Reseñas

Donoso, Miguel, Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin (eds.). El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo. Madrid/Frankfurt am Main: Iberoamericana/Vervuert, 2011. 287 pp.

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Los primeros encuentros con poblaciones indígenas conllevaron un choque cultural en el que la negociación —considerando los distintos niveles de civilización y las dificultades comunicativas— no fue siempre posible. Esto derivó, en muchos casos, en sangrientos enfrentamientos, y en el posterior apresamiento de cristianos en manos de poblaciones nativas. La circunstancia particular del cautiverio propició un mayor conocimiento cultural del “otro”, y significó un modo de poner en contraste creencias y conductas de los habitantes del Nuevo y el Viejo Mundo. Los testimonios de dichas experiencias conforman un tópico dentro de las crónicas indianas —cuyo precedente se halla en la literatura europea sobre el encuentro entre cristianos y musulmanes, muy popular durante la Edad Media y el Renacimiento—. Como explica Miguel Donoso, estas historias fueron una ventana para saciar la curiosidad de los lectores de la época, quienes querían conocer más detalles sobre la vida y costumbres de los indígenas (55); y, en la actualidad, conforman un marco textual para reflexionar sobre los territorios, sus pobladores, sus tradiciones y cultura, así como para cimentar ideas sobre la libertad, la identidad, la religiosidad, y los valores de la cultura europea de los siglos XVI y XVII.

El volumen de la colección Biblioteca Indiana reúne los trabajos presentados en el congreso dedicado al cautiverio en el Nuevo Mundo (Santiago de Chile 2009). Los diecisiete artículos ofrecen una estimulante invitación a redescubrir textos de la literatura hispanoamericana temprana, a partir de análisis pertinentes de personajes y recuperaciones etnográficas, que permiten alcanzar nuevos postulados sobre los eventos de la conquista y las primeras excursiones por el territorio americano, desde géneros variados —como la crónica indiana o las piezas líricas y teatrales—. Los compiladores han incluido distintas aproximaciones al término “cautiverio”, pues, aunque el contexto común sea el apresamiento forzado por parte de un enemigo en un contexto de lucha territorial, en algunos casos también se emplea en un sentido simbólico para manifestar la sensación de pérdida de autonomía por circunstancias como las que propicia, por ejemplo, la experiencia amorosa.

Los artículos que componen el libro se presentan sin un criterio de ordenamiento prefijado; no obstante, es posible organizarlos a partir de cuatro ejes, según el corpus de textos analizados: aquellos que estudian el Cautiverio feliz (1673), del criollo chileno Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán; los que examinan las distintas representaciones de Lucía Miranda; los que se basan en distintas obras históricas; y aquellos que analizan representaciones teatrales de episodios de la conquista.

El primer eje temático del libro, y el más importante en volumen, está conformado por artículos que analizan la captura por manos enemigas desde una óptica positiva, a través del testimonio acerca de los siete meses que el cristiano Francisco Núñez de Pinea y Bascuán estuvo cautivo en 1629. El Cautiverio feliz sirve como fuente primaria para elaborar un discurso mayor acerca de la visión del “otro”. En primer lugar, Eduardo Barraza aborda las múltiples miradas que presenta el texto para transformar su aventura en historia capaz de transmitir su experiencia con la mayor entereza a sus lectores: “resulta pues un discurso enciclopédico, erudito, de varios registros, que está al servicio de persuadir a su auditorio acerca de la verdad de su causa […]; en suma, un discurso capaz de borrar los límites entre los géneros” (19). Algunos de los aspectos que considera Barraza para tal fin son la composición total y el empleo del relato dentro del relato, a partir de los cuales, se logra una perspectiva poco común por entonces de las razones del nativo; y se muestra el fin de un estado natural de paz y armonía quebrantado por los peninsulares.

Cedomil Goic, por su lado, concentra su análisis en dos poemas, y su relación con el humanismo y la religiosidad, como testimonio de la hibridez cultural que caracteriza a los textos coloniales. En ambas composiciones, se construye la figura del cautivo feliz, propia
de la tradición áurea, y se dignifica al bárbaro. Por su parte, Carlos González Vargas y Hugo Rosati realizan un detallado —y valioso para fututos estudios— trabajo de la cronología del cautiverio de Pineda y Bascuñán, sobre la base de los datos que aporta la misma obra. Este ofrece, asimismo, una profundización en la relación que establece el protagonista con su bienhechor, el cacique Maulicán. Por último, Stefanie Massmann analiza la importancia de las mujeres mapuches en la obra del criollo chileno. La autora aborda el tema del discurso misógino, para explicar cómo este aspecto común a ambas culturas es un punto clave para entender la forma en que se empiezan a desdibujar las diferencias entre el cautivo y el cacique.

Un segundo grupo lo conforman trabajos acerca de los vínculos entre la presencia femenina y el cautiverio, en asociación con el tópico de la cárcel de amor o prisión deseada. La mirada de esos artículos está puesta en la mítica figura de Lucía Miranda y su relato de amor, cautiverio y muerte. El poema épico Argentina (circa 1612) de Ruy Díaz de Guzmán es el primer testimonio de su existencia. Mariela Insúa realiza un agudo análisis del personaje, y los conflictos amorosos que suscita en la relación con su esposo Sebastián Hurtado, y la pasión que despierta en los hermanos indígenas Mangoré y Siripo. Para ello, procede a partir de un estudio comparativo de cuatro novelas argentinas: dos tituladas Lucía Miranda, publicadas ambas en 1860, de Rosa Guerra y Eduarda Mansilla, respectivamente; Lucía Miranda o la conquista trágica (1918), de Alejandro Cánepa; y Lucía Miranda (1929), de Hugo Wast. Insúa destaca las distintas formas de cada novela de construir a un mismo personaje, según los contextos literarios y culturales de mediados del XIX hasta inicios del XX en Argentina.

Vania Barraza Toledo estudia la novela Lucía Miranda (1860) de la autora argentina, desde la configuración de la heroína romántica como parte del escenario bélico. En este caso, Miranda encarna el virtuosismo, al punto de ser asumida como un verdadero ejemplo de civilización. Esta reconfiguración funciona como el anhelo de nación frente a la barbarie que representan los indígenas. Así, no solo es el objeto de deseo tanto de españoles como de indígenas: su cautiverio “motiva, también, el florecimiento de complejas interacciones entre la(s) cautiva(s) y las mujeres que se encuentran en posición o en calidad de opresoras, articulaciones marginales con respecto al dominio masculino que se cifran por condiciones tanto de diferencia como de igualdad entre mujeres” (28). Por último, Silvia Tieffemberg establece una apropiada analogía entre Miranda y la Maldonada, del poema Argentina. Ambas, al cruzar hacia un espacio desconocido, acaban moldeándose por obra del entorno, pero también lo modifican con sus presencias imponentes. Y su legado no se limita a ese contexto en particular, pues son dos figuras que configuran el estereotipo de la mujer cautiva en buena parte de la literatura latinoamericana.

Luego, un tercer tipo de artículos del volumen analiza el tema del cautiverio desde acercamientos más amplios al concepto y sobre la base de un conjunto de textos históricos —varios de ellos canónicos—, que permiten una mirada más general del fenómeno. Andrés Eichmann, en primer lugar, efectúa una útil labor de clasificación de la poesía sobre san Pedro Nolasco, fraile español y fundador de la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced para la redención de cautivos, en la colección de manuscritos musicales del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia. Miguel Zugasti, por su lado, ofrece —a través de un estudio rico en datos— interesantes acercamientos sobre la figura del cautivo que abraza una nueva cultura, a partir de la experiencia del marino español Gonzalo Guerrero, uno de los primeros europeos en asentarse y asumir la cultura indígena.

Osvaldo Rodríguez aborda la experiencia del cautiverio para las mujeres durante el conflicto hispano-mapuche desde un acercamiento histórico y cultural, a través del cual aporta una reflexión mayor sobre el mestizaje y la transculturación. Por una senda similar, Macarena Sánchez Pérez invita a replantear ciertas nociones relacionadas al cautiverio. La autora halla en el Cautiverio feliz un carácter excepcional, debido a la experiencia narrada y la importancia del relato en primera persona. Olaya Sanfuentes contextualiza adecuadamente el tema del hambre —aspecto poco conocido y tratado— como el padecimiento común de los primeros conquistadores, e indaga, desde una mirada más psicológica, en las consecuencias de esta carencia en las mentes y cuerpos de los europeos exploradores, como el encuentro con su lado más instintivo y salvaje. El autor analiza, de esa manera, cómo la ausencia de alimento se convierte en otra forma de sujeción que limita los propósitos de penetración territorial y, con ello, logra esbozar un panorama más completo del proceso de asentamiento español y territorio mapuche, donde las circunstancias se convierten en otra clase de enemigo.

Sarissa Carneiro Araujo examina la conexión entre el extenso episodio del cautivo Juan Ortiz con el resto de la narración de La Florida del Inca Garcilaso; y, a partir de este, resalta la preocupación ética en este ambicioso proyecto historiográfico, en el que, según interpreta, “el Inca defiende […] la universalidad de la naturaleza humana y reajusta el concepto antropológico eurocéntrico de su tiempo reconociendo similitudes entre americanos, españoles y antiguos, más allá de la diversidad espacial y temporal que la geografía y la historia producen” (45). Asimismo, Lygia Rodrigues Vianna Peres desarrolla la relación entre el rol de curandero de Cabeza de Vaca, como medio de evangelización en otra obra destacable: los Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Por otra parte, Miguel Donoso aborda un curioso episodio del cautiverio de Pedro de Miranda, soldado de la expedición de Pedro de Valdivia, y sus compañeros en la Historia de todas las cosas que han acaecido en el Reino de Chile, de Alonso de Góngora Marmolejo, para hacer hincapié en los esfuerzos por adentrarse en el indócil territorio, aun afrontando las penurias que comprometieron su libertad y pusieron en riesgo su vida en más de una ocasión.

El cuarto y último grupo lo conforman únicamente dos autores que tratan sobre obras teatrales vinculadas al tema del cautiverio, Eduardo Godoy Gallardo y Carlos Mata Induráin. El primero se concentra en la recreación dramática del Cervantes apresado en Argel, de Antonio Espiñeira, en su obra Cervantes en Argel (1886) —versión chilena de las desventuras que vivió el autor del Quijote durante su cautiverio en Argel entre 1575 y 1580, y experiencia clave para entender el universo cervantino—. Espiñeira escribe la obra, como nota Godoy, a partir de un proceso intertextual con la primera obra de ficción de Cervantes, Los baños de Argel, sobre todo en la recreación de los personajes femeninos; y en el tratamiento de algunos temas, como el amor a la libertad y el rechazo hacia la condición de cautivo, que se percibe como un verdadero infierno.

Luego, Mata se aproxima a la noción del cautiverio de amor en cinco comedias sobre la conquista de Chile: La belígera española, de Ricardo de Turia; Algunas hazañas de las muchas de don Diego García Hurtado de Mendoza, de nueve ingenios encabezados por Luis de Belmonte Bermúdez; Arauco Domado, de Lope de Vega; El gobernador prudente, de Gaspar de Ávila; y Los españoles en Chile, de Francisco González de Bustos. Ceder ante las pasiones en estas obras produce una nueva forma cárcel en el individuo, que incluso supera en protagonismo al conflicto bélico en Chile y lo convierte en el escenario de las historias de amor: “Arauco se convierte en un espacio geográfico exótico para ambientar el desarrollo de algunas intrigas de amores y celos” (189).

En conjunto, los artículos coindicen en que el fenómeno del cautiverio resulta crucial para comprender las relaciones entre nativos y españoles, sobre todo de las zonas fronterizas, y resaltan su carácter de tópico literario forjador de identidad. Como explica Massman, si bien las funciones que pueden cumplir los relatos de este tipo son diversas, como el adoctrinamiento religioso o el conocimiento etnográfico, siempre “insisten en reafirmar la identidad del cautivado y marcar las diferencias entre civilización y barbarie, que en relativizarlas” (162). A partir del tópico se abre de la manera más directa la dicotomía entre lo “bárbaro” y lo “civilizado”, que justifica argumentos de dominio, pero, a la vez, es capaz de lamentar la destrucción que implica el acto. Los protagonistas y/o narradores se sienten atraídos hacia la cultura que los ha capturado en más de un sentido, pero, a la par, manifiestan rechazo. Se percibe, entonces, una ambigüedad y doble mecánica de huida afirmación de sí mismos y de admiración-negación del otro, en medio de un territorio que se abre literal y simbólicamente a la posibilidad de la aventura, y a la liberación de las normas y los condicionamientos sociales.

Por estas razones, El cautiverio en la literatura del Nuevo Mundo constituye una valiosa reunión de trabajos, útil tanto a interesados en literatura de y sobre los hechos de la conquista, como a quienes busquen comprender los detalles de un contexto histórico y cultural, y así adentrase en la experiencia de exploración y primeros encuentros con los habitantes del territorio americano desde múltiples perspectivas. Si bien el criterio de organización de los textos puede dificultar una línea de lectura, el libro propicia un acercamiento necesario y poco trabajado en el pasado al relato de cautivos, circunstancia de obligado encuentro cultural y forjadora de un nuevo lugar de enunciación.

Giovanna Arias Carbone
Pontificia Universidad Católica del Perú
Fecha de recepción: 9 de noviembre, 2015
Fecha de aceptación: 10 de mayo, 2016

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