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¿Crisis «humanitaria» o desastre lingüístico?

Los medios imperiales de propaganda cosechan alarmantes éxitos en la difusión de prácticas idiomáticas equívocas o aviesas, que ellos –y, detrás de ellos, quienes los financian y manipulan– promueven francamente

 

granma.cu

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Cuando hace algunos meses varias voces impugnaron, individualmente o a título institucional, la eliminación de las pruebas de ingreso de español en los Institutos Vocacionales de Ciencias Exactas, lo hicieron por razones de peso. Una era, es, la relevancia concreta que para la sociedad deben tener quienes venzan parte de su preparación en esos bien atendidos centros. Otra, lo que en términos de código comunicacional significa mermar reconocimiento al valor de la lengua. Una tercera, no última ni menor, las faltas cometidas incluso por profesionales con responsabilidad en el uso correcto del idioma.

Las faltas irrumpen en los medios de información de una manera que, si no se prueba lo contrario, cabe estimar creciente, y su magnitud señala que todos los empeños puestos en erradicarlas pudieran ser pocos. De esa comprensión nació «Fiel del lenguaje», columna que va para varias semanas y que el autor de este artículo mantiene en el sitio Cubaperiodistas.

A diferencia de otros esfuerzos, ese en particular lo concibió para enfrentar, sobre todo, errores de carácter gramatical y constructivo que inundan la prensa escrita y la oral, ya sea en soporte digital o en papel. Pero también es ineludible enfrentar entuertos en el léxico, plano que atañe directamente a la sustentación de conceptos, de ideas.

En respuesta a una solicitud del diario Granma, el autor de «Fiel del lenguaje» retoma y amplía el séptimo, y más reciente hasta hoy, de los artículos publicados en dicha sección. Todo lo relativo al buen empleo del idioma merece la mayor atención, sobre todo por parte de periodistas y comunicadores en general –no digamos ya de quienes ejercen la enseñanza–, pero el hecho de que la solicitud concierna en particular a ese texto no parece fortuito.

Los medios imperiales de propaganda cosechan alarmantes éxitos en la difusión de prácticas idiomáticas equívocas o aviesas, que ellos –y, detrás de ellos, quienes los financian y manipulan– promueven francamente. Vale la pena seguir insistiendo en que el sustantivo franqueza y el adjetivo franco (o franca) y sus derivados no son albures celestiales, sino herencia de cuando los francos dominaban el territorio galo y se permitían hacer allí cuanto les viniera en gana. Actuaban como los francos dominantes que eran.

El imperio de hoy actúa y habla de ese modo: «francamente» –o, para que no haya dudas, desvergonzadamente–, y se vale de la ignorancia, la inerciay la desprevención ajenas. Piénsese en el manejo de humanitario y humanitaria como sinónimos, que no son, de humano y humana, respectivamente. ¿Terminará la Real Academia Española –útil en la medida en que coadyuve a la aconsejable unidad del idioma como instrumento de pueblos– aceptando semejante equivalencia, que tantas confusiones genera? Por lo pronto, no la ha aceptado, y es de desear que no lo haga.

La más reciente edición de su Diccionario (23ª, actualizada en línea en 2018) sigue definiendo humanitario –y, por tanto, humanitaria– como adjetivo que califica lo «que mira o se refiere al bien del género humano», lo «benigno, caritativo, benéfico», lo «que tiene como finalidad aliviar los efectos que causan la guerra u otras calamidades en las personas que las padecen». Y del nombre humanitarismo dice que indica «humanidad», entendida como «sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas».

¿Se corresponden esas acepciones con el uso dado hoy al citado adjetivo para calificar catástrofes y crisis que generan sufrimiento en seres humanos, a veces a grandes comunidades? Esos desastres son humanos, porque sobrenaturales o divinos no son, y resultarán inhumanos o de lesa humanidad; pero humanitarios no son.

Lo más perverso de la confusión no es de índole asépticamente lingüística, sino conceptual. Además de su eventual aparición en documentos de organismos internacionales que el imperio procura capitalizar, y que irrespeta o ignora cuando no le son dóciles, tal uso parece haber tomado fuerza en un momento significativo.

Se apreció cuando la otan y el propio Gobierno de Estados Unidos –que creó ese tratado y lo maneja a su conveniencia– empezaron a dar el rango de humanitarias a operaciones genocidas con las que intentaban avalar la falacia de que buscaban salvar pueblos, sembrar democracia. En realidad, solo procuraban derrocar a gobiernos que no les resultaban mansos, y saquear a sus pueblos.

Recientemente se vivió un escandaloso ejemplo perverso de la manipulación de humanitaria con el reforzamiento de las maniobras del imperio contra la Venezuela bolivariana. Tras haberle fabricado a ese pueblo una crisis criminal, y haberla promovido como «humanitaria», urdieron una supuesta ayuda –«humanitaria» igualmente– para mostrar que intentaban socorrerlo. Así calzaron cínicamente los imperialistas su afán de imponerle la demoniocracia imperial a Venezuela, para saquearle aún más sus recursos, que ya le roban con sanciones, congelamientos de cuentas bancarias y usurpación de efectivos.

Tales prácticas se prolongan, y logran viciar hasta el lenguaje de quienes tienen la misión de desenmascarar las maniobras del imperio y sus voceros. Entre ellas han propalado otras falsificaciones, como calificar de colaterales a los daños causados por sus actos piratas, a menudo la muerte de niños y niñas.

Quien domina el lenguaje domina el pensamiento, y los ejemplos citados están lejos de ser los únicos del éxito del imperialismo y sus medios en ese terreno. Con terrorismo y terrorista califican a quienes se rebelan contra sus planes, no solo a quienes de veras podrían merecer tal acusación. En otros tiempos los opresores hicieron algo similar con insurrecto, filibustero y algunos rótulos más y, no tan remotamente, con comunista.

Ahora el patán Donald, césar de turno, personifica una cruzada contra el socialismo, como para que a los ideales comunistas no les quede como asidero ni la ilusión de un preludio posible. ¡Qué acertado el pueblo cubano al reclamar que esos ideales perduren en la letra de su Constitución, como garantía de que vivan en su espíritu!

Aplicar radical a posiciones extremas, violentas, drásticas, acérrimas, asesinas, soslaya una tradición revolucionaria como la martiana, esencial de modo directo para Cuba y nuestra América. Definido por el propio José Martí, el calificativo radical debe aplicarse a quien va a la raíz de los problemas para resolverlos.

Duele ver con cuánta frecuencia el periodismo revolucionario –hasta en Cuba– reproduce miméticamente recursos siniestros propalados por los medios imperialistas. No hace mucho tiempo zarandearon categorías dignas que ellos incumplen y asesinan. Lo hicieron con libertad, democracia y derechos humanos como si fueran patrimonio exclusivo suyo, y a veces lograron que las izquierdas rehuyeran de esos conceptos, que son y deben saberse parte esencial de sus aspiraciones y sus programas de lucha.

Si junto con la honradez y la agudeza hay algo que la prensa revolucionaria no puede perder es el espíritu crítico, y este ha de ejercerse como también reclamaba Martí que cada ser humano asumiera en general el ejercicio de pensar: con cabeza propia. A ese espíritu no cabe renunciar ni siquiera al asumir lo que merezca ser compartido al servicio de la justicia, porque de ese modo podría terminar siendo mal defendido, o atascarse en la inconsistencia, si es que no queda abandonado.

Para impedir que semejante catástrofe nada humanitaria ocurra se requieren no solo buenas intenciones, y menos si están lastradas por la desidia, la inercia o el desconocimiento: se necesita, entre otras cosas, una profesionalidad buscada con denuedo. El idioma evoluciona, pero ese camino no se le debe confiar ni a la ignorancia ni a la indiferencia. Soporte del pensamiento, el lenguaje requiere cuidado.

Sobre el tema habrá que volver una vez y otra. Entre los errores que saltan a la vista figura el empleo de favoritismo como sinónimo de ventaja, cuando aquel término remite a violaciones de normas morales. ¿No habrá editores y jefes de redacción con preparación y voluntad para evitar pifias tales? En cualquier caso, nada sustituye el afán de superación y rigor de cada profesional. Ser o no ser.

 

 

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