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“LOBX ¿ESTÁ?”, POR JIMENA NÉSPOLO

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[Texto leído en la presentación del volumen 80 años en América Latina. Homenaje al aniversario del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, Pablo Martínez Gramuglia edit. (Buenos Aires, EFFL, 2018, 424 páginas), el 15 de marzo de 2019 en el Centro Cultural Paco Urondo, en el marco de las XXXI Jornadas de Investigación del ILH.]

 

Seré viciosa, pero voy a comenzar por el final: “Perversiones” se llama el último apartado de este volumen, editado por Pablo Martínez Gramuglia, que es fruto de los festejos acaecidos en septiembre de 2015 en las instalaciones del Centro Cultural Paco Urondo, en virtud de los 80 años de existencia del Instituto de Literatura Hispanoamericana. Y voy a empezar por el final, y reflexionando brevemente sobre el armado del libro, porque reenvía a un modo de concebir “lo literario” que es característico –se me ocurre– de esta institución y de quien ha sido su director en los últimos veintinueve años, Noé Jitrik.

“Perversiones” reúne pues cuatro artículos: “Bioy en Borges”, de Daniel Balderston; “Borges (esencialmente) poeta”, de Mario Goloboff; “La Gare de Montparnasse en la historia de la literatura argentina”, de Martín Prieto; y “Escritores de dos mundos. Hudson-Calveyra, inmemoriam” de Silvia Barei. Dos trabajos sobre sobre Borges, y otros dos, que también podrían ser tres, sobre “amistades” literarias tramadas en el calor de la ciudad Luz: Ricardo Rojas / Rubén Darío y Guillermo Enrique Hudson / Arnaldo Calveyra: la amistad literaria como pasión atravesada por la admiración mutua sí, pero también por la política, el cálculo estratega, el interés. ¿Es esta “perversión” la que el apartado subraya? Evidentemente no. La potencia de estas obras con agudeza desmenuzadas en las intervenciones críticas evade cualquier simplismo, aunque –entendámonos– tampoco se trata del regodeo perversivo de un “erotismo del Mal” a partir de poéticas que hacen alarde, más bien, de la astucia del pudor. ¿Se trata entonces de “perversiones” por subrayar el hedonismo del nombre propio durante el festejo de una “institución”, es decir, de un colectivo al que responde cierta idea de comunidad? ¿Es que se asume que el individualismo, incluso en nombre del “autor”, es una “perversión”? ¿O, más bien, se cierra con el apartado “perversiones” porque al final de la apuesta se ha evidenciado el vacío, la incorrección política de olvidar toda “ley de cupo” para al fin refrendar un canon eminentemente “machirulo”?

Con estos interrogantes incontestados e incontestables, me abalanzo a la lectura de los otros apartados, intitulados: “Pervivencias”, “Perseverancias”, “Persecuciones”… “Perversiones” suma entonces la cuarta P, la cuarta pata, que pretende estabilizar un sistema que se quiere, ante todo: inclusivo.

Ese modo de pensar la literatura, intentando ensanchar el arco de lo posible y de lo pensable por la institución literaria misma, es también –me atrevo a decir– la manera con la que Noé se ha atrevido a encarar la megalómana empresa, orquestada en doce tomos, de la Historia Crítica de la Literatura Argentina.

“La literatura es el arte de la dilación”, sentenciaba Ricardo Piglia recordando a Macedonio. La Historia Crítica como una historia de dilaciones, donde lo que se dilata en nosotros es la respuesta a la pregunta “¿Qué es la Literatura?” para, mientras tanto, existir en la literatura, o para la literatura, o a pesar de la literatura… Para que nos sobreviva ¿un instituto?, ¿un edificio?, ¿una historia?, ¿un gesto? O mejor, quizá, la pregunta misma.

Se trata en todo caso de un modo de hacer y des-hacer la literatura y el lenguaje que, teniendo a las Vanguardias históricas como faro, se permite abarcar incluso esa variable que es cifra de su autodestrucción o, más bien, de su transformación. Melchora Romanos (en “Conmemorar rememorando”) lo explica con una cita del discurso de Gerardo Diego, al aceptar el Premio Cervantes (otorgado en 1979 ex aequo con Jorge Luis Borges): “todos los años tenemos que hablar juntos, velar juntos, rezar juntos, cuantos vivimos, escribimos, poetizamos, la lengua de Cervantes, tenemos que desfacerla para volver a facerla, a un tiempo fecha y desfecha, a la vez historia y pervivir, presente absoluto y universal de toda nuestra redonda familia que gira sin cesar sobre su eje para que nunca se ponga el sol en su jota central ni en su pareja de vocales espejeantes: eje, hijo, hoja, ojo” (56).

Así, los textos que abren el volumen, escritos en primera persona, dan cuenta del crecimiento exponencial del Instituto desde la llegada de la democracia. A los discursos celebratorios de Jorge Gelman y Melchora Romanos, se suman los de Elsa Noya –con un repaso de los principales hitos de este crecimiento (la creación de las Jornadas de Investigación en 1985, del Boletín de Reseñas Bibliográficas en 1992 y en 2008 de la revista Zama, y el asentamiento de distintos grupos de estudio) y Eduardo Romano, quien se va más atrás en el tiempo, a la década de 1960, antes de que los Institutos de Filo fueran alojados en el fastuoso edificio del Palace Hotel –donde se encuentra ahora, luego de haber albergado también al Banco Hipotecario Nacional–, para rescatar escenas de su vida estudiantil o charlas con el profesor Jaime Rest en las  viejas instalaciones de la calle Reconquista.

A la sazón, la historia del instituto comienza en 1931, con la creación del Instituto de Cultura Latino-Americana, bajo el objetivo de privilegiar las “relaciones intelectuales entre los países iberoamericanos”, propiciando a su vez la creación de una biblioteca de autores iberoamericanos. En los discursos de su demorada inauguración (acaecida el 4 de julio de 1934), aunque se mantuviera la alternancia entre lo latino y lo iberoamericano, de lo que se trataba –señala Celina Manzoni, al analizar la intervención del entonces rector de la Universidad de Buenos Aires, Vicente Gallo– era de alertar sobre los peligros del panamericanismo y la Doctrina Monroe, privilegiando la opción hispanoamericana. Esa tensión frente a cómo llamarnos, se proyecta hasta el presente, no sólo por el puente tendido hacia la lengua y la cultura portuguesa, sino también frente al posicionamiento de un latinoamericanismo auto-centrado, otro de podríamos llamar de barricada, o en su extremo opuesto, un anti-latinoamericanismo banal y cipayo. Formas de autodenominarnos que nos interpelan y que definen posiciones.

Como sea, de la intervención de Celina Manzoni (“Nombrar y celebrar”) se concluye que esta fundación y su denominación definitiva como Instituto de Literatura Hispanoamericana se instala en el marco de cuatro acontecimientos que comprometieron serias instancias de debate en torno a cuestiones glotopolíticas. El primero, acontece en 1927, y es conocida como la polémica del Meridiano Intelectual, cuyas repercusiones volverán una y otra vez a lo largo de los años siguientes. Luego, en septiembre de 1936, en el XIV Congreso del PEN Club, se realizó en su tumultuoso desarrollo un giro desde la espiritualidad a la que parecíamos destinados hacia el impacto provocado por el golpe contra la republica de España, junto con la denuncia del fascismo y los crímenes del nazismo en el resto de Europa. En tercer lugar, cabe colocar al Séptimo Coloquio de la Organización de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones que, convocado ese mismo año, se interrogó acerca de las características de la cultura americana y la posibilidad de sostener, en una eventual situación de crisis, los logros de la cultura occidental. Finalmente, en diciembre del mismo infausto 1936, también en Buenos Aires, se reunió la Conferencia Panamericana que concitó también una nutrida presencia de intelectuales-políticos latinoamericanos. Esos cuatro acontecimientos articularon debates en torno a la cultura continental: sus logros, sus peculiaridades, las tradiciones en las que se reconocía y su futuro en un mundo en crisis son las directrices que decantan en la existencia de esta institución.

Esa situación de equilibrio inestable entre las ideas y los nombres del Instituto (hispanoamericanismo, iberoamericanismo, latinoamericanismo) refleja de manera lateral la red de debates que desde la polémica del Meridiano Intelectual atravesó casi toda América Latina. La reflexión acerca de la autonomía de la literatura (“autonomía”, en el sentido en que la piensa Adorno, respecto de la sociedad, pero también, “autonomía” de la literatura y la crítica latinoamericana respecto de los modelos canónicos o canonizados desde los centros culturales) se presenta desde entonces como una constante. En esos prolegómenos se detiene también la reflexión de Raúl Antelo (“El Instituto y los nuevos ceremoniales”). Y es también en esta sintonía, que en la tercera parte del volumen (“Perseverancias”) se agrupan análisis de distintos proyectos latinoamericanistas, en los que la tradición esgrimió una rotunda vocación de búsqueda de una identidad compartida entre los países de América. Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Rafael Gutiérrez Girardot, Antonio Candido, Néstor García Canclini, Josefina Ludmer, o el mismo Jitrik son algunos de los nombres que reverberan en las intervenciones de Grínor Rojo, Herbert Benítez Pezzolano, Javier Lasarte Valcárcel y Silviano Santiago.

Se comprende, por tanto, la voluntad por pensar –otra vez, y en situación de “homenaje”– el fenómeno del boom latinoamericano. Así, bajo la P de “Pervivencias” se agrupan cuatro intervenciones: “El boom desde afuera: canon y mirada crítica sobre el boom latinoamericano” de Claudio Maíz y “Ángel Rama, ¿inventor de García Márquez?” de Pablo Rocca revisitan el boom a partir de sus figuras centrales; “Lo real, el afuera, la expresión estética” de Víctor Bravo corre el eje a la discusión estética para enfocar a cierta marginalidad; mientras que Juan Gelpí ofrece un clima de época en “Entre la paz y la Guerra Fría: la docencia de Gabriela Mistral en la Universidad de Puerto Rico”.

Pero el debate sobre políticas de la lengua y la autonomía de la literatura se proyecta en otras intervenciones más próximas al presente, que anclan en la P de “Persecuciones”: allí están Dieter Ingenschay que aborda la polémica suscitada en torno a la novela Bolivia construcciones y Sandra Contreras que explora el eco argumental de la filología americana en el Borges del “El escritor argentino y la tradición”, la herencia borgeana en el Diccionario de los autores latinoamericanos de César Aira, para al fin reponer la polémica, sucedida en el 2013, en torno al documento “Por una soberanía idiomática”. Contreras se pregunta “¿Para quiénes tiene vigencia la querella sobre la soberanía idiomática?”. Y, en busca de una respuesta, se sumerge en las obras de los dramaturgos Mauricio Kartun y Rafael Spregelburd.

La reflexión es pertinente pero evidencia las limitaciones y contingencias de la mirada crítica: ¿se nos escapó la tortuga? Hoy, 15 de marzo de 2019, a días de que comience en Córdoba el I Encuentro internacional: derechos lingüísticos como derechos humanos, propuesto como espacio crítico y disidente frente al Octavo Congreso Internacional de la Lengua Española, el debate sobre la soberanía idiomática se proyecta a escala de un hispanismo transnacional que hace pie en la revolución de las mujeres para pensar la pertinencia o no del lenguaje inclusivo. Este volumen preclaro e indispensable, en la formulación de debates y polémicas que fueron hitos en la historia cultural del continente hasta el año 2015, nos impone pues la necesidad y la tarea de volver a pensar todo de nuevo.

 

 

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