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Debates sobre el #CILE2019: la lengua como mercancía

La lengua no es sólo un instrumento que sirve para comunicarnos, conforma identidades y produce ideologías.

 

laizquierdadiario.com

Por Mateo López Arzuaga

La lengua no es sólo un instrumento que sirve para comunicarnos; por medio de ella nos damos a conocer, nos nombramos a nosotrxs mismxs y a todo lo que nos rodea; la lengua nos permite dar a conocer nuestra visión del mundo, nuestra cultura. La lengua, así entendida, opera como una conformadora de identidades.

¿Qué pasó con todas las lenguas que transitaban América Latina antes de la llegada de los españoles? ¿Cómo acabamos más de 500 millones de personas hablando la misma lengua? ¿A dónde fueron a parar los saberes, las tradiciones, los ritos, las canciones de los pueblos originarios cuando les fue arrebatada su lengua?

De cara al VIII CILE que se está realizando en Córdoba, creo que es de vital importancia repensar las consecuencias que trajo la colonización y las violencias, simbólicas y pragmáticas, que aún hoy se siguen reproduciendo desde los Estados Nacionales. La imposición de la lengua española no fue inocente ni, mucho menos, pacífica: los medios utilizados para “españolizar” la cosmovisión indígena pasaron tanto por el genocidio de los pueblos como por la desvalorización sistemática de sus modos de vivir, condenando a estos pueblos a vivir en la marginalidad. La violencia, política, social, cultural y económica sigue hoy, cinco siglos después, vigente.

El CILE que se está desarrollando viene a continuar esos procesos y a volver a colocar, una vez más, a la lengua española (de España, cabe aclarar) en un puesto de superioridad respecto de todo el resto de las lenguas que se hablan en nuestro continente. Todas las variedades del español, así como todas las lenguas nativas y las de inmigración, son sometidas por instituciones como la RAE, el Instituto Cervantes, entre otras, a la marginalidad.

Mario Vargas Llosa, en su discurso de apertura del Congreso, reivindicó la “conquista” española, agradeciendo al rey porque “nos salvaron de la Torre de Babel que era América”. El escritor peruano había dicho algo similar en el V CILE realizado en 2010 en la ciudad de Valparaíso. En ese momento destacó que la lengua que llegó desde el otro lado del mar, nos “hermanó”, nos “unió”, nos “salvó del caos” en que vivían las culturas originarias.

Aquel discurso, junto al de Osvaldo Hurtado, ex presidente peruano, y al de Ernesto Zedillo Ponce de León, ex presidente mexicano, ambos neoliberales, fueron analizados en una ponencia que realicé en el I Encuentro de Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos, impulsado por la cátedra del seminario de Variación Lingüística de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Allí intenté dar cuenta de cómo el discurso de Mario Vargas Llosa busca mostrar a la lengua española como una lengua “culta”, “moderna” y “universal”. Estas valorizaciones positivas que se le adjudican a la lengua sirven para que, luego, Hurtado y Zedillo la presentaran como un producto de mercado, como una mercancía en la cual se puede “invertir”.

Esta visión de la lengua como un producto se viene enarbolando en los congresos de la RAE desde la década de los 90, en la que empresas como Telefónica y Repsol (por sólo nombrar dos de ellas) comenzaron a desarrollar políticas de expansión para las cuales la cuestión lingüística era central. Lo que todos los disertantes omiten mencionar es que todo recurso económico está distribuido de manera desigual (aunque el presidente Mauricio Macri haya dicho lo contrario en su discurso inaugural del CILE VII). La nueva marca de “lengua española”, bajo la cual se aglutinan producciones culturales de todo tipo, pretende fagocitar a las lenguas vernáculas que, hasta el día de hoy, vienen resistiendo los embates de los estados nacionales y de las instituciones que buscan hacerlas desaparecer.

Las políticas lingüísticas que emanan desde estos centros de poder nos quieren convencer de que la imposición de una lengua “común a todxs” permitirá a América Latina crecer económica y culturalmente. Hablar de las lenguas en términos de “productos” implica construir un imaginario de éstas como productos intercambiables entre sí, cuando como ya lo han demostrado diversos estudios lingüísticos, no existe nada “interno” a las lenguas que permita jeraraquizarlas: lo que existen son políticas lingüísticas que buscan legitimar un orden y un status determinado para cada lengua pues, como bien señala Vargas Llosa, cada lengua es una manera de ser y de pensar, y, por ende, cada lengua produce y reproduce ideología(s). No hay que olvidar nunca que al hablar de políticas lingüísticas se habla, valga la redundancia, de política, de la lucha por la imposición de un sistema y una serie de creencias, ideas, tradiciones.

Las lenguas siempre cumplieron un papel central en los procesos de colonialidad. No es casual que cada vez que un pueblo es invadido se inicien procesos de glotofagia en el territorio colonizado. Así como hace 500 años se nos impuso la lengua española por medio de las armas, hoy se busca imponer una vez más. Los medios utilizados son diferentes, pero la finalidad es la misma: dominar a los pueblos.

 

 

 

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