Por JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ
TODO ese alboroto político de gente poniendo tuits faltones y diciendo a los demás rebota rebota y en tu culo explota provoca cansancio y muermo, te baja la moral, te amarga el postre. Ese alboroto de patio de recreo, el gran patio global, las redes sin red, y también las declaraciones a humo de pajas, dicho sea sin ofender, no parecen de este tiempo que presume de abrazar el conocimiento moderno. Lo cual que está de moda una verborrea de casquería, un lenguaje de matonismo léxico servido en lonchas, todo muy pueril y muy tosco: un bochorno que tiembla el misterio. Gente principal que se manda tuits que se podrían traducir como rebota rebota y en tu culo explota, a la profe que vas, y así: pura lírica. Esa fraseología de peli de graduación americana no dice nada bueno del nuevo siglo: hagan el favor de leer una novela, o algo. Pues en manos de estos artistas de la nueva greguería de baratijo estamos. Si Ramón, sin apellidos, levantase la cabeza o la pluma le iba a dar un vahído, que es una palaba que lleva el mareo implícito en su fonética. Algunos artistas del tuit, tuit, (yo prefiero el ‘twist, twist’) son un embeleco de la fraseología de cartón piedra, hacen filosofía de ofertón, dos por uno, creen que andamos todos en la idiocia o menesterosos de héroes, mendigando liderazgos peliculeros que ya aburren, devorando programas de telerrealidad como toda dieta cultural.
No sólo se trata de la esperable trumpetería londinense durante estos días, que enrabieta a los pocos intelectuales que se pronuncian (aunque a cambio les haga reír). No es que Europa se vea obligada a ver cómo los adalides del brexitismo se ponen a cien sin complejos y proclaman nuevas glorias. No sólo es eso. Sucede que al aumento de la frase descalificante se le añade cierto sentido de la superioridad, como dando consejitos no pedidos, en plan cuñadismo sin fronteras. Sin embargo, se ha celebrado el 75 aniversario de la liberación del nazismo, y, tal y como está el patio global, de repente todo resulta un poco paradójico y estrafalariamente incomprensible. La justa celebración y el recuerdo de la barbarie, de la que Europa fue liberada, se enfanga con la división actual y con los mensajes de la discordia. No es ya la falta de unidad en la Unión, sino las fuerzas disgregadoras, que, aun reconociendo el inmenso dolor del siglo XX, parecen dispuestas a reeditar errores cuyos posibles efectos Europa conoce muy bien. En este contexto, los últimos veteranos de las playas de Normandía producían el miércoles una cierta sensación de despedida de la memoria viva, una manera de tocar y ver lo que fuimos y lo que nos pasó.
Por todo eso, y por más cosas, no se entiende tanta frivolité lingüística, tanto afán intimidatorio. Recordar el horror del nazismo debería servir para rearmarnos de la mejor manera posible: el rearme moral. No desde el egoísmo de los estados, sino desde la solidaridad de los pueblos. Cualquier intento de suplantar la cooperación por el lenguaje de hierro, en este contexto de guerras comerciales cruzadas y de pragmatismos de consumo interno, nos conducirá a lo que ya se atisba. Una globalidad tensionada en la que arden las hogueras alimentadas por un lenguaje inflamable y triste.

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