Reseñas

Babel. La vuelta al mundo en 20 idiomas

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Por Emilio de Miguel Calabia

Gaston Dorren en “Babel. La vuelta al mundo en 20 idiomas” pasa brevemente revista a los 20 idiomas más hablados del mundo, que son, de menos a más: 20) El vietnamita; 19) El coreano; 18) El tamil; 17) El turco; 16) El javanés; 15) El persa; 14) El punjabi; 13) El japonés; 12) El suajili; 11) El alemán; 10) El francés; 9) El malayo; 8) El ruso; 7) El portugués; 6) El bengalí; 5) El árabe; 4) El hindi-urdu; 3) El español; 2) El mandarín; 1) El inglés.

Dorren aprovecha las páginas que dedica a cada uno de estos veinte idiomas para tratar algún tema sociolingüístico particular. Por ejemplo, al hablar del portugués, se plantea porqué el portugués, producto de un pequeño país económicamente atrasado, tiene 275 millones de hablantes repartidos en tres continentes, mientras que el holandés, originario de otro pequeño país europeo y económicamente mucho más exitoso, apenas ha tenido difusión internacional, a pesar de que tuvo un vasto imperio colonial.

La explicación es que las condiciones para que las lenguas europeas se implantasen en grandes territorios allende los mares, se dieron en América y en África, pero no en Asia, que fue donde los holandeses tuvieron su principal colonia, la actual Indonesia. En América, las enfermedades que diezmaron a los indígenas en los primeros momentos del contacto con los europeos y la disrupción social que causaron, hicieron hueco para la implantación y difusión de las lenguas de los colonizadores. En África, los colonizadores se encontraron con regiones en las que se hablaban numerosísimas lenguas que, las más de las veces, no habían sido puestas por escrito y carecían de términos para designar las realidades del mundo moderno. En tales condiciones, pudo funcionar la imposición de las lenguas europeas. Asia fue otra historia. Aquí los colonizadores se encontraron con lenguas que llevaban siglos escribiéndose y eran lenguas que se utilizaban en todos los dominios. Además, ante la elevada demografía de Asia, los colonizadores europeos fueron siempre una gota en el océano. Así pues, el holandés no tuvo oportunidades de prosperar en Indonesia, mientras que el portugués sí que las tuvo en Brasil y en sus colonias africanas.

El turco le da ocasión para hablar de las políticas lingüísticas que tratan de modificar la evolución natural de una lengua a base de decretos. El turco otomano era la lengua que se utilizaba para la administración del Imperio Otomano. Era el lenguaje de las élites que, sobre la base del turco vulgar, había adoptado muchísimas palabras y hasta construcciones sintácticas del árabe y del persa.

Kemal Attatürk, el padre de la Turquía moderna, igual que quiso modernizar y secularizar el país, quiso nacionalizar su idioma y purificarlo de extranjerismos. Podemos hasta simpatizar con este deseo. Otra cosa fue el caos que generó.

El primer paso lo dio en 1928, cuando sustituyó el alfabeto árabo-persa en el que se había escrito el turco hasta entonces por el latino. En 1932 lanzó una campaña para recopilar todas las palabras de origen turco. Se mandó a funcionarios a provincias para que recopilaran palabras regionales típicas, se rebuscó en viejos textos para encontrar términos turcos y hasta se recurrió al azerí y al turcómano, idiomas próximos al turco. Se publicó un gran volumen de términos para que los expertos lo utilizasen para proponer neologismos. Lo malo es que no se dieron instrucciones generales sobre cómo proceder, de manera que cada proponente de nuevos términos tenía sus favoritos y pronto surgió un galimatías de textos que costaba seguir. Una anécdota muy repetida dice que a un escritor turco le preguntaron cuántos idiomas hablaba; su respuesta fue: “Ya tengo suficiente con mantenerme al día con el turco”.

Attatürk pronto advirtió que el invento se le había ido de las manos, pero en política hay algo peor que lanzar una reforma y cagarla: lanzar una reforma y recular. En eso, apareció un serbio iluminado que declaró que el turco era la madre de todas las lenguas y Attatürk vio el cielo abierto. Por ejemplo, la palabra “elektrik”, que procedía del francés “électrique”, podía conservarse porque era obvio que su origen último era turco: en el turco uigur “yaltrik” significa “resplandor, brillo”, resultaba claro que el francés la había tomado prestada de allí. Por fin había una manera de poner freno a los puristas radicales que estaban poniendo el idioma patas arriba a base de aniquilar todo lo que sonase a préstamo lingüístico.

Los puristas nunca se rindieron de todo y a la muerte de Attatürk siguieron su labor de transformación de léxico aunque de manera más callada. A la larga tuvieron éxito y un joven turco de hoy tiene enormes problemas para entender un texto turco escrito en los años 30. Un pequeño problema que dejaron fue que no se preocuparon demasiado por armonizar los sufijos. En español, por ejemplo, el sufijo -dor/or (“enterrador, entrenador”) nos indica quién lleva a cabo una acción determinada (“enterrar, entrenar”). Si leemos la palabra “programador”, inmediatamente sabemos que se refiere a alguien que hace programas. En turco moderno eso no es posible.  Podemos tener perfectamente “enterrante”, “entrenista” y “programero”.

La experiencia del turco muestra que, aunque la evolución de los idiomas sea un proceso natural, sí que es posible modificarla enormemente desde el poder, cuando se dan las condiciones adecuadas.

El alemán le sirve muy adecuadamente para referirse a la rareza de las lenguas. El lingüista norteamericano Tyler Schnoebelen elaboró unas tablas en las que cada una de sus 192 columnas representaba un rasgo lingüístico (por ejemplo: existencia o no de la voz pasiva, existencia o no de vocales nasales…) y cada una de las líneas representaba un idioma. Se trataba de ver que rasgos están más generalizados entre los idiomas y qué lenguas tienen más rasgos singulares compartidos con pocos otros idiomas. Dorren aplica una versión simplificada del modelo, utilizando sólo 21 rasgos y 15 de los 20 idiomas de los que habla. Pues bien, la lengua más rara de estas 15 resulta ser el alemán, seguida del español. Las más normalotas son el hindi-urdu y, en segundo lugar, el turco.

¿Sorpresa? El alemán y el español, que nos parecen tan fáciles a fuerza de familiares (vale, puede que el alemán no nos resulte tan familiar ni tan fácil, pero parece mucho más accesible que el árabe o el chino) tienen rasgos que comparten con muy pocas lenguas en el mundo. Centrándonos en el alemán, esos rasgos son: cambiar el orden de las palabras para formar las oraciones interrogativas, algo que hacen algunas lenguas europeas, pero que fuera de nuestro continente es extremadamente atípico; el alemán tiene el fonema “ng”, como muchas lenguas asiáticas y africanas, pero a diferencia de éstas “ng” no puede comenzar una palabra (advierto que este fonema es una pesadilla para un hispano-hablante, especialmente al inicio de palabra); el fonema “kh” como en Bach es un fonema bastante raro entre las lenguas del mundo. Lo más parecido en español es la jota. El español, por cierto, tiene dos sonidos bastante inusuales a nivel mundial: la erre y la eñe; la obligatoriedad de que el verbo vaya acompañado de un nombre o, en su defecto, de un pronombre. Lo más habitual en los idiomas es que el pronombre sea optativo, si cabe deducirlo del contexto; el alemán distingue masculino, femenino y neutro. Otra rareza a nivel global (y no nos creamos que la distinción masculino/femenino del español es mucho más normal); el orden enrevesado de las palabras. En las oraciones principales, el verbo tiene que estar en segunda posición: “Yo veo  a mi hermana” y “A mi hermana veo yo” son posibles, pero no “Allí yo veo a mi hermana”. Por otro lado en las subordinadas el verbo va al final: “Te digo que a mi hermana allí veo”. Otra rareza, que alemán y español compartimos: ambos tenemos artículo determinado, algo que está ausente en muchas lenguas del mundo.

Al hablar del español, se centra en su mayor rareza, algo que tienen muy pocos idiomas, y los pocos que lo tienen, comparten el mismo origen romance que el español: la distinción ser/estar. También dedica algunas páginas a un par un poco menos complicado: tener/haber. Por cierto, que expresar a posesión mediante un verbo (“yo tengo”), no es tan común como nos creeríamos. De hecho sólo el 25% de los idiomas emplean esa fórmula. Un número equivalente de idiomas utiliza una fórmula difícil de reproducir en español, que equivaldría a decir: “el poseedor está con la posesión”.

El inglés, por último, le da ocasión para hablar de las linguas francas, esto es, lenguas que se imponen como medio de comunicación entre hablantes que no las tienen como lenguas maternas. El inglés es, indudablemente, la principal lingua franca universal que existe en la actualidad.

Dorren afirma que el inglés se ha impuesto como lingua franca primero por el factor poder, primero el del Imperio británico y luego el de EEUU, y a continuación por el factor poderío económico. No estoy completamente de acuerdo con esta afirmación. Las linguas francas nacen de la necesidad de comunicarse en contextos en los que no existe una lengua preponderante. Muchas linguas francas han prosperado sin necesidad de un ejército que las respaldase. La lingua franca por antonomasia fue un piyin que se habló entre comerciantes del Mediterráneo central y oriental entre la Edad Media y el siglo XIX y que gramaticalmente estaba basado en el italiano con grandes aportaciones léxicas del francés, español, árabe, turco… El bahasa fue adoptado por Indonesia como idioma oficial por su condición de lingua franca, que le otorgaba una neutralidad que no tenía, por ejemplo, el javanés, con mucho más hablantes, pero identificado con la hegemónica isla de Java.

El inglés tiene a su favor la simplicidad, aunque Dorren niega que sea tan simple. Es posible que para el hablante de una lengua indoeuropea como el español, el inglés parezca simple, pero habría que preguntarle a un tailandés lo que opina de un idioma que distingue entre presente simple y presente continuo o que tiene phrasal verbs como “getting by on” (“arreglárselas con”) y “getting along with” (“llevarse bien con”).

El capítulo, y el libro, termina con dos pronósticos de cara al futuro. El primero es que, a pesar del auge de China y del creciente interés por aprender su idioma, el chino no reemplazará al inglés como lingua franca internacional. Las razones son: 1) Su escritura increíblemente compleja; 2) Sus tonos; 3) Geográficamente no está tan extendido como el inglés o el español. Es preferible tener 500 millones de hablantes repartidos en tres continentes que tener 1.500 millones concentrados en una subregión de Asia. A estos factores puede añadirse un cuarto: es posible que el inglés haya alcanzado tal masa crítica que a estas alturas sea imposible que ningún otro idioma le pueda reemplazar como lingua franca internacional.

El otro es sobre el futuro del inglés como lingua franca. Dorren considera lo más probable que un inglés próximo al original se mantenga entre las élites mundiales, mientras que a nivel regional el inglés sufra transformaciones que lo adapten un tanto a las lenguas maternas de los hablantes que lo utilicen como lengua franca.

Yo, a diferencia de Dorren, creo que la creación del “globbish” como futura lingua franca, ya está en marcha. Aunque las élites mundiales sigan intentando utilizar un inglés lo más perfecto posible, pueden percibirse algunas diferencias entre su inglés y el de los nativos: menor uso de los phrasal verbs, reducción al mínimo de las frases hechas tan típicas del inglés de Inglaterra… Un escalón por debajo de estas élites, se perciben más cambios aún: simplificación fonética (a menudo “th” se convierte en “t”; no es raro oír en muchos sitios “tree” en lugar de “three” para decir el número tres), pérdidas de léxico (¿quiénes se preocupan de distinguir entre “to look” [“mirar”], “to stare” [“mirar fijamente”] y “to peep” [“mirar espiando”]?), posible regularización de los verbos irregulares [ya ha ocurrido antes incluso de que el inglés hubiese triunfado como lingua franca. “To help” tuvo como pasado “holp” y no el actual “helped” y “to laugh” tuvo “low”, en lugar de “laughed”].

En resumen, un libro apasionante para aquéllos a los que les gusten los idiomas.

 

 

 

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