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Lenguas y pueblos de la región circunlacustre

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Rodolfo Cerrón Palomino

Panorama lingüístico presente

De los departamentos peruanos surandinos, solo tres de los que preservan dos de las tres “lenguas generales” del antiguo Perú: el quechua y el aimara. Uno de tales departamentos, y en el que estas lenguas mantienen aún firme arraigo, es ciertamente Puno, cuya capital del mismo nombre, asentada a orillas del lago, aparece sectorizada, teniendo como franja fronteriza el barrio de Laycacota, que separa la zona quechua por el noreste y la aimara por el suroeste. Según datos inferibles del censo INEI de 1993, la población total mayor de cinco años del departamento era de 938.275, de la cual el 43,2% era quechua-hablante, a la par que el 32,6% se reconocía como aimara parlante. Si bien tales cifras datan de casi diez años atrás,  a falta de informaciones más precisas, que los últimos censos callan sistemáticamente, creemos que ellas constituyen un indicador de la situación lingüística de la región. Que no debe haber cambiado considerablemente desde entonces. En general, y para hablar de la zona estrictamente andina, la distribución geográfica de las dos lenguas es excluyente, aun cuando pueden divisarse regiones de bilingüismo, por un lado, al noroeste, en Umachiri (Ayaviri) y en Tirapata, (Azángaro). Tales bolsones de bilingüismo constituyen seguramente vivo testimonio de los procesos de desplazamiento idiomático que se vienen produciéndose en la región desde tiempos que remontan al periodo arqueológico de fines del Intermedio Tardío (1200-1400 d. C.) en el que el quechua se introduce en dirección sureste, procedente de Chincha.

Situación lingüística prehispánica  

La realidad idiomática esbozada en la sección precedente, y con mayor incidencia en la de la región lacustre, es apenas un pálido reflejo de la situación que está ofrecía antes de la conquista española. En efecto, de acuerdo con las informaciones proporcionadas por las fuentes coloniales de los siglos XVI y XVII, el panorama lingüístico en torno al llamado “lago de Chucuito”, hoy denominado lago Titicaca, comprendía cuatro lenguas, a saber: (a) la puquina, (b) la uruqilla, (c) la aimara, y (d) la quechua. La primera de ellas, descoyuntada por el aimara, se hablaba  a un lado y otro del Titicaca, llegando por el oeste hasta las costas del Pacífico (desde las alturas del Colca, Arequipa, hasta por lo menos Iquique por el sur) y por el noroeste hasta las vertientes orientales de los Andes (Sandia y Carabaya, en el Perú, y el norte de La Paz, en Bolivia). La lengua uruquilla, o simplemente uru, era hablada en toda la región de los lagos y sus islas, a lo largo del eje acuático Titicaca-Coipasa, conectada por el Desaguadero. El aimara, responsable de la desintegración del otrora territorio continuo del puquina, era la lengua hegemónica que copaba toda la región altiplánica, desplazando al puquina para regalarlo a los territorios extremos mencionados.

El quechua, en fin, procedente del Cusco, esta vez vehiculizado por los incas, comenzaba a incursionar en la zona por el flanco noreste del lago, desplazando la puquina, y sentando las bases de las repartición, y sentando las bases de la repartición territorial que presentan hoy día las dos lenguas nativas vigentes. Los documentos que nos describen la situación esbozada, de maner indirecta, pero bastante precisa, son este caso la Tasa de la Visita General del virrey Toledo y la Copia de curatos del antiguo obispado de Charcasestudiadosentre otrosdesde el punto de vista de sus incidencias étnicas y lingüísticaspor Thérèsa Bouysse Cassagne.

Lenguas y pueblos lacustres

En general,  como era de esperarse, la información documental respecto de los idiomas y de los pueblos que los hablaban no deja de ser por momento ambiguo y confuso, por el mismo hecho de que respondían  a objetivos de carácter administrativo tanto fiscal como religioso. Téngase en cuenta, además, que las políticas de conquista tanto incaica como española se caracterizaron por movilizar grupos humanos de un territorio a otro en gran escala, a través del sistema de los mitmas, en el primer caso, y de las reducciones y de las mitas mineras, en el segundo. Sin ir muy lejos, en lo que respecta al área circunlacustre, sabemos de la práctica repetida por incas y españoles de extraer violentamente a los moradores del lago para asentarlos en tierra firme en calidad de mano de obra, provocando su asimilación tanto étnica como lingüística a los grupos aimaras o quechuas del entorno lacustre. De entonces, y seguramente de muy antes datan los procesos de transfiguración étnica y de sustitución idiomática por lo que pasaron los habitantes del “mar interior”. Y así entendemos cómo, cuando documentos  como los referidos nos hablan de tributarios “uros”, éstos podían ser, en efecto, hablantes de uruquilla, pero también podían serlo del puquina, del aimara y hasta del quechua. Del mismo modo, una vez asimilados a los grupos de tierra firme, los uroquillas podían ser censados como “puquinas” o “aimaras”. Así, pues, los membretes étnicos manejados en los documentos coloniales deben tomarse en verdad como categorías fiscales y tributarias antes que como indicadores preciosos de membresías étnicas.

La situación de confusión entre grupos étnicos y entidades idiomáticas a que se hizo referencia no es privativa de los documentos de carácter fiscal y administrativo, pues otro tanto ocurre en los textos históricos elaborados por los cronistas y los investigadores posteriores. Como resultado de ello, se ha confundido, en el plano histórico, a los “collas” como aimaras, y, en el plano lingüístico, al uruquila con el puquina.

Gracias a los trabajos etnohistóricos y lingüísticos de la segunda mitad del siglo pasado, hoy podemos efectuar los deslindes definitivos respectivos, señalando, por un lado, que por “collas” debemos entender a pueblos de habla puquina y no aimara; y, por el otro, que el puquina y el uruquilla constituyen entidades idiomáticas independientes, sin ninguna relación, fuera del hecho de haber coexistido, a lo largo del eje lacustre Titicaca Coipasa, por más de un milenio.

De esta manera, resumiendo, ahora podemos establecer las correlaciones étnico lingüísticas de modo más preciso, señalando que el idioma de los “puquina-collas” era el puquina, el de los señoríos aimaras la lengua aimara, y el de los uros el uruquilla. La lengua quechua, la última en incursionar en la región, vendría a ser la variedad koiné difundida por los incas en sus conquistas tras el triunfo conseguido sobre los chancas (ca. 1450). Menospreciados por sus dominantes de turno (puquinas, aimaras e incas), los “hombres del agua”, como se autodesignaban los moradores de los lagos, su idioma no alcanzó la categoría de “lengua general” asignada a las otras por decreto firmado por el virrey Toledo en la ciudad de Arequipa en 1575. Pueblo de cazadores y recolectores, tributarios ínfimos de la corona, su lengua era considerada como “bárbara” y “desabrida”, para usar los adjetivos más comunes de la época. El agustino de la Calancha, criollo de Charcas, la describe de esta forma: “Su lengua es la más escura, corta i bárbara de quantas tiene el Perú, toda gutural, i así no se puede escribir sin gran confusión”. Naturalmente, la lengua era juzgada prejuiciosamente, a partir de la condición socio-económica y tributaria de sus hablantes.

Lenguas originarias y lenguas intrusivas

Los estudios de lingüística histórica del área andina convienen en señalar que de las cuatro lenguas altiplánicas presentadas, dos de ellas pueden considerarse nativas a la región: la puquina y la uruquilla; y las otras dos ajenas a ella: la aimara y la quechua. Señalemos, sin embargo, que cuando hablamos de oriundez versus intrusión lo hacemos en términos muy relativos, teniendo en cuenta las limitaciones de información de que adolecemos en cuanto a las lenguas y los pueblos de la región en tiempos protohistóricos. En tal sentido, los emplazamientos iniciales de los idiomas y de los procesos de difusión, convergencia y desplazamiento en que se vieron involucrados apenas pueden postularse en calidad de hipótesis valiéndonos mayormente de las evidencias lingüísticas, sin descuidar los aportes de otras ciencias que tratan sobre el pasado remoto como la arqueología y la etnohistoria, y últimamente también la genética.

En relación con el carácter originario altiplánico del puquina y del uruquilla, y basándonos únicamente en la evidencia lingüística, puede sostenerse que por los menos en los tiempos del período arqueológico conocido como Formativo (1.500 a.C.-200 d.C.), y quizás desde mucho más antes, tales idiomas ya se encontraban bastante arraigados, es decir nativizados, en la región lacustre, ocupando el segundo de ellos las islas y los lagos del entorno. Ciertas características tipológicas de naturaleza fonológica (el registro de las vocales medias /e, o/) y gramaticales (la existencia de prefijos) sugieren la idea de que estas lenguas tendrían un origen amazónico, y hasta podrían postularse entronques remotos, arahuaco para el puquina, y pano-tacana para el uruquilla. Sin embargo, a falta de mayores evidencias, es probable que tales hipótesis no puedan corroborarse ni falsearse del todo.

Por lo que toca al aimara y al quechua, estamos en mejores condiciones de situarnos geográfica y cronológicamente. En efecto, dejando de lado el problema de la cuna de origen de ambas lenguas, y que se postulan, en calidad de hipótesis, la costa centro-sureña peruana para el aimara y la sierra centro-norteña para el quechua, hay cierto consenso entre los lingüistas del área andina en señalar que las variedades sureñas modernas de ambas lenguas serían el resultado de expansiones en dirección sureste promovidas, en el primer caso, y en pleno Horizonte Medio (600-800 d.C.), por los agentes de la civilización huari; y en el segundo, en el Intermedio Tardío (1.000-1.400 d.C.), por chinchas y chancas. Según el modelo bosquejado, el aimara habría conseguido emplazarse, en una primera instancia, en el territorio ocupado por Huari, llegando hasta el Cusco y hasta Moquegua; en una segunda incursión, tras la caída del estado ayacuchano, habríase proyectado hacia el altiplano, entrando en contacto con el puquina, e iniciando desde entonces el desplazamiento de esta lengua. Por lo que toca al quechua, como se adelantó, llegará al altiplano vehiculizado por los incas, una vez que éstos lo adoptan como nueva lengua de la administración, abandonando el aimara que hasta entonces tenía el rango de idioma oficial. Así, pues, contrariamente a las versiones tradicionales todavía en boga en los medios no especializados, los estudios en materia de lingüística histórica andina han demostrado de manera incuestionable, por un lado, que el aimara tiene una procedencia centroandina, y, por el otro, que el quechua, igualmente de origen centro-andino, no se origina en el Cusco, pues al tiempo en que llega a las puertas de la metrópoli incaica el aimara seguía siendo la lengua de los soberanos cusqueños. Es por ello que cuando hablamos de los emplazamientos de las lenguas en la región lacustre, decimos que tanto el aimara como el quechua, a diferencia del puquina y del uruquilla, son en verdad lenguas advenedizas y no originarias del lugar.

Desbaratando mitos consagrados

Tradicionalmente se ha sostenido que la lengua de los creadores de la gran civilización tiahuanaquense habría sido la aimara. Quienes sostenían dicha postura partían del supuesto equivocado, como vimos, de que los collas hablaban dicha lengua. Dentro de tal esquema, naturalmente, el puquina, lengua extinguida y carente de registro léxico y gramatical, no encontraba cabida, menos el uruquilla que, habiendo sido la lengua de los moradores precarios del lago y de sus islas, estaba descartada como vehículo de la civilización lacustre. Los estudios de lingüística histórica demostrarán la falacia de tales presupuestos. En efecto, por un lado, la sola idea de asignarle al aimara una antigüedad correlacionable con la génesis y el desarrollo de Tiahuanacu (200 a.C-800 d.C) no resiste el menor análisis, tomando en cuenta la relativa uniformidad que presenta la lengua en toda su extensión altiplánica. De haber contado con una antigüedad semejante (más de dos mil años) en el altiplano, hoy tendríamos varias lenguas aimaraicas, y no simples dialectos mutuamente inteligibles entre sí. De otro lado, y más decisivamente, ¿cómo explicar la existencia en plena serranía limeña de una lengua aimaraica (localmente conocida como jacaru) más conservadora que su congénere altiplánico? Pero, de manera más contundente aún, ¿cómo negar la presencia puquina en dicho territorio, atestiguada por una nutrida y persistente toponimia en toda la región lacustre? ¿No se llamaba “lago de Poquina” la formación lacustre que conocemos ahora como Titicaca? Según se puede ver, una vez rescatado y reivindicado el pueblo colla, sepultado en el olvido por aimaras y quechuas, nada impide postular, como sostienen ahora la mayoría de los lingüistas y arqueólogos, que la lengua de Tiahuanacu haya sido la puquina. Como vehículo de esta civilización, la lengua habría alcanzado su máxima difusión en todo el territorio que la arqueología descubre como su ámbito expansivo.

Por lo que respecta al aimara, como se dijo, la lengua habría llegado al altiplano tras el colapso de Tiahuanacu, aproximadamente en el siglo XII o XIII, tiempo que explica perfectamente su condición de lengua apenas fragmentada en los dialectos sureños modernos que la integran. La irrupción de pueblos de habla aimara en la región, y que más tarde se organizarían en distintas jefaturas o señoríos, trajo como consecuencia el desplazamiento gradual del puquina y su posterior desintegración, tanto que a la llegada de los españoles la mayoría de sus hablantes ya estaban aimarizados. De esta manera, la lengua consiguió arraigarse profundamente en el altiplano, sepultando en el olvido la antigua presencia del puquina. Gracias a los trabajos de naturaleza onomástica, particularmente el de la toponimia, el antiguo espacio cubierto por el puquina va emergiendo ex profundis, dándoles sentido y racionalidad a las informaciones vagas y contradictorias consignadas por los cronistas e historiadores coloniales. Ahora sabemos también que el monumental léxico aimara recogido por Bertonio que antes creíamos íntegramente nativo, contiene un caudal nada desdeñable de voces atribuibles al puquina, como era de esperarse.

Al igual que el mito del origen altiplánico del aimara todavía subsiste en los medios no especializados la falacia de la atribución del quechua a los incas como su lengua primordial. Sin embargo, según lo adelantamos, está suficientemente probado que dicha lengua no se origina en el valle del Cusco y que, por consiguiente, tampoco pudo haber sido el idioma ancestral de los futuros gobernantes de la región. En este punto, igualmente, los estudios interdisciplinarios del pasado andino van demostrando la historicidad de los mitos del origen lacustre, vale decir colla-puquina, de los ancestros de los incas, quienes habrían migrado, procedentes del lago, en dirección del Cusco, tras el colapso de Tiahuanacu. Ello implica, lingüísticamente, que los fundadores del futuro imperio debieron tener el puquina como lengua materna, idioma que sin embargo habrían mantenido apenas unas tres generaciones, pues una vez asentados en el valle, aimarizado ya desde los tiempos de Huari, sus descendientes –una minoría intrusa–, habrían adoptado la lengua de sus súbditos, es decir la variedad aimara de la región, ligeramente distinta de la del altiplano. Del empleo cada vez más reducido y formulaico del idioma ancestral solo quedaría el recuerdo: tal la “lengua secreta” de la que nos hablan los cronistas de la colonia. De manera importante, lo que los estudios etnolingüísticos contemporáneos vienen demostrando es que buena parte del léxico social, religioso e institucional del incario, una vez depurada de su barniz quechua o aimara, acusa un origen puquina indiscutible. Lo cual no debiera extrañar, y es asombroso constatar que incluso quienes se encargaron de desbaratar el origen cusqueño del quechua, comenzando por los propios lingüistas del área andina, persistieran hasta hace poco, como lo hacen aún los historiadores, en darles a los nombres fundacionales de las instituciones del incario una etimología quechua.

Palabras finales

A través del recuento pasado y presente de la situación lingüística de la región lacustre hemos buscado llamar la atención sobre distintos procesos de desplazamiento e imposición idiomáticos ocurridos en dicho ámbito. De una realidad plurilingüe existente en tiempos prehispánicos hemos llegado al presente a una situación en la que apenas sobreviven, de las cuatro lenguas que se hablaban previamente, dos de ellas: el quechua y el aimara, a los que ha venido a sumarse el castellano, cada vez más hegemónico y omnipresente en toda la región. El puquina se extinguió definitivamente en la segunda mitad del siglo XIX y el uruquilla, agonizante en la Bahía de Puno hasta la primera mitad del siglo XX, apenas sobrevive hoy en su reducto orureño de Chipaya.

A lo largo del tiempo hemos podido constatar toda una cadena de superposiciones y desplazamientos idiomáticos: primeramente, y para hablar solo de la región lacustre, el puquina había comenzado a desplazar al uruquilla; en segundo lugar, tras su incursión en el altiplano, el aimara comenzó a sustituir al puquina y al uro; en una tercera instancia, el quechua comenzó a arrinconar al aimara, al mismo tiempo que al puquina, en su avance en dirección sureste; finalmente, ya en la actualidad, a nadie escapa que el castellano viene imponiéndose sobre el quechua y el aimara a través de un bilingüismo sustractivo y no empobrecedor, según puede constatarse en toda el área andina. Como era de esperarse, uno de los corolarios históricos de tales procesos de desplazamiento y sustitución idiomáticos ha sido la reconfiguración étnica sucesiva de los pobladores del lago: hoy día se consideran aimaras y/ o quechuas quienes tuvieron hasta ayer ancestros de origen uro o puquina.

*Transcrito del libro “La Magia del Agua en el Lago Titicaca”. Lenguas y pueblos de la región circunlacustre. Págs 36-41.

 

 

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