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“Señores y señoras”, las personas no tenemos género

 

elmundo.sv

Por Sherman Calvo

Las personas no tenemos género, tenemos sexo. Nuestra cultura está tratando de borrar, ignorar o minimizar las diferencias entre hombres y mujeres. Nos quieren hacer creer que los hombres y las mujeres son básicamente lo mismo, una opinión no apoyada por la ciencia. La Biblia es clara: Dios creó dos sexos, varón y mujer. “Nueva gramática de la lengua española”, es la primera gramática académica  desde  1931  y ofrece el resultado de 11 años  de  trabajo  de  las 22 Academias de la Lengua Española, que aquí fijan la norma lingüística para todos los hispanohablantes. Se admiten las alternancias “Ella es el miembro (o la miembro) más notable del equipo”. Pero “miembra” no.

El género es una propiedad de los nombres y de los pronombres que tiene carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los adjetivos, y que no siempre está relacionado con el sexo biológico. Las personas no tenemos género, tenemos sexo. De ahí que la expresión “violencia de género” sea incorrecta porque la violencia la cometen las personas, no las palabras. En nuestra lengua se debe decir “violencia sexual” o “violencia doméstica”, como nos indica la Real Academia Española, que también dio un informe sobre la corrección de los desdoblamientos tipo “diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas”, etcétera. Tales piruetas lingüísticas son innecesarias.

El empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas: “diputados y diputadas electos y electas” en vez de diputados electos, o llevaré “los niños y las niñas” al colegio en vez de llevaré los niños al colegio resulta empobrecedor, artificioso y ridículo. Junto al machismo, que subordina todo al ser macho, han creado el hembrismo. Y han olvidado lo central, el ser hombre, en sus dos vertientes. En toda la confusión sobre el género y la sexualidad en nuestra cultura, podemos hablar con autoridad porque tenemos la Palabra de Dios.

A medida que la cultura cambia y las generaciones pasan, no hemos sido dejados solos para cuestionarnos sobre cómo debemos vivir como hombres y mujeres. Cuando nuestro pensamiento comienza con las Escrituras como nuestro fundamento, encontramos las respuestas.  Ahora comprenderán su reflejo lingüístico. Primero confunden género y sexo: una silla es femenino pero no hembra, un sillón es masculino pero no macho. El género común es útil, evita pérdidas de tiempo, sintetiza abarcando ambos géneros y ambos sexos: es mejor decir, cuando traducimos el Evangelio, “…dejad que los niños se acerquen a mí” no sería correcto decir “…dejad que los niños y las niñas se acerquen a mí”. Decir, incluso, “al niño se le debe máxima reverencia”, evidentemente a niños y niñas.

Otro ejemplo de la osadía de la ignorancia, es la incorrección lingüística de “para todos y todas”, “los salvadoreños  y  las   salvadoreñas”, pero hay quienes lo consideran políticamente correcto, sobre todo los amigos del populismo. Debemos “aferrarnos a la rígida caracterización de hombres y mujeres” porque no tenemos la autoridad para redefinir lo que Dios ha creado. Ahora bien, esto no significa que debemos aferrarnos a las caracterizaciones culturales de hombres y mujeres. Sustituir los funcionarios por “los funcionarios   y las funcionarias”, es tonto e inútil, destroza el lenguaje. Otra cosa, la arroba no es una letra. Para evitar las engorrosas repeticiones a que da lugar la reciente e innecesaria costumbre de hacer siempre explícita. La alusión a los dos sexos (los niños y las niñas, los ciudadanos y ciudadanas, etc.), ha comenzado a usarse el símbolo de la arroba (@) como recurso gráfico para integrar en una sola palabra las formas masculina y femenina del sustantivo, ya que este signo parece incluir en su trazo las vocales a y o: l@s niñ@s.

Debe tenerse en cuenta que la arroba no es un signo lingüístico y, por ello, su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en Día del niñ@, donde la contracción del solo es válida para el masculino niño. Las lenguas evolucionan, pero evolucionan con el uso popular no con imposiciones políticas. Por el buen uso de nuestro idioma, a menudo, tan maltratado.

El género es una propiedad de los sustantivos y de algunos pronombres por medio de la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros. Para designar la condición orgánica, biológica, que permite distinguir si los seres vivos son masculinos o femeninos, se debe emplear el término sexo. Es decir, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género). Según la RAE, en español no existe tradición de uso de la palabra género como sinónimo de sexo.

 

 

 

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