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Fiel del lenguaje / 5

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Por: Luis Toledo Sande

Una de las mayores dificultades para el buen uso de la lengua española estriba en las conjugaciones verbales. Si las formas regulares parecen rodar sin contratiempos, como las de amar, temer, partir, que general modelos. Con las irregulares otra es la realidad. Empleando una lógica que no siempre funciona en la evolución de la lengua, niños y niñas tienden a regularizar todas las conjugaciones, y dicen cosas como “yo sabo”, por “yo sé”, o “yo cabo”, en vez de “yo quepo”.

Al estilo del hablante infantil pueden también actuar personas adultas que no hayan sido beneficiadas con niveles de instrucción satisfactorios, ni hayan recibido influencias favorables en la materia. Un mal chiste habla del padre que, intentando corregir al hijo, le espeta: “¡No se dice cabió, sino cupió! La instrucción ayuda grandemente, pero las conjugaciones irregulares suelen reclamar el uso de la memoria, y que se consulten libros de gramática y diccionarios, entre ellos los que tratan las conjugaciones.

Habría que tener conocimientos muy específicos de la lengua para explicar por qué se dice —vayan ejemplos— “yo anduve” o “él anduvo”, no “yo andé” ni “él andó”, variantes incorrectas estas últimas, que asoman donde menos uno las espera. Son usadas hasta personas con niveles de instrucción no precisamente bajos, y contagian medios formales de comunicación.

Si el idioma se deja a la voluntad de cada quien, al arbitrio signado por la ignorancia, el descuido y la irresponsabilidad, podría llegarse a un caos insoluble. Parece aumentar la cifra de quienes alteran hasta patrones regulares de conjugación, como en el modo subjuntivo, para el cual la norma impone —y ni de lejos se intenta ilustrar todos los casos posibles— “yo quiera”, “tú quieras” o “él quiera”, con los plurales “nosotros queramos”, “ustedes quieran” y “ellos quieran”. Pero una curiosa tendencia errática hace pulular la incorrección “nosotros querramos” y, si en Cuba se usara el “vosotros”, tal vez correría “vosotros querráis”, cuando las formas correctas en estos dos casos son, respectivamente, “nosotros queramos” y “vosotros queráis”. Urge que unánimemente queramos, y logremos, poner fin a los malos usos.

El estropicio campea aun en verbos que por elemental asociación cabría esperar que se conjugaran bien, como satisfacer, el cual debe tratarse como hacer. Lo pertinente son —y son muchos más los sujetos posibles— las formas “tú satisficiste”, “nosotros satisficimos”, “él satisfizo”, “ellos satisficieron” y, en el subjuntivo, “usted satisfaga”. Pero no faltan las pifias “tú satisfaciste”, “nosotros satisfacimos”, “él satisfació”, “ellas satisfacieron” y “usted satisfazca”.

No deben sorprender, pues, lo que ocurre con verbos que presentan otras dificultades, como alinear, señalado por la norma académica para conjugarse como telefonear, según el modelo de amar: amo, amas, aman, amamos. En esas derivaciones la terminación del infinitivo, ar, cede el paso, respectivamente, a oasan y amos, de lo cual vienen amoamasaman y amamos.

Parece común que esa norma se aplique en telefonear, que para los mismos casos se convierte en telefoneo, telefoneas, telefonean y telefoneamos. Pero la mula tumba a Genaro si se trata de alinear, donde la tendencia articulatoria a cerrar la vocal abierta e y acercarla a la i, suscita que ese verbo se aproxime a aliniar. Es usual que se conjugue alinioaliniasalinian y aliniamos, y tal vez quien ose hacerlo correctamente —alineoalineasalinean y alineamos— se gane como premio una sonora trompetilla.

El éxito del desacato a la norma se ha expresado en el universo laboral: el uso ha impuesto como nombre de un cargo —utilísimo, dicho sea de paso— no lineero, sino liniero. Así ocurre en Cuba, y probablemente en otros lares. Es un vocablo aceptado por la Real Academia Española —seguramente porque así lo usa la población del sitio— como gentilicio del territorio dominicano la Línea, o relativo a él. Tal fonación recuerda la importancia de la ley del menor esfuerzo en la evolución de la lengua.

Aunque apasionantes, las conjugaciones pueden llegar a ser arduas, y acaso el presente artículo suscite dudas, discusiones. Por lo pronto, el autor lo deja abierto para otras posibles entregas sobre el tema, que aquí —lo sabe— ha tratado muy somera y parcialmente.

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