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México, país plurilingüe

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Por Carmen Galindo

La política cultural de la Revolución Mexicana fue tratar de mantener la unidad de la nación ante los intentos de desprenderse de nuestro territorio, regiones como Chiapas, Yucatán o Baja California. De forma, por demás sagaz e inteligente, se ideó, como lazo de identidad, fortalecer al español como lengua nacional.

Al contrario, a partir del sexenio de Carlos Salinas, se declara a México país multilingüe y pluricultural. Se descubre una nueva riqueza del país: la biodiversidad y la diversidad cultural. No sólo aquí, en la antigua Unión Soviética o en España, se reivindican las culturas regionales; en México y Canadá se defienden las culturas indígenas. Y todo, como contraparte o resistencia a la globalización.

Hay especies y también lenguas en extinción, los organismos internacionales avisan, con alarma, de los riesgos de desaparición de unas y otras. Si no recuerdo mal, se considera extinta a una lengua, cuando sus hablantes suman 500 o menos. La Academia de la Lengua de México invita a especialistas en lenguas indígenas e incluso se suma a sus filas el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, al considerar que las piedras son signos y, por lo tanto, parte de la semiótica.

El más reciente número de la prestigiada revista Arqueología Mexicana lleva este título: Las lenguas indígenas de México un patrimonio en peligro. En su interior pasa revista a cada una de las lenguas que se hablan en el país y no falta alguna muerta, como la ópata que tiene cuatro hablantes. Se basa, este número excepcional, en la investigación de Leopoldo Valiñas, quien forma parte de la Academia de la Lengua Mexicana, que se reconoce así como plurilingüe y pluricultural.

Presenta el número nada menos que Alfredo López Austin. Vienen dos fragmentos de dos clásicos, Mauricio Swadesh, pionero en el desciframiento de la escritura maya, y Guillermo Bonfil Batalla, autor de México Profundo. Miguel León-Portilla advierte que el mayor riesgo es la expansión del español que va arrinconando a las otras lenguas y sobre todo la presencia avasallante del inglés. De ahí que en Michoacán se coreara en las manifestaciones “inglés no, purépecha sí”.

Benjamín Muratalla plantea un salto cualitativo cuando fue posible grabar en fonógrafo, por 1900, músicas y cantos de los pueblos rarámuri, coras y huicholes. Se registró el tepo o tepú, instrumento considerado una deidad, y el curso del sol, canto chamánico que describe el mito de la creación de los coras.

Se conservan términos de idiomas indios para denominar lugares, fenómenos naturales u objetos cotidianos de esos pueblos, pero Benjamín Muratalla destaca que lo fundamental, lo que vale la pena, es que se usen como lengua de creación literaria, lo que me trae a la memoria de inmediato la antología de poesía zapoteca de Víctor de la Cruz, los talleres literarios en juchiteco de Natalia Toledo, los esfuerzos de Natalio Hernández por recuperar la poesía en náhuatl, de Miguel Sabido por el teatro también en náhuatl, por más que Sabido es de Yucatán y por lo tanto de cultura maya. Los libros de Miguel Leon-Portilla y Carlos Montemayor por caracterizar estas literaturas y la recuperación, en fin, de los relatos orales de diversos investigadores son claves. En la revista se menciona un libro Insurrección de las palabras. Poetas contemporáneos en lenguas indígenas, publicado por el Colegio de San Luis Potosí y Editorial Ítaca de mi amigo David Moreno.

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