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Política, eufemismos y corrección política en el idioma: ¿las cosas por su nombre o espejitos de colores?

El poeta, ensayista, traductor y periodista cultural argentino Jorge Fondebrider participó junto Ivonne Bordelois, Jorge Volpi, Alex Grijelmo y el filólogo Pedro Álvarez de Miranda de la mesa “Corrección política y lenguaje” del Congresode la Lengua. Aquí su exposición completa

 

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Toda mi ponencia va a girar alrededor del panhispanismo, término que me permito asimilar a la idea de corrección política, que, como espero demostrar, no es más que un eufemismo con el culo sucio. Pero para llegar a donde quiero, necesito ocuparme antes de otras cuestiones. Por ejemplo, de los adjetivos gentilicios, que el curioso Diccionario de la Real Academia define a partir de tres acepciones: 1) que denota relación con un lugar geográfico [y agrego, ya sea por barrio, pueblo, ciudad, provincia, región, país o continente], 2) perteneciente o relativo a las gentes o naciones y 3) perteneciente o relativo al linaje o familia [a lo que nuevamente sumo, también las entidades políticas]. Los gentilicios se pueden sustantivar; es decir, uno puede referirse a una persona, mencionándola únicamente por su gentilicio. Por caso, soy porteño, habitante de la ciudad de Buenos Aires, y no bonaerense, que es como se nombra a los habitantes de la Provincia de Buenos Aires.

Ahora bien, los españoles llamaron “araucanos” a los “mapuches”, nombre que en lengua mapudungun –que es la que habla este pueblo del sur de Sudamérica– significa “gente de la tierra”. Los ingleses, en cambio, a los canoeros del Canal Beagle, los denominaron “tekenika”. ¿Por qué? Porque, cuando el capitán Robert Fitzroy les preguntó en inglés cómo se llamaban, los canoeros contestaron “tekenika”, que en lengua yámana –denominación que los propios yámanas se asignaban a sí mismos– significaba “no entiendo”. Y eso fue suficiente. Tanto en el caso de los españoles y los mapuches, como en el de los ingleses y los yámanas, hay un notable desequilibrio de fuerzas. Podría pensarse que el conquistador puede nombrar como quiera al conquistado. Sin embargo, las formas de nombrar erróneamente a otros pueblos no son privativas de los más fuertes. La imposición del nombre también se da en otros contextos. Cuando, antes del siglo XVI, los mapuches comenzaron decididamente su expansión hacia el este, invadiendo las vastas mesetas de la Patagonia argentina, llegando incluso hasta el sur de la provincia de Córdoba, fueron imponiendo, pacíficamente –aunque en alguna ocasión también por la fuerza–, sus usos, costumbres y, fundamentalmente, su lengua a los pueblos que iban encontrando. Al hacerlo, también les cambiaron los nombres. Es así como los aonikén, del sur de la Patagonia argentina, empezaron a ser llamados “tehuelches” que, nuevamente en mapudungun, significa “gente brava”, haciendo una posible alusión a la resistencia que los aonikén le ofrecieron a la expansión mapuche. Por su parte, los yámanas que tenían como vecinos en la estepa de Tierra del Fuego a los selk’nam, los nombraron despectivamente “onas”, que aparentemente en yámana, significa “caca fría”. Hasta el día de hoy, por influencia de España y de Inglaterra, muchos se refieren a los mapuches como “araucanos” y a los extintos canoeros fueguinos como “tekenikas”, aunque el misionero Thomas Bridges, considerando que los aborígenes ocupaban un territorio al que llamaban Yahgashaga, introdujo un nuevo error y los rebautizó yaganes, nombre que, al menos en los libros ingleses, se utiliza para nombrar a los yámanas. Como se ve, los malentendidos pueden imponerse de muchas formas.

Los humanos, a través de la historia, les hemos puesto nombres a todo lo que hay en el mundo así como a nuestra manera de relacionarnos con seres y objetos. Luego, con la misma frecuencia, y por muy diversas razones, hemos hecho lo imposible por cambiar la nomenclatura bajo la cual designamos todo. En algunos casos, se eliminó el detalle en pos de una supuesta síntesis (cfr. en Ezra Pound: “la mente medieval tenía muy pocas cosas además de las palabras para trabajar, y era más cuidadosa en sus definiciones y su verbosidad. No definía una pistola en términos que definirían igualmente bien una explosión, ni una explosión en términos que definirían un gatillo”). En otras oportunidades, cuando los objetos dejaban de existir hubo quien pensó que ya no había necesidad de conservar sus nombres porque no era necesario entrar en tanto detalle (cfr. la minuciosa descripción de todas las partes de una lámpara con forma de araña realizada por Gustave Flaubert y los dilemas que se les plantean a los traductores para poder nombrarlas). Hasta acá no hay problema. Se sabe, gracias a los filólogos, lingüistas y lexicógrafos, que cada siglo pierde un 20% de su vocabulario y gana otro tanto. Sin embargo, hubo veces en las que creímos que había que cambiar la manera de nombrar las cosas para, de ese modo, forjarnos la ficción de que la realidad también puede cambiar y, por qué no, mejorarse. Estos fenómenos se dieron en casi todas las épocas y en casi todos los pueblos. Esta suerte de chasco lingüístico se llama “eufemismo”, término que el DRAE, siempre abstracto y poco eficiente, define con su habitual gracejo como “manifestación suave o decorosa de ideas, cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. El diccionario Robert, en cambio, acaso por francés conceptualmente más eficaz que el español, dice que eufemismo es “la expresión atenuada de una noción, cuya expresión directa tendría algo de desagradable”. Y se da como ejemplo la palabra “desaparecido” por “muerto”, lo cual, en la Argentina es del todo pertinente. El diccionario Webster, a su vez, con verdadero pragmatismo anglosajón, señala que eufemismo es “la sustitución de una palabra o expresión que podría ofender o sugerir algo desagradable por otra inofensiva o agradable”. Y ofrece ejemplos: en lugar de guerra, “conflicto armado”; en lugar de morirse, “estirar la pata”.

Por múltiples razones, en algún momento de la década de 1980, los eufemismos engendraron en los Estados Unidos la “corrección política”, término que se usa para describir el lenguaje, las políticas o las medidas destinadas a evitar ofender o a poner en desventaja a miembros de grupos particulares de la sociedad. Esa práctica surgió tal vez como uno de los frutos más espurios del protestantismo cuando los progresistas decidieron comprarse una buena conciencia llamando “afroamericanos” a los negros y “americanos nativos” a los indígenas. Más allá de la justicia que mucha gente lee en estos cambios, no cabe duda de que son una demostración más de la hipocresía de ese país. ¿Por qué? Porque la naturaleza cosmética de esos cambios no oculta la denominación administrativa de la población clasificada en varias categorías realmente alarmantes: caucásicos, afroamericanos, asiáticos, latinos; lo cual en buen castellano significa blancos, negros, aquéllos que vienen del Extremo Oriente, los que hablan castellano y son morochos. Así, uno bien podría concluir que un noruego de Lilyhammer y un italiano de Taormina son lo mismo; o que un estudiante etíope de paso y un bluesman de Chicago son lo mismo; o que un turco de Esmirna y un japonés de Osaka son lo mismo; o que un portorriqueño, un mexicano, un chileno, un paraguayo o un argentino son lo mismo. Al hacer esto, los estadounidenses muestran la hilacha y convierten a cualquier mexicano en un eventual “espalda mojada”, a todo árabe en terrorista y a todo negro, bueno, en negro, que ya sabemos qué significa en los Estados Unidos.

Por contagio y en paralelo, todo el mundo empezó a preocuparse por la corrección política. Así, todos los ciegos empezaron a ser “no videntes” y todos los minusválidos empezaron a tener “capacidades especiales”. Lo que, en principio se pensó como una forma de evitar la exclusión, la marginación o el insulto hacia aquellas personas discriminadas, especialmente por cuestiones de pertenencia étnica o de género, pasó a abarcar los más diversos aspectos de la cultura y dando lugar al florecimiento de las “residencias para la tercera edad” (por “asilos geriátricos”) y, ya en el mundo de la economía, las “reducciones de personal” (por “despidos”) y la “racionalización de recursos” (por “rebaja de sueldos”) y, en el mundo de la guerra, los “daños colaterales” (por “víctimas civiles”). ¿Es de extrañar que en la Argentina hoy haya una marca de pañales para adultos que se llama “Plenitud”?

El tema es amplio y, por lo tanto, inabarcable en los diez minutos que dispongo para esta ponencia. Me centro entonces en un concepto, cuya malversación dio lugar a un eufemismo que se ha escuchado mucho en los pasillos durante estos días, y que cumple la función del hueso pelado con un poco de carne, como para que quien lo recibe no se muera completamente de hambre: el panhispanismo.

Muchas personas, con los españoles a la cabeza, nombran a la lengua en que me estoy manifestando “español”. ¿Por qué llamarla así? ¿Porque es la lengua mayoritaria de España? Entiendo que se trata del dialecto de Castilla, apenas un territorio que, durante la conquista de la Península, fue imponiéndose militar, política y económicamente sobre otros territorios españoles en los que se hablaban otras lenguas, algunas de ellas bastante distintas del castellano e incluso más sofisticadas. Se me ocurre luego que, al decirle español al castellano, se deja afuera al gallego, al catalán, al vasco y a otras variedades igualmente españolas de las lenguas que se hablan en España. Si esto fuera así, uno bien podría considerar que otros españoles nativos, que no hablan castellano como primera lengua, no son necesariamente tan españoles como los españoles que sólo se expresan en castellano, lo que equivaldría a considerarlos españoles de segunda. Hay entonces aquí un problema político que se filtra en el campo de la lengua y que merece algún detalle. Si no, podría pensarte que las regiones donde en España se hablan otras lenguas son territorios ocupados y que “español” es únicamente la variante madrileña (que, por cierto, no incluye a la andaluza, de la que en Madrid suelen burlarse). Ni hablar de Latinoamérica, donde hablamos distintas variedades del castellano contrastadas con las de los pueblos que nos precedieron en estos territorios y con aquéllos que emigraron a nuestras ciudades. Yo, en esta mesa, no estoy hablando “español”, sino mi variante del castellano, que es la rioplatense. Y en la película Roma, de Alfonso Cuarón, se habla la variante de la Ciudad de México Por cierto, esta última parece muy difícil para los españoles, que debieron subtitular frases como; “si se quieren quedar, ésa es la regla”, y poner “si os queréis quedar, ésa es la regla”, cuando ese film se proyectó en España.

Con algún simplismo, habrá quien pretenda disfrazar estas cuestiones para intentar despolitizarlas. Ahora bien, si no fueran políticas, ¿qué hace acá el monarca español presidiendo un congreso que tendría que tener como únicos intervinientes a filólogos, lingüistas, lexicógrafos, escritores, traductores y profesores de lengua? ¿Preside el rey los congresos de los dentistas, de los tintoreros o los de los reposteros? Claramente, no, porque los intereses que hay en juego cuando se trata de la lengua son otros. Lo sabemos desde Antonio de Nebrija, quien les dijo a los reyes católicos que sin una gramática no podrían conquistar América, algo que esos mismos reyes hicieron a costa de 9 millones de indígenas muertos, según las estadísticas de Tzvetan Todorov.

Y aquí conviene recordar que España ha adscripto la lengua castellana a la “Marca España” –disimulada ahora con la denominación “España Global”–, y que, como eso no ha cambiado de los gobiernos de izquierda a los de derecha, no queda otro remedio que pensar que se trata de una cuestión de Estado y, si no me equivoco, el rey es el funcionario vitalicio que representa al Estado español. Y cuando uno se pregunta por qué todo esto, aparece súbitamente la economía: la lengua considerada como bien de consumo a través de diccionarios y gramáticas generados por la Real Academia Española, cursos y métodos de evaluación impulsados por el Instituto Cervantes, libros publicados por las multinacionales españolas, exámenes cobrados a través de los buenos oficios de Telefónica de España y, lo más odioso, las correcciones gratuitas de la FUNDEU (Fundación del Español Urgente), que, como todo el mundo debiera saber, son el fruto del acuerdo y participación del banco BBVA (Banco Bilbao Vizcaya) y la Agencia EFE.

En este punto, y puestas las cosas negro sobre blanco, alguien va a apresurarse a invocar el panhispanismo, engendro que los españoles, temerosos de la fragmentación de la lengua castellana, pusieron de moda en términos lingüísticos en la Asamblea de Filología del I Congreso de instituciones hispánicas, una convención convocada en 1963 por el Instituto de Cultura Hispánica, institución creada por Francisco Franco en 1945, como forma de burlar, a través de Latinoamérica, el ostracismo al que la diplomacia mundial había condenado a su dictadura. Acaso con algo de esto en mente, entre las conclusiones de una de las comisiones de ese congreso –más precisamente, la dedicada a la “Unidad del español”– se lee: “La Comisión considera que toda acción rectora del futuro de la lengua española, tendente a la deseable unificación de la lengua cultivada, debe hacerse con un absoluto respeto a las variedades nacionales tal como las usan los hablantes cultos y teniendo en cuenta que la unidad idiomática no es incompatible con la pluralidad de normas básicas, fonéticas y de otro tipo que caracterizan el habla ejemplar y prestigiosa de cada ámbito hispánico”. A alguien se le ocurrió llamar a esto “política lingüística panhispánica”, eufemismo por “seguimos haciendo lo que queremos”, porque, a la fecha, sólo ha servido para que las editoriales españolas rechacen las traducciones hechas por latinoamericanos con el pretexto de que “son malas”, para que la FUNDEU se meta donde no la llaman haciendo continua presión para que los medios latinoanoamericanos adopten los usos lingüísticos impuestos por la Real Academia, etc. Mientras tanto, muchas de las palabras del DRAE indican “americanismo”, o “argentinismo”, o “mexicanismo”, pero nunca “españolismo”, como si lo que se hablara en España fuera la norma y lo que se habla de este lado del Atlántico (y no Alántico: las consonates tl se pronuncian en América) el defecto.

En el pasado, cuando el mundo estaba más equilibrado, cuando no se compraban abusivamente los derechos de autor “para la lengua”, imponiendo de ese modo una única traducción posible para todas las provincias del castellano, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges ya tuvieron que pelear por estas cuestiones, justamente con muchos de los participantes españoles preocupados por la “unidad del español”. Borges y Reyes –que entre otras cosas nos liberaron del refranero español– no estuvieron solos. Afortunadamente Vicente Huidobro, César Vallejo, Pablo Neruda, y más acá en el tiempo, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Juan José Saer y tantos otros, a través de sus respectivas obras, lograron hacer del castellano una lengua expresiva y llena de matices, algo que siguen haciendo los escritores latinoamericanos, ya tan lejos de la cháchara vetusta de los congresos. En la actualidad resulta más que evidente que hay que volver a pelear por estas mismas cuestiones porque, está claro que la lengua no sólo es un instrumento de comunicación o una forma de expresión del espíritu humano, sino también un commodity que busca comerciarse, por ejemplo, en los Estados Unidos, país que en 2050 será el que tenga la mayor cantidad de hablantes de la lengua castellana. Como ya lo ha advertido el Instituto Cervantes, habrá, por lo tanto, mucho que vender. ¿Querrán nuestros panhispánicos parientes peninsulares compartir las ganancias o volverán a ofrecernos, como en el pasado, espejitos de colores? ¿Cuál será el panhispánico porcentaje de cada uno?

 

*Jorge Fondebrider participó junto Ivonne Bordelois, Jorge Volpi, Alex Grijelmo y el filólogo Pedro Álvarez de Miranda de la mesa “Corrección política y lenguaje”

 

 

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