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Cataluña: espionaje político-lingüístico

lavozdegalicia.es

Por ROBERTO L. BLANCO VALDÉS 

En el franquismo existía la Brigada Político Social. En Cataluña, las brigadas político lingüísticas. Aquella se dedicaba a perseguir a la oposición democrática. Estas a espiar, y, en su caso, delatar, todo foco de resistencia en empresas, escuelas o comercios contra la dictadura lingüística impuesta por el independentismo.

El último episodio de esta imposición, dado a conocer por varios diarios de Madrid, lo protagoniza una supuesta ONG que recibe importantes subvenciones de la Generalitat -la Plataforma per la Llengua, en realidad otro Caballo de Troya del separatismo-, que se ha infiltrado de incógnito, aunque con autorización de la Consejería de Educación, en 50 escuelas catalanes. Sin conocimiento de alumnos y profesores, y con la disculpa de promover una actividad lúdica, los activistas de la plataforma espiaban la lengua en que docentes y estudiantes se comunicaban ¡en el recreo! para comprobar la profundidad de la inmersión lingüística, término bajo el que se esconde el plan de exterminar el castellano en Cataluña.

El gran John le Carré escribió El espía que surgió del frío. Estos espías del separatismo no surgen del frío, sino del trío. Del trío, sí: del que forman el proyecto de construcción nacional independentista, la impunidad con la que han podido impulsarlo durante treinta y cinco años (la primera ley de normalización catalana es de 1983) y el engaño generalizado sobre la finalidad que, en Cataluña, como en Galicia, Navarra, el País Vasco, la Comunidad Valenciana o Baleares persiguen los normalizadores.

Empezando por el final, aunque los impulsores de la denominada normalización lingüística -calificación cuya resonancias autoritarias no pueden ser peores- dicen defender las lenguas vernáculas de nuestros territorios bilingües, tal alegación solo es una manipulación dirigida a colar como altruista un fin político sectario: impulsar una ingeniería lingüística dirigida a alcanzar sociedades monolingües. Como con Franco, pero al revés. Aunque, salvo en Cataluña, los nacionalistas están muy lejos de lograr ese objetivo, el monolingüismo forma parte de toda estrategia de construcción nacional digna del tal nombre: de ahí la inquina contra el castellano, concebido como extranjero; y de ahí la limitación de los derechos personales de los hablantes de la lengua común, sostenida sobre la falsa idea de que quienes tienen derechos son las lenguas y no sus hablantes.

Todo ello ha sido posible gracias a la impunidad con la que se ha movido el separatismo. Impunidad política frente a los no nacionalistas, acomplejados hasta el punto de asumir todo o parte de la estrategia normalizadora. E impunidad jurídica, que ha permitido a los gobiernos regionales nacionalistas incumplir las leyes estatales y las sentencias judiciales, con el resultado que está a la vista: niños y profesores espiados por comisarios políticos cuando están en el recreo.

 

 

 

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