha recuperado el interés por los latinoamericanos, recepción que se da en medio de una oferta completamente globalizada, lo que, a su vez, plantea una serie de interrogantes: ¿A qué responde esta nueva ola de interés? ¿Qué público tienen estos autores? ¿En qué contexto se los lee? ¿Cómo se ve este fenómeno desde la edición, la crítica y la academia?

Para el año próximo, la Real Academia Española prepara una edición especial de Rayuela, con reproducciones facsimilares de notas y otros documentos. Esta bendición, por parte de la institución más tradicionalista de la lengua a la novela de Cortázar, indica que el viejo boom, al menos para el mercado, sigue siendo productivo y se mantiene en el horizonte de lectura en España.

“Quienes hablan de un ‘nuevo boom’ o se mantienen a la expectativa de que se produzca no han entendido nada de nada”, sostiene el crítico Ignacio Echevarría, muy atento a lo que pasa en Latinoamérica. “El boom es responsable, en buena medida, del nuevo orden editorial, cuyas condiciones imposibilitan la emergencia de un fenómeno equivalente. Ninguno de los tres factores decisivos de la emergencia del boom –la revolución cubana, la acumulación de una inmensa masa y energía literarias que no habían irradiado fuera de sus países, la emergencia casi súbita de una amplia franja de nuevos lectores recientemente culturalizados (cuando no alfabetizados)– se da en la actualidad. Lo que se entiende hoy por boom –y lo que se espera como tal– es el espectro mercantil de un fenómeno inmensamente complejo y rico que algunos sólo son capaces de leer en forma de cifras y balances comerciales.”

Para Nora Catelli, académica y docente en la Universidad de Barcelona, “los escritores españoles habían sufrido la opresión del boom (que para ellos fue literario y por tanto inquietante, mientras que para los latinoamericanos fue mercantil, ya que su función fue meramente abrirles un espacio transcontinental desde el punto de vista de la circulación) y por ello las nuevas generaciones quisieron refundar o reinventar una modernidad antes colonizada por los latinoamericanos a partir de una relación directa con la literatura en otras lenguas.” Por su parte, Andrés Ehrenhaus, narrador y traductor que vive hace años en Barcelona, admite: “Llegué a principios o quizás ya mediados del boom y en estas cuatro y pico décadas se enfriaron y calentaron varias operaciones similares, en general amparadas bajo la autoridad –comercial e intelectual– del boom pero ninguna tan explosiva”.

En todo caso, el boom es un fenómeno de arrastre en el mercado literario. El éxito de los latinoamericanos de los ‘70 consolidó una categoría que perdura, la de “literatura latinoamericana”. “La nacionalidad de origen se vive como algo difuso: la ‘marca comercial y literaria’ es Latinoamérica –señala Constantino Bértolo, el crítico y editor de Debate y Caballo de Troya y autor de Viceversa. La literatura latinoamericana como espejo, una lúcida colección de ensayos–. No existe un nicho Argentina o Chile o Colombia o México o Bolivia, aunque literaturas como la argentina no dejen de tener reconocimiento cultural y personalidad propia. El nivel de recepción comercial es bastante discreto pero sostenido, con unas cifras que en un momento de fuerte reducción de ventas poco favorable en general no deja de ser algo muy positivo.” Es en este contexto que los autores latinoamericanos son presentados como “literatura de calidad”, para un público informado.

El narrador y periodista argentino Matías Néspolo reside desde hace casi dos décadas en Barcelona y comparte cierto entusiasmo moderado: “Se ha normalizado cierta idea de una literatura hispánica a secas; la literatura latinoamericana, y en concreto argentina, ya no se leen como una ‘otredad’ exótica o curiosa, cuyo origen o registro de lengua tiene un peso determinado en su recepción. Un narrador mexicano, otro argentino y uno de Murcia pueden compartir catálogo de una editorial, grande o pequeña, la página en un suplemento cultural y la mesa redonda de un festival con mucha mayor naturalidad que antes. Esto es positivo para todos”.

Para Ehrenhaus, en cambio, “La literatura argentina genera tanta curiosidad como tedio. Llama la atención pero no arraiga ni en los lectores ni en los creadores. Para los críticos, seguimos constituyendo un ‘genero’, aunque últimamente la irrupción de narradoras nuevas abrió una brecha interesante: las mujeres parecen conseguir escribir a través de la idiosincracia y no encaramadas a ella, con el dedito en alto como los hombres. Su público es más nuevo y variado.”

En cuanto a los autores, Bértolo celebra “la buena recepción de nuevos autores como Yuri Herrera, Juan Cárdenas, Julieta Venegas, Pedro Mairal, Rodrigo Hasbún, Mónica Ojeda, Alejandro Zambra, Samanta Schweblin, Selva Amada, Cristina Rivera Garza, Ariana Harwicz, Valeria Luiselli, Daniel Alarcón, Pablo Montoya, Damián Tabarovsky o Rafael Gumucio, entre otros, ha permitido que más allá de Bolaño, la atención editorial y crítica se mantenga en unos niveles bastante aceptables.”

La narradora y poeta Mercedes Cebrián, por otra parte, destaca autores “más jóvenes y ‘de culto’: Alejandro Zambra, Rita Indiana, Eduardo Halfon, Guadalupe Nettel, Fernanda Trías… Y por ejemplo Martín Caparrós y Leila Guerriero son muy leídos y respetados como cronistas, también porque publican en El País: eso es un factor esencial.” En el contexto actual de mercado global, proliferante y atomizado –muchos sellos y muchos títulos, pocos ejemplares vendidos por título– tal vez la conceptualización más adecuada sea la fricción entre lo local y lo global para pensar la recepción y el interés por los nuevos autores.

Dice Echevarría: “El fenómeno de Roberto Bolaño contribuyó decisivamente a catalizar esta tendencia. Pero, aun habiéndose intensificado sensiblemente el tráfico literario entre España y Latinoamérica, no cabe hacerse demasiadas ilusiones. El mecanismo que sostiene este tráfico es de naturaleza comercial, inducido. No satisface intereses ni curiosidades reales de los lectores. Hay un importante déficit de agentes culturales capaces de generar puentes de conocimiento y de divulgación de lo que se hace en un lado y otro. Se privilegia una narrativa ‘internacional’, poco atenta a las realidades locales, a las variedades de la lengua. Se busca siempre más de lo mismo, un idéntico perfil de escritor ‘extraterritorial’, como lo fue en buena medida Bolaño. Por otro lado, los grandes sellos internacionales desarrollan políticas fragmentarias, compartimentadas. Faltan observadores que tengan una visión de conjunto y alienten la circulación de valores emergentes, capaces de renovar los paradigmas ya establecidos.”

El poeta, traductor e investigador Edgardo Dobry destaca otro aspecto de este fenómeno: “tengo la impresión de que ya no existe la idea de que hay autores cuya obra debe seguirse, sino, en todo caso, libros particulares que generan una cierta moda o tendencia, o una cierta tendencia con diversos nombres; como, por ejemplo, ahora, cierto terror neogótico. Quizás el último escritor latinoamericano que generó un interés muy notorio fue Roberto Bolaño. Creo que Piglia también ha generado un cierto ‘culto’ en los últimos años, aunque entre un público más minoritario.”

Antonio Jiménez Morato, crítico, traductor y narrador madrileño, hace hincapié en el aspecto puramente económico: “Por un lado la aparición de una mayor cantidad de agentes literarios que mueven a sus autores por países, con contratos más modestos que los de antaño, que se centraban en conseguir firmar por un gran grupo, pero más numerosos. Al mismo tiempo, la proliferación de sellos independientes, que ha sido notable en España, pero también en otros países como Argentina, México, Chile, Colombia o Perú, facilita que esos títulos tengan salida, ya que los planes editoriales requieren también libros en una cantidad creciente”.

Hay otro dato esencial en la asimetría de este proceso de intercambio, compartido por autores y críticos españoles y argentinos: “En España un acotado número de lectoresse lee con atención a todos los grandes autores latinoamericanos –opina Jiménez Morato–. Se conoce a Saer y se le edita, se conoce a Laiseca, aunque lo hayan leído muy poco, se comenzó a leer a Hebe Uhart gracias a que Adriana Hidalgo se animó a llevar sus libros a España. Pero en Argentina no se conoce a Sánchez Ferlosio o a Luis Martín Santos, y no es algo que suceda sólo con españoles, tampoco se conoce apenas a mexicanos como Josefina Vicens o Salvador Elizondo. En España estamos al tanto de lo que se hace en Latinoamérica mucho más que a la inversa”.

Opinión que comparte con Mercedes Cebrián: “Cuando viajo a Latinoamérica pienso que no voy a ver ningún libro español allí porque parto de la base de que la literatura española resulta ‘chata’, al menos en los países que más conozco (Argentina, en concreto). Y luego me sorprende ver que los clásicos autores que más venden aquí sí están presentes allí y que la gente los conoce. Pero en general, intuyo que no se conoce mucho lo que hacen los poetas jóvenes y otros autores que publican en editoriales independientes de aquí.” Catelli, por su parte, señala: “Salvo algunas menciones críticas prestigiosas a Vila- Matas o a Belén Gopegui, o a lo que se estudia en las universidades argentinas, incluida la literatura catalana, lo que llega de España cae bajo la esfera de lo midcult o el bestséller. Hay muchos más lectores en España para los argentinos no masivos que a la inversa.” En este contexto atravesado por tensiones fundamentalmente comerciales, pero también culturales y estéticas, esta receptividad y disposición a la lectura sea, tal vez, el dato central en términos literarios.

Por DIEGO SASTURAIN

 

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