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valeria flores, activista de la disidencia sexual: “Hablar de deseo es hablar de poder”

Maestra tortillera, masculina, activista de la disidencia sexual y prosexo del sur-sur, se define a sí misma esta escritora que pasó por Santiago la semana pasada. Vino desde La Plata, en Argentina, donde reside, para participar en el encuentro Feminismos Disidentes, organizado por el Colectivo Universitario de Disidencia Sexual. Aquí habla del conservadurismo actual del movimiento feminista, de la invisibilidad lésbica en las discusiones y de la necesidad de cuestionar la heterosexualidad y desaprender el pensar desde la norma.

 

eldesconcierto.cl

Por Matías Castro

-¿Por qué escribes tu nombre en minúsculas?

Es una intervención lingüística y visual de disrupción en la gramática normativa,  también una forma de minorización del nombre propio y de inscripción en una genealogía de feministas, como bell hooks, que lo han usado con minúscula como una forma de resaltar la importancia de la obra o de lo que estás diciendo, y no el nombre propio.

-En tus charlas, cuyos textos están reunidos en el libroTropismos de la disidencia (Palinodia, 2017), eres muy crítica con palabras como “diversidad sexual” y “minoría sexual”. Prefieres usar “disidencia sexual”, ¿por qué?

Las palabras diversidad, tolerancia, integración y respeto, son parte de un conjunto de sentidos que van armando significantes casi obligatorios y son parte de un discurso liberal que lo que hace es dejar de discutir la norma heterosexual. Disidencia sexual no lo pienso como una cuestión identitaria específica, sino como un modo de operación política que cuestiona las operatorias de la norma, poniendo en relación la heteronormatividad con las cuestiones de clase, raza, capacitismo. No es sinónimo de movimiento LGBT, sino que es pensar las políticas sexuales como inherentes a cualquier política. Una política económica también es una política sexual porque está imponiendo regulaciones sobre nuestro cuerpo.

-“Las palabras no solamente nombran el mundo, sino que el modo mismo de nombrar construye nuevas posibilidades de ver y de imaginar otros mundos en el que se disputan los vocabularios disponibles que diseñan los límites de lo visible, lo viable y lo posible”, escribes en el libro. ¿Qué te parece el lenguaje inclusivo?

Un lenguaje que pretenda decir todo, ya es un poco totalitario. Y es problemático, porque pareciera que corriéndose de un lugar imperativo a uno políticamente correcto, ahora vamos a solucionar todo con el uso de la “e”. Creo que es un paso, pero es preciso pensarlo como una política de la lengua que tiene que desarticular ciertos modos de decir que son normativos. ¿Qué pasa cuando las palabras empiezan a relacionarse de otra manera, con otras palabras que tal vez por las fronteras disciplinarias no tenían contacto una con la otra? Cuando hay una alteración de esos modos de relación entre las palabras, nos estamos metiendo con las microconfiguraciones del poder.

-En la ciudad de La Plata haces talleres de experimentación poética y de escritura académica, imagino que ahí hay mucho cuestionamiento del lenguaje.

Mi propuesta es preguntarles a los y las estudiantes de doctorado o posdoctorado qué deseo los vincula con ese conocimiento que están produciendo. Y cuando aparece la palabra deseo, que no es una pregunta que habilite la academia, se encuentran con la duda de cómo darle entrada a la propia subjetividad en la generación de conocimiento. Produce cierta incomodidad y pienso que no se trata de sacarla, sino de cómo la atravesamos para que eso sea productivo en términos de producción de conocimiento, o desaprendizajes de modos ya establecidos o normativos.

-En Neuquén trabajaste como profesora de escuela primaria, donde abordaste el tema de la educación sexual. ¿Cómo fue recibido tu enfoque?

Para mí trabajar la educación sexual desde la perspectiva de la disidencia sexual tiene que ver con proponer modos de cuestionar la heterosexualidad y desaprender esas formas de pensar, de interrogar, que no tienen que ver con un contenido específico, sino con mover esa estructura de conocimiento. Algo radicalmente diferente a la inclusión.

-Eres crítica de la heterosexualización del feminismo y también reclamas cierto sexismo en los movimientos LGBT en favor de los hombres activistas. En el fondo, apuntas a la invisibilización de las lesbianas en ambos movimientos.

En este último tiempo con la emergencia del “Ni una menos” hay una reposición de la categoría mujer en términos binarios y conservadores, de la mujer entendida casi como portadora de vagina. Entonces genera invisibilidad no solo de las identidades lésbicas, sino también impugnaciones de las identidades trans, donde están las compañeras que son trans femeninas, los compañeros trans masculinos, las lesbianas que son masculinas, y este feminismo hegemónico, mujerista, heterosexual y blanco, interpreta cualquier tipo de masculinidad como sinónimo de opresión y de dominación. Hay preguntas que ameritarían abrir esos debates, que parecían ya saldados, y que vuelven a aparecer. Aunque para mí no están desvinculados de un contexto que es muy conservador, de pánico sexual y de avance de la derecha. También requiere cierta alerta frente esta explosión del feminismo, por eso hay que abrir preguntas de qué feminismo estamos pensando y qué feminismo deseamos.

-¿Y se discuten estos temas actualmente?

El feminismo siempre es un campo en disputa y la vitalidad del movimiento se debe a que lo ha sostenido el disenso como forma de producción política. Pero esta fascinación con el feminismo actual, en que se han instalado determinados tópicos como la violencia, el femicidio, el abuso, la desigualdad salarial, surge en el marco de esta corriente de pensarlo en términos victimistas y heterosexuales. Creo que es un escenario complejo y hay que hacerle frente a toda esta marea conservadora del feminismo, cuyo único tópico es la violencia. ¿Qué efectos en los imaginarios emancipatorios tiene eso? ¿Qué interdicciones produce la imposibilidad de pensar o de hablar el placer? Hablar de deseo es hablar de poder.

-En tus intervenciones comienzas diciendo que lo que vas a presentar es una aproximación o una búsqueda. ¿Esto es porque estás en una etapa de construcción de tu pensamiento o hay intención de mantenerse constantemente en esa zona de aproximaciones?

Pensando desde la disidencia sexual, desde una pedagogía antinormativa queer, la idea es hacer del conocimiento una pregunta interminable y cuando una estructura de conocimiento se empieza a estabilizar, la operatoria queer es ver cuáles son esos procedimientos que hacen que ese conocimiento se estabilice para poder desestabilizarlo. Pensar la producción del saber desde esos lugares implica otros hábitos afectivos que tienen que ver con lidiar con la incertidumbre, la vulnerabilidad estratégica y la improvisación, entre otros.

-¿Qué tan difícil puede ser la producción de nuevos conocimientos o de revisión histórica, cuando se hacen desde la duda y del cuestionamiento, considerando que estamos en una sociedad de soluciones inmediatas que nos ha llevado a los gobiernos de Trump, Bolsonaro, Macri y Piñera? ¿Cómo acercar esos nuevos conocimientos a sujetos que hablan desde la certeza?

El avance de esta derecha no solo llega con certezas, sino que llega con borramientos históricos, con silenciamiento. Por más estrategia que vos usés, si quien está escuchando tiene esa escucha codificada en la búsqueda de la certeza, no hay manera de intervenir en eso. Pero no se trata de crear un nuevo conocimiento, sino otra condición u otra disposición para el conocimiento. Es un trabajo mucho más micropolítico, porque si frente a una certeza instalas otra certeza, la lógica sigue siendo la misma. Pero si cambian las preguntas o los términos de las preguntas, lo que se propone es otro modo de pensar.

 

 

 

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