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¿Qué son y qué hacen las academias de la lengua?

La Real Academia Española (RAE) pretende conservar la unidad del español en todo el mundo hispanoparlante utilizando como modelo único la variedad de los sectores medios y altos de Madrid y alrededores. 

 

filo.news

Por: Juan Eduardo Bonnin* y Daniela Lauria**

La Real Academia Española (RAE) fue fundada en 1713 por el Estado Español. Su principal finalidad es conservar la unidad del castellano o español en todo el mundo hispanohablante. Sus dos instrumentos más conocidos son la Gramática y el Diccionario. Aunque declara que son descriptivos (es decir, que dicen cómo hablan las personas y qué significan las palabras), la verdad es que prescriben cómo deberíamos hablar y cuáles deberían ser los significados “correctos”.

Esto se hace seleccionando la “variedad lingüística más prestigiosa”, con criterios más políticos o económicos que lingüísticos. Todos sabemos que el español se habla distinto en lugares y situaciones diferentes. No solamente los argentinos hablamos distinto de los españoles: dentro de cada país también hay peculiaridades: el cantito cordobés (acá te explican cómo aprenderlo), el significado de las palabras (un “porrón de cerveza” en Santa Fe tiene un litro; en Buenos Aires, 300 cm3), la correlación temporal (“quisiera que esto dure para siempre”, canta Juanse, y nadie se escandaliza porque no diga “quisiera que esto durara…”).

Al hacer un diccionario y una gramática únicos, la Academia elige las formas y los significados que considera “correctos” (mejores, más “precisos”, más “elegantes”) y descarta los otros. ¿Adiviná cuál es la variedad que la RAE seleccionó siempre? Adivinaste: la que hablan los sectores medios y altos de Madrid y sus alrededores.

Desde la independencia de las naciones americanas, muchos intelectuales comenzaron a criticar a la RAE: ¿por qué un gobierno extranjero nos tiene que decir cómo hablar? ¿No deberíamos tener también independencia lingüística? Sarmiento había propuesto, en 1843, que los americanos nos liberáramos de la “z”, la “v” y la“u” muda en “-gue” y “-que”. La regla era: si en América no pronunciamos esos sonidos, no es necesario que los escribamos. Aunque su reforma ortográfica no prendió, cada tanto surgen voces discordantes que reclaman cambios a las academias.

En el año 2004, en el Congreso Internacional de la Lengua Española de Rosario (ese famoso por el discurso de Fontanarrosa sobre las puteadas), la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), entidad que reúne a las 23 academias de otros países predominantemente hispanohablantes, firmaron el documento “Nueva Política Lingüística Panhispánica”. ¿Qué dice? Básicamente, que a partir de ese momento el modelo normativo ya no sería el propuesto por la RAE, sino el  consensuado con todas las academias, que serían co-responsables de la elaboración del diccionario y de la gramática. Pero en la práctica, la norma lingüística sigue siendo, con algunas excepciones, el castellano de Madrid, aunque ahora nadie patalea.

El diccionario de la RAE

Nosotros lo sabemos desde la infancia: buscábamos “concha”, por ejemplo, y hacíamos chistes entre lo que figuraba en el diccionario y lo que decían nuestros compañeros en la escuela. Con el tiempo, en vez de reírnos de la gramática y el diccionario, los vimos cada vez más como las máximas autoridades sobre lo que está bien o mal decir. ¿Cómo se logra este pasaje? A través de políticas de la Academia, como la obligatoriedad de sus pautas en los ámbitos jurídico-administrativos, en los medios masivos de comunicación, y fundamentalmente en la escuela. Al convertir a la RAE en la autoridad sobre el idioma, le damos al estado español soberanía sobre los contenidos que se enseñan en nuestras aulas.

En los últimos años, las críticas lingüísticas y el activismo de grupos políticos, sociales, religiosos y étnicos lograron que la RAE revisara ciertos significados polémicos. Tal es el caso de “sexo débil“, definido como “conjunto de las mujeres”, que recién desde 2014 aclara que se usa “con intención despectiva o discriminatoria”; o “matrimonio“, que solamente definía a “la unión formal de un hombre y una mujer” y ahora agrega la unión de dos personas del mismo sexo. Siguen quedando artículos que muestran el centralismo español. Como muestra, está el caso de “pollera“, que deja el uso americano en noveno lugar, después de varias acepciones que ya nadie emplea. Y en “coger”, recién se encuentra la definición que a los argentinos nos parece más habitual en el número 31. Todas las demás son acepciones exclusivas de España.

Entonces, ¿sirven las academias?

Las academias sirven para tratar de detener el cambio constante de la lengua, porque cuando más personas hablan de una manera determinada, más fácil es venderles ideas, productos y servicios. Los gobiernos no siempre entienden la importancia de ese proceso, y están dispuestos (a veces) a defender los derechos de los productores de pirulines, pero no los de los hablantes.

La respuesta a la política expansiva y centralista de la RAE no puede ser la indiferencia, sino la formulación de políticas lingüísticas nacionales y regionales soberanas, que tengan en cuenta la diversidad de las lenguas y de las personas que las hablan.

*Lingüista. Profesor en Universidad Nacional de San Martín, investigador del CONICET.

**Lingüista. Profesora en Universidad Nacional de Buenos Aires, investigadora del CONICET.

 

 

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