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Dos novelas en Francia

Publicada en octubre del año pasado, la edición francesa de El discurso vacío comienza a tener buena recepción crítica.

 

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Por Damián Tabarovsky

Leí por primera vez El discurso vacío, de Mario Levrero, por recomendación de Fogwill, en la edición original en la editorial Trilce de Montevideo. Luego lo volví a leer en la  primera edición argentina, en la vieja Interzona. Si se examina el recorrido de la obra de Levrero hasta el reconocimiento en la crítica y el mercado del que goza hoy en día, hay que darle un lugar muy destacado a esa edición. Todo un lectorado que había leído (o no) a un primer Levrero más cercano al fantasy, a un mundo de toques kafkianos, o incluso también a la estética del cómic, descubrió con la edición de Interzona a uno de los más grandes escritores contemporáneos. El discurso vacío, extraordinario en sí mismo, funcionaba también como introducción, como preparación para lectura de La novela luminosa, para muchos su obra maestra (aunque para mí ambos libros están a la misma altura). Por lo que sé del tema (muy poco), una vez que terminó el contrato con Interzona, la novela se habría vuelto a publicar en una de esas multinacionales del entretenimiento que tiene billetera y no mucho más (una vez vi una edición –tal vez sea ésa, no estoy muy seguro– que tenía un perro en la tapa. Pensé que era un libro de veterinaria, pero no, era la novela de Levrero. Curioso). Ahora acaba de publicarse en Francia bajo el título de Le discours vide, en la buena editorial Notabilia, traducido por Robert Amutio. Acabo de leer esa versión: es extraordinaria. Amutio es, discretamente, uno de los mejores –sino el mejor– traductor de literatura hispanoamericana al francés. Borges decía que muchas veces las traducciones mejoran el original. Pues Amutio lo hizo con las traducciones de Bolaño para la editorial Christian Bourgois (no es un gran mérito escribir mejor que Bolaño, pero mejorarlo en la traducción, sí). Publicada en octubre del año pasado, la edición francesa de El discurso vacío comienza a tener buena recepción crítica. Entre ellas, la buena reseña que Guillaume Contré escribió en la revista Le matricule des anges. No es casual. Contré, además de crítico y traductor, es también escritor y acaba de publicar una muy buena novela: Discernement (Editions Louise Bottu, 2018). Por lo que leo en la contratapa, el libro fue escrito originalmente en castellano, luego traducido por él mismo al francés, publicado entonces en esa lengua, mientras espera la edición en español en la editorial Pre-Textos.

Y si no es casualidad que a Contré le interese Levrero es porque Discernement es una novela que coloca a los pensamientos, al acto de pensar, a la novela mental, en el centro de la narración. Como el motor del texto. Escrito sin puntos aparte, de semejante recurso podríamos esperar lo peor (¡Thomas Bernhard!), pero por suerte no. Al contrario. El arte de Contré consiste en que los pensamientos del protagonista (un tal Fréderic, nombre sin atributos si los hay) se vuelven por momentos etéreos, suaves, delicados, pero nunca débiles. Bajo el modo de la repetición y el absurdo, aquí también encontramos una veta kafkiana, aunque expresada de un modo diferente a la de Levrero. Mientras en Levrero todo es concentración, encierro, e ironía asfixiante, en Contré es asunto de caminatas, vagabundeos, derivas urbanas, el recorrido por la ciudad como un paseo que no conduce a ninguna parte. Solo al texto, escenario final de todo Discernement.

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