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Nuestro idioma está bien firme

eltribuno.com

Por Liliana Bellone

Recientemente, en el marco del 1er Encuentro Internacional de Derechos Lingísticos como Derechos Humanos, en paralelo al 8vo Congreso de la Lengua de la Real Academia Española, que se realizó en la ciudad de Córdoba, el sociólogo y escritor, exdirector de la Biblioteca Nacional, Horacio González hizo alusión a la crisis o gravedad lingística que atraviesa la sociedad argentina y al peligro que sufren las “variedades del castellano” de nuestros países hispanoamericanos.

Si bien es cierto que hay una devaluación del sentido y la palabra a causa de la manipulación mediática, de la mentira instaurada, de la deformación semántica de los conceptos y las ideas, etc., no nos parece atinado hablar de “variedades del castellano en Hispanoamérica”, ya que por el contrario, la lengua de Cervantes posee en este continente una notable unidad, lo que representa un bastión de resistencia y poder, autodeterminación y fuerza. Las diferencias léxicas y fonéticas que existen en el castellano de América, no llegan a alterar el sistema lingístico. Habría que agregar que las lenguas indígenas no son variedades del castellano, son otros idiomas, con otras estructuras, y que responden a cosmovisiones distintas, más acordes con una concepción mítica del universo, como analiza Tzvetan Todorov en su libro “La conquista de América”.

La fortaleza del español

Algunos lingistas han alertado sobre la posible división del castellano en nuevas lenguas o dialectos; del mismo modo que ocurriera con el latín vulgar en los extensos dominios de Roma – la Romania – pero tendrían que transcurrir unos mil años como los que fueron necesarios para que la lengua de Roma se parcelara en los nuevos idiomas romances (castellano, italiano, francés, catalán, portugués, etc.). Por otra parte, la revolución tecnológica actual lejos de separar unifica y al mismo tiempo acelera los cambios que por otra parte son inevitables al tratarse de la lengua. En ese juego dialéctico se mueve el idioma y los hablantes en su conjunto serán finalmente quienes determinarán los usos de esa lengua en constante evolución. El castellano recibe aportes de otras lenguas modernas, como el inglés, cuya incidencia es mayor a causa de la tecnología, las hegemonías políticas, la ciencia, los discursos mediáticos, etc. Lo curioso es que defensores del continente sudamericano como entidad política y como bloque económico, que es el caso de Horacio González, no advierten que la unidad del castellano en América Latina es fundamental. Lingistas como Ángel Rosenblat hablan de una “lengua supranacional”, más allá de las diferencias no sistémicas en los usos del nivel coloquial y vulgar del idioma.

Evolución y mestizaje

Las lenguas son convenciones sociales y no organismos vivos como sostenían los evolucionistas positivistas de fines del siglo XIX que consideraban que las lenguas nacen, cambian, se ramifican y mueren. Siguiendo las enseñanzas de la nueva lingística desde De Saussure en adelante, la calificación de lengua como organismo vivo que nace y muere quedaría superada.

De este modo se invalidan las calificaciones de “lenguas vivas” y “lenguas muertas”. El griego y el latín, provenientes del indoeuropeo, se continúan hablando, por razones culturales, a través del griego moderno y con el latín que pervive en las lenguas romances: el castellano, el catalán, el asturiano, el leonés, el aragonés, el navarro, el gallego. Esto lleva a hablar del plurilingismo en España, lo que no ocurre, por ejemplo, en América, donde la unidad es intensa. El castellano por cuestiones políticas pasó a ser la lengua oficial de España.

Las lenguas nacionales europeas (español o castellano, francés, italiano, portugués, inglés, alemán, ruso, etc.) se sustentaron en los valores culturales del renacimiento y posteriormente del iluminismo con el propósito de construir estados modernos.

Era necesaria la unidad idiomática y cuidar la lengua como institución del poder. Por eso Felipe V de Borbón crea principios del siglo XVIII la Real Academia de la Lengua Española, siguiendo el ejemplo de la Academia Francesa creada por el Cardenal Richellieu en 1635, durante el reinado de Luis XIII. Los Reyes Católicos, en España, impusieron como idioma nacional el castellano, ya que Castilla era la región políticamente más importante de España, luego de la Reconquista. Isabel I de Castilla unió su reino al de Fernando de Aragón y de esa manera se logró conformar el Reino de España.

No es casual que la primera Gramática española (de Antonio de Nebrija, 1492) sea contemporánea al descubrimiento de América por Cristóbal Colón. El sucesor de los reyes católicos, Carlos I de España (v de Alemania), fue el monarca más poderoso del inicio de los tiempos modernos: su reinado abarcaba España, casi toda América del Sur, América Central, México y parte de los actuales EEUU en América del Norte, los países Bajos, Alemania, el Milanesado, reinos de Italia y colonias africanas.
Intensamente relacionadas con el poder y la política, con las culturas y con las etnias, nuestro “castellano argentino” llegó por cierto en los barcos de los descubridores, conquistadores y colonizadores, se mixturó con las lenguas indígenas. Nadie ignora la procedencia de pampa, vincha, cancha, guanaco, poncho, piragua, tomate, papa, mate, yuyo, yapa, maní, canoa, mandioca, papaya, yacaré, humita, maíz (algunos del taíno, del quechua, del guaraní, del maya, del araucano) o de la rica onomatología y toponimia: Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca, Uruguay, Paraguay, Chile, Guayaquil, Lima, Neuquén, Chubut, etc. etc. La mixtura que resulta del mestizaje se acrecienta en nuestra América, desde México, a Tierra del Fuego. Los González, Los Pérez, Los Sánchez, los García, ¿de dónde vienen? O los nombres de muchas ciudades y países que denuncian su origen hispánico, ¿no son también parte del mestizaje? Pensemos en Córdoba, La Rioja, Santiago del Estero, Buenos Aires, Santa Cruz, y, por supuesto, Argentina, Venezuela, Colombia. El Amazonas, el Río de La Plata, el Bermejo, el Magdalena, vienen del léxico español – latino – griego, el Paraguay, el Uruguay, el Paraná, de los idiomas indígenas. Mestizaje que apresará la literatura de América Latina.
Recordemos a José Martí, a Sarmiento, mestizo, gaucho e indio también, a pesar de sus galicismos expresivos y su admiración hacia los EEUU. Y qué decir de Asturias, Carpentier, Rulfo, Arguedas, Vargas Llosa, García Márquez, entre el quechua y el maya, entre los guajiros y los conquistadores,      entre Europa y lo cubano. Y por su    puesto de Cortázar, entre el lunfardo, los galicismos y los italianismos de     su mundo argentino con una parte     del corazón en Buenos Aires y otra en París al mismo tiempo, y después     en Cuba y en Nicaragua, en el territorio de la humanidad, que fue     su territorio.
En consecuencia, se infiere que  la unidad del idioma en América surge del mestizaje.

 

 

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